Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 135-140

La política internacional · I

Una nación que se desliga de la Liga de Naciones

La Liga de Naciones era como una nave llena de esperanzas. Fueron menester muchos siglos de historia trágica, bárbara y sangrienta, para que la humanidad se resolviese a buscar la soñada tierra de la paz perpetua. fue necesaria una gran conflagración intercontinental para que los pueblos se decidiesen a poner la quilla y trabar el armazón y colocar el gobernalle del buque aventurero destinado a descubrir el nuevo mundo de la armonía humana. Ese buque era la Liga de Naciones, incorporada al Tratado de paz de Versalles. Ya estaba listo, ágil y gracioso, recién salido del astillero, a punto de quedar en franquía, sueltas las amarras, y he ahí que el arquitecto y capitán de la nueva fábrica, el presidente de los Estados Unidos del Norte de América, en el momento crítico se queda en tierra, no por su voluntad, sino por la de sus segundos, los senadores norteamericanos, que votaron el 19 de noviembre de 1919 contra la ratificación del Tratado y, por consiguiente, también contra la Liga de Naciones. Si nos es lícito rematar la imagen náutica, podemos decir que el señor Wilson nos resultó un capitán Araña a la fuerza.

La votación en el Senado norteamericano el 19 de noviembre fue la siguiente: por la adopción del Tratado, 38 votos –37 demócratas y un republicano–; en contra, 53 votos –46 republicanos y 7 demócratas. El senador Lodge, jefe de los senadores republicanos, había hecho quince enmiendas al Tratado de Versalles. Puestas a votación, tuvieron en contra 51 votos y 41 a favor. Es decir, que fue derrotado el Tratado, enmendado y sin enmiendas. Esto significa que la cuestión no quedó terminada, porque los Estados Unidos necesitan un Tratado de paz, y el mundo necesita de ellos una actitud definitiva e inequívoca frente a la Liga de Naciones.

La lucha electoral por la Presidencia de la República en 1920 giró parcialmente en torno del Tratado de la paz y, más específicamente aún, en torno de la Liga de Naciones. Por lo pronto, el senador Lodge lanzó su grito de guerra. Las próximas elecciones presidenciales –dijo–significarán la lucha del espíritu americanista (esto es, norteamericanista) contra el espíritu supernacionalista de la Liga de Naciones. Lo que resolviera el pueblo norteamericano tenía capital importancia para el mundo entero. De ello dependía la suerte definitiva de la Liga de Naciones y, en última instancia, que el curso de la historia siguiera siendo, como hasta ahora, cruento y anárquico, o que se orientase hacia un régimen de orden internacional basado en el derecho y la libertad de los pueblos.

La votación de los senadores republicanos tuvo una intención múltiple. En primer término, fue una votación contra Wilson. El partido republicano estaba vivamente resentido con el presidente de la República por no haber designado éste a ninguno de sus miembros para formar parte de la Comisión que estuvo en Europa concertando el Tratado de la paz. Para firmar un Tratado de esa importancia –es la tesis de los republicanos– debió contarse con ellos, y no se contó. ¿Cómo, por lo tanto, podía pretender Wilson que a su desconsideración se replicase sino en forma desconsiderada? Como se ve, uno de los motivos de la derrota del Tratado fue puramente partidista, circunstancial por lo que se refiere a la exclusión de los republicanos en las negociaciones de la paz –éste fue, probablemente, un serio error de Wilson–, y general, por cuanto que el interés político permanente del partido republicano es combatir y debilitar por todos los medios al partido y Gobierno demócratas, y la cuestión del Tratado fue una buena arma de lucha para los republicanos.

Hay un segundo motivo, constitucional o de rivalidad de poderes. La idea que informa a la Constitución de los Estados Unidos consiste en distribuir el Poder público de tal manera, que cada uno de sus órganos pueda estar limitado por los demás, de suerte que ninguno sea supremo. Cada uno de estos órganos o poderes específicos es extremadamente celoso de sus funciones, y así vemos que el Poder ejecutivo o presidencial está poniendo el veto de continuo a leyes aprobadas por el Parlamento, y el Parlamento, a su vez, restringe la acción del presidente siempre que puede, y por su parte el Poder judicial interviene también constantemente en las decisiones de los Poderes legislativo y ejecutivo, declarándolas constitucionales o anticonstitucionales. La concertación de Tratados es una de las cuestiones en que el presidente está a merced, generalmente, del Parlamento. El presidente puede firmar un Tratado; pero para que sea válido es menester que lo ratifiquen dos terceras partes del Senado, por lo menos. Pero a veces ocurre que el partido a que pertenece el presidente está en minoría en las dos Cámaras –éste ha sido ahora el caso–, y en tales circunstancias, cuando el interés partidista coincide con la tendencia a la supremacía del Poder legislativo, y además median resentimientos personales, no es extraño, dada la constitución de los Estados Unidos, que el Senado deshaga la obra del presidente y le coloque en una situación internacional poco airosa.

Independientemente de esos dos motivos, partidista el uno y constitucional el otro, los republicanos votaron contra el Tratado de la paz sencillamente porque su espíritu histórico está en desacuerdo con ese instrumento internacional, sobre todo en la parte relativa a la Liga de Naciones. Se ha dicho y se dice constantemente que nada esencial separa al partido republicano y al partido demócrata. Ciertamente, no les dividen principios irreconciliables, ni siquiera intereses contrapuestos; pero existe, sin embargo, entre ellos una diferencia de importancia que es una diferencia de método político, de visión política del mundo. La que podríamos llamar filosofía política o fundamentación jurídica del partido republicano es una doctrina de dominio. Las partes más débiles deben someterse a las más fuertes, y todas ellas al conjunto. El espíritu del partido republicano tiende a absorber lo menor en lo mayor, a concentrar el Poder. Su propensión es centralista y autoritaria. Este partido representa los elementos más biológicos de la nación norteamericana. Hasta ahora ha sido, en general, el partido más fuerte, como suelen serlo de ordinario los partidos más biológicos y menos reflexivos en todas partes; con mayor razón habría de serlo en un país como los Estados Unidos, tan dominado hasta ahora por motivaciones biológicas o instintivas, más que espirituales.

El partido demócrata, al contrario, encarna un sentimiento de conciliación entre las diversas partes en conflicto, de respeto para toda personalidad, individual o colectiva, y, por lo tanto, una tendencia de descentralización y universalización, por una parte, y de federación, de agrupamiento en torno de síntesis superiores, por otra. El partido republicano simboliza una política de autoridad y razón de Estado; el demócrata, una política de libertad y razón de humanidad. Estas son, en sustancia, las orientaciones permanentes de estos dos grandes partidos en toda la historia de los Estados Unidos. Y aun en los casos de coincidencia en una acción común, un análisis detenido probaría cómo los móviles más íntimos son, si no opuestos, diversos. Si se examina, por ejemplo, la intervención de la República norteamericana en la guerra, ambas tendencias, identificadas en el fin, aparecen bien diversificadas en los motivos. El espíritu intervencionista de los republicanos, en términos generales, respondía al temor de que una Alemania victoriosa pudiera haber sido una grave amenaza para los Estados Unidos. El espíritu intervencionista de los demócratas, en cambio, correspondía al interés universal de que la fuerza no triunfase sobre el derecho de los más débiles. Este era el espíritu de Wilson, y el de Roosevelt, el antagónico. Para los republicanos, el objeto era derrotar a Alemania, invalidarla para una nueva agresión y preparar posteriormente a los Estados Unidos para cualquier contingencia, europea o asiática, de análogo linaje. Para los demócratas, el propósito era también quitar su potencia a Alemania; pero, a la vez, reorganizar el mundo de tal forma que fuese imposible o muy improbable otra guerra como la que acaba de asolar al mundo. Para los republicanos, todos los problemas de la guerra concluían con la eliminación de Alemania como potencia peligrosa para los Estados Unidos. Para los demócratas, esos problemas adquirían elevación en la tarea de llevar a la vida internacional el principio de derecho y libertad que rige dentro de las sociedades nacionales. La Liga de Naciones es una consecuencia lógica del espíritu del partido demócrata, una extensión a la órbita de la humanidad del principio federacionista y libertador, del principio de conciliación en síntesis superiores que constituye su médula. Del mismo modo que los Estados Unidos del Norte de América representan una superación de los Estados particulares en una nación federada, así la Liga de Naciones, inspirada en el mismo espíritu, es un intento de superación de los Estados nacionales en un esquema de federación internacional. Se ha hablado de la utopía de Wilson como creador de la Liga de Naciones. Más bien ha sido su lógica de demócrata norteamericano la que le ha conducido a esa creación. fue lógico al preconizar la Liga de Naciones e incorporarla al Tratado de Versalles. Y han sido también lógicos, desde su punto de vista, los republicanos al rechazarlo. Son dos posiciones lógicas frente a frente, y el conflicto de ambas constituye la tragedia política que en estos momentos embarga a los Estados Unidos, la nación idealmente trágica por excelencia. Es la tragedia entre el espíritu de libertad universal y el espíritu de libertad local.

Pero no todos los republicanos son igualmente adversos a la Liga de Naciones. Unos –una minoría de doce o trece– lo son en absoluto, sin condiciones, hasta el punto de haber votado incluso contra las enmiendas del senador republicano Lodge. Para ellos, la Liga de Naciones significa un mal irreconciliable, en su totalidad y en sus partes, con su sentimiento nacionalista. Otros, en cambio, aceptan la Liga de Naciones en cuanto no limita ni representa gravamen para los Estados Unidos; pero rechazan de ella todo lo que pueda ser gravoso o restrictivo para la República norteamericana. Estos aceptan las enmiendas de Lodge. No es mucho aceptar, porque esas enmiendas –como ha dicho Wilson– son la muerte del Tratado de paz, o por lo menos del espíritu de la Liga de Naciones. Merece conocerse la esencia de esas enmiendas, que representan la mayor concesión del impulso biológico del partido republicano a la tendencia idealista del partido demócrata que encarna Wilson.


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