Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 127-132

La Prensa · III

Una escuela de periodismo

La formación de periodistas competentes ha sido y es un problema universal. Pero en ningún país se ha dado esta necesidad de manera tan aguda como en los Estados Unidos. Hay países, como España, donde la mayor parte de la falange periodística procede de las llamadas profesiones liberales, y está dotada, en consecuencia, de una educación académica. El periodismo, en esos casos, suele ser una ruta de tránsito para la literatura y la política, y generalmente responde a algún alto estímulo de la personalidad. Esto es un bien, en cuanto puebla el periodismo de escritores de raza y de mentalidades bien organizadas para los trabajos más elevados; pero es un mal, en cuanto reduce el número de buenos informadores, que deben constituir el núcleo de la profesión periodística. En los Estados Unidos, al contrario, el periodismo se ha nutrido hasta ahora de las profesiones menos relacionadas con las letras, de comerciantes poco prósperos, de industriales con poca fortuna, de burócratas y toda clase de empleados públicos. Como resultado, el nivel mental medio del periodismo norteamericano ha sido de lo más ínfimo del mundo entero. He aquí cómo juzga un príncipe de la Prensa, ya muerto, José Pulitzer, fundador del World, de Nueva York, el valor de los periodistas de este país: «Por mis manos han pasado veintenas de hombres, ingleses, escoceses, irlandeses, galeses, alemanes, americanos, hombres de llamada buena familia, hombres de humilde origen, hombres procedentes de una docena de Universidades, autodidactas, jóvenes, viejos. ¿Y que he encontrado? Arrogancia, estupidez, ingratitud, flojedad en el pensar, engreimiento, ignorancia, pereza, indiferencia, ausencia de tacto, de discreción, de cortesía, de modales, de consideración, de simpatía, de devoción; sin conocimientos, sin buen juicio, sin inteligencia, sin observación, sin memoria, sin penetración, sin comprensión. Apenas puedo creer en mi propia experiencia cuando pienso en ella.»

De esta concepción tan sombría del periodista norteamericano debió brotar en el espíritu de Pulitzer la idea de donar parte de su inmensa riqueza a instituciones destinadas a la elevación del periodismo. Dedicó a esos fines un millón de duros, y de ellos un millón de pesetas para fundar la Escuela de periodismo como parte integrante de la Universidad de Columbia, de Nueva York. En 1904, escribe en su testamento: «Estoy profundamente interesado en el progreso y elevación del periodismo, por haber empleado mi vida en esa profesión y por considerarla como una profesión noble y de importancia sin igual por su influencia sobre la mentalidad y la moral del pueblo. Deseo contribuir a atraer a esta profesión jóvenes de carácter y capacidad, y también ayudar a aquellos ocupados en la profesión a adquirir la educación moral e intelectual más alta.» Y en una revista amplía su idea con las siguientes palabras: «En todo mi plan el fin principal que tuve en vista fue la prosperidad de la República. El objeto de la Escuela será hacer mejores periodistas, que harán mejores periódicos, que servirán mejor al público. Suministrará conocimientos, no como un fin, sino para usarlos en servicio público. Tratará de desarrollar el carácter, pero aun eso será sólo un medio para el supremo fin: el bien público.»

Bajo este espíritu, y bajo tan poderoso benefactor, se inauguró la Escuela de periodismo en 1912. Más de treinta Universidades y colegios daban ya cursos relacionados con el periodismo, pero en ninguna parte ha sido ni es la enseñanza periodística tan sistemática y eficaz como en la Escuela creada por Pulitzer. Está instalada en uno de los treinta y seis edificios que integran la Universidad de Columbia, espacioso y equipado con toda liberalidad. En la planta baja están las oficinas de administración y un amplio salón de conferencias. En el primer piso está la biblioteca de la Escuela, con sus 5.000 volúmenes de obras de actualidad en su mayor parte y 1.000 periódicos encuadernados. Una habitación está dedicada exclusivamente a los libros; otra, a los periódicos nacionales y extranjeros; y en el centro la sala de obras de consulta, diccionarios, enciclopedias, libros de bibliografía, anuarios generales y estadísticos, almanaques de periódicos, informes del Gobierno con datos sobre transportes; cuestiones obreras, sanidad, seguros, &c., y guías de países extranjeros. Como complemento de este voluminoso aparato de estudio y consulta, hay una colección con 400.000 recortes de periódico, que abarcan treinta años, y contienen información biográfica, de crítica literaria y teatral, a más de ser una historia continua de los sucesos. En el sexto piso hay un llamado laboratorio o seminario de historia, política y economía, con una abundante colección de atlas y mapas, linternas ópticas, revistas del día, y otros materiales geográficos y estadísticos. El resto de las habitaciones se destina a las clases, y en una de ellas se confecciona cada jueves el periódico de la Escuela, última clase práctica de periodismo.

La Escuela expide títulos de bachiller y doctor en periodismo. El de bachiller exige dos años y un previo examen de ingreso. El examen de ingreso suele referirse a Historia, general o americana; a Lengua o Literatura inglesa, a Economía o Política, a Ciencias naturales, a idiomas modernos: Francés o Alemán antes de la guerra; pero puede elegirse el Español o Italiano, y a Escritura a máquina. Si el alumno ha aprobado estos estudios en algún colegio o Universidad, se le dispensa del examen de ingreso, excepto en lo referente a lenguas, pues a todos se les exige, antes de comenzar el primer curso, que puedan leer un periódico francés o alemán, o español o italiano. Estos conocimientos previos se computan por dos años académicos, de modo que, en realidad, el bachillerato en periodismo requiere cuatro años de estudio. Para obtener el título de doctor en periodismo, se necesita sufrir un examen especial y escribir un ensayo u otro trabajo propuesto por el Consejo de Administración.

Las materias que se estudian en los dos años de periodismo propiamente dicho son las siguientes: Primer año, se inicia con un curso de Lengua o Literatura inglesa, continuación del estudio adquirido antes de entrar en la Escuela. Este curso es esencial, porque uno de los defectos del periodista en general suele ser el conocimiento imperfecto, y a veces casi nulo, de su lengua. Este curso, cuando el alumno demuestra cualidades especiales, se transforma en un aprendizaje de la forma de algún género literario, especialmente del cuento, sin duda por lo lucrativo que es en los Estados Unidos cuando se logra éxito. Luego viene un curso de Técnica periodística, que instruye en la manera de redactar una noticia sobre apuntes, de presentarla, de tratarla según su importancia, de reseñar un mitin, de construir y desenvolver varios tipos de información periodística, de utilizar los libros de consulta. Otro curso se destina al estudio de la Estadística. Otro, a la Civilización contemporánea, que estudia los recursos naturales, los hechos y características nacionales en relación con los otros países. En otro curso se enseña Estilo político, relacionando la historia y la política norteamericanas con el periódico, o en vez de esto puede seguirse un curso de Historia o de Política. Otro curso se consagra a cuestiones de negocios y finanzas, tal como se le presentan al escritor de diario o revista, y trata del cambio de productos, de operaciones sobre colocación de dinero, de reorganizaciones económicas, de Banca, de seguros, &c., desde el punto de vista profesional del periódico; o en vez de esto, un curso de Historia o de Política. Finalmente, uno de los dos siguientes cursos: del Drama europeo moderno, con referencia especial a las principales obras representadas en inglés, francés, alemán, italiano, ruso y en las lenguas escandinavas desde 1870, o de Novela y Poesía europeas modernas, comenzando con el estudio de Meredith y Hardy y estudiando también novelistas y poetas ingleses posteriores, y asimismo los principales escritores de otras lenguas europeas a partir de 1870. Total, siete materias.

Segundo año: un curso de Reporterismo, basado en las noticias del día, con objeto de fomentar la inventiva, la rapidez y la exactitud. Otro curso de Redacción y encabezamiento de noticias, empleando la información diaria de alguna Agencia periodística, y discusión de teoría y estilo en la manera de presentarlas; con este objeto se publica en la Escuela un periódico todos los jueves. Otro curso de Historia del periodismo, con referencia especial a las condiciones existentes y a la teoría y práctica del periódico diario. Otro curso de Elementos del Derecho. Otro, de Relaciones internacionales: estudio histórico y descriptivo de las actuales relaciones entre naciones, grandes y pequeñas Potencias; sus esferas de influencia, sus alianzas y su política. Por último, dos de los cursos siguientes: o Drama o Novela y Poesía modernas, o aprendizaje de escritura de artículos de fondo e historia de su desenvolvimiento, o escritos especializados de negocios, finanzas, tecnología, &c., para preparar directores de revistas comerciales; o cuentos cortos, curso abierto solamente a los escritores que hayan sufrido un especial examen de ingreso en técnica novelística, o a aquellos que hayan publicado trabajos de esta índole en algún periódico; o escritos de crítica, basados en obras recién estrenadas, en Exposiciones y en publicaciones del día. Total, siete materias.

Como se ve, el programa es bastante limitado. Bien se adivina que el propósito capital ha sido más formar buenos informadores que agudos intérpretes de los acontecimientos. Sin ir más lejos, por ejemplo, se echa de menos un curso de Historia de las ideas sociales, para que un periodista de hoy no confunda, como ocurre con frecuencia, socialismo, sindicalismo, anarquismo, bolchevismo, y otros conceptos semejantes que tanto abundan en la Prensa contemporánea. Pero no pretenden estas notas someter a examen crítico la Escuela de periodismo de Nueva York, sino exponer somera y claramente sus rasgos principales. Falta agregar que todos los profesores y miembros de los Consejos consultivo y administrativo son personas competentes, notables en el periodismo o en la especialidad que enseñan. La Escuela ha sido un rotundo éxito. Ridiculizada al principio por los periodistas y Empresas periodísticas de la vieja escuela de la espontaneidad y la improvisación, hoy un título de la Escuela de periodismo es segura garantía de inmediata y fructífera ocupación. La Escuela de periodismo de Nueva York, como su fundador quería, es en última instancia un órgano de educación al servicio del bien público.


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