Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 91-95

El feminismo · I

Un caso de «mujer nueva»

¿Parecerá un exceso de lisonja masculina la declaración de que lo más interesante y sugestivo de los Estados Unidos es la mujer norteamericana? Y no aludimos, precisamente, a su belleza, que, en general, es extraordinaria, sino a su mentalidad y visión de la vida. Varias veces, en el curso de estos trabajos, nos hemos referido de soslayo a esta delicada cuestión. Explorémosla ahora con más detenimiento, pues el tema lo merece, ya que la mujer, en todas partes, es uno de los pilares básicos de la civilización vigente, y, en algunas –acaso en los Estados Unidos–, la clave de todos los arcos.

El eje del feminismo, lo que caracteriza a la «mujer nueva», es el descubrimiento de su individualidad. Todo el progreso no consiste, en última instancia, sino en una serie de descubrimientos de la individualidad de cada uno de los componentes sociales de la especie humana y de otras tantas luchas por que les sea reconocida universalmente. Primero descubre el hombre su individualidad por diferenciación de la naturaleza; luego como miembro de la clase dominante, individualidad del talento, del poder, de los derechos heredados; después, como miembro de la clase dominada, como esclavo, como siervo, como proletario moderno. Últimamente descubre su individualidad la mujer. Ya se habla también, como de algo absoluto, de la individualidad del niño, y también de la individualidad de los animales y hasta de las plantas, con lo cual parece como si el hombre, después de haberse desintegrado mentalmente de la naturaleza, quisiera integrarse en ella de nuevo, bajo el impulso de una sensibilidad cósmica.

Siempre ha habido fuertes individualidades femeninas, pero la conciencia de su individualidad no la ha sentido la mujer tan general y vivamente como en la época contemporánea. El feminismo es un fenómeno universal; sólo que en unos países es más rápido que en otros, o más pintoresco, o más dramático. Dentro de la limitación de nuestro conocimiento, en problema tan complejo y vidrioso, se nos antoja que los Estados Unidos son el país donde la lucha de la mujer por su individualidad toma caracteres más específicos y pronunciados. Rara será la mujer norteamericana –habría que buscarla lejos de los grandes centros de población, en los distantes núcleos rurales– que no hable alguna vez al día de su «independencia», como anhelo o como lograda realidad. Diariamente se hacen públicos casos representativos de mujeres «emancipadas». Recuerdo, sobre todo, uno –de los más típicos– de que escribió largamente la Prensa de Washington en noviembre de 1919, y aún le queda mucho por escribir sobre el mismo caso, si sigue su curso, a la del país entero. Helo aquí:

La señora de Russell, heroína de esta verdadera historia, es una hermosa dama –a juzgar por las fotografías, que la muestran casi desnuda, de los periódicos–, casada con uno de los hombres más ricos de Cleveland, el señor Russell, del cual tiene dos hijos, de ocho y nueve años. Es un símbolo de la «mujer nueva». No entiende ella el matrimonio como una serie de funciones encaminadas exclusivamente a velar por la salud de los hijos y por la vanidad masculina del marido. No se exija, por ejemplo, de la señora de Russell que le caliente a su marido las zapatillas en la estufa o que le ponga solícita la bata doméstica a su regreso al hogar. Ciertamente, no es el señor Russell de la especie de maridos que piden tales cosas. «Pero aunque tal vez le gustasen si yo las hiciera –confiesa la señora de Russell–, nunca he pensado en hacerlas.» Sus aspiraciones y destinos son más altos. Sencillamente, la señora de Russell quiere que no quede inédita su personalidad. ¿Cómo? «Mi impulso de bailar –declara inequívocamente– domina mi vida toda. Simplemente tengo que expresarme a mí misma, tengo que expresar mi individualidad divina danzando.»

Mientras este anhelo no traspuso las fronteras de la familia, todo fue bien: el señor Russell se deleitaba con las danzas de su esposa, tan joven y bella, y los chicos se entretenían también, tomándolas por ejercicios gimnásticos, que ellos secundaban gozosamente. Pero la señora de Russell comenzó a bailar en fiestas particulares y el marido comenzó a torcer el gesto, aunque no todavía a negarles su resignada presencia. Sólo cuando se produjo la «evolución» de su esposa, el señor Russell dejó de asistir a las fiestas privadas en que ella se retorcía lúbricamente. «Los griegos –dice la señora de Russell– subordinaban, indudablemente, el cuerpo al alma... En el colegio –la señora de Russell está graduada en el colegio de Wassar,– y, cuando mis niños eran pequeños, yo me dediqué enteramente a las danzas del alma. Mis interpretaciones eran tranquilas y decían su historia con elegancia y dignidad de movimientos... En realidad, yo me sentía como un frío mármol griego animado de vida.»

Pero la señora de Russell superó esta etapa de su arte, porque «un público moderno de gentes altamente educadas y cultas –dice– no se estremece con las gentiles simplezas de los griegos. Pide más... Hace tres años me di cuenta de que, para expresarme mejor, tenía que empezar con las danzas orientales o del cuerpo, y hay gentes en Cleveland que creen que las tales danzas son malignas y viciosas. Estoy segura de que muchas de esas gentes esperan de mí que abandone mi hogar y mi marido o que mi marido me prohíba tomar parte en este nuevo trabajo». Sin embargo, el señor Russell es hombre paciente, y «cuando superé –prosigue su esposa– la música modosa de Beethoven y Gluck y alcancé el orientalísimo seductor de Debussy y Strauss, el señor Russell tuvo que tascar el freno de sus antiguos prejuicios, o de otra suerte... pues bien, francamente, me hubiera perdido»...

La «mujer nueva» es terriblemente sincera. Siempre ha habido mujeres que han tratado de «expresarse» mediante la danza u otro medio, y se han salido con la suya, a despecho de la oposición de sus maridos. Siempre ha habido también, probablemente, mujeres que han tenido de sus compañeros de coyunda la idea más despreciable, y más de una vez con razón. Eso es tan viejo como el hombre y la mujer. Lo nuevo es que la mujer lleve la polémica conyugal a los papeles públicos. La señora de Russell no teme presentar su problema marital tan desnudamente al público como su cuerpo cuando busca expresión en ardorosas danzas orientales. «Los maridos –declara amablemente– son un pequeño ganado (little cattle), modernos o no modernos. Naturalmente, ningún hombre disfruta compartiendo su mujer y sus gracias físicas con el público. Él puede ser promiscuo y gregario, incluso polígamo; pero no tiene fe sino en la esposa que es mujer de un solo hombre. Claro es que, hoy en día, acaso charle de la igualdad de los sexos y del derecho divino de la mujer a ser independiente, pero todo esto es para alguna otra mujer, no para la suya». Felizmente para la señora de Russell, su marido «es totalmente moderno, por lo menos en la superficie», y «un marido moderno –prosigue la audaz bailarina,– por muy virulentos que sean sus instintos cavernarios, tiene simplemente que enterrarlos bajo la capa de la civilización y condescender con los deseos de su esposa cuando la esposa siente que es una personalidad distinta». El señor Russell se interesa y divierte con las danzas de su mujer, «¡pero algunas veces creo que los instintos de la caverna están a punto de estallar! Sin embargo, se sofrena, porque se da cuenta, sabiamente, de que tengo que expresarme, expresar mi divina individualidad».

Como la señora de Russell, piensan quizás noventa de cien mujeres norteamericanas. Y si tuvieran ocasión, lo dirían también al público. ¡Melancólico futuro espera a los hombres! En la antigüedad, los esclavos, al hacerse libres, solían a veces revolverse violentamente contra sus señores de otro tiempo. Ahora que tanto se habla de dictaduras, ¿no estará abocada la Humanidad a la dictadura de la mujer? El «niño de los cabellos largos y pensamientos cortos» demuestra, por lo menos por boca de la señora de Russell, que sus palabras son tan largas como sus cabellos, ¡Ay del hombre si sus hechos son también tan largos!


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Luis Araquistain
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