Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 84-88

La evolución social · X

La Escuela Rand

Uno de los pocos oasis espirituales de Nueva York –probablemente de los Estados Unidos– es un edificio, sobrio y sólido, que hay en la calle 15.ª entre la Unión Square y la Quinta Avenida (cerca, en la Unión Square, está el «Liberator», la revista mensual de socialismo revolucionario, que dirige, de nombre, Max Eastman; y, de hecho, su hermana Cristal; otro oasis). Es la Casa del Pueblo. Pero lo interesante de esta Casa del Pueblo de Nueva York no es tanto que sea casa como que sea escuela: en ella está, ocupando más de la mitad del edificio, la Escuela Rand.

Esta Escuela Rand suscita un interés múltiple. Procuraremos recoger algunos de sus numerosos aspectos y significaciones. Simboliza el punto de convergencia de diversas manifestaciones de la vida social norteamericana. Es una institución en cuyo origen y sostenimiento colaboran el entusiasmo ideal, la filantropía, la sed de conocimiento de la clase obrera, la incompatibilidad del espíritu nuevo con los viejos centros de enseñanza y la actitud organizadora. Todos estos elementos espirituales y prácticos engendran, con la Escuela Rand, uno de los focos docentes más ejemplares no ya sólo de los Estados Unidos, sino del mundo entero.

La Escuela Rand no se llama así hasta 1906; su progenitora es la Sociedad Socialista Americana, que se funda en 1901. Esta Sociedad Socialista tiene por objeto organizar conferencias y cursos para el estudio de la economía política y el socialismo; evidentemente, está emparentada con la Sociedad Fabiana de Londres. Unos cuantos hombres desinteresados y entusiastas –entre los cuales merece especial mención Algernon Lee, actual director de la parte puramente docente de la Escuela– se percatan de que el progreso de la sociedad depende en grado considerable de la difusión de una cultura especializada, fundamentalmente de tipo socialista, entre la clase obrera, y de la formación de obreros para organizar, agitar y dirigir los diversos organismos del movimiento social.

En 1906 se crea, como hijuela de la Sociedad Socialista Americana, la Escuela Rand. Recibe este nombre como tributo de gratitud a la señora Carrie Rand, que deja a la Escuela, al morir, parte de la renta de sus bienes, hasta que sus nietos alcancen determinada edad y puedan recoger la herencia que les corresponde. En los primeros años, el usufructo de esa fortuna equivalía para la Escuela Rand a unos 7.000 duros anuales; poco a poco ha ido disminuyendo, y hoy apenas si representa 1.500 duros; dentro de pocos años, estos ingresos habrán desaparecido en absoluto.

La filantropía de la señora Rand fue la primera piedra económica de la Escuela. Esos casos de desprendimiento, o, si se quiere, de reversión social, no son raros en los Estados Unidos. Los españoles ricos, tan fáciles siempre en lo de imitar las costumbres ostentosas de los ricos extranjeros, ¿no seguirán también alguna vez sus ejemplos de generosidad? Pero la Escuela no hubiera podido vivir sólo de la señora Rand; ella era la corriente más caudalosa; pero hacían falta otros afluentes de colaboración económica para sostener la marcha del organismo docente. Calcúlese: en el año de 1918 a 1919, el costo aproximado de la Escuela fue de 45.000 duros. Los derechos de matrícula rindieron 22.000 duros; la librería aneja a la Escuela, 10.000. El resto se cubrió con lo que aún cobra del legado de la señora Rand y con suscripciones particulares, que suelen variar entre 25 centavos y 10 dólares, de antiguos alumnos y amigos.

La cifra de 45.000 duros por año parecerá exorbitante a los lectores españoles. Pero es exigua si se considera que a los profesores se les abonan cantidades que no aceptarían de ningún otro centro de enseñanza. A nadie, en la Escuela, se la paga más de 2.500 duros por año. La mayor parte de los profesores dan sus lecciones por devoción a la clase obrera; pero a nadie que lo necesite o solicite se le deja de abonar algo. Buen número de profesores son socialistas, escritores o conductores del movimiento obrero; no faltan entre ellos algunos expulsados de las Universidades por sus ideas avanzadas. Otros pertenecen a alguna Universidad. Omitimos por prolija la enumeración de sus nombres; baste decir que se aproximan a un centenar y que entre ellos están algunas de las figuras más eminentes en las ciencias y las letras de los Estados Unidos.

De las materias que se enseñan en la Escuela Rand, mencionaremos algunas: Historia Social General, Antropología y Sociología; Historia del mundo moderno e Historia actual; Historia económica y política de los Estados Unidos; cursos especiales sobre los Problemas de irlandeses, rusos, indios, chinos y negros; Problemas de reconstrucción; Historia del Socialismo, del Sindicalismo y de la Cooperación; Elementos de ciencia política, Gobiernos comparados y Política americana; Elementos de economía. Estudios superiores de economía, Elementos de estadística, &c.; Estudios elementales y superiores de teoría y práctica del socialismo; Problema del trabajo y Métodos sindicales; Legislación obrera. Seguro social, &c.; Estudios sobre propiedad nacional y municipal; Elementos de criminología; Principios de las ciencias naturales; Higiene personal y social; Historia de la filosofía y Problemas de filosofía: Psicología y lógicas aplicadas y Métodos de enseñanza; Aspectos sociales del arte, de la música, de la literatura y el teatro e Historia de la literatura; Gramática inglesa y composición; Oratoria pública, Uso de la voz, Lectura oral y Corrección de acento extranjero; Métodos de investigación, Métodos de organización, Métodos de contabilidad, Reglamento parlamentario. Toda una facultad de política moderna, que pocas Universidades, o ninguna, superan.

La mayor parte de las conferencias y clases se dan por las noches y por las tardes de los sábados y domingos. Por regla general, cada asunto se desarrolla en un curso de doce o veinticuatro lecciones, que, a razón de una o dos veces por semana, dura tres meses. El precio de estos cursos suele ser de cuatro a seis duros cada uno. Pero hay cursos especiales para obreros que quieren dedicarse a organizar y dirigir el movimiento obrero. Son cursos sistemáticos, que exigen por lo menos una asistencia de veinte horas por semana a conferencias y clases; los obreros que vienen de fuera de Nueva York dedican todo su tiempo, durante seis meses, a este aprendizaje, verdadera licenciatura en cuestiones sociales, teóricas y prácticas; para los de Nueva York que quieran seguirlo hay un programa de noche, para que puedan estudiar sin perder su trabajo diurno. Se da también un curso de verano con esta misma finalidad. La matrícula para todo el curso cuesta 75 dólares. La Escuela Socialista de Berlín, anterior a la guerra, sufragaba los gastos de sus propios educandos; su objeto era semejante. Hay también cursos, muy eficaces, por correspondencia.

La Escuela Rand ha experimentado un poderoso desenvolvimiento. En 1906-1907, los alumnos matriculados eran unos 250, en 1917-1918 –primer año de su traslado a la Casa del Pueblo, que hoy es, parcialmente, suya–, unos 4.000, y en 1918-1919 pasaban de 5.000. Cuenta con un departamento de investigación que publica un «Anuario» de cuestiones obreras americanas y exteriores, muy útil, bajo la dirección del ruso Trachtenberg. Ha publicado también libros y folletos. Este éxito de la Escuela Rand se debe, sin duda, a su propia eficacia, al entusiasmo de sus organizadores, directores y sostenedores y a sus amplios medios económicos. Pero también, en gran parte, a las persecuciones sufridas. El martirio es siempre fecundo. La Escuela Rand ha sido asaltada alguna vez por el populacho –el antiguo populacho que arrastraba brujas y quemaba alquimistas; el mismo que hoy lincha negros en los propios Estados Unidos– y sus directores han sido encausados por los Tribunales de justicia, como polvorines potenciales contra el orden estatuido. Estos acosos, lejos de destruir la Escuela Rand, han hecho su propaganda y su prestigio. Como siempre, y como en todas partes.

La librería de la Escuela Rand merece párrafo especial. Además de la biblioteca para sus alumnos, tiene, en la planta baja, una librería que es una de las mejores de Nueva York. Instalada al modo moderno, es un amplio salón, sin mostrador ni barreras de ningún género para el visitante, que puede recorrer todo el local, hojeando los libros de las mesas y de los estantes. Las obras –políticas, científicas, literarias– están cuidadosamente escogidas. Como el público es selecto sólo se encuentran en ella publicaciones de evidente interés intelectual; nada de esa bazofia editorial que suele ser el pasto del llamado «gran público». El año 1918 vendió por 50.000 dólares; como ya hemos dicho, 10.000 de ganancia. Una librería de ese tipo, hospitalaria, alerta al movimiento editorial, selecta, atendida por un personal inteligente, amable y enterado, sería en España –y en cualquier otro país donde no exista– una pingüe fuente de ingresos.


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