Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 29-32

Interpretaciones y visiones · V

Un pueblo juvenil y céntrico

He querido purificar mi conciencia, como informador leal, de toda impresión puramente subjetiva, engendrada en el contraste con mi temperamento, mi educación y mis hábitos, antes de responder a esta pregunta, que era como la fuerza directriz de mi atención y mis percepciones: ¿Qué significa la República norteamericana objetivamente, para mí, para usted y para el de más allá? Si fuera una potencia minúscula o agotada, nuestro interés no excedería de la emoción patética y compasiva que nos sugieren las cosas débiles o realizadas. Pero tratándose de una realidad tan poderosa y, al mismo tiempo, tan potencial, el interés ha de ser activamente inquisitivo. ¿Qué acciones futuras, qué grandezas, qué catástrofes o bienaventuranzas reservan a la Humanidad los Estados Unidos?

Los pueblos son como seres humanos. Unos nos producen una impresión de infancia candorosa. Tienen de sí mismos una idea excesivamente alta, que es el impulso de su personalidad, y muestran extremado celo en repudiar toda tutela, y a veces todo parentesco espiritual. Es el estímulo de la individualidad, profundo y respetable, el que inspira su enérgico optimismo y sus inocentes jactancias. No falta quien se enoja con estos pueblos nacientes; pero quien carezca de vanidad histórica y los observe con desinteresado amor intelectual, antes que a ofenderse y a reprenderles se sentirá impelido a darles unas afectuosas palmadas en la espalda. Su vitalidad merece todo género de alientos.

Otros pueblos comunican la melancolía de la decrepitud. Han realizado su obra, y están poseídos por un sopor que no se sabe si es sueño o principio de muerte. A veces es sueño, y, tras el descanso reparador, renacen con redoblada energía. Así, Italia. Pero hay otros que no pueden despertar. No ha podido despertar Turquía, ni podrá Marruecos. Tras un largo período de morboso letargo, España parece volver de nuevo a la vida. Pero sus movimientos, ¿no serán puramente mecánicos, externos, como los de un sonámbulo? ¿Despierta también su conciencia de nación, de miembro de la familia humana? Quede aquí el ácido interrogante.

Otra tercera categoría de pueblos es la de aquellos que han alcanzado la dorada edad de la madurez, cuando la conciencia está en su plenitud y los apetitos se sienten satisfechos. Son los pueblos equilibrados, todo mesura, discreción y tolerancia. Inglaterra encarna perfectamente este tipo, y también, con diverso matiz, Francia. El mundo no tiene que temer ningún grave daño de este linaje de pueblos. Son los pueblos que entraron hace tiempo en la segunda mitad de la vida, y si bien les anima un sentimiento conservador frente a la Historia, no lo es tanto que se cierren a todo cambio y a todo recién venido. Poseen suficiente vitalidad para poder ser flexibles. Les repugna la violencia, y conciben el progreso como una mezcla de estabilidad y mutación, como una transformación en las esencias, sin sustituirlas, ni menos destruirlas. Los nuevos derechos sin aniquilar la sustancia de los viejos. La marcha adelante sin grandes saltos bruscos. ¿Es esto siempre posible?

Hay una última categoría de pueblos, ni infantiles ya, ni severos, ni maduros aún, pueblos de primera juventud, llenos de voluntad de vivir y de crecer, propensos, si los bienes inmediatos no les bastan, a tender la mano sobre los ajenos y a violar, por lo tanto, el derecho vigente, no para modificarlo en su raíz, sino para servirse de él y consolidarlo, una vez la acción consumada. Son los pueblos que quieren un puesto al sol del viejo derecho, un asiento en el banquete de la mesa tradicional. Harto a menudo no conocen más medios que la violencia. Entonces comienza a formarse una tempestad sobre el mundo, y si la razón no refrena al pueblo apetente, sobreviene, a la postre, la catástrofe.

Los pueblos de este tipo suelen ser, durante el desarrollo biológico de su voraz juventud, el centro de la Historia experimental. Unos temen por sí; otros, por el equilibrio general. Casi todos los pueblos europeos han pasado en la edad moderna por ese centro tempestuoso. Pasó España, pasó Francia. Acaba de pasar Alemania, y su paso ha sido el más trágico de todos. Pasará, probablemente, el Japón. ¿Pasarán los Estados Unidos? La respuesta es que tal vez ya están en ese centro vertiginoso o muy cerca de él. Hoy, el mundo no es ya, como hasta hace pocos años, sólo Europa, sino el mundo entero. América y Asia, que miraban al tablero europeo como espectadores pasivos, cuando no como prendas de la partida, se han convertido de pronto en primeros actores. El mundo ha recobrado, políticamente, su redondez, su esférico contorno, y en esa nueva pista internacional, los Estados Unidos comunican una impresión de centro. En los próximos cuarenta o cincuenta años, el mundo va a dar muchas vueltas en torno de la República norteamericana. Todo –su economía, su posición geográfica, el grado de su desenvolvimiento, sus aspiraciones– contribuye a despertar en el atento visitante la sensación de que se pasa por el nuevo vórtice de la Historia. Esto no quiere decir necesariamente que en ese torbellino se esté fraguando la nueva catástrofe. Nuestro espíritu se resiste a creer en una nueva catástrofe, porque no creyendo, se reducen sus posibilidades. Las guerras, como los mitos, son creaciones nuestras, y si todos pudiéramos expulsarlas de nuestras conciencias desaparecerían también de la realidad. No queremos creer en una catástrofe universal provocada por los Estados Unidos; nuestra voluntad de fe genérica en los hombres y de fe específica en el pueblo norteamericano, nos niega el derecho al pesimismo. Pero, de todos modos, bueno es formarse conciencia de un país que va a ser, si no lo está siendo ya, centro histórico, para poder interpretar certeramente los sucesos venideros, y acaso la conciencia que de él forme poco a poco el mundo sirva para iluminar la suya propia y corregir cualquier posible desvío. Si el mundo hubiera tenido clara conciencia de la Alemania anterior a la guerra, y los alemanes hubieran adquirido conciencia de esta conciencia, es probable que el pueblo alemán se hubiera conducido de otra suerte.

En varios trabajos sucesivos, que no tendrán la infatuada pretensión de agotar los Estados Unidos como tema de estudio, sino el modesto propósito de llamar la atención a los curiosos sobre una de las realidades más complejas y potenciales del mundo de nuestros días, se tratará, con la mayor sistematización posible, de algunas de las cuestiones que más preocupan al pueblo americano, y que, al propio tiempo, son de interés universal.


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