Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

 Imprima esta página Avise a un amigo de esta página

Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 23-28

Interpretaciones y visiones · IV

Un rascacielos de 58 pisos

No hay en Nueva York muchas maravillas que ver. No ha tenido aún tiempo esta ciudad de aprender uno de los lenguajes de la historia, el monumento, ni de adornarse con las galas del arte. Obra del utilitarismo –economía y eficiencia–, es una ciudad sin pasado visible, sin belleza y sin anhelo de perduración. Sus construcciones carecen de todo sentimiento de eternidad. Se levantan sabiendo casi matemáticamente el número de años que han de durar, por lo general, un número corto, estrictamente el necesario para que el capital invertido se recobre y acreciente en el interés asignado. Nueva York, como ciudad, no es todavía más que una empresa de la industria y el comercio. No ha edificado aún para la eternidad, buscando las dos formas de perpetuación: solidez y belleza.

Pero ya empieza a manifestarse esta inquietud de eternidad. Naturalmente, sus estímulos no pueden ser los mismos que han creado los grandes tesoros de la arquitectura del pasado. Falta aquí el estímulo de la gloria dinástica, transmisor de tantos monumentos en Asia y África. Falta el estímulo religioso, padre de las catedrales góticas. Falta el estímulo de la comunidad civil, engendrador de tantas edificaciones públicas medioevales. Falta el estímulo guerrero, falta el estímulo del conocimiento, falta el estímulo sensual, faltan todos los estímulos que buscaron su expresión de perpetuidad en un castillo, en una Universidad, en un palacio, en un Museo, en un Parlamento, en un circo. Tal vez todos estos estímulos existen, pero en estado potencial y todavía amorfo. Sin embargo, hay ya un estímulo que aspira a crear obras verdaderas. Es el estímulo de la gloria comercial. Y su manifestación más ostensible es el sky-scraper, el rascacielos.

El rascacielos es el signo más original de la civilización norteamericana. Inicialmente corresponde a una necesidad física de la ciudad de Nueva York; agotada la extensión superficial de la isla que le sirve de base, y en vista del aumento constante de la población, el hombre ha ideado una arquitectura de expansión vertical: consumida la tierra, se ha lanzado a los dominios del aire. Pero esta necesidad económica del rascacielos representa, por otra parte, lo más típico del espíritu norteamericano: cantidad e impersonalidad. El rascacielos simboliza el leviatán arquitectónico, el tipo de casa más grande que ha edificado el hombre, por lo menos el mayor esfuerzo de erección realizado hasta ahora en ese linaje de construcciones. El rascacielos encarna uno de los muchos orgullos nacionales de los Estados Unidos.

Además, el rascacielos expresa como ninguna otra fábrica humana el empequeñecimiento del individuo, que es otro de los signos de la civilización norteamericana. Otras civilizaciones –tal es el sentido de la europea– tienden a exaltar el individuo; todas las construcciones sociales, las del espíritu como las de la materia, se dirigen a servir al hombre, a acrecentar su potencia, a enriquecer su personalidad, a diferenciar su individualidad. La norteamericana, por el contrario, parece inclinarse, hasta ahora, a crear órganos de vida, de los cuales el hombre es más siervo que señor, medio más que fin, partícula sumisa más que dirección soberana. En todo el país las ciudades son semejantes, las modas son semejantes; las costumbres, los tipos, los espectáculos, los periódicos, las comidas, los propósitos, son semejantes. Es la nación de lo grande y lo uniforme colectivo, de los «trust», de las sociedades anónimas, de lo inindividual. Todo el país es una inmensa sociedad anónima.

En un país así, el rascacielos es una creación representativa. En los pueblos de civilización muy individualista, los instrumentos materiales de la acción dinámica y de la pasiva o reflexiva sirven de ampliación de la personalidad. Los medios de locomoción equivalen a un prolongamiento de la locomoción del individuo; las casas significan como una extensión de su contorno físico, como una expansión de su volumen corpóreo. En los Estados Unidos, en cambio, los términos parecen trastrocados: la violencia y la brusquedad de los medios de transportes, que maltratan y tiranizan al individuo, sugieren la impresión de que las máquinas no andan para trasladar con más rapidez a los hombres, sino que los hombres se prestan instrumentalmente a la traslación para que las máquinas ejerciten su máxima velocidad e incomodidad. Las casas no tienen por objeto proteger y personalizar más al individuo, sino impersonalizarle y reducirle a vecino infinitesimal. Más que señor de su residencia, más que rey de su reino domiciliario, el norteamericano es la hormiga impersonal y uniforme en un hormiguero infinito. Esta negación de la individualidad la representa el rascacielos de modo perfecto. Un rascacielos neoyorquino no es tanto un edificio como una ciudad, pero una ciudad sin vecindad posible, una ciudad donde los prójimos están tan próximos y amontonados que no logran distinguirse, que no pueden tener conciencia de diferenciación, y menos aún, por lo tanto, esa personalidad vecinal que se afirma saludando amistosamente por la ventana a otra personalidad o apedreándosela con nocturnidad y alevosía si media un odio de convecinos. El rascacielos es la gran residencia anónima, la ciudad sin suburbios de unos cuantos millares de seres humamos numerados. Es el símbolo más expresivo del sentimiento de impersonalidad que caracteriza a la civilización norteamericana.

Originariamente, el rascacielos no responde más que a un fin económico, esto es, temporal y antiestético. Es feo y está hecho sin propósito de larga duración, porque la belleza y la eternidad material cuestan caras y rara vez rinden dividendos.

Pero el rascacielos empieza ya a avergonzarse de sí mismo, de su aire de inmenso cuartel puesto en pie y de su escasa consistencia, y está iniciando sus primeras tentativas de perpetuidad y belleza. Hasta ahora, su expresión más conspicua es un edificio de cincuenta y ocho pisos que se eleva en pleno corazón comercial de Nueva York. Se le conoce con el sobrenombre de «Catedral del Comercio». Es, en efecto, el comercio glorificado, elevado a religión en este gigantesco santuario, que, para establecer mejor su parentesco espiritual con las viejas fábricas eclesiásticas, ha osado revestirse de formas góticas. Este curioso monumento es la apoteosis del comercio, la consagración de un milagro comercial. Alzó este edificio un hombre que alcanzó rango de multimillonario, con vastos y numerosos bazares extendidos por todo el país, donde los precios de sus infinitas mercancías son exclusivamente de cinco y diez centavos. Nunca el centavo como fin de lucro tuvo santificación más grandiosa que en esta enorme mole. En ella han colaborado, con sus minúsculos desembolsos, millones de compradores. Rara será la familia norteamericana que no ha contribuido indirectamente a su erección. Del mismo modo que las catedrales y los monumentos de la antigüedad eran obra del pueblo entero, que así perpetuaba su amor o su temor a los dioses y a los reyes, también esta catedral del centavo lucrativo es obra de todo el pueblo norteamericano, que de esa forma ha querido, por voluntad encarnada en un hombre, eternizar su amor o su temor a los dioses de la riqueza. Entre sus inquilinos y empleados suman una población de 12.000 almas; su altura es de 792 pies; al entrar por sus puertas se tiene la impresión de que se va a recorrer una ciudad erguida.

Este inmenso edificio está dominado por la preocupación de lo gótico. En ese sentido su forma carece de originalidad; pero por otra parte, expresa a la perfección el sentimiento religioso que en este país lo satura y lo envuelve todo, elevando incluso el comercio a función de religiosidad. El rascacielos no ha hallado aún su vestidura propia, su estilo arquitectónico: pero una construcción como ésta revela numerosas posibilidades de arte. Como instrumento práctico, de residencia humana, el rascacielos produce una infinita depresión espiritual. ¿Llegará a desaparecer con el tiempo la casa individual y se poblará el mundo entero de rascacielos? Para un temperamento individualista, el ideal es que, entre su personalidad y el resto del universo, social o natural, medie el menor número posible de cosas. Pues bien, el rascacielos significa una masa excesiva, levantándose entre el hombre, por una parte, y la sociedad y la naturaleza, por otra. Su inmensa mole abruma y aísla, a fuerza de amontonarle, al individuo. Un mundo poblado de rascacielos es una pesadilla demasiado trágica.

Desde lo alto, desde la torre que corona sus cincuenta y ocho pisos a los cuales se sube por velocísimos ascensores, se domina toda la ciudad de Nueva York, cubriendo por completo la isla de Manhattan y desbordándose, al otro lado de los ríos Hudson y Este, a Nueva Jersey y Brooklyn. Al Sur se abre el puerto, sin igual por su grandeza natural y por su tráfago. Nueva York da la impresión de ser la capital de todo este hemisferio de Occidente, rival ya de Londres y París como centro de curiosidad universal y de afanes comerciales. Pero todavía es una ciudad triste; dijérase que sus habitantes han sacrificado su personalidad –el amor a los fines ideales y sensuales de la existencia– para crear este terrible emporio. El rascacielos es como una primera fuga espiritual de la agobiadora vulgaridad cotidiana. Desde estos cincuenta y ocho pisos, los seres humanos semejan en las calles profundos ríos de hormigas que buscan su grano de oro para almacenarlo avaramente. Todavía no han aprendido a sembrarlo idealmente, todavía ignoran que la riqueza no debe ser un fin individual, sino un medio social. A lo sumo, como tributo a la riqueza levantan estos hormigueros colosales, que son los rascacielos. Pero el grano de oro está ya lleno de gérmenes espirituales, y tal vez sea pronto el instrumento de las causas más heterodoxas y subversivas. Un detalle: la miseria que sufre el pueblo ruso, singularmente sus niños, por causa del bloqueo, está llevando constantemente a manifestaciones callejeras de protesta a las mujeres más ricas de Nueva York; la plutocracia femenina es allí el aliado más firme del bolchevismo.


filosofia.org
Proyecto Filosofía en español
© 2010 filosofia.org
Luis Araquistain
textos