Filosofía en español 
Filosofía en español

Emeterio Valverde Téllez (1864-1948) · Crítica filosófica o Estudio bibliográfico y crítico de las obras de Filosofía escritas, traducidas o publicadas en México desde el siglo XVI hasta nuestros días (1904)


Capítulo X

El Lic. Don Teodosio Lares

DAREMOS desde luego las pocas noticias biográficas que de este letrado hemos podido adquirir. En 1848 era director del Instituto Literario de Zacatecas: en 1853, cuando el Gral. D. Antonio López de Santa-Anna vino por vez última a encargarse de la suprema magistratura de la República, escogió al Sr. Lares para ponerlo al frente del Ministerio de Justicia. Afirma el Sr. Rivera Cambas en su obra Los Gobernantes de México, que «Lares alguna vez sostuvo en el Senado principios liberales que abandonó al subir al Ministerio.»{91} No tardó el ministro en hacerse aborrecer a causa de la ley de 25 de Abril del mismo año de 1853 que, consecuente con la política seguida por el dictador, cortaba las alas a la libertad de imprenta; aunque, dicho sea de paso, aquí siempre se ha abusado de esa libertad, pues para los jacobinos es sinónimo de desvergüenza, obscenidad, calumnia e impiedad.

Al año siguiente hallamos a Lares encumbrado al rango de Caballero Gran Cruz de la Nacional y Distinguida Orden de Guadalupe, Orden cuyos fines eran muy nobles y cuyos individuos, al menos en su mayor parte, merecían los honores que en otras naciones y en otras épocas se han tributado a la nobleza; pero nuestro pueblo la vio con desdén, [126] y ya desde su instalación en tiempo de Iturbide logró ridiculizarla.{92}

De seguro que el Sr. Lares cayó envuelto en el torbellino revolucionario que, iniciado en Ayutla por D. Florencio Villarreal a 1º de Marzo de 1854, invadió en breve toda la República, y derrocó por fin el ruinoso edificio de la administración militar de Su Alteza Serenísima. Vemos, sin embargo, a Lares flotar de nuevo durante la corta administración del General Miramón, y en el efímero imperio de Maximiliano; pues llegó a desempeñar nada menos que el comprometido papel de Presidente del Consejo de Ministros, y recargado por añadidura de muchos y rimbombantes títulos, a saber: «Gran Cruz de la Orden Imperial de Guadalupe, Comendador de la Orden Imperial del Águila Mexicana, Medalla de primera clase del Mérito Civil, Socio de la Academia Imperial de Ciencias y Literatura, Doctor de la Universidad de México en la facultad de Derecho Civil,{93} Socio Honorario de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, de la de Mejoras Materiales de Texcoco, y Titular del Instituto de África.»{94}

Lares llamaba la atención porque, a pesar de que su constitución física era demasiado delicada y enfermiza, estaba dotado de un carácter sobremanera activo y enérgico: «era un hombre excesivamente honrado», murió «pobre, obscuro y casi olvidado, él, que había tenido en sus manos la suerte de un imperio, fue enterrado humildemente y sin pompa en una fosa abierta en la tierra, respetando su postrera voluntad.{95} [127]

Escribió y publicó dos veces unos Elementos de Psicología, formados de los diversos artículos psicológicos, escritos en francés por C. M. Paffe, Joufroy, Foscati, Satur, [128] Benjamín, Laffaye, Billot, Matter Loyau, D'Amboise y Saigey: y de las obras filosóficas de Dugald Stewart. | Traducidos al castellano y ordenados en un cuerpo de doctrina para el uso de los alumnos del Instituto literario de Zacatecas, | por el Lic. D. Teodosio Lares, Director del mismo Instituto, | Segunda edición, corregida y aumentada por su autor. | México. | Imprenta de José Mariano Fernández de Lara, calle de la Palma núm. 4. | 1854.

Consta el libro de 169 páginas, y desde el principio y aún a través de la misma carátula un tanto pedantesca, se echa de ver que no es más que una especie de centón filosófico, expuesto, como es natural, a confusión de ideas, y a ser lo menos útil posible al fin a que se destina una obra didáctica. Pero el modesto autor confiesa paladinamente que: «la doctrina, las opiniones, los más de los ejemplos, el estilo, todo es suyo, (de los referidos escritores), yo no he hecho más, continúa diciendo, que traducir los artículos, escoger de ellos lo que me ha parecido mejor, explicarlos cuando no han estado claros para mí, exponiendo muy rara vez mi propio juicio, ilustrarlos con algún ejemplo, combinarlos, y formar de todos ellos un cuerpo de doctrina.»

Parece que este señor, en asuntos filosóficos, no llegó a poseer ideas propias y fijas, o que, por lo menos, no tuvo valor para emitirlas. Cree este erudito lector de artículos publicados en Francia, que hasta su tiempo, Octubre de 1848, no se había escrito ninguna obra elemental de Ideología, como si nada significaran ni las Institutiones Philosophiae del P. Mateo Liberatore, que desde siete años antes corrían con gran boga en las escuelas; ni el Curso de Filosofía Elemental de Balmes, que llegó a reimprimirse en esta Capital en 1848, como en su lugar lo dejamos apuntado.

Incurre en dos graves errores al afirmar, que mejores luces han reflejado sobre la Filosofía, cuando a la Ideología se la ha considerado como una misma cosa con la Psicología, [129] y cuando a esta se la ha sacado del dominio de la metafísica. Esto es confundir lastimosamente, o no entender las nociones de dos ciencias diferentes en su objeto, aunque ligadas y subordinadas entre sí, y sacarlas de su propio elemento de vida; pues, si bien es cierto que no se puede dar ni un solo paso sino sobre la base de la experiencia interna o externa, no lo es menos, que la experiencia no es otra cosa que el punto de partida de legítimas deducciones de orden metafísico.

Las sensaciones y las ideas, consideradas como actos, son datos para las conclusiones psicológicas; porque es claro que las substancias son en sí mismas desconocidas. De las operaciones pasamos a conocer las facultades, y de estas deducimos la naturaleza del alma. Expliquemos.

Una cosa es la esencia o ser del alma, que subsiste, pensemos o no pensemos, queramos o no queramos.

Otra cosa son las facultades del alma, a saber: aquello con que el alma piensa, quiere, &c., aun para los que suponemos que no hay distinción real entre el alma y las facultades; pues siempre habrá diferencia entre las relaciones del ser y las del obrar.

Otra, la idea como resultado de la operación o del ejercicio de la facultad.

Hay facultades que necesitan de órgano corporal, tales como las sensitivas.

Las facultades superiores en sí, o por su naturaleza, son independientes de la materia; pero por las condiciones actuales de ser, dependen en mucho de los sentidos, y en consecuencia, siquiera sea mediatamente, de la materia.

La idea intelectual, única que debe llamarse categóricamente idea,{96} puede ser estudiada bajo tres aspectos: 1º., como ejercicio de una facultad y acto de un sujeto; 2º., como [130] conocimiento de un objeto; y 3º., como un algo que tiene sus causas y sus efectos, su objeto, su fin, su naturaleza, sus modificaciones y clasificaciones, &c., &c. De todos modos, el análisis de la idea dará más luz a la psicología, pero siempre serán dos ciencias formalmente distintas. La psicología saldrá fuera del dominio de la metafísica, cuando por intuición conozcamos la íntima naturaleza de los seres. La escuela moderna positivista que marcha sistemática y exclusivamente por el camino de la experimentación sensible, ha limitado sus observaciones al funcionamiento del organismo descendiendo hasta los fenómenos celulares más minuciosos; mas no resuelve ni el problema de la vida, ni del ser espiritual, sólo ¡porque no se lo muestra el microscopio! Sin embargo, sabemos que en las escuelas católicas de Italia, España y Bélgica se trabaja activamente por reivindicar los fueros de la metafísica, aprovechando todos los elementos, suministrados hasta ahora por la filosofía experimental.

Siguiendo a Paffe, admite el Sr. Lares una inadecuada división de las facultades del alma: es demasiada ligereza abrazar una novedad cualquiera, aunque venga de Francia, y más cuando choca al sentir común de la humanidad. Oigamos con paciencia al escritor que hizo esta curiosa sarta de artículos psicológicos. «Por innumerables y variados que sean los fenómenos, o hechos que pasan en el alma, pueden reducirse a tres ordenes principales: conocimientos, placeres y penas, y actos. De aquí tres poderes o facultades en el alma, facultad de conocer, o en otros términos, la inteligencia; la facultad de gozar o de padecer, o sea la sensibilidad; y la facultad de obrar, es decir la actividad.» ¡Pobres discípulos con tan miope psicología! Sin grande esfuerzo, casi a primera vista se advierte, que sin salir de la inteligencia hay conocimientos y goces, como sin salir de la sensibilidad encontramos placeres y conocimientos, aunque sean sensitivos, y una y otra facultad tienen sus actos. En menos palabras y [131] más claro; no es verdad que sólo haya conocimientos intelectuales, ni que sólo haya goces sensibles, ni que el conocer y el sentir dejen de ser parte de la actividad humana. ¡Vaya qué división!

Y como ésta sea tan ajena a la verdadera Filosofía, el autor se ve precisado a ensayar nombres exóticos, para los tratados especiales de dichas facultades, llamando Noología al primero; Patología psicológica al segundo, y Prassología al tercero.

Para nuestro Lares, parece que la certeza es el único criterio de verdad, siendo así que la certeza es un estado del entendimiento, que resulta de la recta y consciente aplicación de cualquiera de los criterios. Allende desto, reduce el yo a significar nomás el espíritu del hombre, cuando en realidad es el hombre mismo, el sujeto, el compuesto, el ser que resulta de la unión substancial del alma y del cuerpo. Por fin, asegura que el hombre propiamente dicho, es el ser espiritual pensador, es definición más noble; pero digna de figurar al lado de la del gallo pitagórico.

Hay, además, otros varios puntos vulnerables, como la noción de personalidad, la idea de metafísica, y la clasificación de las ideas. Nada, sin embargo, debía maravillarnos en un tratado que descansa sobre un falso supuesto, de subiecto non supponente, la identidad de la ideología con la psicología, y el sacarlas a las dos fuera de la metafísica.

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{91} Tomo II, pág. 432.

{92} Historia de México por D. Lucas Alamán. Tomo V, pág. 491.

{93} Este grado se dio por ley a ciertas personas prominentes, como Couto, Pesado y Arango y Escandón, por eso el vulgo les llamó «los Doctores de la ley.»

{94} Almanaque de la Corte. Año 1866.

{95} México, Francia y Maximiliano, por D. Hilarión Frías y Soto, 1870.

«El Sr. Lic. D. Teodosio Lares. –Datos de su carrera. –Nació el 29 de Mayo de 1806, en el Mineral de Nuestra Señora de los Ángeles, de los Asuntos de Ibarra, (Aguascalientes).

«En 1823 estudió filosofía en el Seminario de Guadalajara, bajo la enseñanza del [127] Doctor D. Clemente Sanromán (Dr. Rivera, hijos de Jalisco). Seguramente en dicho establecimiento estudiaría también Jurisprudencia, puesto que fue recibido de Abogado por el Supremo Tribunal del Estado de Jalisco, en 6 de Agosto de 1827, cuando tenía 21 años de edad. Se incorporó en el número de los Abogados del Estado de Zacatecas, en Septiembre, y en el Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México, en 18 de Abril de 1842. Los empleos que desempeñó, fueron: Asesor en causas de oficio del Estado de Zacatecas; Ministro suplente del Supremo Tribunal de Justicia del mismo Estado, nombrado en 11 de julio de 1828; Fiscal de imprenta de la ciudad de Aguascalientes, nombrado en 15 de Noviembre de 1828; Asesor de los partidos de Aguascalientes, Pinos y Juchipila, del Estado de Zacatecas, nombrado en 6 de Enero de 1829, hasta 11 de Mayo de 1830, en cuya fecha fue promovido a la plaza de Magistrado interino del Supremo Tribunal de Justicia del mismo Estado, cuyo destino sirvió sucesivamente, en su primera, segunda y tercera Sala, hasta 26 de Agosto de 1831 en que fue nombrado Juez de Letras en propiedad, de la capital de Zacatecas, y luego de Aguascalientes hasta 27 de Septiembre de 1833 en que, después de ser nombrado Asesor de Sombrerete, fue promovido a la Magistratura interina de la tercera Sala, que sirvió hasta 30 de Mayo de 1835. En la misma fecha volvió al desempeño de la judicatura de Aguascalientes. En 23 de Febrero de 1839 obtuvo el nombramiento de Magistrado propietario del Supremo Tribunal de Zacatecas, donde sirvió hasta lanero de 1848.

«En Agosto de 1836 fue nombrado Director y Catedrático de Derecho Civil, y Canónico del Instituto Literario del referido Estado, hasta el citado Enero de 1848 en que fue elegido Diputado al Congreso general por el mismo Estado. En 1850 la Cámara de Diputados le nombró Senador de los del Tercio, y el H. Congreso de Zacatecas en Octubre 5 del mismo año, le eligió después de la reservación periódica del Supremo Tribunal, Magistrado propietario de la segunda Sala.

«Obtuvo el título de socio del Instituto de África, fue miembro de varias Academias Científicas, y desempeñó varias comisiones del Supremo Gobierno de la República y de su Estado de Zacatecas.

«En la elección hecha por la Cámara de Diputados para Magistrados de la Suprema Corte de Justicia, obtuvo considerable mayoría; y en 6 de Julio de 1852 consiguió este cargo.

«En 12 de Julio de 1852 fue nombrado Catedrático de Derecho Administrativo, y escribió sobre esta materia, sobre el Código de Comercio, y sobre otros asuntos análogos.

«En 20 de Abril de 1853, el Presidente de la Nación, Gral. Santa-Anna, le dio la cartera de Ministro de Justicia, que desempeñó hasta el 12 de Agosto de 1855.

«En 9 de Octubre de 1853, la Universidad de México le concedió, en virtud de una ley, el título de Doctor.

«En 3 de Febrero de 1854, fue nombrado Académico de la Historia. También fue socio del Ateneo Mexicano, Magistrado y Ministro de Justicia en las administraciones de los Presidentes Zuloaga y Miramón, volvió al Ministerio de Justicia desde Agosto 18 a 24 de Diciembre de 1860. En 1863 fue Presidente de la Asamblea de Notables, y después volvió a encargarse de la cartera de Justicia, y Jefe del Gabinete durante el imperio de Maximiliano, y a su caída estuvo preso en la Encarnación.(*)

«Murió en México, el 22 de Enero de 1870, siendo viudo de la Sra. D.ª Refugio López, de la que tuvo tres o cuatro hijos.»

El Tiempo, jueves 11 de Junio de 1903.
(*) Véase: Cuevas, La Santísima Virgen de Guadalupe, pág. 48.

{96} Descartes introdujo, y ha venido conservándose, cierta malhadada confusión de los actos intelectuales y sensitivos, llamándolos indistintamente ideas.