Zeferino González
Filosofía novísima
§ 40
Los discípulos de Cousin. Jouffroy
El cartesianismo desenvuelto en sentido racionalista, el psicologismo de la escuela escocesa, el panteísmo germánico, principalmente en su fase hegeliana, la idea ecléctico-sincrética, constituyen los elementos principales de la doctrina de Cousin, tomada en conjunto y como concepción total. El predominio relativo de algunos de estos elementos sobre la base general del racionalismo, contiene la razón suficiente de las tres fases o evoluciones que hemos señalado en sus ideas. Y en relación con aquellos elementos y con estas tres fases de su vida literaria, sus discípulos y sucesores pueden clasificarse en dos grupos, uno de los cuales corresponde a las dos primeras fases, y el otro a la tercera evolución de la doctrina del jefe del eclecticismo.
Pertenecen al primer grupo Ancillon, el cual, aunque nació en Berlín, suele figurar entre los franceses, por haber escrito en francés sus obras; Damiron, Remusat, Bartholmèss, con algunos otros escritores franceses, en cuyos trabajos se deja sentir la influencia más o menos decisiva de las ideas de Cousin. Al lado de estos trabajos, que en realidad tienen más relación con la crítica y la historia que con la Filosofía propiamente dicha, merecen mencionarse los del representante más notable, como filósofo, entre los que pertenecen a este primer grupo.
Jouffroy (1796-1842), a quien la atmósfera racionalista que le rodeaba arrancó en su juventud la fe católica en que había sido educado, es un testimonio vivo y práctico de la imposibilidad de separar el problema religioso del problema filosófico. Su vida, a contar desde el día que presenció la catástrofe de su fe, fue una lucha permanente y desgarradora, en la cual se le ve acercarse, alejarse y marchar alternativamente en direcciones encontradas, atraído unas veces por el principio cristiano, y otras por el principio racionalista, para caer con frecuencia en un escepticismo desesperante.
Sus ideas morales y estéticas son las ideas propias del espiritualismo racionalista, y su mérito principal como filósofo consiste en haber establecido contra la escuela materialista, de una manera sólida y precisa, la diferencia o distinción esencial entre la psicología y la fisiología.
En el terreno de la moral, la cuestión que más fijó la atención de Jouffroy es la referente al destino final del hombre, cuestión que resuelve señalando la virtud como destino del hombre en la vida presente, y la satisfacción sucesiva de sus aspiraciones al bien, a la verdad y a la felicidad, a través de vidas futuras o posteriores a la muerte, como destino final o total del hombre.
Jouffroy dice, en substancia: a) El destino de un ser está en relación con su propia naturaleza; es así que la naturaleza del hombre entraña aspiraciones infinitas que no pueden satisfacerse en la vida presente: luego nuestro destino en esta vida sólo puede ser la virtud, única cosa que está en nuestro poder o facultad. b) La naturaleza de un ser indica el destino final que le corresponde; es así que la naturaleza humana está compuesta de aspiraciones infinitas que nuestra condición presente no puede llenar o satisfacer: luego debe admitirse un destino futuro, consistente en una serie de vidas, en las cuales pueden satisfacerse esas aspiraciones infinitas.
La conclusión legítima y natural de las premisas en el segundo argumento era la afirmación de la tesis cristiana acerca de la posesión de Dios, Bien infinito y único capaz de llenar las aspiraciones infinitas de que habla Jouffroy; pero la preocupación racionalista puso un velo ante los ojos del filósofo francés, induciéndole a sustituir a la tesis cristiana de la vida eterna, perfecta y única en la posesión de Dios, la tesis aventurada y gratuita del racionalismo, y aun pudiéramos decir, de la metempsícosis y del espiritismo.
Los filósofos del segundo grupo, o sea los discípulos y sucesores de Víctor Cousin en su tercera fase o evolución, son más numerosos que los del primero. Así lo demuestran los nombres de Saisset, Leveque con otros varios, pero principalmente los de Julio Simón, Janet y Caro, representantes los más genuinos de ese espiritualismo racionalista que en ocasiones parece confundirse e identificarse con el espiritualismo católico. Quien haya leído algunas de las obras de Janet; El deber, de Julio Simón; La idea de Dios, y también los Problemas de la moral social, de Caro, comprenderá perfectamente lo que acabamos de indicar.
Pertenecen también a este grupo de filósofos espiritualistas, pero con espiritualismo racionalista en diferentes grados y matices, el holandés Scholten, los franceses y suizos Coquerel, Fontanès, Reville, Bonstetten, que escribió sobre La naturaleza y las leyes de la imaginación; Vinet, autor de unos Ensayos de Filosofía moral y de moral religiosa; Sécretan, que dio a luz, fuera de otros libros, una Filosofía de la libertad, un Compendio de Filosofía, y posteriormente los Discursos laicales.
Entran también en esta serie de espiritualistas, bien que acercándose algo más a la idea católica, Bordas-Dumoulin y su discípulo Huet, cuyas obras, y principalmente El cartesianismo o la verdadera renovación de las ciencias del primero, y La ciencia del espíritu, debida al segundo, contienen una especie de neocartesianismo, dirección adoptada en parte, pero con menos calor, por sus discípulos y sucesores Callier y Merten.
Entre los filósofos pertenecientes a este segundo grupo, merecen fijar la atención los trabajos de Caro y de Janet. Distínguese el primero por su fina y acerada crítica de las teorías modernas más avanzadas y radicales, tanto en el terreno de la metafísica, como en el terreno de las ciencias morales y sociales. Lo que caracteriza y distingue al segundo de sus colegas de espiritualismo racionalista, es el uso del método experimental y científico, método que Janet aplica a la defensa de las verdades filosóficas y metafísicas, rechazando así y combatiendo al materialismo con sus propias armas. Su tratado acerca de Las causas finales, es prueba palpable de esto; bajo la pluma del autor, la realidad de las causas finales se convierte en un hecho de experiencia y de inducción.
Por lo demás, el programa de esta escuela ecléctico-espiritualista, considerado en general y con abstracción de matices y opiniones accidentales, puede resumirse en las siguientes palabras de Saisset, uno de sus principales representantes: «En materia de cosas sobrenaturales, admito la existencia de Dios y de la Providencia: en materia de milagros, admito el milagro eterno y perpetuo de la creación: en materia de revelación, admito que Dios se revela por las leyes de la naturaleza y que hace brillar su inteligencia, su poder, su sabiduría, su justicia y su bondad. No admito ni más ni menos».
Las ideas del jefe del eclecticismo francés ejercieron también alguna influencia en las producciones históricas y en los estudios críticos de Bouillier, de Ravaisson, de Jourdain, de Rousselot, de Haureau, de Nourrisson y de algunos otros escritores de la Francia. La Historia del cartesianismo del primero; el Ensayo sobre la metafísica de Aristóteles del segundo; el estudio crítico sobre la Filosofía de Santo Tomás escrito por Jourdain; las producciones de Rousselot y de Haureau acerca de la Filosofía y escritores de la Edad Media, así como también el libro de Nourrisson, que lleva el rótulo de Tableau des progrès de la pensée humaine dépuis Thales jusqu'à Hegel, son obras que no deben omitirse en una historia de la Filosofía. Entre ellas sobresale por su indisputable mérito el Ensayo sobre la metafísica de Aristóteles, por Ravaisson.