[ 186a ]
El Sr. Prieto: Voy a liquidar, con la mayor tranquilidad posible, el incidente con el Sr. Goicoechea.
[…] Mas debo a S. S. una explicación. Es cierto, ciertísimo, que yo, en la tribuna del Ateneo, consideré un latrocinio el contrato establecido por la Dictadura con la titulada Compañía Nacional Telefónica de España. Diré más a S. S.: que, con todos los riesgos de la indiscreción, ese concepto, con esas mismas palabras, lo he ratificado desde el banco azul. Su señoría podrá acusarme a mí como Ministro solidario de todas las resoluciones que han adoptado los Gobiernos de que yo he formado parte, incluso, desde luego, de aquellas que no correspondían a mi iniciativa ministerial por no ajustarse a la órbita de los Ministerios que yo he regidob; S. S. podrá acusarme a mí de la falta de energía suficiente para deshacer ese latrocinio; ése es el cargo (Los Sres. Goicoechea y Primo de Rivera interrumpen a la vez, pronunciando palabras que no es posible percibir.) Señor Primo de Rivera, yo he creído, cuando di esa conferencia, que había fundamentado el despojo de que había sido objeto nuestra soberanía, y yo he sostenido ese concepto, y lo sostengo; pero, naturalmente, a nadie se puede ocultar, y singularmente a hombres de la experiencia gubernativa del Sr. Goicoechea, que cuando un acto de Gobierno, ése que a mí me merecía calificativo tan duro y de cuya justicia no me aparto, se ha consumado (El Sr. Primo de Rivera: Pues no habéis procesado a nadie, en dos años y medio, por responsabilidades de gestión. – Rumores. – El señor Presidente agita la campanilla.), no es fácil deshacerlo. Eso no es fácil deshacerlo cuando se trata sólo de intereses nacionales. ¿Cómo va a ser fácil, cómo va a ser hacedero, cómo va a ser sencillo deshacer un acto de gestión anterior en el que están mezclados intereses internacionales… (El Sr. Primo de Rivera: Pero, ¿y procesar? ¿Por qué no habéis procesado, si teníais una Comisión de responsabilidades omnímoda? – Muy bien. – Aplausos.) Yo he probado la acusación, creo que la he probado; estoy dispuesto a repetir la prueba de que ese contrato con la Compañía Telefónica Nacional, controlada por un Sindicato norteamericano, ha enajenado la soberanía nacional y establece cláusulas vejatorias para nuestra independencia y constituye en todos sus aspectos un latrocinio… (El Sr. Primo de Rivera: ¡Mentira! ¡Señor Presidente, lo del latrocinio es una injuria! – Entre varios Diputados de la minoría socialista y otros próximos a ella se cruzan palabras que no se preciben.) Termino Sres. Diputados, mi réplica al Sr. Goicoechea, que quería yo que no hubiese perdido por mí, ni por los demás, el conveniente tono de tranquilidad. […]
El Sr. Gil Robles: […] El Sr. Prieto, al pretender liquidar un incidente con el Sr. Goicoechea, no ha vacilado en pronunciar una palabras que no pueden pasar aquí sin nuestra protesta (Muy bien.), y sobre todo no pueden pasar porque han venido a herir, no ya sentimientos políticos de algún compañero nuestro, sino, incluso, sentimientos filiales que nos obligan… (Aplausos en los bancos de las minorías de derecha que impiden oír el final del párrafo.) El señor Prieto no tiene derecho a emplear determinados calificativos sin demostrar acto continuo los motivos en que se fundan. Y yo, que no asistí a la sesión del Ateneo donde tan fácil fue en ataques el Sr. Prieto, pero sí a la sesión donde no se mostró con esa gallardía desde el banco azul, tengo que decir a S. S. lo siguiente: que eso cuanto antes se demuestra, porque si no S. S. es un falsario que no tiene derecho al respeto de la Cámara. (Aplausos en las minorías de derecha. – El señor Primo de Rivera pronuncia palabras que no se perciben y que originan fuertes protestas en la minoría socialista. – Entre los Sres. Primo de Rivera, Menéndez (D. Teodomiro) y otros señores Diputados de las minorías socialista y de derecha se cruzan frases que no hay posibilidad de percibir a causa del tumulto que se produce en la Cámara.)c
El Sr. Presidente: ¡Orden, Sres. Diputados! Por el honor de la Cámara invito a todos a que se sienten. Señor Primo de Rivera, la persona que ocupa esta Presidencia menos que nadie ha de regatear medios a S. S. para que se produzca con arreglo a sus sentimientos legítimos, que tienen todo mi respeto; pero, por lo mismo, invito a su señoría a que, guardando aquel comedimiento sin el cual no hay deliberación posible en una Cámara como ésta, espere a que le llegue el turno de hablar. […]
El Sr. Gil Robles: […]
Sin que prejuzgue el fondo del asunto, sin que tenga por qué venir en estos momentos a defender el contrato de la Telefónica, creo interpretar el sentir de esta minoría, el sentir de otras minorías de derecha, el decoro mismo de la Cámara, al pedirle a S. S. que cuanto antes, en el momento en que la Cámara se constituya, en el instante en que reglamentariamente sea posible, este asunto se trate con toda amplitud para que la Cámara española liquide un grave problema de política; pero, al mismo tiempo, dé todos los medios necesarios para que un hijo pueda aquí defender la santa memoria de su padre. (Fuertes aplausos en las derechas.)
El Sr. Presidente: La iniciativa de S. S., señor Gil Robles, es perfectamente respetable y absolutamente reglamentaria. Cuando la cámara esté constituida, S. S. tendrá todas las facilidades apetecibles para promover el debate. Y yo invito al Sr. Prieto e invito también al Sr. Primo de Rivera (Los Sres. Prieto y Primo de Rivera piden la palabra.) a que acepten esta tregua; que cuanto más intensa y sincera sea la emoción del honor de una persona, menos debe desenvolverse en los términos de violencia en que ha comenzado a desenvolverse esta noche.
[…]
El Sr. Prieto: Doy por terminado el incidente sencillamente pronunciando estas palabras para sumarme a la demanda del Sr. Gil Robles.
[…]
El Sr. Presidente: Señor Primo de Rivera, su señoría se ha producido por móviles que no pueden menos de tener un eco de simpatía en toda alma generosa. Yo requiero a S. S. a que, haciéndose cargo también del estado de ánimo de la Cámara, le rinda el mejor homenaje que puede rendirla, que es ahora el de su silencio, o, al menos, los términos de una brevedad tal que nos evite una nueva complicación.
Tiene S. S., Sr. Primo de Rivera, la palabra.
El Sr. Primo de Rivera: Con toda la brevedad, señor presidente, y, además, en los términos a que tengo acostumbrados mis nervios a producirse en toda suerte de debates: primero, porque así lo he hecho siempre; segundo, porque la mayor parte de la Cámara, porque la actitud de su señoría y porque la nobleza del Sr. Gil Robles multiplican por no sé qué coeficiente este deber de mi constante circunspección.
Pero, Sr. Presidente, yo creo que si no he rodeado a mi actitud de moderación, estoy muy lejos de ser el que ha provocado este incidente desagradable. El señor Prieto y algunas otras personas después, para reforzarle o para corearle, se han permitido aquí lanzar una imputación contra la honorabilidad de unos hombres, los unos muertos y otros ausentes, cuya rectitud ha estado en entredicho durante cerca de tres años. Apenas cayó la Dictadura empezó una campaña difamatoria; apenas se reunieron las Cortes Constituyentes se formó una Comisión de responsabilidades con tales poderes que no ha habido Tribunal nunca, ni en España ni fuera de España, que la aventajara en amplitud procesal. Esa Comisión de responsabilidades penetró en mi propia casa, estando yo ausente, y se llevó cuantos documentos le plugo, documentos que aún están en ese edificio a disposición de la Cámara. Dos años y medio ha durado la instrucción de esos supuestos sumarios. Yo he tenido la probada calma de actuar como defensor de un proceso memorable, y todos los que allí me acompañaron, incluso algún Diputado de estos bancos que fue entonces acusador, puede decir si se escapó de mis labios una palabra insumisa. Sólo exigí en el informe pronunciado entonces que se discerniesen en la sentencia las responsabilidades políticas, si las había, pero que se dejasen para toda la amplitud de un proceso de responsabilidades de gestión todas las imputaciones vertidas en la tribuna del Ateneo, en los periódicos y en las discusiones, con la insolvencia de las charlas que no encajan en ningún procedimiento.
Pues bien; cuando han transcurrido dos años y medio; cuando esa Comisión omnímoda no ha procesado a nadie; cuando no se ha concretado un pliego de cargos, ¿se puede sostener ahora, con la misma alegre insolvencia que en la tribuna del Ateneo, que tal o cual acto de la Dictadura fue un latrocinio?
Y yo digo más al Sr. Presidente: me uno a la petición del Sr. Gil Robles; pido incluso que se forme otra Comisión investigadora; pero pido al señor Presidente, pido a la Cámara que si esa Comisión investigadora no procesa, se excluya, como por tribunal de honor, a todo el que se atreva a seguir profiriendo, por desahogo, las acusaciones que no ha podido probar como tales acusaciones. (Muy. bien. – Grandes aplausos.)
[…]
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