Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Cesáreo Rodríguez y García-Loredo ]

Arbitrarios acuerdos del Ayuntamiento de Laviana

En una crónica enviada desde Laviana e inserta en “El Carbayón” del día 24 de Abril leo lo siguiente:

Primero. Por unanimidad y a propuesta del alcalde, señor Magdalena fue acordado elevar instancia o petición al ministro de Gobernación interesando la expulsión de los jesuitas de España.

Segundo. A propuesta del mismo (alcalde) igualmente fue aprobado cambiar los nombres de las Plazas de “Fray Zeferino” y “Obispo Vigil” por los de “Pablo Iglesias” y “Héroes de Jaca”.

Tercero. “El concejal don Ruperto García interesó fuera enviada una comunicación a los centros de enseñanza de carácter religioso incitando a no hacer presión en la enseñanza de la doctrina, por considerar que pudiera perjudicar la formación personal de los niños.” Es copia literal.

No quiero rebatir hoy los desdichados propósitos que encierran los dos puntos extremos; en breve los abordaré. Me circunscribo solamente al segundo de los puntos aquí mencionados, y desde el supuesto de que sean verdaderas las anteriores determinaciones. Si alguien me preguntase por qué intervengo en este desaguisado, lo respondería con el título y credenciales que ser asturiano me otorgan para ello perfectísimo derecho. Los que amamos con férvido afecto las legítimas e inmarcesibles historias de nuestro Principado vemos con tristeza y desencanto que se pretenda oscurecerlas y aguarlas caprichosamente.

Vamos por partes. Según la propuesta aludida, el nombre de la Plaza de “Fray Ceferino” ha de cambiarse por el de “Pablo Iglesias”.

Si el alcalde y demás ediles de Laviana quieren dedicar a Pablo Iglesias alguna de las calles de la simpática villa, allá se vayan con sus fervorosos devociones, pero respeten la venerable memoria del sabio más ilustre de su Municipio, de uno de los más preclaros hijos de Asturias y de España entera, cuya hermosa ciencia ha tenido resonancia mundial.

Para corroborar estas afirmaciones quiero presentar a los señores alcalde y concejales de Laviana un testimonio que procede de su propia casa: es el de Palacio Valdés.

El día 28 de Enero publicó en “El Debate” el novelista asturiano un precioso artículo, en donde dice “gran sabio” al P. Ceferino. El Cardenal González –dice– fue uno de los hombres más notables que produjo España en el siglo XIX. Nadie en nuestra nación –continúa– ha tenido un conocimiento más perfecto y acabado de la filosofía antigua y moderna. Y en última novela, “Sinfonía Pastoral” ha querido el notable patriarca de las letras españolas trazar una magnífica semblanza de la excelsa figura de Fray Ceferino; solamente aparece de lleno en un capítulo, en las palabras que Palacio Valdés pone en los labios del egregio cardenal y constituyen la tesis del argumento que maravillosamente ha expuesto y probado a través de su novela.

Uno de los más célebres filósofos de nuestros días, el Cardenal Mercier, en su “Tratado de Filosofía” dice: “Durante cinco años enseñé la cátedra de filosofía escolástica en el Seminario de Malinas, con la obra del P. Ceferino González por texto”. De estas palabras puede deducir el cabildo de Laviana que los libros de Fray Ceferino no carecen de valor intrínseco, una vez que sirven de norma al notabilísimo autor belga. Y cuando el eximio catedrático lovainense en su libro “Los orígenes de la Psicología contemporánea” excita a los españoles a continuar las glorias científicas de España desde el siglo XVI, solamente les menciona los dos hombres más significativos que hemos tenido en el siglo XIX, diciendo: “la estela gloriosa que en el siglo último marcó el genio de Balmes, y el vigoroso esfuerzo de restauración neotomista del Cardenal González, ¿han de quedar reducidos a iniciativas aisladas?” Pero no quiero insistir sobre la aureola científica, tan brillante y en todo el mundo reconocida del P. Ceferino; sobre este tema tengo algunos apuntes que verán la luz en su día, pudiendo ofrecer además los siete artículos que publiqué en REGIÓN con motivo del centenario del Cardenal González, y que son un esbozo del mismo asunto. Si a ellos quieren hacer los regidores del Ayuntamiento de Laviana algún reparo, dispuesto está este humilde servidor a disipar sus objeciones. Aún más: no me sería laborioso demostrarles que entre todos los hijos ilustres de Asturias, a quienes se erigió alguna estatua o monumento, no hay ninguno más digno (por no decir tan digno) y merecedor de esto que el preclaro hijo de Laviana, Fray Ceferino. No creo que el noble pueblo lavianense comparta sus sentires en esta cuestión con el propio alcalde y concejales, pues no le juzgo tan ingrato, que pueda olvidar el honor y la clarísima fama que en torno de sí difundió el augusto genio del P. Ceferino, joya la más valiosa de su tradicional y envidiable patrimonio, al cual también pertenecen otros eminentísimos sacerdotes, como Norberto del Prado, Morán, padre agustino Valdés, Graciano Martínez, Arboleya, N. de Jesús, Hipólito Martínez, &c.

Este último, insigne y esforzado misionero del Celeste Imperio, sí que puede llamarse verdadero “héroe”. Y digo esto, porque el alcalde y ediles de Laviana, falseando tal vez inconscientemente los postulados más elementales de la Ideología, llaman “héroes” a los revolucionaros de Jaca. Invito a dichos administradores del Municipio lavianense a leer uno de los capítulos de la obra de Balmes: “Cartas a un escéptico”, si desean adquirir un conocimiento adecuado del concepto de “héroe”. Acaso entonces pensasen dedicar una calle a Fray Hipólito, pues juzgo que aún no se le habrá tributado tan merecido homenaje.

Lo que dejo dicho de Fray Ceferino puede aplicarse al Obispo M. Vigil, oriundo de Laviana, y uno de los más sabios prelados de la iglesia española.

Todos sabemos que el asombroso crédito científico de Fray Ceferino no está vinculado a una plaza de Laviana. Si aún estuviese entre nosotros el humilde fraile, tampoco le importaría tal pretensión, pues no se olvide que su modestia le llevó en 1889 a renunciar todas sus dignidades para vivir como pobre religioso. Mas esto no es razón suficiente para que nosotros cercenemos nuestra historia. Por tanto, el nombre del sabio cuya ciencia llenó los ámbitos de Europa y América, de Asturias y de España, debe permanecer en dicha plaza.

Cesáreo Rodríguez G. Loredo.