Filosofía en español 
Filosofía en español


Pedro Lujan

Intelectuales en la indigencia

La última vez que vi a este muchacho acababa de salir de la Normal y se preparaba a tomar posesión de una escuela en un pueblo de la provincia de Madrid.

—¿Qué tal ese magisterio? –le pregunté al encontrármele de nuevo.

—Abandonado apenas empezaba –me respondió en tono que quería ser ligero–. Pedí la excedencia, ¿sabe usted? Y como yo hacen muchos… No podía ser… Nueve mil trescientas sesenta pesetas de entrada, que con los descuentos se me quedaban en menos de setecientas mensuales… Casi, y en cuanto me escurría sin casi, lo que me costaba la pensión, en un pueblo perdido en la sierra. Mi familia tenía que ayudarme…

Me le quedé mirando. Seguramente lo de la ayuda familiar no era cierto y él lo decía para quitarle hierro a sus agobios.

—Así resulta –continuó– que si en el 31 sólo en las escuelas normales masculinas ingresaron veinte mil novecientos jóvenes, en el 53 no han llegado a cinco mil. Claro que para las escuelas que hay…

—Bueno, ¿y ahora qué hace?

—De cinco de la tarde a ocho y media de la noche ejerzo como auxiliar en una academia. El resto del día soy representante de comercio. Tengo una casa de Barcelona, tintes y similares; otra de Oviedo, ramo alimenticio, otra… Y había en mí vocación, verdadera vocación, y no hubiera escatimado esfuerzo por ascender a otros escalones de la enseñanza. Pero ya ve usted, en los institutos hay profesores de Derecho con seis mil pesetas anuales. Un catedrático de Química que yo conozco tiene doce mil, los catedráticos numerarios de las universidades, dieciséis mil. A un licenciado en Filosofía y Letras se le despacha con quince mil y conozco un profesor de Lenguas que no pasa de las diez mil. Cuando dejan la universidad dan clases de lo que sale, se dedican a cosas que maldito lo que tienen que ver con la enseñanza, en fin ¿qué voy a contarle? Digamos que todo esto es inexplicable para no decir algo peor.

—¡Pues hay que decirlo! Porque inexplicable no es. El principio de la explicación lo tiene usted en las cifras del presupuesto oficial. Tomemos las del último, por ejemplo. Más del 70% de su importe es absorbido en realidad por las fuerzas militares y represivas. Padecemos un régimen fascista que se sostiene por la violencia, que prepara la guerra porque sólo en un clima de guerra puede sobrevivir y sólo en la guerra ve alguna esperanza de salvación. ¿Puede alguien pretender que un régimen de esa naturaleza fomente la enseñanza? ¡Lo que fomenta es el analfabetismo! Todo lo que huela a cultura, incluso a la más elemental, le produce espanto.

Asintió mi amigo. Cada día se convence un poco más de que ahí, en el franquismo –aunque todavía no discierna bien lo que es cabalmente el franquismo–, está la clave de la situación. No sólo de los maestros, claro.

—Mire usted –le dije–. En la pensión de mis abstinencias viven también un médico y un veterinario. El médico lo es de tercera en la Asistencia Pública Domiciliaria. En nómina consta con doscientas cincuenta pesetas mensuales y tiene a su cargo trescientas familias. Naturalmente no atiende a ninguna de las trescientas. Tiene cuatro o cinco ocupaciones diarias, más o menos directamente relacionadas con la Medicina. Sale por mil pesetas, mil doscientas el mes que se da bien… Yo soy un médico de tercera y mi entierro será de cuarta, repite con frecuencia y acaba de cumplir los veinticinco, años. En cuanto al veterinario, estuvo hasta hace poco en los Servicios Municipales de Ciudad Real. Dos mil veinticuatro pesetas trimestrales. ¡Como lo oye! El de la Asistencia dice que en Barcelona ya hay médicos inscritos en las oficinas que aparentan ocuparse del paro. El veterinario, que en su profesión pasan ya de dos mil los que no tienen plaza.

—¡Sobran carreras! ¡Sobran estudiantes! –repiten los periódicos. Es una nueva consigna de esta gentuza.

—Y mientras tanto las universidades y demás centros de enseñanza carecen en todas las ramas de profesores especializados; la tierra, de agrónomos y peritos agrícolas. Los alumnos de todas las escuelas de ingeniería no pasan de dos mil trescientos. Pues bien, con haber tan pocos ingenieros y técnicos la España actual no los puede absorber. ¿No vuelve usted a encontrarse en esto al régimen como causa?

—Sí, parece que asoma… –rió.

—En los años inmediatamente anteriores a la guerra usted iba a la escuela de párvulos. Pero los jóvenes que acababan de obtener un título universitario o estaban en trance de alcanzarlo escuchaban o leían las demagógicas parrafadas, lírico-pistoleras, de Falange. El fascismo, se les decía aderezando el embuste con veinte salsas distintas, es el régimen de las clases medias. Ahí está vuestro porvenir: en una España grande, con vocación de imperio, &c., &c., &c. Y algunos se dejaron aturdir por el chinchín. Pero el fascismo no ha sido ni es en ninguna parte el régimen de las clases medias sino el instrumento terrorista de la oligarquía financiera, de la reacción más negra y violenta. También en nuestro país. Los secuestradores de España, grandes capitalistas y grandes terratenientes, las castas militar, eclesiástica y aristocrática, y todos ellos se mezclan y enmaridan en la oligarquía financiera, no están interesados, ni por asomo, en desarrollar las fuentes de riqueza del país sino en esquilmarlo con el menor esfuerzo posible, en explotar al máximo a los trabajadores españoles, manuales e intelectuales. Al albañil que está en esa esquina y a usted y a mí. Esa alta mafia del dinero está además cada día más vinculada y supeditada a poderosos e implacables señores extranjeros: a los imperialistas yanquis en primer lugar, quienes como usted comprenderá no tienen el menor deseo de que España se industrialice y prospere. Esa oligarquía sólo tiene un plan y una aspiración: repartirse el botín –España– con los que se han constituido en gendarmes de la reacción mundial.

No era la primera vez que yo exponía este amigo razones parecidas aunque nunca hubiere conseguido convencerle completamente de ellas. Tampoco esta vez, probablemente. Pareció guardárselas para reconsiderarlas a solas. Lo cual no es poco. Hablábamos luego de la situación de escritores y artistas.

—Muchos de ellos se defienden bien –me dijo.

—Algunos, no muchos –le repliqué–. Y aun esos no pasan de cobrar en calderilla. Un banquero, un especulador gana más en un día, a veces en un minuto, que ellos en un año. ¡Primores del capitalismo, amigo! Pero, ¿y los demás, y la mayoría? Boroja, todos lo sabemos, es un novelista famoso con noventa títulos como dice él. Sin embargo vive «muy justillo, muy justillo» –son sus palabras– y afirma a todo el que quiera oírle que «aquí no se ganan con la literatura más que disgustos». Hace años, hoy no me lo ha dicho todavía, aseguraba usted que mis amigos y yo, teniendo razón «en el fondo», exageramos a veces en nuestras críticas. ¿Sabe usted cuántos títulos se editaron el año 52 en España?

—No, no tengo idea.

—Tres mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Menos aun que el anterior. Cada año menos. Y esos son números oficiales, léase falseados, y en ellos meten folletos y toda una serie de «cosas» que no pueden ser consideradas como libros. La quinta parte que en Inglaterra, para que no diga usted que le abrumo con cifras soviéticas o de las democracias populares. ¿Que Inglaterra tiene el Commonwealth? ¡Y nosotros un continente de habla española que como todo el mundo sabe absorbe gran parte de nuestra producción editorial especialmente de la catalana! Mas espere usted. De este total la mayor cifra corresponde a novelas de aventuras y policíacas con seiscientos sesenta y tres títulos. Y en ese total hay quinientos veintidós libros traducidos la mayor parte de autores anglosajones, reaccionarios, naturalmente, salvo alguna excepción. Tirada máxima de una novela española: dos mil o tres mil ejemplares. Autores teatrales, y no todos, aparte, ¡qué poquitos son los escritores españoles que pueden vivir exclusivamente de la literatura! Usted leerá alguna vez a Francisco de Cossío ¿verdad? Y no dirá usted que ese escritor exagera en sus críticas al régimen…

—No. No es ese e el pié del que cojea.

—Pues sin embargo, no hace mucho, quejándose de que por cada título español que se encontraba en los escaparates de las librerías se topaba con diez traducidos, aseguraba que «esto trae como consecuencia el estado indigente en que se encuentra en nuestro país el escritor profesional». Ahora será peor: la penetración americana acrecerá este torrente en el cual abundan más las inmundicias que el agua potable; hará aun más absorbente el monopolio yanqui de nuestras salas de cine; agravará aun más la situación de los escritores y artistas españoles. Mas las traducciones no son la causa única como dice Cossío ni la originaria, de la indigencia de los escritores. Ponga usted por delante el analfabetismo de que hablábamos, la imposibilidad en que se encuentran millones de españoles de pagar treinta o cincuenta pesetas por un libro, añada que bajo el franquismo ningún escritor puede tratar en sus obras los problemas que verdaderamente interesan al pueblo, y así se explicará usted por qué se edita tan poco.

—Esta tropa dice que al español no le gusta leer…

—No sabe, no puede o no quiere leer lo que le dan. ¡Y si hablamos de música! En un país donde para la mayor parte de sus capitales de provincia un concierto es un acontecimiento póngase usted a escribir sinfonías o sonatas. Y si le interpretan alguna una vez en la Radio confórmese usted con cuarenta o cincuenta pesetas. ¿Zarzuela? Respetemos el sueño de los moribundos. Claro que puede usted escribir mambos o boleros, hablo de boleros a la americana, con lo cual la cultura musical española habrá ganado mucho… Y si hablamos de los pintores… Oiga usted a Sánchez Vázquez. La clase elevada, como dice él, «compra poco y regatea mucho».

—Sí. Decía mi padre que España había sido siempre el país de los ingenios en ayunas.

—Y lo continúa siendo porque sigue en poder de clases y castas de espaldas a la cultura, opuestas a todo progreso.

—Verdaderamente nuestro porvenir no es muy halagüeño…

—El porvenir, sí. Porque el porvenir pertenece a la democracia, al pueblo. Ahí está la solución, créame: en un régimen democrático que industrialice el país, que dé tierra a los que no la tienen, que termine con el analfabetismo por lo menos lo aminore, y que, al elevar el nivel general de vida, dé acceso a la cultura y al goce del arte a los españoles que sólo conocen esas cosas de oídas. Verá usted como entonces no sobran ingenieros, ni escritores, ni maestros, ni músicos. ¡Habrá muchos más y serán recompensados dignamente!

Se le encandilaron un instante los ojos a mi amigo. Luego murmuró:

—Eso es verdad, pero eso… ¡es tan difícil!

—Hacerlo es difícil, cierto, mas dejar de hacerlo es imposible. Cada día son más los convencidos de ello. Y cada día son más también los intelectuales que, cualesquiera hayan sido en el pasado sus ideas sobre la democracia, comienzan a comprender que bajo la tiranía de las clases caducas no les es prácticamente posible enseñar, ni crear ni siquiera vivir la vida material a la que tienen derecho. Para los intelectuales españoles que aspiran a vivir limpiamente de su trabajo, hoy la libertad no es sólo una necesidad espiritual que se puede sentir o no; es una necesidad vital. O lo que es lo mismo: para vivir, tanto en el sentido más alto como en el más elemental del concepto, los intelectuales españoles han de ser libres, han de ganar la libertad junto a las grandes fuerzas populares que luchan por ella. Y ¿qué cree usted? ¿Que se van a dejar morir? Usted mismo, ¿está dispuesto a dejarse morir?

—¡Lo que yo tengo son unas ganas tremendas de empezar a vivir!…