Filosofía en español 
Filosofía en español


Manuel Azcarate

El cepo de la «integración»

La política «cultural» del régimen franquista, mezcla de Gestapo y de la Inquisición, ha consistido principalmente en intentar aniquilar a sangre y fuego todas las ideas avanzadas de nuestra época y enterrar a piedra y lodo todas las tradiciones revolucionarias y progresivas que se derivan de las más brillantes páginas de la historia de España y de los monumentos cimeros de nuestra cultura nacional. Para destruir las ideas, los franquistas asesinaron a los hombres y quemaron las obras. Todo intelectual que había manifestado un pensamiento en desacuerdo con la ortodoxa católica merecía la muerte o la prisión. El «¡Muera la inteligencia!» de Millán Atray no era sólo un grito histérico. Era una orden de mando a los pelotones de ejecución que asesinaron a García Lorca, a Leopoldo Alas, a cientos y miles de hombres de pensamiento libre, profesores, maestros, hombres de profesiones liberales, muchos de ellos sin actividad ni antecedente políticos, perseguidos y asesinados por sus ideas progresivas.

A los asesinatos y quemas de libros se ha añadido una doble censura –Falange e Iglesia– que durante 15 años ha impedido toda manifestación legal de un pensamiento libre y creador en España; una enseñanza clerical-fascista que ha intentado falsear en la mente de millones de niños –muchos de ellos hombres hoy– el significado y los valores de la historia y de la cultura española: una propaganda desenfrenada por medio de periódicos, revistas, libros, &c. que tienden a presentar como «anti-españolas» no sólo las fuerzas contrarias al régimen franquista imperante, sino también las que en el curso de la historia patria han sido contrarias al dogmatismo católico, al absolutismo, y favorables al progreso y a la libertad. Las tendencias racionalistas del período de Carlos III son calificadas de «anti-España». Las Cortes de Cádiz… ¡«anti-España»! Los movimientos liberales del siglo XIX, Riego, Torrijos, El Empecinado, Mina, Prim, &c., ¡«anti-España»! Las figuras y corrientes intelectuales que no se doblegaron al cerril dogmatismo de la reacción, Larra, Espronceda, Galdós, Clarín, la Institución Libra de Enseñanza… ¡«anti-España»! Por no hablar de los movimientos políticos republicanos y democráticos, del movimiento obrero, presentados como emanaciones directas de Satán.

El régimen franquista, la Falange, la Iglesia, han hecho todo por encerrar la vida intelectual del país en ese marco asfixiante de la ideología fascista y del oscurantismo inquisitorial. Pero pese a los asesinatos, al terror, a la censura, a la corrupción, &c. su fracaso ha sido rotundo y aparece hoy de forma pública y notoria. La inmensa mayoría de los intelectuales españoles repudian la ideología fascista y el ansia de libertad y de democracia se expresa entre ellos con una fuerza que puede resultar arrolladora. Incluso ciertas opiniones sustentadas en Academias oficiales, en cátedras universitarias, &c. no se atienen ya en estos casos, a los cánones de la ortodoxia fascista-clerical que el régimen pretende imponer.

Los propios franquistas se ven obligados a reconocer hasta qué punto el ambiente en amplios círculos intelectuales les es contrario. En un artículo titulado «Concepto nuclear de las minorías» el director del órgano vaticanista de Barcelona, «Correo Catalán» escribía: «El espectáculo actual de Madrid, refiriéndose exclusivamente a los intelectuales políticos, nada tiene que ver con las minorías que anhelamos».

Entre las jóvenes generaciones, sobre todo, se manifiestan hondas corrientes revolucionarias, y un acercamiento acusado, en importantes sectores, a la ideología del comunismo, al marxismo-leninismo.

Entre los «intelectuales» (de alguna forma hay que llamarlos) fascistas, reina una descomposición completa. Unos se dedican a la carrera diplomática. Los que escriben tienen una marcada predilección por temas anodinos, los más alejados de la realidad presente.

Ni siquiera la censura puede ya impedir que en revistas y otras publicaciones del régimen aparezcan constantes quejas, reclamaciones, lamentos.. En el seno de diversos organismos profesionales y culturales, en reuniones y asambleas, presididas incluso por jerarcas fascistas, se elevan protestas, se producen enconados choques. «Arriba» tiene que reconocer en su editorial del 9 de agosto pasado: «Existe un gusto por las voces ambivalentes capaces de envolver demasiado matute como para no preocuparnos del sistema y su prosperidad, y se pronuncian ahora palabras que aparentemente nada quieren decir, infartadas, sin embargo, en la práctica, con un largo cortejo de segundos significados… Palabras explosivas bajo una apariencia inocente… Palabras con salvoconducto». No es un hecho casual que uno de los temas de moda sea hoy el del «pensamiento del intelectual». En realidad, donde cunde el pesimismo, y cada día de forma más acusada, es entre la minoría corrompida que se identifica con el putrefacto régimen franquista y que no puede dejar de percibir el enfado cadavérico en que este se encuentra. En efecto, las contradicciones intestinas que carcomen al régimen saltan hoy a la vista. Los monárquicos niegan la «legitimidad» del gobierno actual y preconizan la vuelta a la «normalidad tradicional». Los carlistas se mueven por su parte y repudian la «unificación» que les integró en la Falange. La Iglesia juega con dos barajas, y siendo parte integrante y uno de los pilares fundamentales del régimen franquista, utiliza a a algunos de sus altos jerarcas para fijar posiciones de «disconformidad», preparándose así una plataforma para el día «de mañana». La Falange, cuyo aislamiento y descomposición interna ni sus propios jefes pueden negar –como lo demuestran los discursos de Girón en Ciempozuelos y de Fernández Cuesta en Colmenar– multiplica sus maniobras por prolongar su agonía, por ensanchar su base, por salvarse del abismo en el que indefectiblemente se hundirá, como se hundirá el franquismo, como consecuencia de la acción y de la lucha de las grandes masas del pueblo que ansían la destrucción de la dictadura de Franco y Falange y el establecimiento de una República democrática.

Es obvio que para llevar a cabo estas maniobras los jerarcas falangistas se ven obligados a utilizar «nuevos» métodos, a recurrir a hipócritas añagazas. Desde hace algún tiempo, la Falange desarrolla, particularmente en los medios intelectuales, una pérfida maniobra política con el objetivo de engañar a sectores de intelectuales honrados, antifranquistas, de embarcarles en la nave zozobrante del régimen, de impedirles que cumplan sus deberes para con la causa de la independencia patria y de la cultura nacional. Vemos que ciertos jerarcas falangistas, empezando por Fernández Cuesta, entonan dirigiéndose a los intelectuales, cantos de sirena «conciliadores», pronuncian discursos en pro de una «integración» de todos los españoles, hablan de superar «las diferencias» &c. &c. ¿De qué se trata en concreto? De un aspecto de los esfuerzos que realiza la Falange para sobrevivir. A base de la mentira y del engaño, intenta ensanchar su base atrayéndose a hombres del campo intelectual. Demasiado saben los falangistas que para alcanzar algo en ese sentido sería, no ya vano, sino contraproducente, el que repitiesen sus desgastados discos de propaganda fascista. Saben asimismo que tal maniobra no podría darles ningún fruto si fuese llevada a cabo solamente por los elementos más visibles, y por tanto más desprestigiados de la Falange, abiertamente comprometidos en su criminal actividad terrorista, en su política de catástrofe nacional. Por eso, la Falange coloca en un primer plano, para realizar estas maniobras, a hombres como Laín Entralgo, Ridruejo, Eugenio Montes, García Escudero, Tovar, viejos falangistas todos ellos, pero que han actuado sobre todo en los medios culturales, y que emplean lenguaje «nuevo», supuestamente «objetivo», y en todo caso más apto para penetrar y ejercer una influencia en los medios intelectuales, sobre todo teniendo en cuenta el ambiente que reina en esos medios, del que hemos hablado más arriba. Los Laín, Ridruejo, Montes y Cía se esfuerzan por acicalar con engañosos afeites el repulsivo régimen franquista: quieren dar la impresión de que en el seno de la Falange y del franquismo es posible tener actitudes «liberales» (ellos mismos se esfuerzan por que circule ese calificativo); de que la Falange y el franquismo se han vuelto «tolerantes». De la manifiesta debilidad del régimen, de su impotencia para acallar las protestas que surgen por todos lados, quieren sacar argumentos para sembrar confusiones en la mente de algunos intelectuales.

Tal maniobra sería totalmente imposible de existir en España una mínima libertad de expresión y de prensa. Pero el grupo falangista de Laín, Ridruejo y sus comparsas, especulan con el hecho siguiente: gracias a la brutal censura que impide toda manifestación sincera de los sentimientos democráticos, ellos gozan prácticamente del monopolio, en la prensa y en las revistas legales y de mayor difusión, para entonar cánticos a la «libertad», a la «tolerancia», para invocar –falsificando desvergonzadamente sus obras y sus vidas– los nombres prestigiosos de Antonio Machado, García Lorca y otros (para aparentar incluso que les «defienden» en polémicas con otras fuerzas franquistas), para pregonar una presunta «integración» entre todos los valores españoles, &c. &c. De esta forma, los falangistas Laín, Ridruejo, García Escudero, aspiran a cobrar fama de «liberales», de «tolerantes», de «comprensivos» hacia las posiciones democráticas, y a presentarse como un grupo de oposición al oscurantismo imperante. Mediante esta pérfida maniobra, la Falange, a la vez que utiliza al máximo las armas que le da el hecho de detentar el poder –el terror, la censura, potentes medios de corrpución, el control de la mayor parte de las publicaciones, &c.– intenta constituir un polo de atracción para las corrientes de oposición que se incrementan entre los intelectuales y canalizar así al menos una parte de esta oposición.

En el marco de esta misma maniobra, es sabido que los gobernantes franquistas ejercen una fuerte presión sobre algunos de los más prestigiosos intelectuales españoles que están en la emigración, para hacerles que renuncien a su firma actitud antifranquista y que vuelvan al país, capitulando antes el franquismo.

Para desenmascarar el fondo de la pretendida «integración» que preconizan los Fernández Cuesta, Ruíz Jiménez, Laín, Ridruejo, &c., bastaría con hacer las siguientes preguntas: ¿qué actitud adoptan ante la cuestión que tanto preocupa –y con mucha razón– a los intelectuales, la cuestión de la libertad? ¿Qué actitud adoptan ante el régimen franquista, garrote de la libertad? Hacer esas preguntas sería contestarlas. Son ministros y altos jerarcas de la Falange. Ocupan elevados cargos en el gobierno franquista, del que perciben toda clase de prebendas. Sus esfuerzos tienden a que se perpetúe el franquismo y no a que desaparezca; y por los tanto, a que la libertad permanezca aherrojada y no a que se restablezca. La «integración» que preconizan responde a ese fin; se trata de una «integración» en el seno del régimen franquista, de una sumisión.

Los falangistas Laín, Ridruejo y otros, para atraer a los incautos a su cepo de la «integración», especulan cínicamente con la memoria de algunos de los más prestigiosos intelectuales progresivos españoles de la época contemporánea. Por ejemplo, con la memoria del gran Antonio Machado, que combatió con su pluma en las filas de la República contra la sublevación franquista, que proclamó en páginas que figuran entre las más emotivas que ha escrito, su ardiente cariño hacia la Unión Soviética. Con el nombre de García Lorca, el poeta popular asesinado por la Falange. Con el nombre incluso del poeta comunista Miguel Hernández, asesinado en la cárcel por el franquismo. Para hacer gala de «objetividad», los Ridruejo, Laín y Cía han publicado «obras» truncadas y comentarios pérfidos sobre los citados y otros escritores progresivos. Y quieren utilizar esas deformaciones monstruosas que han cometido –verdaderos crímenes contra la cultura española– para demostrar que bajo el franquismo existe libertad para elogiar, e incluso para publicar obras de escritores democráticos y revolucionarios. Libertad, sí, para mutilar y desfigurar esas obras. Pero ¿y los escritores vivos? ¿De qué libertad gozan bajo el franquismo? Todo intelectual honrado sabe por experiencia propia –en muchos casos una experiencia dolorosa y trágica– que el franquismo no permite ni la más mínima libertad de opinión ni de creación. La tiranía franquista persigue sañudamente las ideas progresivas y democráticas, así como a los hombres que las sustentan, con una represión feroz, una censura inquisitorial, un terror sanguinario. Y esto, no por una actitud contingente de los individuos que ocupan las poltronas ministeriales. Está en la esencial del régimen. El franquismo ahoga toda libertad y destruye la cultura porque ello responde a los intereses de las clases caducas a las que sirve, los terratenientes y grandes capitalistas, que sólo con una dictadura terrorista, fascista, pueden prolongar su dominación sobre nuestro país. Y a la vez, porque es un régimen antinacional, entregado en cuerpo y alma a los imperialistas yanquis que están colonizando España. El régimen franquista es incompatible con la libertad.

En su inmensa mayoría, los intelectuales españoles ansían que se restablezca la libertad para cada cual de expresar y de publicar sus opiniones. Libertad para los católicos y los ateos. Libertad para los materialistas y para los idealistas. Libertad para los comunistas y para los socialistas, para los demócratas, para los liberales, para los conservadores. Los comunistas luchamos por el restablecimiento en España de las libertades democráticas. Las libertades de pensamiento y de prensa que tanto anhelan los intelectuales forman parte del conjunto de las libertades democráticas por las que lucha el pueblo. Pensar que es posible obtener libertad en el terreno intelectual independientemente de las libertades políticas para el pueblo es especular con lo imposible. Toda la historia de nuestro país desmiente tal ilusión. Los intelectuales han tenido libertad en los períodos en que el pueblo arrancó e impuso unas libertades democráticas más o menos extensas.

Otro de los reclamos que agitan los falangistas es la idea de la «unidad», entre los «buenos» españoles. Pero ¿De qué clase de «unidad» se trata? De la unidad entre el verdugo y la víctima. Los falangistas pretenden que se «unan» sobre la base del sometimiento al franquismo, de la renuncia a sus convicciones democráticas, del abandono de sus ideales progresivos y del acatamiento al caudillaje del traidor y verdugo Franco. Tal es, en esencial, con unas y otras bambalinas, la «unidad» que preconizan los Laín y los Ridruejo. Su objetivo es pues evidente: apuntalar el agonizante régimen franquista intentando ampliar su base. Ningún intelectual honrado, ningún intelectual patriota, ningún intelectual progresivo puede prestarse a esa maniobra de la «integración» falangista, que no tiene otro fin sino el de contribuir a la prolongación de los terribles males, materiales y morales, que padece nuestra patria. La gran mayoría de los intelectuales ansían, sí, que se restablezca la convivencia entre españoles que aman a España y quieren verla limpia de la lacra franquista. Tal convivencia es imposible, impensable, en el marco del régimen franquista. El franquismo es un régimen de terror salvaje contra el pueblo y contra todos los hombres progresivos, y mientras subsista, perpetuará el ambiente de odio y de guerra civil, como lo ha reafirmado Franco en su discurso del pasado 18 de julio, en el que ha amenazado con mutilar de nuevo el cuerpo de la nación.

¿Cuál es el camino para que reine la convivencia entre españoles? El camino que preconiza el Partido Comunista: la creación de un amplio Frente Nacional en el que se agrupen todas las fuerzas democráticas, patrióticas, antifranquistas para la lucha común por liberar España de la dominación yanqui, derrocar el aborrecido régimen franquista y restablecer en nuestro país un régimen verdaderamente democrático. La convivencia no puede existir más que en un ambiente de libertad y en el marco de un régimen asentado en la voluntad popular.

Todo intelectual que desea ver a España salir de la horrenda noche del franquismo tiene su puesto, sin renunciar en nada a sus convicciones y a sus preferencias doctrinales, en el movimiento de Frente Nacional que tiende a agrupar sin exclusiones a todos los españoles que aspiran a la paz y a la independencia patria, y que aceptan como denominador común el respeto y la voluntad popular libremente expresada. La unidad entre los españoles demócratas y patriotas no puede realizarse más que en la lucha común contra la odiada tiranía de Franco y Falange y por el triunfo de la democracia.