Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, octubre-noviembre 1919 · nº 16-17
año II, vol. III, página 259-261

Luis Fernán Cisneros

El tradicionista Palma

Por lo mismo que circunstancias invencibles, fruto del choque de las injusticias humanas, impidieron a la prensa nacional rendir a don Ricardo Palma, en la hora de su desaparición de la tierra, el homenaje cálido, armonioso, brillante, que exigían su alteza espiritual y su renombre, siente Mercurio Peruano, por virtud de su prosapia y de sus deberes para con las nuevas generaciones intelectuales, una mayor responsabilidad al consagrar estas páginas a la memoria del tradicionista glorioso. Su actitud, a más de la sinceridad en la pesadumbre y del calor en la admiración, que son tratándose de don Ricardo Palma movimientos de espíritu que se confunden con la nacionalidad, tiene en estos momentos la emoción ocasional de quien se encuentra obligado a arrogarse una representación solemne, en nombre de la patria, ante la tumba abierta. Es como si nos correspondiera, de pronto, sin buscarlo, el rol de enlazar con un crespón la bandera bicolor en frente a las miradas de todos los que bien quisieron a don Ricardo Palma y bien se enorgullecen de ser peruanos y de que él fuera el primero de su siglo literario y artístico.

Mercurio Peruano, cumple su deber en la medida de sus fuerzas, confundido por su poquedad, alentado por su emoción. Sabe que se yergue para señalar, tendido el brazo, el sitio donde se ha derrumbado la más alta cumbre y donde, en medio al resplandor hecho oro de la catástrofe, aparece la gloria. Sabe que el elogio de don Ricardo Palma está ya consumado y que su inmortalidad llegó para él antes de que cerrara dulcemente los ojos, y sabe, por lo mismo, que todo lo que resta para aprisionar la solemnidad de la tragedia terrestre, es transmitir al futuro el dolor de los hombres en el instante en que perdieron de vista en el horizonte, cegados por el sol, la barca de Caronte. [260]

Lector: estas páginas de Mercurio están escritas con patriotismo. Nunca, antes de ahora, pudo decirse con más verdad que la desaparición de un literato cierra un ciclo de la historia de un pueblo e impone la meditación en la suerte futura de las letras nacionales. Don Ricardo Palma era el único escritor representativo de su nacionalidad, el único que haciendo la propaganda de su arte y de su nombre, hizo la de su ciudadanía. Todos los pueblos tienen tradición y todos la atesoran avaros de la riqueza espiritual que significa; pero son pocos los que pueden vanagloriarse de que ella, transformada en monumento literario, trascienda a otros pueblos y tome cuerpo en la conciencia universal. Don Ricardo Palma es, en este sentido, el eslabón más fuerte que ata en la inmortalidad las glorias de la patria a las de la raza. Su nombre será en la historia la lumbre que iluminando los senderos de atrás inspire a los hombres el amor a la perspectiva y el deseo de entrar en ella y recorrerla con la alegría de la excursiones que se hacen a gusto del corazón.

La personalidad literaria de don Ricardo Palma es única en la América. Su arte es original. No puede detenerse el crítico en la admiración del estilo, tomado de fuentes clásicas y puras, juvenil y sano, jugoso y brillante, ni en la pintura de los personajes de la tradición, todos ellos moviéndose en el libro con vida espiritual y corporal; tampoco puede detenerse en la interrogación de si el tradicionista impone al lector el ambiente de la época o si lo transporta a través de los siglos, olvidado de su personalidad y su momento. Lo más admirable de la reconstrucción artística y de la supresión de las distancias que realizan las Tradiciones, cualquiera de ellas, todas tal vez, es precisamente la sutileza del artificio, imposible de descubrir y por lo mismo de imitar. Eso es lo personal. Eso lo grande. Eso lo que hace de don Ricardo Palma un escritor único, solo, inaccesible. Tradicionistas hay muchos en el mundo. Comentadores y revividores de crónicas añejas los hay más. Repetidores de anécdotas y romances lo somos todos. Pero reconstructores de ambiente y magos encantadores que hagan pasar a las generaciones de siglo en siglo hasta convertirlas, con sólo el libro delante, en espectadoras de la misma historia, no hay, ni ha habido en América, con ser inagotable la tradición americana, sino don Ricardo Palma. Lector: ni tú ni yo sabemos, cuando tenemos entre manos el libro admirable, en qué momento dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en el hereje campanero que toca y toca, alegremente, su pícara campana de media noche... [261]

Ya se comprenderá, si tal es el concepto de los que vivimos la literatura de ahora, que rinde patrias al estilo, pero que busca la sugerencia artística, cuánto ha de entusiasmarnos la labor literaria de don Ricardo Palma y con qué gesto de definitiva admiración la señalamos en la hora de su muerte. Sin atropellar a ninguno de los hombres de su época para empuñar el estandarte conductor, ellos se lo dieron. Sin admitir comparaciones con ninguno de los escritores pasados y presentes, distinto de todos ellos, solo siempre en el laberinto de los que se dicen genios y de los que quisieran serlo, ese estandarte cobra ahora, en sus manos, una significación de gloria universal.

Poeta infantil y romántico, primero, epigramático y satírico más tarde, jugó con sus aptitudes como quiso, hasta encauzarlas todas en el camino de la Tradición maravillosa. Podrá deberle el Perú la labor paciente de la reconstrucción de la Biblioteca Nacional y podrán agradecerle los jóvenes de hoy la serena austeridad de su vejez, deslizada mansamente en medio de emocionados anticipos de la inmortalidad; pero lo que no le pagará la patria nunca, porque es gloria que ni los héroes suelen darla, es la sonoridad de su nombre y el rendimiento universal a su memoria.

Luis Fernán Cisneros.

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