Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, enero de 1919 · número 7
año II, vol. II, páginas 79-80

[César Abraham Vallejo]

Notas

Juicio por el asesinato de Leónidas N. Yerovi.
Documentos de la acusación.
Oficina Tip. «La Opinión Nacional». Lima, 1918.

Hace dos años, un crimen cometido en esta ciudad conmovió el sentimiento público en forma excepcional. Leónidas Yerovi, poeta y comediógrafo de admirable vena humorística, bohemio engreído de los círculos periodísticos, fue asesinado por un individuo de nacionalidad chilena. El crimen, aunque vulgar en su forma, adquiría el relieve de una desgracia social por la aureola de efecto y de admiración que rodeara a la víctima. Y no habría interesado a los profesionales, por su simplicidad jurídica, el juicio iniciado para la condenación del reo convicto y confeso, si una sentencia impremeditada, condenando materialmente al reo, pero denigrando injustamente a la víctima, no hubiera invertido los términos del proceso judicial convirtiendo la tribuna de la acusación en la tribuna de la defensa.

Entonces el sentimiento público, «vasallo del genio luminoso de Yerovi y enamorado de su bohemia franca», acompañó con su simpatía al joven y prestigioso abogado, Alberto Ulloa Sotomayor, que tomó a su cargo la noble tarea de rehabilitar el «recuerdo del poeta que fue encarnación del alma ágil y burlona, un poco lírico y otro poco melancólico de este pueblo espiritual». Con elocuencia serena, apartada de los moldes anticuados de la oratoria forense, desmenuzó uno por uno los débiles fundamentos de aquel fallo que más hería a la víctima que al victimario. De su brillante informe oral recogemos el siguiente sugestivo pensamiento que expresa en galana forma literaria el significado de su actitud al defender –con éxito consagrado por el severo juicio de los magistrados superiores– la veneranda memoria del amigo querido y del poeta admirado:

«Es únicamente bajo la advocación serena de la muerte que los hombres grandes por su acción o por su ingenio alcanzan un amplio discernimiento de justicia. Así es como, mientras viven, flota entre ellos y la fama una nube formada por la acumulación de las pequeñas miserias, de las debilidades humanas, que la envidia, la maledicencia o la moral de la paja en el ojo ajeno, hacen surgir, frustrando la definitiva consagración de esos hombres grandes.

«Más tarde, cuando mueren, su cuerpo parece llevar consigo a la disolución inevitable del sepulcro todas las flaquezas y el espíritu que persiste en el más allá, brilla sobre las colectividades. Entonces los que desconocieron o los que no alcanzaron a comprender se rinden a la evidencia de la luz que queda.

«Con Yerovi se han roto aquellas leyes invariables de la acusación pronta y de la justicia tardía. Durante su vida breve, las multitudes [80] esclavizadas a su talento, siguiendo el paso de su pluma ágil por sobre las cosas y sobre los hombres que él adornaba con la flor grácil de su ironía; los hombres mismos, sobre cuya grave arquitectura se posaba el pájaro cantor de su musa burlona, no volvieron ni un instante la vista hacia las dolorosas intimidades del poeta. ¡Y es ahora, cuando el ángel guardián de los sepulcros presta sus alas al vuelo de la vida perdurable del genio de Yerovi, que manos frías intentan una crispante autopsia moral!».

C. A. V.

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