John A. Mackay
Dos apóstoles de la democracia: Woodrow Wilson y Lloyd George
Hay dos tipos de demócratas en la política contemporánea, los barométricos y los dinámicos. Aquéllos registran el estado de la atmósfera democrática, estos producen esa misma atmósfera. Los unos son, cuando más, intérpretes de corrientes populares, los otros son los creadores y apóstoles de ellas.
A los demócratas dinámicos, pertenecen dos ilustres estadistas cuyos nombre son ya los símbolos de la nueva era de la democracia, o sean, Woodrow Wilson y Lloyd George. No se puede estudiar la vida de estos dos profetas del derecho, y considerar lo que uno y otro han contribuido a su generación, sin aceptar el célebre dictamen de Carlyle: «La historia del mundo, es la historia de los grandes hombres que han vivido en él.» Pues cuando lleguen a escribirse las biografías completas del Presidente de los Estados Unidos y del Primer Ministro de Inglaterra, se verá, no solamente que ellas son dos microcosmos de la marcha de ideas democráticas en el mundo durante los últimos veinte a treinta años, sino que fueron las palabras o los hechos de estos hombres eminentes los que encauzaron el curso de la civilización humana en uno de los momentos más críticos de ella.
Un estudio comparativo de las carreras de Wilson y Lloyd George, está lleno de interés e inspiración.
Ni la niñez, ni mocedad de Woodrow Wilson, dio promesa especial. Pasó los primeros años de su vida en íntimo contacto con la naturaleza. Hasta tener nueve años, no sabía el abecedario; y hasta los doce no fue al colegio. Así en el colegio como luego en la universidad, resultó un alumno mediano. Escogió la carrera de derecho, y al recibirse de abogado abrió una oficina en la ciudad de Atlanta. Pero, a poco tiempo el joven abogado tuvo que cerrar las puertas de su escritorio por falta de clientela, volvió a la universidad y tomó clases superiores en Jurisprudencia. [256] El único rasgo saliente de la vida estudiantil de Wilson, es un rasgo moral, o sea, la determinación hecha, mientras estudiaba en Princeton, de nunca defender, ni por fines dialécticos siquiera, una opinión que no sostuviera del todo. Desde el principio el futuro presidente era un hombre sincero.
Más románticos son los primeros años de Lloyd George. Hijo de un pobre maestro de escuela en el país de Gales, fue criado por un tío zapatero, quien trabajaba seis días de la semana en su taller y los domingos predicaba en una pequeña capilla evangélica. En un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires, Gómez Carrillo ha dicho de este período de la vida de Lloyd George: «Los años de la infancia, pasados en la tiendecilla del buen remendón aldeano, entre una Biblia y una lezna, han dejado en su alma, un fermento de poesía, poco común en los políticos británicos. Sus principios religiosos, estrictos e intransigentes, su amor a la gente pobre, su sensibilidad nerviosa, su respeto por las reivindicaciones obreras, su rectitud moral, y hasta su desprecio por los títulos nobiliarios, nacieron en aquel hogar miserable.» Cuando sólo tenía cinco años, lloró la desdicha de unos pobres labriegos que eran arrojados de sus terrenos. En la escuela primaria encabezó un movimiento contra la asistencia obligatoria de parte de los alumnos «no-conformistas» a ciertos actos religiosos de la iglesia del estado (la anglicana); y luego incitó a sus condiscípulos a que no contestasen las preguntas del párroco sobre el catecismo. Tras una dura lucha con la pobreza, Lloyd George se recibió de abogado a los veintiún años de edad, iniciándose en la carrera de derecho como paladín de los pobres agricultores contra las opresiones de los propietarios. Seis años más tarde fue elegido diputado.
Aunque siete años mayor que Lloyd George, Woodrow Wilson no tomó parte activa en la política hasta que frisaba ya en los cincuenta años. Ella siempre había sido su estudio predilecto, pero contentose durante largos años con ocupar una cátedra, y con exponer en varios libros sus ideas sobre problemas constitucionales. Hace sólo diez años que era presidente de la Universidad de Princeton y pudiera ser, que ocupara ese puesto aún, si no fuera por una lucha que tuvo que sostener contra ciertas tendencias aristocráticas en aquella universidad. Los aristócratas salieron victoriosos, y comenzaron a llevar a cabo su programa. Wilson en seguida renunció, pero no sin haberse ganado primero la simpatía pública como un verdadero [257] adalid de la democracia. Poco tiempo después se le eligió gobernador de Nueva Jersey, estado en que Princeton está situado. En este puesto, el antiguo catedrático, dio pruebas de enorme energía y determinación, en una campaña contra ciertos monopolios, lo que impresionó tanto a sus conciudadanos que, en las próximas elecciones presidenciales, se le nombró candidato del partido democrático. Cuando, por último, Wilson fue elegido a ocupar el puesto supremo de la República, entró a la Casa Blanca, no como un político profesional, cargado de convencionalismo y compromisos, sino como un pensador idealista, acostumbrado a ver las cosas a la luz de la verdad y no de la tradición, y a consultar su conciencia antes de la diplomacia. Así se explica el soplo de aire fresco que respiran todos los discursos y declaraciones políticas del Presidente de Estados Unidos.
Lloyd George, entró en la Cámara de los Comunes en 1890, después de una lucha electoral, en que venció al hombre más influyente en la comarca. Cuando estalló la guerra en agosto de 1914 era canciller en el gobierno de Asquith. Durante los años entre 1890 y 1914, había ido ascendiendo paso a paso la escalera política, conocido siempre como el amigo de las clases trabajadoras y el enemigo habitual de los capitalistas y los nobles hereditarios. Cuando canciller introdujo dos de las reformas más benéficas en la política moderna, a saber, la ley de pensiones para ancianos, y la ley que garantiza el trabajo y el salario a los obreros, de la cual se ha dicho que «es una de las mayores, de las más valientes y más orgánicas que puede concebir la mente humana». El fue también quien logró que cambiase la constitución de Inglaterra, quitando a la Cámara de los Lores su privilegio de rechazar, mediante el «veto» lo acordado por la cámara inferior. A causa de sus ideas radicales y sus actos tan atrevidos, Lloyd George, vivía casi siempre al son y la sombra de la tempestad. No obstante su reputación de luchador en el campo de la política interna, era un conocido pacifista. Cuando estalló, por ejemplo, la última guerra africana, Lloyd George la denunció como una guerra de opresión, atrayendo en consecuencia sobre su persona la hostilidad de todos y los nombres más infames. Después de un «meeting» en Birmingham, en que ventiló sus ideas en contra de la guerra, tuvo que disfrazarse de guardia para poder salvarse de las manos del populacho enfurecido que le esperaba afuera. Puede decirse sin exageración que en el verano de 1914, cuando la Gran Bretaña [258] estaba al borde de la guerra civil por la cuestión de Irlanda, Lloyd George era un político impopular con la media nación. Pero en los primeros días de otoño de ese año, fuerzas alemanas cruzaron la frontera belga para invadir a Francia, e Inglaterra declaró la guerra al Kaiser. Desde el primer día de conflicto, el canciller inglés vio la situación en sus verdadera fisonomía, como el choque entre el divino principio del derecho y el principio satánico de la fuerza. Iban a ponerse a la más dura prueba todos los sagrados ideales de la justicia entre hombres y naciones, por los cuales él había luchado al través de toda su agitada vida política. Dejando la Cancillería, Lloyd George organizó el nuevo Ministerio de Municiones. Antes que el gran Demócrata del Nuevo Mundo hubiera comenzado a redactar su famosa serie de «Notas» a Alemania, antes que hubiera cristalizado en frases inmortales su concepto de la contienda, los cañones de Lloyd George salvaban el mundo para la Democracia en todos los frentes de batalla, mientras su férrea voluntad y profética palabra fortalecían los corazones de los aliados. Convirtiose este hombre, en el símbolo de la voz y el brazo británico, y su pueblo, ya convencido de su valor, acató unido su palabra y supo seguir su dirección. A fuerza de hechos incontrovertibles Lloyd George se conquistó el derecho de ser escuchado.
Volviendo ahora a Wilson éste era, antes de la guerra, un pacifista tan absoluto como Lloyd George. Su programa político en las elecciones presidenciales incluyó la disminución de los armamentos. fue por eso que muchos creían que Wilson nunca iría a la guerra. Otros tenían por debilidad o indecisión de carácter el que gastara tanto tiempo escribiendo notas a Alemania. Pero los que le conocían en su vida de catedrático y los que habían seguido de cerca el curso de su vida pública, bien sabían que no existía en el mundo hombre más resuelto y enérgico, una vez que se formara su opinión sobre un asunto, así, cuando por fin se convenció el Presidente de las implicaciones de los actos y pretensiones alemanas, actuó como un rayo. Habíase ganado ya el respeto de la nación por la paciencia con que agotó todos los recursos de la persuasión para evitar el conflicto, de suerte que, cuando optó por la guerra, se encontró con un país unido y determinado a ratificar con su sangre los fallos de su presidente. En cuanto a la opinión extranjera, todos habían sufrido una desilusión tan grande con respecto al verdadero carácter de Wilson, que cuando éste volvió a empuñar [259] la pluma, después de haber desenvainado la espada, el mundo entero estaba pronto a atender las palabras de él, como la voz más autoritativa de la democracia luchadora. El ha abierto nuevos horizontes de equidad a la vista de las naciones; ha introducido un espíritu sereno y cristiano a la consideración de problemas internacionales; ha inspirado confianza universal, tanto en la rectitud de sus principios como en la sinceridad de sus palabras; ha derramado sobre la faz de Europa, agonizante la lumbre de una personalidad severa, como la de Cristo hacia los soberbios y opresores, benigna como la de su Maestro, hacia los débiles y arrepentidos.
Woodrow Wilson y Lloyd George, han sido ambos visionarios, ambos apóstoles, ambos dínamos de energía, ambos de carácter moral intachable. Pero, el temperamento de Wilson, es más filósofo y mesurado, el de Lloyd George, más poético y fogoso. Este tiene un ingenio más versátil y humano, aquél, un ingenio más intenso y seráfico. Para juzgar de la contribución hecha por uno y otro, al aplastamiento del Kaiserismo y al advenimiento del reino de la Justicia, téngase en cuenta lo siguiente: al principio de la guerra, Wilson se encontraba firmemente asentado sobre un pedestal de enorme prestigio y poder.
Lloyd George tenía que elevarse a la posición que actualmente ocupa, a fuerza de duros trabajos, así como mantenerse en ella contra las intrigas de sus enemigos por una diplomacia magistral.
Pero nuestro estudio no sería completo si no preguntáramos, ¿cuál es la psicología íntima de vidas tan estupendas? Los pensamientos y acciones de Woodrow Wilson y Lloyd George han sido inspirados en fuentes bíblicas. Uno y otro, ha aprendido su política a los pies del gran Demócrata de Judea. Las enseñanzas éticas y religiosas de Jesucristo, han sido para ambos, el norte de sus aspiraciones y el alimento de sus almas. Se sintieron llamados a una obra apostólica, a «enderezar entuertos» en la tierra y establecer en ella el Reino de la Justicia. Para ambos políticos Dios ha constituido una presencia real. La historia no olvidará jamás el día cuando en una reunión de su gabinete en la Casa Blanca, y antes de una decisión transcendental, el Presidente de Estados Unidos se arrodilló, y pidió a Dios dirección y sabiduría, ni aquel otro día en la Cámara de [260] los Comunes, cuando después de la oración de apertura, y antes que hubiera un solo grito por la victoria ya alcanzada, el Primer Ministro de Inglaterra levantó la sesión, para que todos fueran primero a rendir gracias a Dios en la vecina capilla de Santa Margarita.
Lima, 15 de noviembre de 1918.