Filosofía en español 
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Sobre la paz

Mensaje de Wilson

[ Respuesta ante el Congreso, el 11 de febrero de 1918, al ministro austrohúngaro Czernin y al canciller alemán Hertling ]

Washington, 12. He aquí el texto íntegro del Mensaje que ayer leyó en el Congreso el presidente Wilson, contestando a los recientes discursos del conde de Czernin y del conde de Hertling:

«Señores del Congreso: El día 8 de enero tuve el honor de tomar ante vosotros la palabra para hablaros de los fines de guerra tal y como los concibe nuestro pueblo; el día 5 del propio mes habló en términos análogos el primer ministro de la Gran Bretaña y el 24 pronunció su discurso el canciller alemán, habiendo hablado aquel mismo día el conde de Czernin en nombre de Austria, viendo así aproximarse el día en que el camino de impresiones sobre asunto tan importante se pueda hacer de modo que se entere todo el mundo. El discurso del conde de Czernin, que parece contestar directamente a mi mensaje del 8 de enero, está concebido en tonos amistosos y dice hallar en mi declaración aproximaciones asaz alentadoras en el sentido de las miras de su propio gobierno. Para justificar su creencia de que esa declaración podía ser la base de una discusión más detallada entre los dos gobiernos, pareció entenderse que los puntos de mira por mí expresados me habían sido comunicados con antelación; pero acerca de esto creo que no ha habido sino una interpretación errónea de los hechos, pues ni el conde de Czernin tenía porque hacerme indicación de ninguna clase ni yo necesito más que ser uno de los espectadores de la gran tragedia.

El discurso del conde de Hertling es, debo decirlo así, muy vago y muy confuso; está lleno de frases equívocas y no se ve claramente hacia donde se dirige, si bien puede afirmarse que es de un tono muy distinto al del conde de Czernin y persigue, con toda evidencia, fines muy opuestos; confirma, más que disipa, la mala impresión producida en nosotros por lo que ya sabíamos de las conferencias de Brest-Litovsk; su discusión y aceptación de los principios generales por nosotros expuestos no conducen al conde de Hertling a ninguna conclusión práctica, negándose a aplicarlos en las condiciones que han de constituir el cuerpo de todo definitivo arreglo del conflicto actual, y mostrándose receloso acerca de toda acción y de todo consejo internacional. Dice el canciller alemán que acepta el principio de la diplomacia pública, pero insiste en que, al menos en el caso presente, quede limitada la publicidad a lo que son meras generalidades y que las varias cuestiones particulares, referentes a la soberanía de ciertos territorios de los cuales puede depender la aceptación de la paz para veinte y tres Estados hoy en guerra, sean discutidas, no en un consejo internacional, sino separadamente por aquellas naciones más inmediatamente afectadas por cada una de las cuestiones referidas.

Insiste el canciller alemán que los mares sean declarados libres, pero no ve con buenos ojos la menor limitación que se intente en esa libertad por una acción internacional y en interés de todos. Vería el conde de Hertling con gusto que se destruyese toda barrera económica entre nación y nación, pues eso no ha de dificultar en lo mas mínimo las ambiciones del partido militarista, con el cual parece que está obligado a conservar buenas relaciones; y no hace objeción ninguna a una limitación de los armamentos, pues cree que esa cuestión se arreglará por sí misma en virtud de la situación económica que se producirá al terminar la guerra: pero exige que sean devueltas a Alemania sus colonias, sin discusión siquiera, afirmando al mismo tiempo que no discutirá sino con los representantes de Rusia el modo de disponer de las tierras y de los pueblos del Báltico, como discutirá únicamente con el gobierno de Francia las condiciones en que haya de ser evacuado el territorio francés, y sólo también con el gobierno de Austria aquello que se refiera al porvenir de Polonia. Para lo relativo a los Estados balcánicos, si entiendo rectamente el discurso de Hertling, se entenderá sólo con Austria y Turquía, y en cuanto a lo que haya de convenirse acerca de los pueblos no turcos del actual Imperio otomano, lo deja el canciller alemán a la voluntad del propio gobierno de Constantinopla.

Después de un arreglo semejante, logrado por medio de mutuas e individuales concesiones, el canciller no se opondría, si interpreto bien sus declaraciones, a la constitución de una Liga de las naciones que mantendría con firmeza el nuevo equilibrio de las potencias contra toda perturbación exterior.

Debe ser evidente para todos los que comprendan el cambio operado por esta guerra en la opinión y en el espíritu del mundo que una paz general y digna de los grandes sacrificios que la humanidad ha hecho es imposible que venga por los métodos que propone el canciller alemán, que no son sino los métodos hasta ahora seguidos y nosotros no queremos volver a ellos. Lo que está hoy en juego es la paz del mundo, y si luchamos es para establecer un nuevo orden internacional, basado en los amplios y universales principios del derecho y la justicia; no queremos una paz simple y fragmentaria. ¿Es posible que el conde de Hertling no lo vea, que no lo comprenda, que no sienta vivir esta idea en el mundo de hoy? ¿Ha olvidado ya por completo los acuerdos del Reichstag del 19 de julio, o acaso los ignora? En aquellos acuerdos se habla de una paz general, no de engrandecimientos nacionales, ni de pactos entre nación y nación. La paz del mundo depende de la justicia con que se resuelva cada uno de los problemas a que me referí en mi anterior Mensaje. En cuanto al método por el cual han de ser resueltos esos problemas sólo debo decir que cada uno de ellos y todos juntos afectan al mundo entero, y mientras no sean tratados con verdadero espíritu de justicia, sin prevención de ninguna clase y considerando sólo los deseos y las aspiraciones de cada pueblo, no se podrá llegar a una paz sólida y permanente. No pueden ser discutidos separadamente estos problemas, pues ninguno de ellos tiene un interés particular o propio, en el que pueda prescindirse de la opinión universal. Todo lo que afecta a la paz afecta a la humanidad toda, y nada de lo que resuelve la fuerza militar, si la resolución es injusta, puede decirse que está resuelto; la cuestión volvería a plantearse cuando menos se pensase.

Parece que no sabe el conde de Hertling que hoy habla ante el tribunal de la humanidad; que todas las naciones del mundo, despiertas ya, forman hoy parte de este tribunal, que ha de juzgar sobre lo que los hombres públicos de todas las naciones han de decir acerca de este conflicto que se ha extendido a todas las regiones del mundo.

Las resoluciones aprobadas por el Reichstag en el pasado mes de julio aceptan ya en toda su amplitud la sentencia de este tribunal: “No habrá anexiones, ni indemnizaciones de ninguna clase; los pueblos no cambiarán de soberanía ni en virtud de una conferencia internacional ni por el pacto entre rivales o adversarios; las aspiraciones nacionales han de ser todas respetadas; los pueblos no han de ser gobernados sino por el gobierno que a sí mismos se den.”

Las palabras “podrán los pueblos disponer libremente de sí mismos” no son una simple frase, sino que constituyen un principio de acción imperativa, del que los hombres no podrán ya prescindir. No vendrá la paz, la verdadera paz, por la simple voluntad de una conferencia; la paz ya no puede ser hecha por la fragmentaria inteligencia entre muchas o pocas inteligencias individuales; todos los pueblos afectados por esta guerra tienen igual derecho a intervenir en la resolución de todos y cada uno de los problemas que ella ha planteado. Esta paz completa es la paz que queremos, y para que todos unidos podamos garantizarla y mantenerla, es necesario que todos sus detalles sean sometidos al tribunal formado por todos, pues hemos de saber si son justos y equitativos, si se trata de un acto de justicia o de un pacto entre soberanos.

Los Estados Unidos no aspiran a intervenir en los asuntos de Europa y tampoco desean convertirse en árbitros en las discusiones territoriales europeas; no quieren aprovecharse de la debilidad de nadie ni de desórdenes interiores para imponer su propia voluntad a otro pueblo, están dispuestos aceptar que se les demuestre que las soluciones que ellos sugieren no son las mejores o más duraderas, que son tan sólo esbozos de provisionales principios y el modo como deberían ser aplicados. Pero los Estados Unidos entraron en esta guerra porque se vieron asociados contra su voluntad a los sufrimientos e indignidades infligidas por los dueños militares de Alemania y a fin de defender la paz y la seguridad de la Humanidad, y así las condiciones de la paz les alcanzarán de tan cerca y les afectarán lo mismo que a cualquier otra nación a la cual esté confiado el papel de director en el mantenimiento de la civilización.

Los Estados Unidos no ven el modo de llegar a la paz mientras las causas de esta guerra no hayan sido alejadas, mientras su repetición no se haya hecho imposible.

Esta guerra tiene sus raíces en el desprecio de los derechos de las pequeñas naciones y nacionalidades que carecían de unión y fuerza para sostener y determinar la forma de su propia vida política.

Ahora deben crearse convenciones que hagan tales cosas imposibles en lo futuro, y estas convenciones deben de ser sostenidas por las fuerzas reunidas de todas las naciones amantes de la justicia y decididas a mantenerlas a todo coste.

Si la solución de las cuestiones territoriales y de las relaciones políticas de las grandes poblaciones que no tienen una potencia organizada para resistir deben ser determinadas por contratos y los gobiernos potentes son los más directamente afectados como lo propone el conde Hertling, ¿por qué las cuestiones económicas no pueden ser solucionadas del mismo modo?

Ha ocurrido en el mundo transformado en que nos hallamos que la justicia y el derecho de los pueblos afectos a un campo entero de relaciones internacionales lo mismo que la obtención de primeras materias y las condiciones equitativas y justas del comercio.

El conde Hertling quiere que las bases esenciales de la vida comercial e industrial sean salvaguardadas por acuerdos y garantías comunes, pero no debe esperar que se le conceda esto si otras cuestiones que hay que determinar con las cláusulas de la paz no son tratadas del mismo modo como otros tantos artículos del tratado de paz. No se puede, pues, pedir el beneficio de un acuerdo común en un dominio sin concederlo en otro.

Tened por seguro que los pactos separados y egoístas relativos al comercio y a las primeras materias esenciales para la fabricación no darán ningún fundamento para la paz, como tampoco lo darán los pactos separados y egoístas relativos a las provincias y a los pueblos.

El conde Czernin parece ver los elementos fundamentales de la paz con ojos lúcidos. Ve que la constitución de una Polonia independiente compuesta de todos los pueblos indiscutiblemente polacos es una cuestión que concierne a Europa y debe naturalmente ser admitido que Bélgica debe ser evacuada y restaurada sin tener en cuenta los sacrificios y concesiones que esto comparte y que las aspiraciones sancionales deben ser satisfechas, aun en el propio imperio, por el interés común de Europa y de la Humanidad. Si guarda silencio sobre las cuestiones que afectan al interés y objetivo de sus aliados y que no afectan a Austria, esto será, supongo yo, porque se ve obligado a ceder en estos casos a los deseos de Alemania y Turquía. Viendo y admitiendo como lo hace los principios esenciales y la necesidad de aplicarlos con sinceridad, siente naturalmente que Austria puede responder al proyecto de paz presentado por los Estados Unidos con más franqueza y soltura que Alemania. Y sin duda el conde Czernin hubiera ido más lejos a no ser su dependencia ante Alemania.

De todos modos como la prueba no tiene otro objeto que el saber que es posible por uno u otro gobierno dar un paso más en esta comparación de opiniones, es evidente que los principios que deben aplicarse son estos:

Primero. Que cada parte dé la solución final que debe fundarse en la justicia esencial del caso particular en cuestión y en las soluciones más propias para llegar a una paz permanente.

Segundo. Que los pueblos y provincias no deben ser objeto de un comercio entre soberanos y soberanía como si fuesen simples objetos o simples peones de un juego, aunque sea un gran juego, actualmente desacreditado para siempre, de equilibrio de fuerzas.

Tercero. Que todo arreglo territorial que emane de esta guerra debe ser hecho en interés y beneficio de las poblaciones interesadas y no como parte de un simple arreglo o compromiso de reivindicaciones entre Estados rivales.

Cuarto. Que todas las aspiraciones nacionales bien definidas deberán recibir la satisfacción más completa que pueda serles concedida, sin introducir nuevos o perpetuar antiguos elementos de discordia o antagonismo, susceptibles con el tiempo de romper la paz de Europa y, por lo tanto, la del mundo.

La paz general construida sobre tales fundamentos puede ser discutida. Mientras esta paz no sea asegurada, no tendremos más camino que el de continuar la lucha.

A nuestro juicio estos principios que consideramos como fundamentales, son aceptados ya en todas partes como imperativos, exceptuando por los directores del partido militar y por los anexionistas de Alemania. Si estos partidos han tenido algún otro partido adversario, estos adversarios no han sido suficientemente numerosos o no han tenido suficiente influencia para hacer oír su voz. Lo más trágico es que un solo partido en Alemania quiere y puede evidentemente enviar un millón de hombres a la muerte, para impedir lo que el mundo entero cree hoy ser de justicia.

No sería el leal portavoz del pueblo de los Estados Unidos si no dijese una vez más que no es a la ligera que hemos entrado en esta guerra y que no podremos jamás volvernos atrás en nuestro camino, que hemos escogido por principio.

Nuestros recursos están ahora en parte movilizados y no nos detendremos hasta que no hayamos alcanzado su integridad. Nuestros ejércitos se dirigen rápidamente al frente de combate. Toda nuestra fuerza será empleada en esta guerra de emancipación, en esta guerra que debe librarnos de la amenaza y de las tentativas de hegemonía de los grupos egoístas de los gobernantes autocráticos.

Cualesquiera que sean las dificultades y los retrasos parciales del tiempo presente, es imposible que se agote nuestra potencia de acción independiente, y no podemos en ningún caso consentir el vivir en un mundo que gobernarían la intriga y la fuerza.

Creemos que nuestro deseo de orden internacional, de justicia y de interés común de la humanidad, ha de prevalecer. Este es el deseo de los hombres serenos de todos los países, y sin este nuevo orden el mundo no tendría la paz y la vida humana carecería de las condiciones tolerables de existencia y desarrollo.

Habiéndonos encargado de realizar este orden, no volveremos atrás en nuestra decisión.

No tengo necesidad de añadir que nada de lo que he dicho tiene el carácter de amenaza. No es éste el carácter de nuestro pueblo. He hablado así únicamente para que el mundo entero conozca el verdadero espíritu de América, a fin de que en todas partes los hombres sepan nuestro amor a la justicia y que el gobierno de los pueblos por sí mismos no es un simple amor de palabra, sino una verdadera pasión que una vez encendida debe ser satisfecha.

La potencia de los Estados Unidos no está amenazada por ninguna nación ni ningún pueblo; esta potencia no servirá jamás para realizar una agresión ni acrecentar ninguno de nuestros intereses egoístas; ha nacido de la libertad y está al servicio de la libertad.» Havas.