Filosofía en español 
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José Ingenieros

La tradición argentina

Consiste en la continuidad de ideales que han orientado el espíritu de la nueva raza. Nace con la nación misma, pugna con las tradiciones coloniales, se enriquece por obra de los grandes pensadores, aletea sobre las generaciones nacientes y será el núcleo esencial para la germinación de ideales ulteriores.

Existe y queremos continuarla. No es la del conquistador que vino a este continente en busca de oro y de dominios; ni la del indio supersticioso que fue extinguiéndose al contacto de la civilización blanca. Ni ibéricos, ni indígenas. El sentimiento de la argentinidad nació apartándose de los unos y de los otros; iniciando una cultura nueva. En los ideales de la emancipación no entró el renacimiento de las civilizaciones indias, ni tuvo parte en ellos la consunción moral en que agonizaba el país conquistador en vísperas del advenimiento americano.

Comienza la tradición “argentina” en el preciso momento en que los descendientes de aquéllos se sienten distintos, con intereses y con ideales propios: cuando nace la nación. Una inquietud espiritual alborea con los precursores, Vértiz y Maciel, hasta afirmarse netamente en Belgrano y Moreno, impregnados de fisiocratismo y traductores de los enciclopedistas. El ciclo cultural de la revolución argentina se completa en la época de Rivadavia; la Universidad de Buenos Aires nace modernizante y europeísta, en abierta oposición con el alma de la metrópoli.

El viejo espíritu colonial, arraigado en la mayoría inculta del país, tendió sus líneas contra el naciente sentimiento argentino. Durante la restauración conservadora, representada por Rozas, los ideales de la revolución fueron execrados por las gauchocracias hispano-indígenas. Los herederos del pensamiento de Mayo fueron proscritos.

Tres grandes pensadores recogen la antorcha simbólica. Echeverría cultiva el romanticismo social y busca en el seno mismo de la argentinidad naciente la razón de nuestra filosofía política; Alberdi pone bien alta su pupila para dictar las bases de la constitución política y siembra los gérmenes de nuestra sociología; Sarmiento funde el sentido político norteamericano y el positivismo científico europeo en su fecunda agitación cultural, planeando en obras inmarcesibles una verdadera filosofía de la historia.

Vencida en Caseros la restauración hispano-indígena, se reanuda la tradición cultural iniciada con Moreno y Rivadavia. Cuatro presidentes –Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca– le son fieles, coincidiendo en poner los métodos científicos como fundamento de la enseñanza nacional. Esta fase ejecutiva de los ideales argentinos motivó resistencias del espíritu conservador; la lucha entre lo que agonizaba y lo que nacía tuvo por escenario la política educacional. Sarmiento –siempre Él, cíclope alerta– pesó en favor del porvenir: después del 80 se consolidó en la enseñanza argentina el predominio de las disciplinas científicas.

Tuvo su premio el Genio: asistió al primer florecimiento de su ensueño. Culminó en las ciencias naturales el sabio y filósofo Ameghino, introductor de las doctrinas transformistas, que logró enriquecer con hechos e hipótesis; en los estudios biológico-sociales se reveló Ramos Mejía; las nuevas corrientes ético-pedagógicas alcanzaron un visible exponente en Agustín Álvarez. Nuestros grandes muertos recientes.

Esa continuidad espiritual del pensamiento argentino constituye una tradición. Cultivarla con amor, continuándola, es un modo eficaz de apartarnos de las oligarquías misoneístas y de sus ideales antiargentinos. El caciquismo gauchocrático, la moral picaresca y la untuosidad teológica son añejos residuos de la tradición colonial que han perdurado en la nacionalidad nueva, obstando a su desenvolvimiento. Desde Moreno y Echeverría hasta Alberdi y Sarmiento, la argentinidad se ha pronunciado contra todas las herencias coloniales y ha proclamado ideales nuevos: vida intensa, libre examen y fe en el porvenir, por el trabajo, por la cultura, por la solidaridad.

Ningún pensador argentino tuvo los ojos en la espalda, ni pronunció la palabra “ayer”. Todos miraron al frente y repitieron sin descanso “mañana”. Esa es nuestra alentadora tradición: trabajar y estudiar, forjando el Porvenir de la Raza.

José Ingenieros.