La Conquista del Estado
Madrid, 21 de marzo de 1931
número 2
página 2

Guía de descarriados
1
Don Luis Recasens Siches

 

¿No lo creían ustedes? Pues, sí. El primero en llegar, muy adelantadito en la procesión descarriada, es este don Luis. Nos presenta sus seis folletos, y reclama un lugar en este sitio. Que nosotros, muy gustosos, le concedemos.

—Es el caso –nos declara– que me he torcido un poco, pero no me va del todo mal. Hay por ahí veredas descarriadas que son un primor. Ya ven: por una alcantarilla me introduje en la Universidad de Santiago. Otros venían en aviones, como flechas, pero se quedaron en la mitad del camino. No hay como descarriarse para llegar antes que nadie. Después, de flor en flor, hasta Valladolid, donde ustedes me han encontrado, y casi casi haciendo la maleta para Madrid, porque se lo diré al oído: quiero ser en Madrid catedrático de Filosofía del Derecho. ¡Oh! Esta es la ilusión de mi vida, el eje de mi eje, mi razón de ser. Tengo esperanza de que uno de los primeros decretos de la República conservadora ordene y mande mi traslado.

—¡Pero, hombre!

—Sí. Desde que don Niceto hizo posible la República conservadora, católica, burguesa, yo me hice republicano. Busco las perspectivas de futuro. Soy de la derecha liberal republicana, sección centro izquierda, un poco inclinado a la derecha.

—¡Caramba, que topografía!

—Es la complejidad de los tiempos. Hay que acostumbrarse. Esas son mis coordenadas, las mías. Ante todo, el fondo insobornable, sagrado, de la persona. Mi vida, como dice mi divino maestro Ortega. El liberalismo es una gran sugerencia. Hoy por hoy, en España hay que ser liberal. ¡Qué bien, qué cómodo resulta esto de ser liberal! Todo está hecho, y yo necesito mi tiempo para otras cosas. Por ejemplo, leer a Kelsen. Es un demonio. Hay días que le dedico veinte horas, y nada. Me reconozco un poco tosco, sin alcanzar los quilates necesarios, pero no tengo otro remedio que seguir adelante. Sin él, no hay cátedra en la Central. Confieso que aquello del personalismo me resultó un poco deficiente y camelítico, pero me consuelo al pensar que muy pocos se dieron cuenta.

—Bien, bien. ¿Es usted católico, don Luis?

—Desde luego. Aunque en las oposiciones se movilizaron contra mí cincuenta y siete obispos. Me interesa decir esto. Claro que por otra parte tengo mis enlaces secretos con los frailes, pero a nadie le importa. Mi confesor es el padre Bruno Ibeas. Todo a mayor gloria de la Rechtswissenschaft.

—¿Hombre de acción?

—¡Claro! Cuando la penúltima huelga de estudiantes dirigí en Santiago las operaciones de la F.U.E. Pues no hagan ustedes caso de las malas lenguas que dicen que me fugué a La Coruña y me hacía visible todos los días al gobernador para hacer resaltar mi inocencia. ¡Eso es una calumnia!

—¡Pero usted es un descarriado! Lo hemos encontrado in fraganti, haciendo su hoyito de salvación al borde del camino. Esto no lo negará. Vamos, anímese y díganos con franqueza sus errores. Un poco de buena fe, hermano. Todo ha de llegar; hasta esa cátedra.

—¿De veras? Pues se lo diré todo. Me acuso de ser viejo liberal, aunque ya sé que eso es marcha atrás. ¡Pero cómo aplauden los ateneístas! Hay que subir, hay que subir. Después... todo lo que ustedes quieran. Me acuso de odiar un poco a Ortega, a pesar de amarlo tanto. No puedo vivir sin él, sin el maestro, aunque no se me oculta que se ríe de mí y no me toma en serio. Necesito un nombre, y hay que sacrificar a eso todos los pequeños desprecios. Me acuso de no comprender a Emil Lask, pero mi buena voluntad de comprender es innegable. Me acuso de grave delito de pedantería. Es cierto que mi lenguaje está esmaltado con frecuencia por palabras germanas. Hay que distinguirse de la plebe ignorante. Ya le hago bastantes concesiones con ser republicano de don Niceto. Me acuso de haber gestionado y obtenido de esos luteranos de la Junta de Ampliación cinco pensiones para estudiar en el Extranjero. Se dice que acaparo las pensiones. Pero dénse cuenta de que es preciso facilitar a los pocos genios que han sido –que somos– su formación. No que haya muchos pensionados, sino pocos, los mejores. Y, por último, me acuso –pero, ¡por Dios!, no lo diga– de no haber leído entera la Crítica de la razón pura.

El diablo cojuelo

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