Ramiro de Maeztu
Académico de la Española
El día de la Hispanidad
Lo que me hizo enamorarme de la palabra Hispanidad, cuando vi que el sacerdote español Sr. Vizcarra la proponía para sustituir a la de “raza”, para la fiesta del 12 de octubre, es la pluralidad que lleva implícita, por analogía a la de Cristiandad, con mayúscula, pues así como Cristiandad es el conjunto de los pueblos cristianos, Hispanidad sería también el conjunto de los pueblos hispánicos, dando a esta palabra su sentido latino y general.
No existía previamente una sola palabra que nos comprendiera a todos. Había que hablar de “las Españas”, pero entonces se escapaban Portugal y Brasil o de los países “ibero-americanos”; pero ya no era una sola palabra, aparte de que las dos suyas son impropias: la de ibero, por lo pre-histórica y semisalvaje, cuando se quiere expresar un concepto de civilización; y la de americanos, porque consagra la mentira de Américo Vespuccio. Tampoco la de Hispano-América, porque excluye a España y Portugal.
Por eso la Hispanidad es insubstituible. Además, porque el concepto de pluralidad que lleva implícito me parece tan sagrado como el de la unidad que revela. En la Hispanidad entran los argentinos, los chilenos, los cubanos, los colombianos, &c., sin dejar de ser argentinos, chilenos, cubanos, colombianos; y antes afirmando y realzando su patria privativa que disimulándola o retirándola a segundo término, del mismo modo que en la Cristiandad afirman la suya cuantos pueblos pueden aún gloriarse de ser fieles a Cristo Nuestro Señor.
Me parece esencial subrayar la pluralidad que el concepto de Hispanidad lleva implícito, porque nada haría tanto daño a nuestra idea en el Nuevo Mundo como darle un tinte de imperialismo. Por desgracia, el Estado es actualmente el modo de vivir de las clases adecuadas de nuestros pueblos. Ello quiere decir que todas ellas tienen que ser nacionalistas. Hasta tanto que no hayamos substituido el Estado-botín por el Estado-servicio –y no es empresa para un año, ni para una generación– no podemos pensar en otra clase de unidad para nuestros pueblos diversos que en la del espíritu.
Por eso ha de darse un sentido espiritual a los caracteres de la Hispanidad. Sólo que entonces se trata ya de la hispanidad, como característica nuestra, y no meramente de la Hispanidad, como conjunto de países, al modo que se habla de la cristiandad de un convento o de un individuo, como de algo distinto de la Cristiandad frente al Islam. La hispanidad es un espíritu que hemos de conservar. Es el espíritu que “objetivaron” en sus obras los arquitectos, y escultores y obreros de nuestras catedrales, y sus obispos y canónigos: Lope, Tirso y Calderón, Cervantes y Quevedo, Santo Domingo, San Ignacio y Santa Teresa, el Greco, Velázquez y Murillo, los místicos y los ascetas, Vitoria en sus Relecciones y Solórzano Pereira en su “Política Indiana”; la sucesión de nuestros reyes, a partir de Recaredo, Colón y los Pinzones, Hernán Cortés y Pizarro, las Navas de Tolosa y el Salado; todos los poetas, desde Manrique hasta Rubén; todos los juristas y pensadores y políticos y militares que vivieron para realizar el sueño de convertir a todos los pueblos de la tierra en una sola familia, como lo consiguió España (y sólo España, de entre todas las naciones colonizadoras), con los pueblos de color que estuvieron bastante tiempo en sus escuelas y recibieron de ellas la levadura de nuestra cristiandad y nuestra hispanidad.
