Rafael Sánchez Mazas
El S. E. U. con el guión del cisne
Lleva el S. E. U. por guión una enseña azul de Alcalá, donde el cisne de plata de Cisneros, tiene el escudo. Haced honor al símbolo elegido. El ave parlante del blasón canta el apellido de Cardenal letrado, militar y gobernante, duro fundador del tiempo cesáreo. Pero también quiere decir cultura, imperio, estilo, exactitud. Sólo hay dos aves imperiales: el águila y el cisne. Quizá sea el cisne la mejor. Él parece recordar, con su pura elegancia, con su alejandrina belleza, el clásico Imperio de Alejandro, el primer gran Imperio de cultura. Un día, al batirse por los ojos de Elena, por una civilización se batían los griegos de la guerra troyana; pero si Elena era la imagen de la cultura helénica, que tendría su mismo nombre, era por eso igual que un cisne trasmutado en mujer. Así la llama Homero “imagen cisnea”.
Esta es una ave olímpica. Júpiter elige para transformarse a los ojos de los hombres estas dos aves imperiales: el águila y el cisne.
Como sabéis son dos historias del rapto de Ganímedes y del amor de Leda.
Uno de los Dioscuros, hijo de Zeus-Cisne, y hermano, por lo tanto de Elena, inventa un paso militar, que según Luciano de Samosata, por el ritmo hace a la falange invencible.
El secreto del cisne consiste en que es la más fuerte, dura y valiente de las aves de guerra, la sola que hace frente al águila y le vence. Cuando la cultura rige al heroísmo y se vuelve como Minerva armada, vence a los gigantes. No hay picos ni garras que puedan contra la blancura heroica del cisne, contra su terco ardor en el combate, contra la exactitud infalible de sus golpes.
El poeta del siglo pasado venía a buscar a los cisnes como compañeros de la desolación. La mala información romántica le conducía a eso. El cisne, tranquilo y erguido en sus espejos, hecho en su pureza de mármol, signo y estilo, armonía y concepto, parece sólo divagar silenciosamente para la especulativa abstracción del agua, que refleja la universalidad de los cielos. Pero, nadie, en el mundo que vuela, osaría turbar su silencio ni tocar su blancura. Los halcones más torvos verían con terror su furia divina.
Haced, pues, honor al símbolo del cisne y batíos por él. Sed, como él, invencibles en todos los terrenos frente a la barbarie. Ya sabéis que no hay cantos de cisne. Es una mentira inventada por la melancolía poética. Acordaos bien, camaradas, de que el cisne no tiene canto de agonía, sino grito de guerra. Y silencios.