Filosofía en español 
Filosofía en español


José Ingenieros

La Universidad del Porvenir

I
La crisis de las universidades contemporáneas

Los grandes cambios sociológicos suelen coincidir con variaciones fundamentales del pensamiento colectivo. Cada época tiene su ideología. El devenir de nuevas condiciones sociales determina la renovación incesante de las ideas, engendrando orientaciones que corresponden a la realidad que siempre se transforma y excluyendo las rutinas que traban la acción continua del hombre sobre la naturaleza que le rodea.

En las naciones civilizadas contemporáneas, la Universidad aspira a ser el laboratorio donde se plasma la ideología social, recogiendo todas las experiencias, auscultando todas las aspiraciones, elaborando todos los ideales. Ningún problema vital para la sociedad puede serle indiferente; si pensar bien es la única manera de obrar con eficacia, la Universidad debe ser una escuela de acción social, adaptada a su medio y a su tiempo.

Las corrientes ideológicas no se forman al azar. Los hombres de genio las comprenden antes que otros o las expresan mejor que los demás, pero no las determinan arbitrariamente; llegan hasta ellos desde la experiencia social misma, encendiéndolos, como la invisible corriente eléctrica se torna luminosa cuando atraviesa el carbón sensible de una lámpara. Cada sociedad, en cada época, engendra “sistemas de ideas generales” que influyen de manera homogénea sobre la conciencia colectiva son aplicados a la solución de los problemas que más vitalmente la interesan.

Ese conjunto de ideas generales constituye su pensamiento y presenta varios aspectos. En primer lugar es un “cuerpo de doctrinas”, en el que se sintetizan las verdades fundadas en la experiencia; en segundo lugar es un “plan normativo”, que establece los medios de conducta individual y de acción social; en tercer lugar es una “previsión de ideales”, que elabora futuros perfeccionamientos derivándolos de la experiencia.

La ideología de un pueblo, en cada momento de su devenir, compónese de las doctrinas, normas e ideales que se elevan hasta la conciencia social; la función específica de la Universidad consiste en coordinar esos elementos, organizándolos en disciplinas científicas, conforme a los métodos más eficaces para cada una.

Reflexionando con amplitud de criterio llegamos a comprender que las más de las Universidades contemporáneas no llenan su función, por dos causas: 1.º, la arquitectura de sus estudios no concuerda con los resultados menos inseguros de las ciencias; 2.º, la finalidad de sus aplicaciones no está adaptada a las sociedades en que funcionan. Podemos expresar mejor estas ideas diciendo que, en general, la enseñanza en las Universidades no se ajusta a los modernos sistemas de ideas generales; y que, en particular, cada Universidad no desempeña las funciones más necesarias en su propia sociedad.

Atrasadas por su ideología, inadaptadas para su función. Son esos los términos precisos del problema. En su casi totalidad, las Universidades son inactuales por su espíritu y exóticas por su organización. Las de nuestra América, en particular, han sido instituidas imitando modelos viejos y conservan el rastro de la cultura medioeval europea.

Justo es reconocer que, en muchas de ellas, las Facultades que se destinan a la formación de profesionales están excelentemente organizadas y producen abogados, ingenieros, médicos, &c., cuya preparación es muy completa. Pero lo que ha desaparecido, al mismo tiempo que se han desenvuelto esas excelentes Facultades, es la Universidad: actualmente no existe una organización de las escuelas especiales de acuerdo con una ideología que sea actual (es decir, científica) y social (es decir, americana).

Las ciencias, al renovar ciertos dominios de la enseñanza pública superior, disgregaron la vieja arquitectura universitaria sin reemplazarla por otra nueva. Cada Facultad especial, instituto técnico o escuela profesional, se ha organizado separadamente, prescindiendo de todas las demás; no existe una dirección sintética del conjunto, según el nuevo “sistema de ideas generales” que va reemplazando al antiguo. El desarrollo de las Escuelas profesionales ha muerto a la vieja Universidad, pero no ha creado todavía la nueva; la agrupación de altos estudios que conserva ese nombre no responde ya al sistema de ideas que era propio de la teología medioeval, pero aún no ha sido organizada de acuerdo con las nuevas orientaciones ideológicas.

En la actualidad, en casi todo el mundo, la Universidad es un simple engranaje administrativo, parásito de las Escuelas especiales; creemos innecesario insistir sobre la diferencia que existe entre una dirección ideológica y un mecanismo burocrático.

Con excepción de sus relaciones administrativas, las escuelas especiales son autónomas de hecho. Cada Facultad aislada se interesa solamente por un aspecto particular de las cosas y de las ciencias, mirando un fragmento del saber o de la vida social, y siempre con el criterio incompleto del especialista. Se desconoce el trabajo ajeno y no se sospecha la posibilidad de una colaboración, Se olvida que cada grupo de ciencias se renueva aprovechando los resultados obtenidos por las ciencias de otros grupos; ignorar el horizonte de los demás importa estrechar considerablemente el propio. La función de la Universidad debe consistir en la coordinación del trabajo de los Institutos y Facultades especiales conforme a un criterio general, procurando la convergencia de todos los esfuerzos hacia determinados fines. Cuanto más se divide el trabajo, más necesario es conservar el espíritu de síntesis. Y si cada Facultad debe dar la competencia necesaria para ejercer dignamente una profesión de utilidad social, no debe olvidarse que ella debe ser, al mismo tiempo, la parte de un todo más amplio y más alto: la misión de la Universidad consiste en fijar principios, direcciones, ideales, que permitan organizar la cultura superior en servicio de la sociedad.

El siglo XIX ha introducido en todos los ramos del saber humano un anhelo de renovación incesante, extendido por igual a los fenómenos que son objeto de la experiencia actual y a las hipótesis que sirven de orientación hacia la experiencia futura. En la ideología social domina ese mismo concepto: ideas nuevas rectifican sin cesar a las viejas, permitiendo un mejor conocimiento de la naturaleza en que vive adaptándose la especie humana. Esta continua perfección no ha sido uniforme en el tiempo ni homogénea en el espacio: en determinarlas épocas el ritmo innovador se ha acelerado; en ciertas sociedades la renovación ha presentado variaciones especiales.

Desde la sacudida vigorosa del Renacimiento, y con el pujante impulso de la Revolución Francesa, dos tipos de civilización se encuentran en lucha: la sociedad feudal y la cultura teológica, frente a la sociedad democrática y la cultura científica. En esa lucha secular, que se prolongará todavía durante muchas décadas, han sido grandes las alternativas entre el misticismo supersticioso y el idealismo experimental; entre esas ideologías opuestas se han inventado, en vano, los más absurdos eclecticismos para conciliar lo viejo con lo nuevo, los dogmas fundados en el absurdo y las hipótesis surgidas de la experiencia.

Los hombres de mayor estudio y de más libre criterio afirman que la humanidad civilizada está en vísperas de una honda renovación social e ideológica; desde hace medio siglo ha sido prevista, como consecuencia de una guerra general entre las naciones europeas. La crisis contemporánea determinará una aceleración del ritmo innovador durante algunos lustros; parece justo pensar que en los diez o veinte años que seguirán a esta crisis, la organización democrática de las naciones encontrará nuevas formas de equilibrio y se acentuará definitivamente el predominio de los métodos científicos modernos sobre los dogmatismos dialécticos medioevales.

Podemos prever, en general, esa renovación de las instituciones y de las ideas; sería arriesgado definir, en particular, las formas y los límites que le fijará la experiencia social. Partiendo de las orientaciones generales ya definidas podemos, sin embargo, preguntarnos: ¿de qué manera deberían evolucionar las Universidades para ser la expresión organizada de la nueva ideología? Pues, entiéndase bien, quien dice ideología nueva, dice nueva Universidad: con nueva arquitectura, con nuevos métodos, con nuevas aplicaciones.

 
II
Renovación de la ideología universitaria

Adoptando un punto de vista estrecho –y erróneamente llamado práctico– podría decirse que las naciones democráticas solamente necesitan buenas escuelas técnicas destinadas a preparar profesionales competentes. Según ese modo de ver, la Universidad sería inútil; bastarían las escuelas autónomas y habría que trabajar con toda lealtad por la supresión de las Universidades.

Creemos que ningún hombre ilustrado se atrevería a sostener ese programa.

La Universidad es útil; pero conviene cambiar radicalmente las ideas relativas a su organización y sus funciones. La Universidad debe representar el saber organizado y sintetizar las ideas generales de su época: ideas que son productos de la sociedad, derivadas de sus necesidades y aspiraciones. Para ello necesita adaptarse incesantemente a las nuevas orientaciones ideológicas; si no lo hace, deja de ser un instrumento útil para la civilización, es un obstáculo antes que instrumento de progreso.

La ideología contemporánea implica un nuevo modo de plantear, tratar y resolver todos los problemas que interesan al hombre y a la sociedad; la Universidad deberá reflejarla, o no tendrá razón de existir como nexo entre las Facultades especiales. La Universidad debe ser una entidad viva, pensante, actuante, capaz de imprimir un ritmo homogéneo a la enseñanza de todas sus escuelas.

Los viejos sistemas de ideas, cuya inexactitud está probada, no pueden servir de esquemas para la reconstrucción ideológica de la Universidad; sus síntesis carecen de interés constructivo desde que se ha probado la inexactitud de sus elementos particulares. No hay error más funesto que confundir la cultura actual con la historia de las culturas precedentes, o la filosofía actual con la historia de las precedentes filosofías.

Las ideas sobre la naturaleza, la sociedad y el hombre, profesadas en otros siglos, correspondían a la experiencia de sus épocas respectivas; las ideas actuales, cimentadas en un caudal de experiencia infinitamente mayor obligan a plantear y resolver de muy distinta manera todos los problemas naturales, sociales y morales.

Los nuevos sistemas de ideas tienden a ser antidogmáticos, críticos, perfectibles; partiendo de ellos será más fecunda la función social de la Universidad, como organismo de coordinación y de síntesis. No es de temer que ella obstruya la tarea particular de las escuelas especiales, cuyos dominios podrán anastomosarse, sin confundirse. Las ciencias físicas procurarán conocer cada vez mejor el sitio de la tierra entre los otros cuerpos del universo que sobre ella influyen. El estudio de la configuración geográfica y de los otros seres vivos que habitan cada región será el fundamento para apreciar las condiciones de existencia de la sociedad que la habite: el suelo, la fauna, la flora, elementos esenciales para la adaptación y subsistencia de un pueblo en una zona cualquiera de la superficie terrestre. Las ciencias biológicas permitirán conocer a la humanidad como especie zoológica y al hombre como individuo de esa especie, así como el desarrollo de las funciones psíquicas destinadas a la mejor adaptación de las variedades y razas que componen la especie. Las ciencias sociales, partiendo de las precedentes, mostrarán las causas y resultados de la asociación de los individuos en la lucha por la vida, el crecimiento de la solidaridad social dentro de cada sociedad y entre las diversas sociedades, la formación de una ética en cada agregado social como resultado de su propia experiencia, y el perfeccionamiento indefinido de las hipótesis colectivas sobre el ideal moral, abstractamente representado por la virtud individual y la justicia social.

Cada uno de esos grupos de ciencias será cultivado en escuelas especiales: la función de la Universidad consistirá en mantener la unidad dentro de la variedad y coordinar la síntesis sobre la especialización.

Nunca se insistirá bastante sobre la conveniencia de la educación integral, más necesaria en los estudios universitarios que en los elementales e intermedios. Las facultades autónomas tienden a formar especialistas, sin preocuparse de formar hombres; esta última tarea debe incumbir a la Universidad y es la razón que justifica su existencia.

Lejos estamos, sin embargo, de considerar deseable una regresión a las humanidades clásicas, que todos los misoneístas recomiendan como una defensa del espíritu conservador contra el espíritu de renovación. Esas viejas humanidades tendían a ejercitar el ingenio en una elegante gimnasia espiritual, juego de imaginación y de retórica, que se desarrollaba principalmente en el comentario y la glosa del pensamiento, llamado clásico, de los antiguos. Ese culto de lo que otros hombres pensaron, en otro tiempo y en otro medio, impedía hacer de nuevo lo que ellos habían hecho: construir el saber sobre las ciencias de su época. Y el objeto esencial de ese viejo humanismo no era enseñar a pensar bien, observando y experimentando, sino enseñar a hablar bien sobre lo otros pensaron, sin pensar por cuenta propia, sin observar ni experimentar.

Los problemas de la naturaleza y de la sociedad, que los humanistas clásicos plantearon con sofismas y resolvieron con palabras evasivas, pueden hoy plantearse con otros criterios y resolverse con otros métodos. Las ciencias físicas, sociales y biológicas siguen renovando toda nuestra concepción del universo, de la sociedad y del hombre; los problemas, planteados ahora de muy distinto modo, exigen ser estudiados por hombres que tengan un sentido de la verdad fundado en la experiencia, que deseen conocerla de manera clara y exacta, y que sepan utilizar los métodos menos inseguros para alcanzarla en cada dominio.

Este nuevo tipo de cultura consolidará necesariamente sistemas ideológicos esencialmente experienciales e imprimirá nuevos caracteres a la Universidad, permitiendo unificar las ideas generales de las ciencias y restaurar sus síntesis de conformidad con los resultados de una experiencia incesantemente perfectible.

Esa renovación es indispensable para coordinar eficazmente los dominios particulares de la Universidad, representados por sus Escuelas Técnicas y sus Facultades. La nueva orientación, el nuevo “sistema de ideas” es lo esencial; de otro modo las partes procurarán en vano ir hacia adelante mientras el conjunto se retrovierte o permanece estacionario.

Al decir que la ideología contemporánea debe ser el armazón de la nueva arquitectura universitaria, afirmamos criterios, métodos e ideales cuyas líneas directrices ya están claramente definidas: poner la experiencia como fundamento de la investigación y de la enseñanza, extender la aplicación de los métodos científicos, aumentar la utilidad social de los estudios universitarios.

El nuevo criterio importa la necesidad de que todas las escuelas se desprendan del verbalismo racionalista heredado de los siglos pasados, poniendo sus bases en la observación y en el experimento; las viejas “ciencias de palabras” deben transformarse en “ciencias de experiencia”. Es indudable que algo se ha avanzado en esa orientación; pero se engañaría quien creyese que la renovación es ya completa, pues son muchas las resistencias de la rutina y no escasas las argucias capciosas con que el palabrismo antiguo conspira contra las ideas modernas. Las ciencias abarcan todos los problemas reales que se refieren al universo, al planeta que habitamos, a la vida, a la función de pensar, al desenvolvimiento social; los abarcan, aunque no los resuelvan; indican los caminos menos inseguros para resolverlos; sus resultados, aunque incompletos, son los puntos de partida para imaginar hipótesis legítimas que los exceden, sin contradecirlos. En la Universidad del porvenir todas las disciplinas naturales, sociales y morales serán “ciencias de experiencia”, antidogmáticas, críticas, incesantemente perfectibles. La ideología de cada época, elaborada por hombres que evolucionan en un ambiente que también evoluciona, representa un equilibrio inestable entre la experiencia que crece y las hipótesis que se rectifican.

El nuevo método implica la conveniencia de aceptar como instrumentos de trabajo los que ofrecen una menor inseguridad condicionada por la experiencia; sólo cuando ésta es inaccesible, podemos partir de sus resultados actuales para explicar lo desconocido mediante hipótesis que no la contradigan. La exclusión de todo criterio dogmático obligará a tener presente que los métodos científicos no pretenden resolver todos los enigmas planteados a nuestra curiosidad, ya que un problema resuelto equivale a cien nuevos problemas planteados; pero el resuelto queda y cada día sabemos más que en el anterior, aunque no podamos agotar el conocimiento de la realidad porque ella sin cesar se transforma.

El nuevo ideal se manifiesta como tendencia a ampliar la función social de la cultura, que no debe considerarse como_un lujo para entretener ociosos sino como un instrumento capaz de aumentar el bienestar de los hombres sobre el planeta que habitan. Mientras la enseñanza superior fue un monopolio reservado a las clases privilegiadas, se explicaba que las Universidades viviesen enclaustradas y ajenas al ritmo de los problemas vitales que mantenían en perpetua inquietud a la sociedad; las ciencias estaban reservadas a pocos especialistas. La cuestión, en nuestros días, tiende a cambiar sustancialmente; las Universidades comienzan a preocuparse de los asuntos de más trascendencia social y las ciencias se conciben como instrumentos aplicables al perfeccionamiento de las diversas técnicas necesarias a la vida de los pueblos.

Fácil es comprender que estos puntos de vista no tienden a propiciar simples reformas administrativas o burocráticas de las Universidades actuales; considerarnos más importante renovar el espíritu mismo de los altos instrumentos de cultura, para que puedan seguir el ritmo de la gran palingenesia ideológica que se está operando en la sociedad contemporánea.

Las nuevas posibilidades educacionales han sugerido el pensamiento de la extensión universitaria, que en pocos años se ha ampliado en proporciones imprevistas. Comenzóse por dictar cursos públicos en las Universidades del Estado y por fundar Universidades Populares; pero, poco a poco, se ha comprendido que el ideal consiste en utilizar todos los institutos de cultura superior para la elevación intelectual y técnica de todo el pueblo. Es evidente el beneficio que significa, para la sociedad, la creciente capacitación técnica de todos los individuos. En este sentido puede afirmarse que todo instituto habilitado para enseñar debe ser accesible a todos los ciudadanos que están en condiciones de aprender; no para expedir, como hoy ocurre, títulos doctorales que autorizan para practicar las llamadas profesiones liberales, sino para que todo estudioso pueda perfeccionar su capacidad técnica de acuerdo con el trabajo de utilidad social que desempeña. La casi totalidad de los oficios y ocupaciones humanas pueden ser beneficiados por enseñanzas impartidas en los institutos universitarios, sin necesidad de exigir a los oyentes otra cualidad que el deseo de aprender. Es indudable que al efectuarse esta exclaustración de la cultura universitaria el Estado obtendría una centuplicada compensación, por el aumento de capacidad moral y técnica en todos los hombres a quienes pueda extenderse su influjo benéfico.

La unidad y la exclaustración de la cultura universitaria no pueden realizarse sin una previa renovación de su mecanismo administrativo y de su dirección ideológica. Se comprende –y poco importa– que ella no se podrá ensayar sin hacer frente a grandes resistencias, pues en todas las Universidades existen poderosos “intereses creados”, opuestos a todo plan de renovación. Pero hay ya síntomas de que el nuevo espíritu universitario reclamará nuevas formas de técnica directiva.

En las antiguas Universidades medioevales el organismo deliberativo y ejecutivo representaba a la autoridad política o eclesiástica que lo nombraba, sin contralor alguno. Desde la Revolución Francesa, en general, esos organismos representaron la voluntad nacional, por delegación de las autoridades constitucionales. Más tarde se dio alguna representación al profesorado en los cuerpos deliberativos de las Facultades, creando consejos académicos privilegiados que se integraban por sí mismos. Pronto se advirtió la necesidad de extender el derecho de representación a todo el personal de profesores, que al fin constituyó los cuerpos deliberantes y eligió las autoridades ejecutivas, alcanzándose la llamada autonomía universitaria. Pronto se advirtió, sin embargo, que este paso de la representación política a la representación técnica era incompleto desde el punto de vista funcional; y con buen acierto, en algunos países, se ha extendido el derecho de representación en los organismos deliberativos a los profesores suplentes y a los estudiantes. Se marcha, pues, hacia formas de representación cada vez más funcionales, que permitan dirigir y orientar los estudios universitarios de acuerdo con los intereses e ideales de todos los que enseñan y aprenden. No sabríamos prever hasta qué límites convendrá extender esa nueva organización interna de las universidades; la experiencia, y sólo ella, enseñará cuáles son los resortes más eficaces para llegar a un nuevo estado de equilibrio que suprima los privilegios y la coacción de cualquiera de las partes interesadas en la vida universitaria.

No es menos importante la necesidad de imprimir a cada Universidad una dirección ideológica concordante con las necesidades y los ideales del medio social en que funciona; es forzoso reconocer que ello dependerá del grado de exclaustración que alcancen los estudios universitarios, tomando contacto con el pueblo, sirviendo sus intereses, reflejando sus aspiraciones, comprendiendo sus problemas vitales. No es posible, desgraciadamente, contar siempre con el factor extraordinario y providencial representado por los hombres de genio, cuya función consiste en ver más lejos y adelantarse a su tiempo,

 
III
Adaptación de las universidades al medio social

No bastará renovar la enseñanza universitaria de acuerdo con la ideología contemporánea; la crisis actual reconoce, además, otra causa fundamental: las Universidades no desempeñan las funciones culturales más necesarias en su propia sociedad.

Los ideales comunes a toda la humanidad asumen caracteres propios en cada pueblo, conforme a las variadas condiciones de su medio físico y de su organización social. La especie humana no evoluciona homogéneamente en la superficie habitada del planeta; existen variedades regionales que determinan formas distintas de experiencia social, creando nacionalidades sociológicas que no coinciden con los estados políticos. De estas heterogeneidades naturales dependen legítimas diferencias ideológicas que conviene sean reflejadas en cada Universidad o grupo de Universidades; baste pensar que los estudios de minería son tan indispensables en una región minera como superfluos en una región agrícola; la investigación de las enfermedades tropicales será más útil en las Universidades de la zona tórrida que en las de climas subpolares; la arqueología incásica se estudiará con mayor provecho en el continente americano que en el asiático; la oceanografía no puede estudiarse en regiones que carecen de costas marítimas.

Las diferencias sociológicas naturales permiten, pues, concebir que las Universidades de cada continente y de cada región deben adaptarse a las funciones culturales más necesarias en sus respectivos ambientes. Comparando las Universidades de diversos países europeos se advierte que ellas se han diferenciado progresivamente, al adaptarse a medios sociales que no han evolucionado de manera homogénea; la constante internacionalización de la cultura artística, científica y filosófica no ha excluido la acentuación de variedades regionales, que se han formado exactamente como las razas diversas de una especie que se adapta a medios diferentes. En este sentido, puramente natural y de ningún modo político, puede asegurarse que existe para las Universidades de nuestra América un punto de vista americano, sin que él excluya un punto de vista regional propio de cada Universidad.

Las sociedades americanas se han constituido diversamente de las naciones orientales y europeas, en otro medio y con otra amalgama inicial. El ambiente, los elementos étnicos en él refundidos, los orígenes de su cultura, las fuentes de su riqueza, la evolución de sus ideales directivos, todo lo que converge a plasmar una mentalidad propia, difiere en mucha parte de los modelos conocidos. Por eso –aunque incesante en la humanidad y distinta en cada punto del espacio o momento del tiempo– la renovación de las ideas generales podrá operarse en el continente americano con ritmo diverso que en las naciones formadas por elementos y tradiciones distintas.

No implica ello que nos falte una orientación ideológica: significa que la existente es pequeña. Y si esto puede ser motivo para no envanecernos del pasado, como acostumbran los que no tienen porvenir, bien podría serlo de regocijo: es de óptimo presagio para un mañana inminente. Nos faltan las malas rutinas y la herencia medioeval, que tanto pesan sobre las naciones europeas que están por cerrar su ciclo en la historia humana; tenemos, en cambio, el pie ligero para encaminarnos hacia eras nuevas y ocupar un puesto de avanzada en la cultura humana, que los siglos renuevan sin descanso.

No tendremos el trabajo de olvidar: lucha agotadora para los que viven de recuerdos. De la ideología contemporánea tomaremos todo lo que sirva, desechando cualquiera filtración dogmática que la contradiga: lo que sea futuro, en el mundo de la experiencia y del ideal, podremos sembrarlo en nuestra virgen mentalidad, libre de ideales muertos que impiden sembrar ideales vivos.

Cuando esa hora llegue –que llegará, en años o en décadas– los nuevos pueblos americanos podrán tener sistemas de ideas generales propios, que se reflejarán necesariamente en las obras de sus grandes pensadores e influirán sobre la arquitectura ideológica de sus Universidades.

Por una mentira convencional muy difundida, cada pueblo se inclina a creer que posee una cultura superior a todos los demás, suponiendo que siempre ha sido así y deduciendo que no perderá esa hegemonía en el porvenir. Esta absurda ilusión, fomentada por las castas políticas que se atribuyen el mérito de esa excelencia tradicional, tiene su desmentido en la historia humana, cuyo estudio permite corregir los frecuentes espejismos de cada historia lugareña. La cultura de la humanidad, además de variar de siglo en siglo, se intensifica y especializa diversamente en pueblos varios; su centro de mayor irradiación nunca ha sido fijo, emigrando de raza en raza, de nación en nación. Ninguna sociedad humana ha conservado perennemente la hegemonía de la cultura. La historia del pensamiento remonta hasta las civilizaciones primitivas, toma grandes nombres en Oriente, se detiene en Grecia, observa en Roma y asiste al crepúsculo transitorio en que se constituyen las teologías medioevales; renace con el espíritu y los métodos de las ciencias, ora en Italia, ora en Francia; se desenvuelve con solidez en Inglaterra y se abstrae nebulosamente en Alemania; encuentra, al fin, un relativo equilibrio en la Europa contemporánea, inquietada por el conflicto entre las ideologías medioevales que aún perduran y las modernas que comienzan a consolidarse.

Hay un hecho, sin embargo, que es común en la experiencia de todos los tiempos y lugares. Los intereses creados en cada sociedad madura, se han convertido siempre en obstáculo para el florecimiento de ideales nuevos; la verdad imperfecta de ayer se opone a la verdad de hoy, que se opondrá a su vez a la verdad menos imperfecta de mañana. Por eso las sociedades de más reciente formación son las más propicias al progreso de la cultura y al florecimiento de las nuevas ideologías.

Los grandes problemas son hablados, por cada época, en un idioma nuevo. Las razas viejas y sus filósofos, tienen ya su idioma enmohecido y siguen pensando en él; las nuevas, que aún no tienen definido uno propio, aprenden a pensar en el de su época. En la continuidad de la reflexión humana sobre los grandes problemas que son el coronamiento de la experiencia, las razas viejas no consiguen pensar con un idioma nuevo, y si lo hacen, no pierden el acento originario; ellas van pasando la antorcha simbólica a las razas jóvenes, que lo adoptan más fácilmente y en él expresan sus nuevas maneras de pensar, hasta conformarse a otro tipo, más consonante con la ideología de su época.

Estas reflexiones autorizan a creer que las Universidades nuevas tienen más posibilidades de renovarse que las viejas, adoptando criterios actuales y adaptándose mejor a su medio; así lo confirman ciertas novedosas Universidades de los Estados Unidos, libres del rutinario tradicionalismo que traba el paso a las otrora famosas Universidades europeas.

No es aventurado suponer que cuando nuestros pueblos americanos hayan definido su constitución social, podrán imprimir algún carácter propio a las corrientes ideológicas que incesantemente se renuevan en la humanidad; y lógico será que sus Universidades lo reflejen, con las variantes propias de cada adaptación regional. En las naciones nuevas están menos arraigados los gérmenes seniles y sus pueblos tienen la mente libre para, en la hora oportuna, seguir las orientaciones de las ideas venideras; es probable que en el porvenir puedan definirse matices particulares según los climas, las regiones, las razas.

Esto no significa que todo será autóctono en el ritmo de sus ideales, en la visión de sus pensadores o en la arquitectura de sus Universidades. No hay, sin duda, una ciencia europea y otra americana, una verdad distinta para cada raza, una cultura y una ideología específica de cada continente; el conocimiento relativo de la naturaleza en que vivimos y la elaboración de ideales humanos como resultado último de la experiencia, son una obra de progresiva integración, en la que se suma el esfuerzo de todas las razas de todos los tiempos. Pero los aspectos experimentales e ideales de la cultura humana se presentan diversamente según el punto de vista desde donde se los observa, su función difiere en cada medio, e impulsa desigualmente a plantear y resolver problemas que para cada sociedad son distintos; por eso cada una, al constituir su mentalidad, orienta en algún sentirlo nuevo la ideología de su época. Concebimos los “ideales americanos” como el sentido propio que los pueblos nacientes en estas partes del mundo podrán imprimir a los ideales de la humanidad.

Y decimos, por ende, que al adaptarse al medio, las Universidades americanas desempeñarán mejor las funciones culturales necesarias en sus sociedades respectivas.

 
IV
Arquitectura de la Universidad

¿Cuál es el camino para acercarse a ese resultado? Sería, sin duda, prácticamente imposible reorganizar fundamentalmente, por decreto, las Universidades existentes, pues sus Facultades tienen intereses muy difíciles de remover. Por otra parte, además de su función profesional, cada Facultad tiene su mentalidad propia, fundada en diferencias naturales que no podrían borrarse, ni convendría hacerlo aunque se pudiera; lo pertinente es infundirles el espíritu común de la época y del medio, haciéndolas converger hacia nuevos métodos y direcciones, Sin necesidad de una subversión brusca, pueden efectuarse cambios graduales, en serie, no sujetos a un plan definitivo o inmutable; a medida que se realicen, la experiencia sugerirá las variaciones convenientes.

En síntesis: los institutos existentes pueden y deben usarse, para ir dando a las Universidades una nueva arquitectura espiritual, conforme a las modernas corrientes de ideas generales.

Nos parece fácil de explicar.

Cada Facultad consta actualmente de dos clases de estudios: los técnicos o profesionales y los generales o científicos.

La distinción es fácil: en las facultades jurídicas es profesional el derecho de minas y es general la sociología; en las médicas es profesional la anatomía topográfica y es general la fisiología; en las físico-matemáticas es profesional la resistencia de materiales y es general la física, &c.

Cada Facultad especial podría tener dos órdenes consecutivos de estudios y expedir dos clases de títulos: el uno habilitaría para el ejercicio profesional (abogado, ingeniero, médico, &c.) y el otro constituiría el doctorado respectivo (en Ciencias Jurídicas, Biológicas, Físico-Matemáticas, &c.).

Para el primero bastaría cursar un plan técnico establecido por cada Facultad; para el segundo, además del perfeccionamiento en los estudios científicos de la Facultad propia, sería indispensable cursar las materias generales de las otras Facultades.

Según este modo de ver, cada carrera profesional sería organizada por su Facultad respectiva, pero los doctorados de altos estudios serían coordinados por la Universidad. Las Facultades prepararían técnicos en un dominio especial; la Universidad, hombres de ciencia sólidamente preparados por una cultura general en las diversas disciplinas científicas.

Utilizar lo existente, como punto de partida, no importa creer que ello basta. Si la Universidad ha de expresar una síntesis harmoniosa de la cultura, es conveniente vincular a ella las academias, ateneos, museos, conservatorios que pueden elevar la mentalidad del pueblo, educando los sentimientos estéticos, y también las instituciones de economía social que representan verdaderos campos de experimentación para las doctrinas.

Las letras y las artes son el complemento necesario de toda educación integral. Enseña la historia que casi todos los grandes renacimientos se han extendido simultáneamente a diversos dominios; y la observación diaria demuestra que los más grandes ingenios son poliédricos, multiformes, aunque su obra culmine en un ramo particular del saber.

Llevados por su pequeñez mental, los especialistas de cada arte o ciencia, suelen mostrarse reacios a toda iniciativa de coordinación harmónica: temen, acaso, que la competencia técnica directiva disminuya por el contacto forzoso con las demás especialidades. La observación sería justa si los instrumentos directivos de la vida universitaria conservaran su forma actual; dejará de serlo, sin embargo, cuando la organización universitaria perfeccione su tipo federativo, respetando la autonomía técnica para lo particular y estableciendo la unidad ideológica para lo general.

Concebida cada Escuela como una realidad diferenciada dentro de la unidad del conjunto, parece necesario que ella tenga su representación propia dentro de los Consejos Superiores universitarios; este principio de la representación funcional, admitido ya en muchas Universidades, podría extenderse a las instituciones de índole artística y literaria que se le fueran incorporando.

Se comprende fácilmente que la dirección universitaria tendría más alto vuelo y más vastos horizontes cuando entraran en su composición elementos de vida intelectual menos estrecha que los actuales especialistas de tres o cuatro profesiones técnicas. No es admisible que los abogados, médicos, ingenieros o veterinarios representen la ideología de su época; parece evidente que la presencia de representantes de las artes y de las letras elevaría el nivel de la dirección universitaria.

Estos primeros aspectos del problema, cuya practicabilidad no puede ponerse en duda, necesitan complementarse con otro, también fundamental.

El instrumento ideológico de la nueva Universidad, adaptada al tipo de cultura moderno, debería coordinarse en torno de una Facultad que existe ya en muchas Universidades y que podría organizarse sin erogación sensible en las que aún no la tienen: la Facultad llamada de “Ciencias Morales”, de “Humanidades” o de “Filosofía y Letras”.

Donde actualmente existe –no lo ocultemos– es una Facultad de lujo. Sus profesores son prestados por otras facultades, sus alumnos escasean, su función es casi nula; con buen propósito algunas Universidades han optado por convertirla en instituto superior de pedagogía. Las que aún conservan su vieja estructura, se van convirtiendo en organismos inútiles, simples prolongaciones de la cultura medioeval entre las otras facultades que procuran difundir la cultura moderna. Prescindiendo de las cátedras literarias y científicas que se le incorporan sucesivamente, rompiendo la unidad de su vieja arquitectura, su función es todavía la antigua: estudiar la filosofía con un concepto retrospectivo, en relación estrecha con las disciplinas históricas y literarias.

En este dominio particular de las llamadas “humanidades” puede efectuarse la transubstanciación de la Universidad. Las disciplinas filosóficas, como suele estudiárselas actualmente, carecen de vinculación con las corrientes ideológicas contemporáneas. Suelen ser disciplinas muertas, historias, glosas, críticas, comentarios de los sistemas de ideas generales propios de otros siglos y de otros medios, que fueron utilísimos para la cultura de su tiempo, pero que no se han renovado siguiendo el ritmo del pensamiento contemporáneo.

Fácil será transformar las Facultades de Filosofía en organismos destinados a la coordinación de las ideas generales que excedan los dominios particulares de cada Facultad profesional, manteniendo en ellas la especialización en las disciplinas propiamente filosóficas.

En esta arquitectura universitaria las Facultades de Filosofía pasarían a ser los ejes espirituales de las Universidades; pero no debe olvidarse que se trataría de organismos nuevos, juveniles, en constante desarrollo, muy distintos de los que actualmente conocemos. Se comprende que al hablar de estudios filosóficos no hacemos referencia a los literarios e históricos, aunque los tres grupos suelen coexistir bajo una misma administración.

Ciertos estudios preliminares, peldaños indispensables de las disciplinas propiamente filosóficas, podrían cursarse en las otras Facultades; comprenderían materias de todas ellas, con exclusión de las técnicas o profesionales. El doctorado en Filosofía obtendríase cursando previamente las materias generales de las Facultades de Ciencias físico-matemáticas, jurídico-sociales, médico-biológicas, &c. No se trataría de enseñar todos los detalles particulares de cada ciencia y todos los aspectos técnicos de las distintas profesiones, sino de presentar sistemáticamente los grandes resultados de la experiencia, formando un criterio general y adquiriendo un método que más tarde podría ser aplicado a los campos de investigación filosófica que cada cual desee explorar. Se enseñaría, de esa manera, a mirar la realidad, y a inferir los posibles perfeccionamientos de la adaptación humana a la naturaleza, haciendo trabajar la imaginación sobre la base de la experiencia.

Así se podría dar a la Universidad el espíritu de generalización y de síntesis del que tienden actualmente a apartarse las Facultades profesionales, y al mismo tiempo reemplazar los restos fósiles de la cultura medioeval por los resultados ilimitados y siempre renacientes de la cultura contemporánea.

Los grandes problemas ideológicos serían estudiados con criterios y métodos actuales.

El problema del Universo y de la materia se comprendería con el auxilio de las disciplinas físico-matemáticas, únicas que pueden ayudar a resolverlo.

El problema de la vida en general, y de la humana en particular, sería abordado con los métodos de las ciencias biológicas; y las funciones todas del hombre, considerado como un ser vivo que se adapta a un ambiente físico, encontrarían en ellas su punto de partida.

El problema de la vida social, con sus aspectos numerosos y siempre variables en cada particular sociedad humana, sería estudiado con los criterios de las disciplinas sociológicas, cuyos horizontes se renuevan sin cesar.

Con ello se evitará la situación ridícula de ciertas Facultades contemporáneas, en que se discute del universo sin saber astronomía, de la materia sin saber física, de la vida sin saber biología, del hombre sin saber antropología, del alma sin saber fisiología y de lo ideal sin conocer lo real.

Surge naturalmente de lo expuesto una conclusión esencialísima: la interdependencia ideológica de las diversas Facultades e Institutos de cada Universidad, muy distinta de su actual nexo administrativo o burocrático. Cada estudiante debe seguir algunos cursos en otras Facultades que no sean la de su carrera profesional; para los doctorados esa necesidad es mayor. Esto permitirla corregir la inútil repetición de cátedras análogas en Institutos diferentes de la misma Universidad, despilfarro debido a una falsa interpretación de la autonomía de cada Facultad que se resuelve en una disolución de la unidad universitaria.

Conviene atribuir mucha importancia al intercambio de alumnos entre las diversas escuelas; en la actualidad no existen estudiantes universitarios, sino estudiantes de una profesión determinada. Conviene que los jóvenes posean un espíritu integral, que sólo pueden adquirir contemplando variados horizontes ideológicos. Cierta educación literaria mejora los resultados de los estudios científicos y el conocimiento de los métodos científicos aumenta la eficacia de los estudios literarios. La cultura unilateral es contraria a la amplitud de criterio e impide abarcar los diversos aspectos de cualquier problema. Es seguro que muchos ingenios especializados se malogran por no sospechar siquiera las cuestiones que podrían resolver si tuvieran una cultura general en camino, pierden su tiempo en estériles tanteos por ignorar la existencia de otros métodos que multiplicarían el resultado de sus esfuerzos. En cualquier dominio analítico son de inestimable utilidad los conocimientos sintéticos; cada disciplina es auxiliar de las demás, en ciertos casos por la extensión posible de sus propios resultados, en otros porque sugiere fecundas analogías de principios o de métodos.

La especialización directa, sin una base previa de cultura general, es contraria al desenvolvimiento de la personalidad. Los especialistas son amanuenses perfeccionados, ruedas de un vasto engranaje, piezas de un mosaico; pueden ser utilísimos al servicio de otros, sin tener conciencia de la obra a que contribuyen con su esfuerzo. Es preferible que todos los que cooperan en la investigación o en la enseñanza posean un concepto global de la obra común, para que, además de trabajar, sepan para qué trabajan. Se puede ser especialista sin ignorar que existen más vastos dominios en las ciencias, en las letras y en las artes; se puede tallar una piedra y conocer los planos del edificio a que está destinada.

La ética de los hombres de estudio se ennoblece por la cultura integral, pues enseña a valorar con exactitud los méritos de la obra propia y de la ajena. El especialista cree que su hoja es la principal de todo el árbol, sin sospechar que todas las demás, como la suya, reciben la misma savia desde raíces comunes, por troncos y ramas que viven en armónica interdependencia. La Universidad debe readquirir la unidad de espíritu que ha perdido por inadaptación a la época y al medio; y debe, a su vez, infundir en todos los que la frecuenten, –profesores, alumnos, oyentes– esa cultura general que refluirá sobre toda la sociedad cuya ideología aspira a representar.

Renovar la Universidad es un problema de moral y de acción. Las instituciones se tornan inútiles cuando permanecen invariables en un medio social que se renueva. La educación superior no debe mirarse como un privilegio para crear diferencias en favor de pocos elegidos, sino como el instrumento colectivo más apropiado para aumentar la capacidad humana frente a la naturaleza, contribuyendo al bienestar de todos los hombres. Las ciencias no son deportes de lujo, sino técnicas de economía social. La filosofía no es un arte de disputar sobre lo que se ignora, sino un proceso de unificación de ideas generales para ensanchar el horizonte de la experiencia humana. La Universidad no debe ser un cónclave misterioso de iniciados, sino el organismo representativo de las más altas funciones ideológicas: elaboración de doctrinas, determinación de normas, previsión de ideales. Hará más dignos a los hombres, aumentando su capacidad para la vida civil; hará más justa a la sociedad, multiplicando los vínculos de la solidaridad humana.

El mundo ha entrado a una era de renovación más importante que el Cristianismo, el Renacimiento y la Revolución Francesa. Sería estéril seguir escuchando a sofistas y escépticos, envenenados por la ideología del pasado: en horas como ésta conviene escuchar a los optimistas y a los creyentes, iluminados por la ideología del porvenir.