Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Ezequiel Endériz Olaverri ]

El apóstol del catalanismo

Francisco Cambó

Ninguna figura política del día tiene la fuerza de atracción de D. Francisco Cambó. Sus palabras, sus movimientos, sus actitudes, despiertan en el ciudadano español una inquietud de sobresalto. Muchas veces hemos oído preguntarse a hombres de aguda penetración política, ante la incógnita Cambó: “Pero este hombre ¿quién es? ¿adonde va? ¿qué pretende?” Porque sus pasos en la vida política, con ser tan claros, parecen dados a veces en las tinieblas y suelen tener resonancias de fantasma...

Y confunden. Y desorientan al enemigo hasta hacerle perder la confianza en sí mismo... Un ex presidente del Consejo de ministros decía una vez: “Yo no puedo debatir con un hombre que no se sabe adonde va, que no se sabe ni siquiera si aspira al bienestar de España.” Y es doble la inquietud que este político enigmático despierta a sus conciudadanos, porque los de la derecha y los de la izquierda, los de arriba y los de abajo, coinciden en que es una poderosa inteligencia unida a una sagacidad única...

La fuerza política de Cambó se puede retratar con estos hechos que expongo a la consideración del lector. El leader catalanista ha colaborado unas veces con la fuerzas derechistas de Cataluña, con la plutocracia, el clero y la Defensa social –véanse los días que siguieron a la semana roja de Julio del año nueve, los días de los famosos “fets vandalics”–; ha colaborado con todos los revolucionarios que quisieron reunirse en la Asamblea de Parlamentarios del año 17; ha colaborado con los los gobiernos conservadores, centralistas y neutralistas “a toda costa” de Alfonso XIII, y en esas varias y opuestas colaboraciones no perdió ni un átomo del prestigio de integridad que necesita todo político de altura. He ahí un gran talento. Cambó tiene un método especial de política ambigua y sinuosa, es cierto; pero siempre ha hecho esa política de curvas circunstancialmente, y por ganar mejor la línea recta de su programa nacionalista catalán. “Circunstancialmente” estuvo con los negros de la Defensa social, considerando que el movimiento revolucionario de Julio había sido iniciado por los “enemics de Catalunya”; “circunstancialmente” halagó a los revolucionarios de Lerroux, porque con ello ganaba una nueva conquista para Cataluña; “circunstancialmente” dio ministros, y él mismo lo fue, en los gobiernos caducos, porque ello le ponía en situación más alta para la hora de las peticiones íntegras. Jamás dio un paso que no pudiera justificar que lo había dado por y para Cataluña. La frase ignaciana “el fin justifica los medios” parece hecha para este hombre febril y ansioso por un ideal al que todo subordina.

Es evidente que la política española está en una crisis gravísima. El malestar es cosa tan clara como la luz. En ese naufragio de la nave política se han hundido todos nuestros hombres públicos con humos de estadista. Tan profunda ha sido la catástrofe, que hasta los hombres republicanos han perecido en ella. Nadie, nadie cree ya en la eficacia de una República garantida por los hombres que han hecho profesión del republicanismo y gozan de las delicias de las actas. Y, sin embargo, se ha salvado Cambó de esa ruina de los valores. Cuando se habla de los hombres del futuro español –de un futuro risueño y optimista– sólo el nombre de Cambó suena entre los cien que se barajan a diario. Un ilustre político, descreído de la forma republicana en España, por la índole de los gremios republicanos, me decía hace bien poco: “¿República? No la veo para España. Sólo con un hombre podría aceptarse: con Cambó.” Y este ilustre político que así hablaba no era un catalanista, ni un cambonista; era simplemente un hombre que sabía el pleno conocimiento que Cambó tiene de los problemas de España y la energía de que está dotado para resolverlos. Porque añadía así: “Yo no sé si Cambó será un español neto; yo no sé si para la consunción de la gran obra se valdría de medios repudiables; lo que creo a ojos cerrados es que en cinco años de dictadura cambonista España tendría ferrocarriles, escuelas, carreteras, funcionarios, vida en suma.” Hasta el mismo socialismo –otra fuerza política que sale ilesa del hundimiento del tinglado político español– admira a Cambó y siente por él una benevolencia irresistible. ¿Qué es si no esa entrega total del partido socialista a la política nacionalista del ilustre leader? La diferencia entre Cambó y los demás políticos de su época estriba en que él es nervio, realidad, cosa viva, modernidad, y los demás son sombras, delirios, negación, pasado. Suceda lo que suceda en España, venga la política que viniere, Cambó será siempre un hombre en el que habrá que pensar a la hora de la realidades. ¿Se puede decir otro tanto del resto de las figuras actuales?

Descarnado, de poblada barba, de ojos febriles y penetrantes, de nariz corva como el pájaro de la noche, de color verdoso, su rostro no atrae. No cabe, pues, pensar que ejerza la fascinación de lo bello. Todo lo contrario, su perfil sefardita repele. Aunque uno se quiera sustraer a la idea sugeridora. Cambó da la impresión de un comerciante judío, que carece de alma y de corazón. Su estatura baja, su delgadez corporal, lo colocan también en un plano de hombre insignificante. Y luego su carácter, su animosidad a la galantería, su brusca sequedad completan la figura poco grata del hombre...

Y, sin embargo, atrae, interesa, cautiva. Recuerdo que la primera vez en mi vida que vi a Cambó allí en Barcelona, fue cuando éste era bien poca cosa en los organismos catalanistas. Creo que secretario de una de sus sociedades. Había una reunión, y yo asistía a ella como repórter informativo. Entre todos los señores allí reunidos, me llamó poderosamente la atención aquel que leía con voz dura, destemplada, mordente, papeles y más papeles. “¿Quién es? –pregunté.– Un tal Cambó –me dijo un compañero”. Lo miré, lo volví a mirar, y desde entonces su figura se quedó grabada en mí. Bien poco después Cambó era personalidad en Barcelona, y el atentado de Hostafranchs, que le puso en trance de muerte, le regalaba la aureola de la popularidad callejera... Atrae, pues, desde que se le ve, porque hay en él algo de enigma, de misterio, de singular donaire. Cuando habla se comprende en seguida esa atracción de su figura. No es un orador galano de períodos coloristas y evocadores. Casi me atrevería a decir que es todo lo contrario a un orador. Pero esa negación misma del orador clásico que hay en él, nos lo presenta como un hombre que tiene novedad. No quiere hacer discursos. Desprecia la palabra por la palabra. Si usa de ella y pronuncia discursos, lo hace para un fin que está más allá, en las regiones incomprensibles, quizá donde él pone su mirada dura mientras habla... Porque al hablar desaparece de su figura el aire fenicio que la envuelve, y, como los grandes apóstoles y los místicos abrasados en el delirio de su fe, se transfigura, y hay como una luz de romanticismo sobre su frente pálida y amplia. Luego no es su voz sola la que habla, no. Son sus ojos y sus manos también los que acompañan la oración. Sobre todo sus manos, sus manos afiladas, marfileñas, finas, manos del Greco, que tienen voz y expresión en sus movimientos insinuantes y rítmicos. Ellas subrayan el razonamiento verbal, lo remarcan, son el eco de la palabra viva...

Fuerte y duro para el ataque parlamentario, aún es más fuerte y duro para repeler el contraataque. Recibe las diatribas de sus enemigos con una sonrisa en los labios, mientras sus manos –eternamente movedizas– hacen pajaritas de papel. Jamás pierde la serenidad en el fragor del debate, por grandes que sean las injusticias que se cometan con él. Sus nervios obedecen a su mandato como todas sus facultades. Es la disciplina quien allí manda. El método. La pasión se queda humillada dentro de él, reducida a silencio; vencida por una ecuanimidad que da frío...

Se ha hablado de casos de voluntad, del dominio de la voluntad. Ninguno como el caso Cambó. A un médico catalán le oí decir una vez: “Cambó es el más grande caso de voluntad. Su propia salud no es más que un esfuerzo de voluntad.” Y añadía: “¿Cómo, si no, podría trabajar diez y ocho y veinte horas diarias, un mes y otro mes, con su evidente pobreza física?”

Todo cuanto es se lo debe Cambó a su voluntad. Nació de una familia modesta en un pueblecito de la provincia de Gerona. Terminados sus primeros estudios pasó a Barcelona, y en la ciudad condal se colocó en una farmacia, donde se preparó para bachiller y luego para abogado. Todo con su esfuerzo, sin querer ni la ayuda de su casa, que costaba un sacrificio. Él mismo ha referido hace poco en el Congreso un ejemplo de su voluntad que a los que no comprenden estos caracteres hizo sonreír maliciosamente. Decía Cambó, hablando del concepto de la responsabilidad, que siendo estudiante gastaba más de la cantidad asignada por su familia. Todos los meses sus cuentas tenían extraordinarios. Su padre, conocedor sin duda de esta teoría de que la responsabilidad corrige los defectos, en vez de disminuir la asignación del hijo, le abrió una cuenta en un Banco para que gastase a su antojo. Efectivamente, él, el hijo, desde entonces gastó menos dinero que cualquier otro mes.

Aquí comienza el ensayo del dominio de la voluntad, con tal fortuna, que el muchacho que un día puede dominar sus vicios de estudiante para gastar menos, llega a dominar la vida paso a paso y se hace dueño de los destinos de su pueblo.

El triunfo de Cataluña, si un día llega, ¿quién duda que será el triunfo de una docena de hombres de voluntad?

La voluntad en España se ha hecho catalana, y un profesor de voluntad es el leader de esa Cataluña revivida.

Dos graves acusaciones se hacen contra Cambó, como político. Los elementos de izquierda lo pintan como hombre poco liberal, con tendencias a un conservadurismo extremo, a un apego a la plutocracia. Los “españolistas” monopolizadores del nombre de España nos dicen de él que es un hombre tocado de filibusterismo, sobre todo desde que la Lliga catalana ha planteado el problema autonómico en toda su integridad. Unos y otros quisieran ver a Cambó determinarse concretamente como hombre francamente de derecha o de izquierda, como catalán o como español.

Pero, precisamente, un aspecto de su novedad política consiste en esta indeterminación sobre adjetivos abstractos. A la mayoría de los políticos extranjeros se les podría acusar de los mismos pecados. Nadie puede dudar del liberalismo de un Clemenceau, de un Lloyd George, de un Sonnino, y, sin embargo, tienen momentos obscuros en su vida pública que parecen inclinados a una tendencia imperialista. “Las circunstancias mandan, no los hombres”, se ha dicho. Y cabe preguntar: ¿no será la circunstancia y no el hombre quien haga aparecer algunas veces a Cambó como hombre de tendencias retardatarias? Porque yo sé de la vida privada de Cambó que éste tiene muy poco de hombre religioso y ultramontano; que jamás se asusta por las innovaciones que una revolución sangrienta pudiera traer sobre la Península, y que su obra es mucho más revolucionaria que la de algunos caudillos que así se llaman y de llamarse así viven, prosperan y se enriquecen, sin que jamás se les vea al frente de una huelga, ni dirigiendo un movimiento, ni conspirando contra el régimen. Llamarse liberal o republicano en estos tiempos es no llamarse nada. Liberal lo es todo el mundo porque el ambiente no permite ya extravíos enloquecedores de absolutismo y tiranía. Republicano, también. Después de las declaraciones de Alfonso XIII afirmando que si él viera una mayoría republicana en el país abandonaría el trono, no es nada extraordinario sentirse partidario de un régimen que hasta lo acatan los reyes con reino. El problema político es otro. Es algo sustancial y vivo sin adjetivos pomposos. La denominación es lo de menos en los hombres del día. Sobre estas antiguallas de nombres y apellidos políticos triunfan los programas sociales, los programas técnicos, los programas nacidos al borde de la misma vida. Y esto no es falta de idealismo, no. Es un nuevo idealismo que se aplica a las necesidades orgánicas del hombre, de las que depende su independencia ideal. “Menos discursos y más pan”, suelen decir nuestros trabajadores. He ahí la raíz pura del nuevo método político, que es el mismo si queréis, pero invertido; esto es: “primero el pan y después los discursos.” De ahí que hombres como Cambó no puedan encasillarse en la disciplina de un partido que hace de su idearium algo tan lejano y tan acomodaticio que supone pasarse la vida en espera del “maná” que todo lo arregle.

Y lo mismo sucede con el “españolismo”: ser español y patriota y creer que por serlo basta, no. El mundo afirmará cada día con más fuerza la tendencia internacional, y dentro de esa tendencia las patrias serán algo tan local, tan comarcal, tan secundario, que para los efectos del trabajo, de la ciudadanía, de la civilización, lo mismo nos será llamarnos chinos que rumanos. Eso mismo impedirá, impide ya, que una patria, en nombre de intereses desaparecidos, pretenda ejercer coacción sobre otras patrias más débiles. Luego, que no es más español el que más se lo llama, sino quien más hace por España. ¿Qué hicieron esos “españolistas” iracundos por su patria que no fuera desangrarla, embrutecerla, empobrecerla? A ellos debemos la pérdida de nuestra riqueza colonial, de nuestro rango internacional, de nuestras energías nacionales. ¿Cómo se atreven a hablar en nombre de España? En cambio Cambó sustenta sobre la patria teorías nuevas y generosas que podrán o no dar resultado beneficioso, pero que no pueden combatirse en nombre de unos ideales totalmente fracasados... No comulgo, pues, con los que opinan que Cambó es hombre poco liberal y poco español. El concepto de la libertad y del españolismo han cambiado tanto, tanto, que a través de ese cambio hasta las personas se desdibujan...

Aun tiene mucho que caminar el leader regionalista. Es joven y es inquieto. Ganado o perdido su pleito nacionalista, Cambó no se inmovilizará. Estar en la inercia para él es tanto como no vivir. Pasada la batalla pendiente, de nuevo auscultará en la parte viva del pueblo español, y con su palabra, con su fe y con su energía, logrará encender una nueva hoguera de pasión alrededor de un problema. Y las llamas de esa hoguera servirán a su figura de resplandores atrayentes. Que este hombre febril, iluminado y movedizo, siempre tendrá el valor, sea lo que sea, de dividir al resto de los hombres en amigos y en adversarios. Mientras viva le acompañará una ráfaga de amor y otra de odio que, en suma, no será más que admiración. Admiración a la inteligencia, a la tenacidad, a todo lo que admiramos por estar por encima de nosotros mismos...

Ezequiel Endériz.