Filosofía en español 
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[ Rafael Cansinos-Assens ]

Un gran poeta chileno

Vicente Huidobro y el creacionismo

Para los que en arte estimamos sobre todo la labor nueva nacida del ansia de acomodarse al ritmo cósmico con que las eternas apariencias cambian de forma, la obra de iniciación, que enseña un nuevo modo de belleza, el acontecimiento supremo del año literario que ahora acaba, lo constituye el tránsito por esta corte del joven poeta chileno Vicente Huidobro, que a mediados de estío llegó a nosotros, de regreso de París, donde pudo ver las grandes cosas de la guerra y alcanzar las últimas evoluciones literarias. Pocas líneas en nuestra prensa señalaron la estancia del original cantor, que, retraído y desdeñoso, sólo se comunicó con unos pocos para anunciarles sus primicias nuevas. Y, sin embargo, su venida a Madrid fue el único acontecimiento literario del año, porque con él pasaron por nuestro meridiano las últimas tendencias literarias del extranjero; y él mismo asumía la representación de una de ellas, no la menos interesante, el creacionismo, cuya paternidad compartió allá en París con otro singular poeta, Pedro Reverdy, el autor de Les ardoises du toit, y cuyo evangelio práctico recogió en un libro, Horizon Carré, París, 1917.

El creacionismo de Vicente Huidobro halló aquí una ingrata acogida en los cenáculos donde fue mostrado. Si nuestra prensa tuviese la prodigalidad literaria que la prensa francesa, hubiese dispensado al lírico nuncio los mismos ataques que en París resistió su fraternidad con Reverdy. Aquí fueron el silencio y la sombra las armas con que los intereses creados de nuestra [69] literatura se defendieron contra el innovador. Lo más notable es que la negación vino de aquellos que ya practicaban un arte avanzado, y para sí reivindicaban el pleno título de innovadores. Eso –decían– está ya hecho, y repudiaban el creacionismo, no por nuevo, sino por retrasado. ¿No dijeron lo mismo nuestros últimos románticos del simbolismo de Darío? Y, sin embargo, ni los nuevos tonos de Rubén ni las modalidades del creacionismo estaban incorporados a nuestras letras, al anunciarse como superaciones. Huidobro nos traía primicias completamente nuevas, nombres nuevos, obras nuevas; un ultra-novecentismo. Desdeñando a los doctores del templo, el autor de Horizon Carré se limitó a difundir la buena nueva entre los pocos y los más jóvenes, en paseos y reuniones sedentes, de un encanto platónico, en que la novísima tendencia lograba la fijación de sus matices. De esos coloquios familiares, una virtud de renovación trascendió a nuestra lírica; y un día, quizá no lejano, muchos matices nuevos de libros futuros habrán de referirse a las exhortaciones apostólicas de Huidobro, que trajo el verbo nuevo. Porque durante su estancia aquí, de Julio a Noviembre en que tornó a su patria chilena, los poetas más jóvenes le rodearon y de él aprendieron otros números musicales y otros modos de percibir la belleza.

Vicente Huidobro, que ya había publicado en París su Horizon Carré, publicó en esta corte cuatro libros más: Ecuatorial, Poemas Árticos, Halali, Tour Eiffel, libros diminutos de una blanca anchura de márgenes. Con ellos brindaba paradigmas prácticos de su concepción estética, doctrinalmente desarrollada en conferencias leídas ante el público apasionado y curioso de París. En el pórtico de Horizon Carré el autor escribió un resumen de su estética. “Crear un poema tomando a la vida sus motivos y transformándolos para darles una vida nueva e independiente. Nada anecdótico ni descriptivo. La emoción ha de nacer de la única virtud creadora. Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol.” Así compendia Huidobro la doctrina del creacionismo. Inútil negar la originalidad de este anhelo artístico, que si, como toda cosa, tiene su precedente remoto en el pensamiento de los hombres, [70] no reconoce antepasados inmediatos. Todo podrá reprochársele a los cinco libros mencionados, menos falta de originalidad. En nuestra lírica contemporánea no hay nada que pueda comparárseles, ni siquiera las últimas modulaciones llanas de Juan Ramón Jiménez, ni las silvas diversiformes de los modernos versilibristas. Todas esas formas, Vicente Huidobro las cultivó y superó ya, en sus últimos libros anteriores –Canciones en la Noche, La Gruta del Silencio, El Espejo de Agua y Adam. En esos libros practicó todas las variedades del verso, tal que se le modelaba hasta en las vísperas de su evolución última. Emuló las ligerezas banvillescas, las sutilezas verlainianas, las habilidades de los juglares líricos que saben hacer con el verso, como los poetas bizantinos, un cáliz o una cruz. En Las Pagodas Ocultas, versículo a la manera bíblica y a la manera de Apollinaire. Pero toda esa maestría de técnica se le había hecho ya odiosa, no menos que el modo de percibir y sentir el mundo de lo bello, que hasta entonces fue el suyo. Y teniendo ya en su acervo y en su historia un número de libros notables, cada uno por su individual culminación y su diverso espíritu, que en la lírica de su país le confirieron un claro principado sobre la juventud más exigente, de nuevo se aplicaba a rehacer su orbe poético, según nuevas líneas y módulos.

El año de 1914, año de congoja y sobresalto para la humanidad, lo fue también para el poeta, no sólo por su participación humana en el dolor universal, sino porque también, como otros tantos valores, vio en crisis su arte, dentro de sí mismo. Durante una larga temporada –nos confesó– no podía escribir. Asediábanle voces nuevas que no hallaban todavía su concento armónico. Todo lo anterior le parecía viejo y lejano. Un nuevo arte de ver y de decir se insinuaba en él. Por aquella época, su país le envió a Francia, agregado a la Legación de Chile. Pasó por Madrid; se asomó a la cripta de Pombo y a nuestro diván de poetas jóvenes. Pero ninguna anunciación nos hizo de sus nuevas veleidades líricas. Su voluntad de renovación aún no había hallado su fórmula. Sin embargo, ya por aquel tiempo había dirigido su “Manifiesto a los poetas hispanoamericanos” – ensayo de estética–, incitándoles a buscar [71] nuevas normas; y ya había concertado algunos de los poemas de su Horizon Carré. Pero fue en París, oyendo una lectura de versos de Reverdy, cuando el nuevo arte presentido se afirmó en él con plena conciencia. Al terminar Reverdy su lectura, Huidobro fue espontáneamente a estrecharle las manos; y aquella unión de diestras marcó el principio de una adhesión espiritual, de una fraterna alianza que, durante algún tiempo, compartió la atención que los eventos de la guerra consentían en París a las proezas literarias. Juntamente con Reverdy, resistió los ataques de la crítica más o menos académica –hasta al Mercure consideraban académico los nuevos aedas, y los consuelos que a veces les llegaban en alguna frase simpática de Bergson o de Juan Royere, el blanco viejecito, amigo de Mallarmé, fueron días de lucha, sinsabores y triunfos; una edificante página de la fervorosa y oscura vida de los cenáculos literarios nacientes. Luego, Huidobro, llamado por su gobierno, hubo de abandonar París; y de paso para América, se detuvo, como dije, en la corte; y a esta circunstancia debemos la anticipación de doctrinas estéticas tan interesantes, que por la vía callada del libro no hubiesen tenido el valor emocional del proselitismo que la presencia de uno de sus colaboradores le infundió. ¿No aviva así y fija la llegada de Rubén, en los albores del novecientos, los anhelos juveniles de renovación y los estimula y enardece, dándoles con su presencia como un escudo?

De igual modo, el paso de Huidobro por entre nuestros jóvenes poetas ha sido una lección de modernidad y un acicate para trasponer las puertas que nunca deben cerrarse. Porque si Rubén vino a acabar con el romanticismo, Huidobro ha venido a descubrir la senectud del ciclo novecentista y de sus arquetipos, en cuya imitación se adiestran hoy, por desgracia, los jóvenes, semejantes a los alumnos de dibujo, que se ejercitan copiando manos y pies de estatuas clásicas. Sea cualquiera la opinión que un temperamento personal pueda tener de las nuevas tendencias, es innegable que en la seriación del eterno progreso ideal, después del simbolismo y del decadentismo, sólo debe venir esta nueva concepción de lo bello que, emancipándose de las interpretaciones sentimentales, concede al [72] mundo exterior una realidad independiente y prueba a expresarlo en una representación más viva, libre y pimentada de sus infinitas posibilidades de existir y de parecer. “Crear un poema como la naturaleza crea un árbol” –dice Huidobro–. ¿No hay en estas palabras un anhelo de integridad, de comunión con las fuerzas plásticas del mundo, para reproducir fielmente sus obras naturales, con toda la riqueza plural de coloridos y aspectos con que lo hacían los soberbios artistas del Renacimiento? En toda la lírica anterior, el poeta hace de la naturaleza un símbolo, se la apropia, la desfigura, le infunde su sentimiento o su ideología, la marca con la mueca de dolor o de júbilo de su semblante, la suplanta; nos promete la naturaleza, pero nos da su alma. De aquí se derivan representaciones parciales del universo, pobres, mezquinas, contorsionadas, tristes del pesar de su imperfección. La nueva lírica, no sólo la que se vincula en el nombre de creacionismo, sino, en general, aquella cuyas floraciones arrancan de Guillermo Apollinaire y hoy se ilustra con los nombres de Reverdy, Allard, Frick, Cendrars, &c., aspira a darnos una representación íntegra, desapasionada, de la naturaleza, en estilizaciones de una desconcertante variedad. La agudeza de la percepción y la fidelidad con que la reproducen algunos de estos poetas recuerdan la técnica mordiente y certera de los caricaturistas. Y al mismo tiempo, por la simultaneidad de sus imágenes y momentos, hacen pensar en una filiación pictórica, en una transcendencia literaria de los modernos cubistas y planistas.

Lo interesante es que todo esto es nuevo. A veces parecerá que, en alguno de sus aspectos, esta nueva estética ya estaba lograda. Se dirá: ya esto lo hicieron los simbolistas; o bien: eso es parnasianismo. Pero un matiz cualquiera revelará a los perspicaces la absoluta modernidad de la intención. Y ya se sabe que el sabor de modernidad de una escuela literaria suele estar en un matiz. Generalmente, este sabor escapa a los labios gastados de los artistas y críticos envejecidos en una sola manera de arte. No ven lo nuevo; lo encuentran igual a lo viejo, como si su espíritu fuese un espejo demasiado opaco ya para reflejar claridades nuevas. Pero lo nuevo se afirma y halla gracia en los [73] jóvenes. Los jóvenes que rodearon a Huidobro durante su estancia aquí, supieron discernir la novedad alboreante de sus poemas. Leyéndole, volvían a sentir otra vez la inquietud de los novicios y poco a poco ensayaban el tránsito de sus jóvenes estrofas, ya viejas, a las novísimas cristalizaciones. Esto se ha de notar en libros futuros. Huidobro les perturbó a más de uno la conciencia literaria. Más de un manuscrito quedó repudiado y rasgado. Yo, testigo de sus evangélicas exhortaciones, pude ver el rejuvenecimiento que obraban aun en los más tiernos epígonos. Les veía, llenos de dudas y vacilaciones sobre los que creyeron sus seguros comienzos, en ese estado de buena inquietud que predispone a recibir la gracia literaria. Y yo les incitaba también hacia adelante. Huidobro fue, en este verano de 1918, la encarnación de la espiritual cosecha que en la interinidad bélica aguardábamos los ansiosos de cumbres. Sentíamos ya que la savia de esa primavera se había ya agostado. El novecientos, con todo lo que significa, era ya decrépito. Los maestros del ciclo innovador no hacían ya sino pisar sobre sus propias huellas, en los engañosos círculos de sus obras. Tan sólo Juan Ramón porfiaba por evadirse de los álveos de sus antiguas colmenas, llevando sus abejas a los nuevos claustros de rota arquitectura en Eternidades. Su misión de precursores era ya cumplida. Todo esto lo sentíamos. Pero la llegada de Huidobro echó todas las arrugas de la decrepitud sobre el semblante de la máscara novecentista. Todo se hizo enormemente viejo al contacto de la inmatura juventud de sus poemas. El tránsito del autor de Horizon Carré renueva la cronología literaria y señala, pues, el único acontecimiento de mil novecientos diez y ocho, en los monótonos anales de nuestras letras, sobre todo de nuestra poesía, narcotizada de misoneísmo...

R. Cansinos-Assens.
© Herederos de Rafael Cansinos Assens, utilizado aquí con el permiso de los herederos.