[ Director propietario y redactor en jefe, Manuel de Losada Plisé. ]
Sección Editorial. Política general
Super flumina Babylonis
Los hombres y las plantas son una lógica manifestación del clima. Esa es la ley, y en lugar de renegar de ella, lo que debemos hacer es estudiarla.
Acá en Colombia florece todo desde la víspera, aunque en ocasiones el fruto no venga sino mucho después del tiempo en que ha debido venir. Es el clima.
Además, el clima, que da el tipo y el desarrollo de la organización física, da también el tipo y el desarrollo de la organización moral. Rasgo de ese tipo son en todas partes así las costumbres como las instituciones políticas y religiosas de los hombres. Nosotros nos sacudimos en la protesta eterna como el gigante aquel que tenía encima todo el peso de un monte; pero nuestro régimen político puede más que nuestra voluntad. Aún no se ha sentado bien el señor Zaldúa en la silla del Gobierno; aún está ésta tibia con el calor del doctor Núñez, y ya la prensa, y los partidos, y los círculos se agitan en servicio del hombre que debe regir el país de 1884 a 1886. Sin embargo, no hay por qué extrañar eso; en es la ley. Eso quiere la Constitución de Rionegro; eso quiere la índole política de Colombia; eso quiere la sociedad entera.
Faltan solo unos días para que entremos en el año de las grandes luchas electorales –año que entre nosotros viene cada dos– y es natural que todos los que se ocupan do la cosa pública empiecen a ponerse en movimiento en el sentido de sus convicciones o de sus simpatías. No hay, pues, impaciencia en nuestra conducta: no hay sino lógica. Los meses de Diciembre y de Enero apenas alcanzan para que el Congreso (que se reúne el 1.º de Febrero y que debe nombrar primer Designado antes del 1.º de Abril) fije definitivamente sus ideas en cuanto al candidato que debe apoyar. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Sobre ser la costumbre es la necesidad.
Por otra parte, ¿quién pudiera darse por sorprendido por este modo de obrar? ¿No sabemos todos en Colombia lo que quiere, lo que puede y hacia dónde se encamina cada uno de los partidos? ¿No sabemos todos en Colombia lo que ha sido, lo que es y lo que será cada uno de los hombres que pueden figurar como candidatos para la presidencia de la Unión?
¿Qué sorpresa, pues, puede caber en esto?
¿Qué engaño puede haber en esto?
¿Un mes más o un mes menos podrá cambiar la naturaleza de los partidos, la esencia de los candidatos? ¿Dentro de un mes podrá levantare un hombre nuevo, desconocido, que hoy sea un secreto para todos, y que mañana sea la maravilla de la política? Es ocioso esperarlo.
Veamos, pues, las cosas como las cosas deber ser vistas. Ha llegado el momento de la cosecha de las candidaturas, y a nadie le es dado –hombres ni partidos– denunciarse a sí mismo como cogido de sorpresa. Se dice que en los Estados de la Costa está proclamada ipso facto la candidatura del doctor Núñez. Está bien. Para presentarla, los nuñistas están en su derecho político y constitucional. También ha sido ya presentada en esta ciudad la candidatura del General Solón Wilches, actualmente Presidente de Santander. ¿Quién podrá enojarse por eso? Se habla de la candidatura del General Camargo, y hasta se empieza a hablar de la del General Daniel Aldana, Presidente de Cundinamarca. Más luego aparecerá la del General Eliseo Payán, y no faltan quienes deseen la del General Santodomingo Vila y las de otros Generalas y hombres civiles. Nada de esto está fuera del orden de la República, por el contrario, nada de esto puede perjudicar a Colombia. Lo malo sería que no tuviésemos hombres capaces de gobernarnos, y que por lo mismo tuviésemos, como las ranas, que pedirle rey a Júpiter y conformarnos con él.
Además, todos los partidos tienen derecho de tener un candidato propio.
Todos los colombianos capaces y honrados tienen el derecho de aspirar a la presiden de la República.
El partido que no puede tener un candidato propio (hombre que represente verdaderamente sus principios y que represente verdaderamente sus intereses), no es partido, sino embrión de partido, o ruina de partido. El colombiano que no aspire a los puestos públicos eminentes está fuera de embate de las olas de la ambición natural, o carece de todo título aceptable.
Hay, pues, necesidad de que todo el mundo aspire; solo sí que culpa suya, propia suya será y no ajena, la de los que no acierten a coger el buen camino. Por lo demás, ese camino es amplio, es hermoso, es fecundo; el que se extravía en él será un ser fatal como Edipo, o un renegado de Dios y de los hombres.
Ya lo hemos dicho: la democracia es la lucha. La lucha es el equilibrio; y el equilibrio es la estabilidad. No debemos, pues, sorprendernos de que los demás cumplan con su deber como lo entiendan, o de que hagan uso de su derecho en todo el radio de ese mismo derecho. De lo que sí debiéramos sorprendernos es de que les faltara a los partidor, en el momento necesario, el ánimo para cumplir con su deber, para hacer uso de su derecho; y de que, por una precoz degeneración, aceptasen en política el papel de gentes dispersas e inreunibles, como los judíos modernos.
Vencedores o traicionados, los partidos no tienen por qué retirarse de la escena, y ya que no les asiste título especial para unir a su pie el carro de la fortuna, ellos no son sino un elemento de la República democrática, y deben hacerle frente a todas las alternativas. No hay eclipses eternos.
El país va a entrar en la campaña electoral de 1883. Entremos todos, como tantas veces, en esa campaña; pero entremos como fuerza propia y no como fuerza gregaria o advenediza. ¿Nos faltará un pendón? Hoy, como en 1849, somos pura y simplemente un elemento popular. Todo está en poder de nuestros adversarios, todo; pero eso da a la lucha el espíritu de grandeza que ha salvado siempre al partido liberal. La juventud de este heroico partido pide el puesto de honor de la batalla; la juventud da la victoria.
Hacemos, pues, un llamamiento en toda forma a los liberales del país, a los verdaderos liberales. Ninguno de ellos puede hoy separarse de nuestras filas. Ha llegado el momento de concentrarnos y de obrar como impelidos por una sola voluntad. Hoy, como siempre, se trata de la Patria; y nuestro derecho a asistirla es el mismo que tienen todos los partidos. Mientras los liberales tengamos un credo político, una tradición política y una misión política, pocos o muchos, felices o desgraciados, no podemos perder nuestro carácter propio, para pedir carta de naturaleza en campo extranjero.
Tendremos, pues, que presentar y que sostener un candidato, y debemos escogerlo en la medida de las circunstancias. Éstas son graves y también son solemnes. El partido la liberal está desorganizado; la administración pública está abatida; no hay tesoro ni hay crédito. El espíritu colombiano está en menguante y hay necesidad, antes que de otra cosa, de escoger un carácter. Necesitamos de un hombre de Estado.
Eso es lo que conviene a la República.
Eso es lo que conviene a los partidos.
El día en que todas las cosas estén en su puesto, nadie tendrá por qué quejarse, y no prevalecerá sino lo que debe prevalecer.
La democracia es holgada como el espacio; y no importa sino saber determinar bien sus condiciones. No somos exclusivistas –el exclusivismo es pequeño– pero sí deseamos que el partido liberal pese en estos críticos momentos todos nuestros hombres públicos y los enfrente con la delicada situación del país. La lógica por sí sola resolverá el problema.
[ Pedro Pablo Cervantes ]
Felicitación.
Mi querido amigo:
Le envío cuatro líneas escritas de ligero, por falta de tiempo, para saludar su patriótica publicación.
Cordialmente lo felicito por su buena idea: si los partidos no moderan sus ambiciones, el país se anarquiza; si la prensa no cambia de tono, nos barbarizamos.
Tenga usted la gloria de encabezar esta nueva cruzada de paz y conciliación.
Su amigo,
Señor Don Manuel de Losada Plissé.
[ Pedro Pablo Cervantes ]
“La Patria Colombiana”
Felicitamos cordialmente al señor Redactor de este periódico por la patriótica labor que ha emprendido, fundando tan útil publicación, con la mira de estimular el amor a la paz, única esperanza positiva de progreso y bienestar.
Si los círculos políticos no discuten con calma y buena fe, jamás saldremos de esta situación de alarma e inseguridad, la que vivimos ha muchos años.
La formación de nuevas agrupaciones políticas no debiera ser un motivo de amenaza para la pública tranquilidad, ante sí un camino más para llegar a la perfección republicana que se apetece. Mas, por desgracia, toda fracción que levanta una bandera pretende desde luego hacerla triunfar a todo trance, queriendo probar que fuera de su sombra no existe la República ni hay salud para la Patri. Los voceros de los diferentes círculos luchan y disputan con demasiada acritud, se lanzan sin reserva en la vía de las recriminaciones, discutiendo poco, pero hiriendo siempre a sus contrarios con el calor de enemigos personales.
Si tal sistema sigue adelante, la patria colombiana no verá nunca lucir en su fértil y dilatado territorio el sol de la República libre y feliz. Si la prensa no prescinde del tono agrio y destemplado con que cree cada parcialidad hacer triunfar sus propias opiniones, el reinado del orden, base del progreso, no llegará nunca, y viviremos en eterna lucha, alejando cada día más el venturoso porvenir que le está señalado a un país tan rico y bien situado como el nuestro, cuyos habitantes son, en lo general, pacíficos, laboriosos e inteligentes.
Si la prensa, en vez de apagar con patriótica porfía el fuego de la discordia que nos devora, se ocupa en fomentar las pasiones de partido con mutuas y constantes recriminaciones, imposible que la República se organice. Masas numerosas descuidan por completo sus derechos políticos, y no es justo ni patriótico que los encargados de representarlas las amenacen con la eterna perspectiva de la guerra.
Si la prensa no se ocupa seriamente del importante asunto de conciliar loa ánimos para establecer una paz sólida y duradera, la anarquía, que ha largos años pugna por establecer su imperio entre nosotros, vendrá a ser la herencia que leguemos a nuestros hijos, en cambio de la libertad que con su sangre compraron nuestros padres para dotarnos con el título de ciudadanos.
La prensa, que tan poderos influencia ejerce en la suerte de los pueblos, es el agente inmediato del orden o el vocero de la anarquía, y no es justo que los encargados de ella escandalicen y opriman con sus eternas y agresivas controversias a las mayorías pacíficas y benévolas; controversias que tienen por objeto la defensa de intereses de círculo, por resultado el malestar general, y que tendrán por término la disolución de la República.
Si los sacerdotes excomulgaran a todos sus correligionarios, si los médicos envenenaran a sus enfermos y si los jueces procesaran a los inocentes, procederían con el mismo desatino con que proceden los directores de la prensa, fomentando acerbos odios y preparando las guerras civiles que nos aniquilan y degradan.
La patria colombiana se siente desfallecer, se ahoga, se asfixia, su limpio y claro cielo de otro tiempo está cubierto de negras nubes que llevan en su seno la muerte; pero no es imposible purificar la atmósfera para que de nuevo luzca el sol de Colombia; basta un poco de templanza en las ambiciones políticas; que la prensa toda se encargue de salvar la patria, sacrificando en sus altares, no víctimas humanas, como se estila entre los bárbaros, sino ahogando el espíritu de partido, que toma ya las formas de aterradora furia.
Todos los partidos anhelan el bien de la patria, y si no lo hallan por el camino de la discordia, como está probado, claro es que debe buscársele en el seno de la tolerancia recíproca, echando a un lado el odio, la presunción y la codicia; cada uno puede girar dentro de la órbita de sus intereses legítimos sin producir el escándalo. La patria vale más que todas las teorías juntas y que las aspiraciones todas de los partidos que la escarnecen.
Solo el patriotismo leal y desinteresado puede salvar a Colombia, y ante este sacrosanto nombre, lleno de gloriosos recuerdos, es preciso deponer con entereza y buena voluntad rencillas y ambiciones. Preocuparse con la suma bondad de algunas reformas, para llevarlas a cabo a costa de la salud de la patria, es locura inconcebible; y es crimen que no tiene nombre anarquizar la República para que prepondere éste o el otro círculo.
La patria colombiana vuelve los ojos a sus hijos más notables, a los que llevan una pluma en la mano, rogándoles la dejen correr en el campo de la concordia. El sistema de controversia dura y cruel se ha ensayado por mucho tiempo, ensáyese ahora el opuesto, y en paralelo la agresión y la benevolencia, se verá cuál de los dos sistemas es más fecundo en bienes para la patria; nada se pierde en el ensayo, ni lo juzgamos impracticable, puesto que todos los interesados en la cosa pública aman la patria colombiana, y ella en peligro espera que los directores de la prensa se consagren a curar sus heridas, que exacerbadas producen la gangrena.
Bogotá, 18 de Diciembre de 18812.– P. P. C.
Bernardino Torres Torriente
Homenaje [ a Francisco Javier Zaldúa ]
He bendecido a Dios que nos da llanto
Para calmar el corazón herido,
Cual calma la lluvia al mar tempestuoso.
Martínez de la Rosa.
¡Lloremos, compatriotas! Lloremos. ¡La Patria está de luto!
Cuando el astro rey se oculta en Occidente, la luz del día se apaga en el hemisferio que deja y la Naturaleza se contrista: las sombras se extienden y cubren los encantos.
Cuando la luz del genio su apaga en la tumba, la Patria adolorida siente inmensa pesadumbre. La Naturaleza, aun eclipsada por las sombras de la noche, espera una nueva aurora, en tanto que la humanidad deplora siempre, y sin esperanza, la pérdida del hombre grande que, al llegar el ocaso de su vida, va a sepultarse en los abismos del infinito. Solamente le queda el nombre inmortal que consigna en la historia en homenaje a sus virtudes. ¿Solamente esto? No; deja tras sí una estela luminosa que en caracteres brillantes dice: “seguid esta huella.”
La estela del artista queda marcada en la belleza de sus obras, en las delicadas líneas de su buril, en los suaves y expresivos tintes de su paleta, en la expresión armoniosa de su lira.
La estela del sabio difunde su luz en todos los ámbitos de la tierra, penetra en las profundidades de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, descubriendo las evoluciones vitales del infusorio y las evoluciones armónicas de los mundos estelares; manifestando las leyes que rigen el universo físico y exponiendo los cánones del mundo moral.
La estela del hombre justo resplandece, como el sol divino que fecunda los campos, embellece las flores y colora los frutos e inspira el amor, fuente de todo lo grande, de todo lo noble, de todo lo bueno. Esta es la estela de salvación de la humanidad, y es la que ha dejado a su paso por el planeta el grande hombre, el magistrado probo, el ilustre Presidente de Colombia que acaba de morir, el ínclito republicano doctor Francisco Javier Zaldúa. Digno discípulo del eminente doctor Rafael María Vasquez, en el curso de tres años aprovechó sus lecciones, siendo un filósofo austero y distinguido. Alumno del Colegio de San Bartolomé, recibió y puso en práctica las lecciones de los egregios profesores de facultad mayor, Florentino González, Ezequiel Rojas, Francisco Soto, Manuel María Quijano, Benito Osorio y Juan de la Cruz Gómez Plata.
En política fue educado en la escuela republicana del Hombre de las leyes.
En su mente se desarrollaron los gérmenes de esas enseñanzas como la semilla en campo fértil, y dieron a su alma el temple y la virtud del hombre honrado, del varón justo, del espíritu fuerte y del genio del bien.
Dice San Pablo que en el primer rango de la procesión santa de la humanidad van los hombros del bien, en el segundo los hombres de ciencia y en el tercero los artistas; pues bien, el señor Zaldúa marchó en el primer rango. Liberal por convicción, sirvió a su Patria practicando y difundiendo los principios del cristianismo puro, base de la democracia. Siempre incontrastable, siguió la senda segura del deber. Firme en sus opiniones políticas, fue tolerante, respetando a sus contrarios. Su voz, hasta cierto punto, fue reputada como un oráculo. Él fue constantemente consultado por todos los ministerios del Gobierno liberal: sus consejos eran mandatos, y éstos eran la expresión del bien y la síntesis de su buena y honrada voluntad. Su alma elevóse a las alturas sin la menor mancha de ambición de mando; ocupó los destinos más importantes de su Patria, pero toda vez fue llamado y requerido para ello; aceptó por deber de patriotismo los cargos públicos, jamás por lucro o interés personal. Su ideal y su objetivo fueron el progreso de la Nación, especialmente en la vía de la moralidad. Fue, en fin, el hombre del bien.
Desde sus primeros años se hizo notar por su clara inteligencia, por el arreglo de sus costumbres y por su severidad en el cumplimiento de sus obligaciones.
He trazado estas líneas con pleno conocimiento del grande hombre de que vengo hablando: hicimos juntos los cursos de literatura, filosofía, jurisprudencia y medicina durante diez años; además de ser condiscípulos fuimos concolegas; desde su juventud me honró con su amistad y este vínculo sagrado fue permanente hasta los últimos días de su existencia. Pesa, pues, sobre mí la grande pena del fin de su jornada terrestre.
Me uno a sus deudos para llorar su muerte, a mis compatriotas para deplorar su ausencia, y al mundo para admirar los ejemplares hechos de su vida.
Bogotá, Diciembre 25 de 1882.
Academia nacional de música
Como era de esperarse, atendida la laboriosidad de los profesores y la aplicación de los alumnos de esta Academia durante el año que va a terminar, el certamen que por medio de un concierto a grande orquesta presentaron los mismos alumnos, estuvo a la altura de los aplausos que le prodigó una, hasta cierto punto, entendida concurrencia en achaques de arte musical.
Nuestros parabienes a alumnos y profesores por tanto.
El repertorio con que se estrenó la orquesta de la Academia fue selecto por los importantes trozos que contenía, y su ejecución, relativamente a los esfuerzos de solo un año, de bastante mérito, y una esperanza del arte en nuestro país. Sobre todo, mereció numerosos aplausos, y los honores de la repetición, pedida por la concurrencia, el himno God save the queen de Inglaterra, y el de Colombia, música del maestro Sindici y letra de Isaacs. Antes de esa fiesta del arte no habíamos oído el himno de Colombia. La letra no podría ser calificada por nosotros; su música tiene indudablemente rasgos magistrales que bien pudieran levantar el ánimo del guerrero colombiano, si bien hay algunos que no parecen ser una fiel interpretación del sentimiento del país.
Y es que:
“Los himnos del pueblo no se escriben sobre el pentagrama, con las reglas de la armonía y del contrapunto, sino en el campo de batalla, entre los alaridos de los vencedores y los ayes de los moribundos.”
“Los himnos del pueblo no se elaboran en el bufete del compositor, ni se ensayan en un piano de Erhard, sino que se improvisan en un campamento, y sus estrofas se escriben con un carbón recogido entre las cenizas de un vivac.”
“Los pueblos en medio de la paz se enervan, entonan la canción del taller, el retornello báquico o repiten un coro de zarzuela.”
“Un himno nacional se entona al pie de una bandera desgarrada por las balas, ennegrecida por la pólvora, que flamea entre los rugidos del combate y que lleva a un pueblo que defiende su suelo y su libertad a la victoria o a la muerte.”
El himno de Sindici no despierta, en su armonía, recuerdos de luchas, de combates y de victorias; y así no puede ser entre nosotros himno nacional.
* * *
Donde sí nos pareció el adelantado compositor digno de la reputación artística de que goza, fue en la instrumentación de su, en cierto sentido, célebre pieza.
Es fuera de duda que la Academia ha realizado adelantos que sin su simpático e inteligente di rector, su ilustrado consejo y sus escogidos alumnos, no habrían maravillado al público.
Por ahora solo resta que el gobierno expida un reglamento para la Academia, de acuerdo con las exigencias de ella y atendiendo al atraso del país en materia de música.
Diálogo.
Dos días antes de la muerte del doctor Zaldúa, discutían los Secretarios Paul y Urueta. Adivine el lector sobre qué versaba la discusión. Sobre un punto nada menos que constitucional. Opinaba Urueta que los Secretarios de Estado duraban en el ejercicio de sus funciones dos meses después de posesionado el nuevo Presidente. Paul opinaba del modo contrario.
—Me permite, compadre, que le diga una cosa.
—No, no; las cosas son o no son; y de no, ya veremos lo que hace el nuevo Presidente.
—Bien, compadre, ¿pero me permite Usted que le diga una cosa? dos razones tengo para no opinar con Usted: una constitucional y otra política. La primera es que a nosotros también nos comprenden las generales de la ley, pues todos los empleados duran en el ejercicio de sus funciones dos meses después de la posesión del Presidente de la República; y la segunda, que por nuestro carácter de independientes, Otálora tratará de gobernar con los que lo hemos elevado.
—Pero nuestra delicadeza está de por medio.
—No, indelicado sería el otro; fuimos nombra dos por el presidente de derecho de los Estados Unidos de Colombia.
—¡Ah! Si el doctor Núñez se hace cargo de la Presidencia, él, de seguro, nos nombrará nuevamente para las carteras a nuestro cargo hoy. Estudie Usted los acontecimientos y verá que si Otálora viene al poder, Usted y yo seremos echados a la calle y nos quedaremos con las manos vacías y con la vergüenza en la cara. Debemos por dignidad renunciar. Otro proceder se parecería mucho al de Quijano Wallis, que se propone, contra su propia reputación, no renunciar. Por otra parte, es para nosotros interesante que Noguera renuncie, para que regrese a la Costa a ponerse de acuerdo con el Doctor, y así sabremos a qué atenernos.
—Bueno, compadre; ya yo me he explicado; se hará lo que Usted dice. Hoy, sin embargo, no estoy completamente de acuerdo con el doctor Núñez ni con Otálora, y cónstele que sospecho que voy a caer de redondo y por toda una eternidad.
Entre tanto agonizaba en su lecho el mártir de la situación.
Juzgue el señor redactor de “La Batalla” a los cuervos de Palacio.
Mi querido amigo:
Le envío cuatro líneas escritas de ligero, por falta de tiempo, para saludar su patriótica publicación.
Cordialmente lo felicito por su buena idea: si los partidos no moderan sus ambiciones, el país se anarquiza; si la prensa no cambia de tono, nos barbarizamos.
Tenga usted la gloria de encabezar esta nueva cruzada de paz y conciliación.
Su amigo,
Señor Don Manuel de Losada Plissé.
“La Patria Colombiana”
Felicitamos cordialmente al señor Redactor de este periódico por la patriótica labor que ha emprendido, fundando tan útil publicación, con la mira de estimular el amor a la paz, única esperanza positiva de progreso y bienestar.
Si los círculos políticos no discuten con calma y buena fe, jamás saldremos de esta situación de alarma e inseguridad, la que vivimos ha muchos años.
La formación de nuevas agrupaciones políticas no debiera ser un motivo de amenaza para la pública tranquilidad, ante sí un camino más para llegar a la perfección republicana que se apetece. Mas, por desgracia, toda fracción que levanta una bandera pretende desde luego hacerla triunfar a todo trance, queriendo probar que fuera de su sombra no existe la República ni hay salud para la Patri. Los voceros de los diferentes círculos luchan y disputan con demasiada acritud, se lanzan sin reserva en la vía de las recriminaciones, discutiendo poco, pero hiriendo siempre a sus contrarios con el calor de enemigos personales.
Si tal sistema sigue adelante, la patria colombiana no verá nunca lucir en su fértil y dilatado territorio el sol de la República libre y feliz. Si la prensa no prescinde del tono agrio y destemplado con que cree cada parcialidad hacer triunfar sus propias opiniones, el reinado del orden, base del progreso, no llegará nunca, y viviremos en eterna lucha, alejando cada día más el venturoso porvenir que le está señalado a un país tan rico y bien situado como el nuestro, cuyos habitantes son, en lo general, pacíficos, laboriosos e inteligentes.
Si la prensa, en vez de apagar con patriótica porfía el fuego de la discordia que nos devora, se ocupa en fomentar las pasiones de partido con mutuas y constantes recriminaciones, imposible que la República se organice. Masas numerosas descuidan por completo sus derechos políticos, y no es justo ni patriótico que los encargados de representarlas las amenacen con la eterna perspectiva de la guerra.
Si la prensa no se ocupa seriamente del importante asunto de conciliar loa ánimos para establecer una paz sólida y duradera, la anarquía, que ha largos años pugna por establecer su imperio entre nosotros, vendrá a ser la herencia que leguemos a nuestros hijos, en cambio de la libertad que con su sangre compraron nuestros padres para dotarnos con el título de ciudadanos.
La prensa, que tan poderos influencia ejerce en la suerte de los pueblos, es el agente inmediato del orden o el vocero de la anarquía, y no es justo que los encargados de ella escandalicen y opriman con sus eternas y agresivas controversias a las mayorías pacíficas y benévolas; controversias que tienen por objeto la defensa de intereses de círculo, por resultado el malestar general, y que tendrán por término la disolución de la República.
Si los sacerdotes excomulgaran a todos sus correligionarios, si los médicos envenenaran a sus enfermos y si los jueces procesaran a los inocentes, procederían con el mismo desatino con que proceden los directores de la prensa, fomentando acerbos odios y preparando las guerras civiles que nos aniquilan y degradan.
La patria colombiana se siente desfallecer, se ahoga, se asfixia, su limpio y claro cielo de otro tiempo está cubierto de negras nubes que llevan en su seno la muerte; pero no es imposible purificar la atmósfera para que de nuevo luzca el sol de Colombia; basta un poco de templanza en las ambiciones políticas; que la prensa toda se encargue de salvar la patria, sacrificando en sus altares, no víctimas humanas, como se estila entre los bárbaros, sino ahogando el espíritu de partido, que toma ya las formas de aterradora furia.
Todos los partidos anhelan el bien de la patria, y si no lo hallan por el camino de la discordia, como está probado, claro es que debe buscársele en el seno de la tolerancia recíproca, echando a un lado el odio, la presunción y la codicia; cada uno puede girar dentro de la órbita de sus intereses legítimos sin producir el escándalo. La patria vale más que todas las teorías juntas y que las aspiraciones todas de los partidos que la escarnecen.
Solo el patriotismo leal y desinteresado puede salvar a Colombia, y ante este sacrosanto nombre, lleno de gloriosos recuerdos, es preciso deponer con entereza y buena voluntad rencillas y ambiciones. Preocuparse con la suma bondad de algunas reformas, para llevarlas a cabo a costa de la salud de la patria, es locura inconcebible; y es crimen que no tiene nombre anarquizar la República para que prepondere éste o el otro círculo.
La patria colombiana vuelve los ojos a sus hijos más notables, a los que llevan una pluma en la mano, rogándoles la dejen correr en el campo de la concordia. El sistema de controversia dura y cruel se ha ensayado por mucho tiempo, ensáyese ahora el opuesto, y en paralelo la agresión y la benevolencia, se verá cuál de los dos sistemas es más fecundo en bienes para la patria; nada se pierde en el ensayo, ni lo juzgamos impracticable, puesto que todos los interesados en la cosa pública aman la patria colombiana, y ella en peligro espera que los directores de la prensa se consagren a curar sus heridas, que exacerbadas producen la gangrena.
Bogotá, 18 de Diciembre de 18812.– P. P. C.
Bernardino Torres Torriente
Homenaje [ a Francisco Javier Zaldúa ]
He bendecido a Dios que nos da llanto
Para calmar el corazón herido,
Cual calma la lluvia al mar tempestuoso.
Martínez de la Rosa.
¡Lloremos, compatriotas! Lloremos. ¡La Patria está de luto!
Cuando el astro rey se oculta en Occidente, la luz del día se apaga en el hemisferio que deja y la Naturaleza se contrista: las sombras se extienden y cubren los encantos.
Cuando la luz del genio su apaga en la tumba, la Patria adolorida siente inmensa pesadumbre. La Naturaleza, aun eclipsada por las sombras de la noche, espera una nueva aurora, en tanto que la humanidad deplora siempre, y sin esperanza, la pérdida del hombre grande que, al llegar el ocaso de su vida, va a sepultarse en los abismos del infinito. Solamente le queda el nombre inmortal que consigna en la historia en homenaje a sus virtudes. ¿Solamente esto? No; deja tras sí una estela luminosa que en caracteres brillantes dice: “seguid esta huella.”
La estela del artista queda marcada en la belleza de sus obras, en las delicadas líneas de su buril, en los suaves y expresivos tintes de su paleta, en la expresión armoniosa de su lira.
La estela del sabio difunde su luz en todos los ámbitos de la tierra, penetra en las profundidades de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, descubriendo las evoluciones vitales del infusorio y las evoluciones armónicas de los mundos estelares; manifestando las leyes que rigen el universo físico y exponiendo los cánones del mundo moral.
La estela del hombre justo resplandece, como el sol divino que fecunda los campos, embellece las flores y colora los frutos e inspira el amor, fuente de todo lo grande, de todo lo noble, de todo lo bueno. Esta es la estela de salvación de la humanidad, y es la que ha dejado a su paso por el planeta el grande hombre, el magistrado probo, el ilustre Presidente de Colombia que acaba de morir, el ínclito republicano doctor Francisco Javier Zaldúa. Digno discípulo del eminente doctor Rafael María Vasquez, en el curso de tres años aprovechó sus lecciones, siendo un filósofo austero y distinguido. Alumno del Colegio de San Bartolomé, recibió y puso en práctica las lecciones de los egregios profesores de facultad mayor, Florentino González, Ezequiel Rojas, Francisco Soto, Manuel María Quijano, Benito Osorio y Juan de la Cruz Gómez Plata.
En política fue educado en la escuela republicana del Hombre de las leyes.
En su mente se desarrollaron los gérmenes de esas enseñanzas como la semilla en campo fértil, y dieron a su alma el temple y la virtud del hombre honrado, del varón justo, del espíritu fuerte y del genio del bien.
Dice San Pablo que en el primer rango de la procesión santa de la humanidad van los hombros del bien, en el segundo los hombres de ciencia y en el tercero los artistas; pues bien, el señor Zaldúa marchó en el primer rango. Liberal por convicción, sirvió a su Patria practicando y difundiendo los principios del cristianismo puro, base de la democracia. Siempre incontrastable, siguió la senda segura del deber. Firme en sus opiniones políticas, fue tolerante, respetando a sus contrarios. Su voz, hasta cierto punto, fue reputada como un oráculo. Él fue constantemente consultado por todos los ministerios del Gobierno liberal: sus consejos eran mandatos, y éstos eran la expresión del bien y la síntesis de su buena y honrada voluntad. Su alma elevóse a las alturas sin la menor mancha de ambición de mando; ocupó los destinos más importantes de su Patria, pero toda vez fue llamado y requerido para ello; aceptó por deber de patriotismo los cargos públicos, jamás por lucro o interés personal. Su ideal y su objetivo fueron el progreso de la Nación, especialmente en la vía de la moralidad. Fue, en fin, el hombre del bien.
Desde sus primeros años se hizo notar por su clara inteligencia, por el arreglo de sus costumbres y por su severidad en el cumplimiento de sus obligaciones.
He trazado estas líneas con pleno conocimiento del grande hombre de que vengo hablando: hicimos juntos los cursos de literatura, filosofía, jurisprudencia y medicina durante diez años; además de ser condiscípulos fuimos concolegas; desde su juventud me honró con su amistad y este vínculo sagrado fue permanente hasta los últimos días de su existencia. Pesa, pues, sobre mí la grande pena del fin de su jornada terrestre.
Me uno a sus deudos para llorar su muerte, a mis compatriotas para deplorar su ausencia, y al mundo para admirar los ejemplares hechos de su vida.
Bogotá, Diciembre 25 de 1882.
Academia nacional de música
Como era de esperarse, atendida la laboriosidad de los profesores y la aplicación de los alumnos de esta Academia durante el año que va a terminar, el certamen que por medio de un concierto a grande orquesta presentaron los mismos alumnos, estuvo a la altura de los aplausos que le prodigó una, hasta cierto punto, entendida concurrencia en achaques de arte musical.
Nuestros parabienes a alumnos y profesores por tanto.
El repertorio con que se estrenó la orquesta de la Academia fue selecto por los importantes trozos que contenía, y su ejecución, relativamente a los esfuerzos de solo un año, de bastante mérito, y una esperanza del arte en nuestro país. Sobre todo, mereció numerosos aplausos, y los honores de la repetición, pedida por la concurrencia, el himno God save the queen de Inglaterra, y el de Colombia, música del maestro Sindici y letra de Isaacs. Antes de esa fiesta del arte no habíamos oído el himno de Colombia. La letra no podría ser calificada por nosotros; su música tiene indudablemente rasgos magistrales que bien pudieran levantar el ánimo del guerrero colombiano, si bien hay algunos que no parecen ser una fiel interpretación del sentimiento del país.
Y es que:
“Los himnos del pueblo no se escriben sobre el pentagrama, con las reglas de la armonía y del contrapunto, sino en el campo de batalla, entre los alaridos de los vencedores y los ayes de los moribundos.”
“Los himnos del pueblo no se elaboran en el bufete del compositor, ni se ensayan en un piano de Erhard, sino que se improvisan en un campamento, y sus estrofas se escriben con un carbón recogido entre las cenizas de un vivac.”
“Los pueblos en medio de la paz se enervan, entonan la canción del taller, el retornello báquico o repiten un coro de zarzuela.”
“Un himno nacional se entona al pie de una bandera desgarrada por las balas, ennegrecida por la pólvora, que flamea entre los rugidos del combate y que lleva a un pueblo que defiende su suelo y su libertad a la victoria o a la muerte.”
El himno de Sindici no despierta, en su armonía, recuerdos de luchas, de combates y de victorias; y así no puede ser entre nosotros himno nacional.
* * *
Donde sí nos pareció el adelantado compositor digno de la reputación artística de que goza, fue en la instrumentación de su, en cierto sentido, célebre pieza.
Es fuera de duda que la Academia ha realizado adelantos que sin su simpático e inteligente di rector, su ilustrado consejo y sus escogidos alumnos, no habrían maravillado al público.
Por ahora solo resta que el gobierno expida un reglamento para la Academia, de acuerdo con las exigencias de ella y atendiendo al atraso del país en materia de música.
Diálogo.
Dos días antes de la muerte del doctor Zaldúa, discutían los Secretarios Paul y Urueta. Adivine el lector sobre qué versaba la discusión. Sobre un punto nada menos que constitucional. Opinaba Urueta que los Secretarios de Estado duraban en el ejercicio de sus funciones dos meses después de posesionado el nuevo Presidente. Paul opinaba del modo contrario.
—Me permite, compadre, que le diga una cosa.
—No, no; las cosas son o no son; y de no, ya veremos lo que hace el nuevo Presidente.
—Bien, compadre, ¿pero me permite Usted que le diga una cosa? dos razones tengo para no opinar con Usted: una constitucional y otra política. La primera es que a nosotros también nos comprenden las generales de la ley, pues todos los empleados duran en el ejercicio de sus funciones dos meses después de la posesión del Presidente de la República; y la segunda, que por nuestro carácter de independientes, Otálora tratará de gobernar con los que lo hemos elevado.
—Pero nuestra delicadeza está de por medio.
—No, indelicado sería el otro; fuimos nombra dos por el presidente de derecho de los Estados Unidos de Colombia.
—¡Ah! Si el doctor Núñez se hace cargo de la Presidencia, él, de seguro, nos nombrará nuevamente para las carteras a nuestro cargo hoy. Estudie Usted los acontecimientos y verá que si Otálora viene al poder, Usted y yo seremos echados a la calle y nos quedaremos con las manos vacías y con la vergüenza en la cara. Debemos por dignidad renunciar. Otro proceder se parecería mucho al de Quijano Wallis, que se propone, contra su propia reputación, no renunciar. Por otra parte, es para nosotros interesante que Noguera renuncie, para que regrese a la Costa a ponerse de acuerdo con el Doctor, y así sabremos a qué atenernos.
—Bueno, compadre; ya yo me he explicado; se hará lo que Usted dice. Hoy, sin embargo, no estoy completamente de acuerdo con el doctor Núñez ni con Otálora, y cónstele que sospecho que voy a caer de redondo y por toda una eternidad.
Entre tanto agonizaba en su lecho el mártir de la situación.
Juzgue el señor redactor de “La Batalla” a los cuervos de Palacio.
He bendecido a Dios que nos da llanto
Para calmar el corazón herido,
Cual calma la lluvia al mar tempestuoso.
Martínez de la Rosa.
¡Lloremos, compatriotas! Lloremos. ¡La Patria está de luto!
Cuando el astro rey se oculta en Occidente, la luz del día se apaga en el hemisferio que deja y la Naturaleza se contrista: las sombras se extienden y cubren los encantos.
Cuando la luz del genio su apaga en la tumba, la Patria adolorida siente inmensa pesadumbre. La Naturaleza, aun eclipsada por las sombras de la noche, espera una nueva aurora, en tanto que la humanidad deplora siempre, y sin esperanza, la pérdida del hombre grande que, al llegar el ocaso de su vida, va a sepultarse en los abismos del infinito. Solamente le queda el nombre inmortal que consigna en la historia en homenaje a sus virtudes. ¿Solamente esto? No; deja tras sí una estela luminosa que en caracteres brillantes dice: “seguid esta huella.”
La estela del artista queda marcada en la belleza de sus obras, en las delicadas líneas de su buril, en los suaves y expresivos tintes de su paleta, en la expresión armoniosa de su lira.
La estela del sabio difunde su luz en todos los ámbitos de la tierra, penetra en las profundidades de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, descubriendo las evoluciones vitales del infusorio y las evoluciones armónicas de los mundos estelares; manifestando las leyes que rigen el universo físico y exponiendo los cánones del mundo moral.
La estela del hombre justo resplandece, como el sol divino que fecunda los campos, embellece las flores y colora los frutos e inspira el amor, fuente de todo lo grande, de todo lo noble, de todo lo bueno. Esta es la estela de salvación de la humanidad, y es la que ha dejado a su paso por el planeta el grande hombre, el magistrado probo, el ilustre Presidente de Colombia que acaba de morir, el ínclito republicano doctor Francisco Javier Zaldúa. Digno discípulo del eminente doctor Rafael María Vasquez, en el curso de tres años aprovechó sus lecciones, siendo un filósofo austero y distinguido. Alumno del Colegio de San Bartolomé, recibió y puso en práctica las lecciones de los egregios profesores de facultad mayor, Florentino González, Ezequiel Rojas, Francisco Soto, Manuel María Quijano, Benito Osorio y Juan de la Cruz Gómez Plata.
En política fue educado en la escuela republicana del Hombre de las leyes.
En su mente se desarrollaron los gérmenes de esas enseñanzas como la semilla en campo fértil, y dieron a su alma el temple y la virtud del hombre honrado, del varón justo, del espíritu fuerte y del genio del bien.
Dice San Pablo que en el primer rango de la procesión santa de la humanidad van los hombros del bien, en el segundo los hombres de ciencia y en el tercero los artistas; pues bien, el señor Zaldúa marchó en el primer rango. Liberal por convicción, sirvió a su Patria practicando y difundiendo los principios del cristianismo puro, base de la democracia. Siempre incontrastable, siguió la senda segura del deber. Firme en sus opiniones políticas, fue tolerante, respetando a sus contrarios. Su voz, hasta cierto punto, fue reputada como un oráculo. Él fue constantemente consultado por todos los ministerios del Gobierno liberal: sus consejos eran mandatos, y éstos eran la expresión del bien y la síntesis de su buena y honrada voluntad. Su alma elevóse a las alturas sin la menor mancha de ambición de mando; ocupó los destinos más importantes de su Patria, pero toda vez fue llamado y requerido para ello; aceptó por deber de patriotismo los cargos públicos, jamás por lucro o interés personal. Su ideal y su objetivo fueron el progreso de la Nación, especialmente en la vía de la moralidad. Fue, en fin, el hombre del bien.
Desde sus primeros años se hizo notar por su clara inteligencia, por el arreglo de sus costumbres y por su severidad en el cumplimiento de sus obligaciones.
He trazado estas líneas con pleno conocimiento del grande hombre de que vengo hablando: hicimos juntos los cursos de literatura, filosofía, jurisprudencia y medicina durante diez años; además de ser condiscípulos fuimos concolegas; desde su juventud me honró con su amistad y este vínculo sagrado fue permanente hasta los últimos días de su existencia. Pesa, pues, sobre mí la grande pena del fin de su jornada terrestre.
Me uno a sus deudos para llorar su muerte, a mis compatriotas para deplorar su ausencia, y al mundo para admirar los ejemplares hechos de su vida.
Bogotá, Diciembre 25 de 1882.
Como era de esperarse, atendida la laboriosidad de los profesores y la aplicación de los alumnos de esta Academia durante el año que va a terminar, el certamen que por medio de un concierto a grande orquesta presentaron los mismos alumnos, estuvo a la altura de los aplausos que le prodigó una, hasta cierto punto, entendida concurrencia en achaques de arte musical.
Nuestros parabienes a alumnos y profesores por tanto.
El repertorio con que se estrenó la orquesta de la Academia fue selecto por los importantes trozos que contenía, y su ejecución, relativamente a los esfuerzos de solo un año, de bastante mérito, y una esperanza del arte en nuestro país. Sobre todo, mereció numerosos aplausos, y los honores de la repetición, pedida por la concurrencia, el himno God save the queen de Inglaterra, y el de Colombia, música del maestro Sindici y letra de Isaacs. Antes de esa fiesta del arte no habíamos oído el himno de Colombia. La letra no podría ser calificada por nosotros; su música tiene indudablemente rasgos magistrales que bien pudieran levantar el ánimo del guerrero colombiano, si bien hay algunos que no parecen ser una fiel interpretación del sentimiento del país.
Y es que:
“Los himnos del pueblo no se escriben sobre el pentagrama, con las reglas de la armonía y del contrapunto, sino en el campo de batalla, entre los alaridos de los vencedores y los ayes de los moribundos.”
“Los himnos del pueblo no se elaboran en el bufete del compositor, ni se ensayan en un piano de Erhard, sino que se improvisan en un campamento, y sus estrofas se escriben con un carbón recogido entre las cenizas de un vivac.”
“Los pueblos en medio de la paz se enervan, entonan la canción del taller, el retornello báquico o repiten un coro de zarzuela.”
“Un himno nacional se entona al pie de una bandera desgarrada por las balas, ennegrecida por la pólvora, que flamea entre los rugidos del combate y que lleva a un pueblo que defiende su suelo y su libertad a la victoria o a la muerte.”
El himno de Sindici no despierta, en su armonía, recuerdos de luchas, de combates y de victorias; y así no puede ser entre nosotros himno nacional.
* * *
Donde sí nos pareció el adelantado compositor digno de la reputación artística de que goza, fue en la instrumentación de su, en cierto sentido, célebre pieza.
Es fuera de duda que la Academia ha realizado adelantos que sin su simpático e inteligente di rector, su ilustrado consejo y sus escogidos alumnos, no habrían maravillado al público.
Por ahora solo resta que el gobierno expida un reglamento para la Academia, de acuerdo con las exigencias de ella y atendiendo al atraso del país en materia de música.
Dos días antes de la muerte del doctor Zaldúa, discutían los Secretarios Paul y Urueta. Adivine el lector sobre qué versaba la discusión. Sobre un punto nada menos que constitucional. Opinaba Urueta que los Secretarios de Estado duraban en el ejercicio de sus funciones dos meses después de posesionado el nuevo Presidente. Paul opinaba del modo contrario.
—Me permite, compadre, que le diga una cosa.
—No, no; las cosas son o no son; y de no, ya veremos lo que hace el nuevo Presidente.
—Bien, compadre, ¿pero me permite Usted que le diga una cosa? dos razones tengo para no opinar con Usted: una constitucional y otra política. La primera es que a nosotros también nos comprenden las generales de la ley, pues todos los empleados duran en el ejercicio de sus funciones dos meses después de la posesión del Presidente de la República; y la segunda, que por nuestro carácter de independientes, Otálora tratará de gobernar con los que lo hemos elevado.
—Pero nuestra delicadeza está de por medio.
—No, indelicado sería el otro; fuimos nombra dos por el presidente de derecho de los Estados Unidos de Colombia.
—¡Ah! Si el doctor Núñez se hace cargo de la Presidencia, él, de seguro, nos nombrará nuevamente para las carteras a nuestro cargo hoy. Estudie Usted los acontecimientos y verá que si Otálora viene al poder, Usted y yo seremos echados a la calle y nos quedaremos con las manos vacías y con la vergüenza en la cara. Debemos por dignidad renunciar. Otro proceder se parecería mucho al de Quijano Wallis, que se propone, contra su propia reputación, no renunciar. Por otra parte, es para nosotros interesante que Noguera renuncie, para que regrese a la Costa a ponerse de acuerdo con el Doctor, y así sabremos a qué atenernos.
—Bueno, compadre; ya yo me he explicado; se hará lo que Usted dice. Hoy, sin embargo, no estoy completamente de acuerdo con el doctor Núñez ni con Otálora, y cónstele que sospecho que voy a caer de redondo y por toda una eternidad.
Entre tanto agonizaba en su lecho el mártir de la situación.
Juzgue el señor redactor de “La Batalla” a los cuervos de Palacio.
[ El primer número de La Patria Colombiana. Periódico de política, ciencias, filosofía, literatura, historia, artes, industria, moral, instrucción, viajes, variedades, comercio y anuncios (director propietario y redactor en jefe, Manuel de Losada Plisé), se publicó en Bogotá en diciembre de 1882, al menos tres días antes (Pedro Pablo Cervantes firma el 18 de diciembre de 1882 su felicitación y noticia sobre el nuevo periódico) de la muerte de Francisco Javier Zaldúa (16.º Presidente de los Estados Unidos de Colombia, 1 abril-21 diciembre 1882). El editorial de este segundo número (15 enero 1883) parece estar escrito antes de la muerte de Zaldúa. Bernardino Torres Torriente firma el 25 de diciembre su “Homenaje”. En la nota sobre el concierto ofrecido por la Academia nacional de música, donde no deja de llamar la atención que un público controlado por la agitación y propaganda británica pidiera que se repitiese el himno inglés God save the queen, se menciona al compositor del himno de Colombia, Oreste Sindici (1828-1904), y a su letrista, Jorge Isaacs (1837-1895). En el “Diálogo”, “dos días antes de la muerte del doctor Zaldúa”, reproducido de La Batalla, que se atribuye al Secretario de Fomento, Felipe F. Paúl (†1912) con Rufo Urueta (Magangué 1845), Secretario de Instrucción pública; son mencionados José María Quijano Wallis (1847-1922), Secretario de Relaciones Exteriores; Benjamín Noguera, Secretario de Guerra y Marina; Rafael Núñez Moledo (1825-1894, predecesor de Zaldúa como 15.º presidente de los Estados Unidos de Colombia); y José Eusebio Otálora (1826-1884, 18.º presidente de los Estados Unidos de Colombia). Conviene recordar que el mismo día 21 de diciembre de 1882 presentaron la renuncia en sus destinos de Secretarios de Estado, ante el Señor Procurador general de la Nación encargado del Poder Ejecutivo: José de Jesús Alviar, José M. Quijano Wallis, Napoleón Borrero, Emigdio Paláu, Rufo Urueta y Felipe F. Paúl; renuncia que no fue aceptada por Clímaco Calderón, quién sí aceptó la de Benjamín Noguera, “en atención al carácter de irrevocable con que se presenta”, siendo encargado Rufo Urueta también de ese despacho (La Nueva Alianza, nº 10, Bogotá 28 diciembre 1882, pág. 2). ]