Filosofía en español 
Filosofía en español


Modesto Lafuente y Zamalloa

Biog. Célebre historiador español, nacido en el lugar de de Ravanal de los Caballeros a 1.° de mayo de 1806. Muerto a 25 de octubre de 1866. Hijo de un médico de nota establecido en Cervera de Pisuerga, aprendió en este pueblo las primeras letras y la lengua latina con singular despejo; estudió en el Seminario de León tres cursos de Filosofía (1819-22); ganó en el mismo establecimiento cuatro cursos de Instituciones teológicas; uno de Religión y Moral y otro de sagrada Escritura; aprobó luego en la Universidad de Santiago dos cursos de Derecho romano, y en el Seminario de Astorga los cursos quinto y sexto de Teología (éstos por segunda vez), el séptimo de Concilios y Disciplina general de la Iglesia y particular de España, y obtuvo en todos los exámenes la nota de sobresaliente. Defendió como alumno tres actos de Conclusiones públicas en los cursos de Lógica, Física y Sagrada Escritura, y en León se le dio por el Seminario (1830) el título de sustituto de todas las cátedras, con sueldo, honores y prerrogativas de catedrático, y el de moderante de la Academia de Oratoria, siendo el primero que en dicho colegio enseñó dicha Facultad, y notándose luego los progresos de los alumnos. Nombrado bibliotecario mayor por el obispo Leonardo Santander, puso en el mejor orden la biblioteca y formó un índice de la misma. Graduose de Bachiller en Teología, nemine discrepante, en la Universidad de Valladolid (1832), y en el mismo año, previa oposición, se le confió una cátedra de Filosofía que desempeñó durante dos cursos, regentando también la de Retórica. Esto era en Astorga, donde por nueva oposición alcanzó en 1834 una cátedra de Teología. Ya en 1824 había necesitado vencer no escasa resistencia para ingresar como alumno en el Seminario de León, a causa de haberse señalado por su liberalismo en los tres años anteriores. Ordenado de primera tonsura, decidiose al cabo por la carrera civil, y después de haber sido secretario de la Junta diocesana de regulares de León, y luego de la decimal, obtuvo el nombramiento de oficial primero político de aquella capital (2 de septiembre de 1837). Transcurridos unos cinco meses quedó cesante, a pesar del gran concepto en que lo tenían sus jefes. La Diputación provincial de León se apresuró a nombrarle oficial primero de su secretaría, y antes de un mes le envió la de Cáceres el nombramiento de secretario, con el sueldo de 16.000 reales. No aceptó Lafuente este destino, porque resolvió trasladarse a Madrid para probar fortuna con su Fray Gerundio, periódico que en marzo o abril de 1837 había empezado a publicar en León, en estilo festivo, crítico y satírico, atacando en él los abusos, defendiendo las economías, las reformas y los principios liberales, y censurando la guerra civil carlista. Acertó en sus cálculos, pues en la capital de España vio aumentar con fabulosa celeridad las suscripciones. Sirviole de mucho entonces la experiencia del impresor, que lo fue Francisco de Paula Mellado, con cuya hermana casó Lafuente. Este en Madrid estrenó sus armas periodísticas combatiendo al Ministerio presidido por el conde de Ofalia, tildado de absolutista; mas el Fray Gerundio realizó su campaña en la época del Gabinete dirigido por D. Evaristo Pérez de Castro, y que vivió algo más de diecinueve meses. Lafuente en aquel periodo sufrió breve destierro, con motivo de la publicación de un grabado en que representaba a la mayoría del Congreso tragándose actas como ruedas de molino. «Sin duda, el título de Fray Gerundio, ha dicho Ferrer del Río, sacólo de la obra del P. Isla, mas no con propósito de imitar a aquel prototipo de revesado y campanudo lenguaje; antes bien, resalta por la llaneza el suyo. D. Modesto Lafuente era la personificación de Fray Gerundio a los ojos de todos; y real parecía la existencia del imaginario Tirabeque, lego a quien hizo popularísimo en sus capilladas. Como todo pasaba entre los frailes, sus diálogos a menudo huelen a sala de profundis o a refectorio; y éste es uno de los méritos principales de aquel periódico originalísimo por esencia: otro más alto estriba notoriamente en discutir sobre las materias más intrincadas tal como lo haría cualquier campesino, si fuera culto y se hallara en proporción de formar juicios propios; identificándose con los más rústicos y vulgares, y dándoles bien digeridas las especies, por buen camino llegó al disfrute de una popularidad extraordinaria y bien merecida. Sobremanera trabajó por la ilustración pública y con gran fruto, pues no había rincón de España, donde no se leyera el Fray Gerundio a solas o ante numeroso auditorio. Dos capilladas se publicaban semanales, y próximamente se tiraban seis mil ejemplares. Jamás tuvo D. Modesto Lafuente que arrepentirse de figurar como esparcidor de malas doctrinas, pues de continuo se esforzó por el progreso moral y material de su patria.» Afines sus ideas a las de los progresistas, aguzó el ingenio para que el periódico no decayera, cuando aquéllos ocuparon el gobierno. Visitó las provincias andaluzas y otras, y durante algunos meses vivió en continua fiesta, agasajado por Diputaciones provinciales, Ayuntamientos y pueblos. Obtenía con su trabajo, no sólo honra, sino también regular provecho, y sin embargo no habían pasado muchos meses cuando cesó de improviso en la publicación del Fray Gerundio, por no haber hallado la debida reparación legal de un atropello. Formaba ya el periódico 17 tomos, y sólo en América se vendieron 15.000 volúmenes a precio bastante subido por los portes. Corría el año de 1843, y habían vuelto los moderados al gobierno, cuando Lafuente visitaba Francia, Bélgica y Holanda, y ya de regreso en España, hacía amenísima descripción de sus viajes con éxito que acreditan dos ediciones pronto agotadas. Con el título de Teatro Social del siglo XIX publicó veintinueve funciones, nombre aplicado a las antiguas capilladas, siguiendo el tono del Fray Gerundio y sin apartarse del gracioso lego Pelegrín Tirabeque. «Poco hay allí de política militante, escribe Ferrer del Río, y mucho de costumbres: Cubí aparece con su frenología y su magnetismo, y el doctor Núñez con su homeopatía de moda; bajo el epíteto de Don Fruto de las Minas, se lee una historia novelesca e instructiva en sumo agrado; bajo el de La empleatividad una comedia en tres actos, donde un D. Juan figura como pretendiente, empleado y cesante; bajo el de Madrid en 1820 o Aventuras de D. Lucio Lanzas, se ve un gran cuadro de transformación de la capital de España a la francesa. Acerca de La Civilización hay varias conferencias, en las cuales tercia un D. Magín con Fray Gerundio y con su lego... Muy notables artículos hay además sobre la Bolsa, los desafíos y los suicidios. De interés extraordinario es la serie de decoraciones relativas al Movimiento universal del mundo.» El Teatro Social, que había aparecido a principios de 1846, dejó de publicarse en 30 de agosto. En 1847 imprimió el festivo escritor un opúsculo intitulado Viaje aerostático de Fray Gerundio y Tirabeque y dividido en dos partes: la primera es una reseña de la navegación aérea, y la segunda una sátira del estado político de Europa, sin excluir a España. Los graves acontecimientos de 1848 le dieron materia para escribir la Revista Europea, que dio a la estampa de quince en quince días con el mismo éxito de todos sus escritos y durante un año justo, con lo que formó cuatro tomos. Al principio de cada número hay una reseña de lo que iba aconteciendo en Europa, y el resto lo llenan sabrosos artículos gerundianos, casi todos de circunstancias. El último número apareció en 30 de abril de 1849. Ya en este tiempo había resuelto Lafuente escribir una Historia de España. Cómo nació y arraigó esta idea en su espíritu, lo sabrá el lector consultando la biografía del historiador escrita por Ferrer del Río, y con la que generalmente termina la citada obra. Con el trabajo había asegurado el sustento, y así, con plena holgura, podía acometer la difícil tarea. Compró libros y colecciones de documentos; consultó las obras y manuscritos de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia; exploró el archivo de la corona de Aragón en Barcelona y el de Simancas (1849), y fue su actividad tan asombrosa que, cuando estalló la revolución de 1854, ya había publicado siete volúmenes de su Historia. El gobierno le había recompensando nombrándole vocal supernumerario del Consejo de Instrucción pública y de la Junta Consultiva de Archivos, y la Academia de la Historia le contaba entre sus individuos, mereciendo el general aplauso su discurso de recepción, en el que estudiaba el califato de Córdoba. Elegido representante de León en las Cortes Constituyentes, figuró en éstas entre los individuos de la comisión encargada de presentar las bases para una nueva Constitución política. Con tal motivo defendió con entusiasmo en varios discursos, y logró que las Cortes aceptaran, el principio de la unidad religiosa. La Constitución nueva, sin embargo, no rigió al cabo. Lafuente imprimió por aquellos días un opúsculo que tuvo gran aceptación y en el que demostraba el alcance de la base segunda del citado proyecto constitucional, probando quo no se alteraba la unidad religiosa. Afiliado luego al partido de la unión liberal, que acaudillaba O’Donnell, tomó asiento en todas las Cortes reunidas con posterioridad a las Constituyentes como diputado por Astorga y merced a su influencia propia. En aquellos años redactó dos veces el proyecto do contestación al discurso de la corona, y por esta y otras causas hizo muy conveniente y atinado uso de su fácil palabra. Como presidente de la Comisión de Mensaje a principios de 1861 resumió los debates, y como vicepresidente primero del Congreso pronunció desde la silla presidencial (8 de febrero de 1862) un breve y sentido discurso en elogio de Martínez de la Rosa, muerto en el día anterior. Propuso luego, y se acordó, que se colocara dentro del Congreso el retrato o busto del finado. De 1854 a 1856 había sido vocal de la Junta general de Beneficencia, de la consultiva de Ultramar y de la Comisión interventora de la Real Compañía de canalización del Ebro. Ningún sueldo percibió del Estado desde el tiempo de su cesantía en el cargo de oficial del gobierno de León hasta que en los primeros días de octubre de 1856 se le nombró director de la Escuela de Diplomática, y en julio del mismo año, por designación de Moyano, concurrió al examen de la ley de Instrucción pública. Hacia la misma fecha ingresó en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En julio de 1858 obtuvo el puesto de presidente de la Junta superior directiva de Archivos y Bibliotecas y la gran cruz de Isabel la Católica, libre de todo gasto, como gracia especial y en recompensa del servicio que prestaba con la publicación de su Historia general de España. Individuo del Consejo de Estado (agosto de 1860), dimitió este destino (noviembre de 1863) para presentarse como candidato de oposición a los electores de Astorga, que le dieron sus sufragios; y aunque volvió al citado Consejo (agosto de 1864), nuevamente dejó el empleo (noviembre) para defender desembarazadamente, también en Astorga, su candidatura en otras elecciones para diputados a Cortes. A su muerte, precipitada por el exceso de trabajo, era otra vez Consejero de Estado, y próximo estaba a figurar como senador del reino, según todas las verosimilitudes. Era individuo de varias Sociedades Económicas de Amigos del País y de no pocas Academias nacionales y extranjeras. «Para su celebridad imperecedera le bastaría, dice Ferrer del Río, la colección voluminosa del Fray Gerundio, en donde aparece suelto versificador y fácil prosista, siempre agudo y atento a ser fiel intérprete de la sana razón y el buen sentido. Pero su mayor lauro en la república de las letras será de juro el ganado legítimamente con la Historia general de España.» Y más adelanto agrega: «Un monumento insigne ha levantado el antiguo Fray Gerundio a su patria con la historia que hará su nombre imperecedero hasta nuestros últimos descendientes, aunque le igualen o superen otros en fama por trabajos de la misma índole.» Entre las últimas ediciones de la Historia de España se cuentan dos, una de lujo y otra económica, debidas a la casa que publica este DICCIONARIO.