Filosofía en español 
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Abdicar

Por demás extenso y variado ha sido el sentido que se ha dado a esta palabra. Entre los griegos se significaba con ella la dejación que hacía el padre de la patria potestad por medio de la enajenación de los hijos. Los romanos la aplicaron, entre otras acepciones, para manifestar la renuncia que hacía un hombre libre de su libertad personal, convirtiéndose voluntariamente en esclavo. En otras partes se ha expresado el completo abandono de la patria primitiva, y por consiguiente de los derechos y privilegios que por calidad de ciudadano competen. En una palabra, toda cesión de cualquiera dignidad, empleo, estado o condición se designaba con la palabra abdicar.

Pero la acepción más generalizada y que ha adquirido carta de naturaleza en la ciencia jurídica, es la que denota la dimisión del poder supremo, sea cual fuere. En este sentido, abdicar es renunciar voluntariamente un soberano la suprema autoridad que posee, para que la sociedad a quien gobierna disponga de ella con arreglo a las leyes por que se rige. Comprende, por consiguiente, no solo a los reyes, sino también a los Papas, Emperadores, presidentes de república y demás jefes supremos del Estado, cualquiera que sea el nombre con que se les designe.

Disputan los tratadistas de derecho acerca de si la suprema dignidad es o no renunciable. Con respecto al Sumo Pontificado la cuestión no ofrece duda alguna; aparte del ejemplo de Celestino V, que la renunció, tenemos la notable decretal de Bonifacio VIII, que para poner término a las discusiones sobre esta materia, la resolvió en sentido afirmativo. Quoniam aliqui curiosi disceptantes de iis, quæ non midtum expediunt... in dubitationem solicitant, an Romanus Pontifex (máxime cum se insufficientem agnoscit ad regendam universalem Ecclesiam, et summi Pontificatus onera supportanda), renunciare valeat Papatui... Cælestinus Papa quintus volens super hoc hæsitationis cujuslibet materiam amputare, deliberatione habita cum suis fratribus Ecclesiae Romanæ Cardinalibus, auctoritate apostólica statuit et decrevit, Romanum Pontificem posse libere resignare. Nos igitur, ne statutum hujusmodi per temporis cursum oblivioni dari, aut dubitationem eamdem in recidivam disceptationem ulterius deduci contingat, ipsum inter constitutiones alias ad perpetuam rei memoriam, de fratrum nostrorum consilio duximus redigendum.{1}

Con respecto a la suprema autoridad civil, unos niegan y otros conceden esta facultad. Fúndanse los primeros en que todo poder trae su origen del derecho natural o del divino; en el primer caso no es posible la abdicación, porque por derecho natural el rey no tiene el derecho de reinar, y por consiguiente de renunciar; mucho menos en el segundo, porque habiendo recibido la autoridad por voluntad divina, no puede despojarse de ella a su antojo. Dicen los contrarios que el derecho natural no es incompatible con la idea del mando supremo, y aunque lo fuera, en el mero hecho que existe este supremo poder, la persona que lo tiene ha de estar forzosamente facultada para renunciarlo, cuando causas graves o el bien del Estado así lo reclamen; y con mayor motivo en las monarquías de derecho divino, porque en este caso el rey tiene la sagrada obligación de hacer cuanto el interés general exija, para llenar la elevada misión que Dios le ha confiado.

Fácilmente se comprende que un acto de tamaña trascendencia, que puede afectar hondamente al bienestar de una nación, esté sujeto a rigurosas formalidades, y que las leyes tomen todo género de garantías para evitar las perturbaciones a que se vería expuesto un pueblo, si en momentos dados se viese huérfano de autoridad; pero de las limitaciones que se impongan a un príncipe, para que no pueda abandonar su puesto sino sujetándose a un procedimiento dado, a negarle en absoluto la facultad de renunciar, parécenos que media una gran distancia. Sería injusto y antipolítico obligar a una persona a desempeñar perpetuamente y contra su voluntad un cargo de suyo difícil y espinoso, sobre todo cuando por una penosa enfermedad, ineptitud reconocida u otra grave causa, se ve imposibilitado de administrar los sagrados intereses de la sociedad.

Las naciones todas ofrecen abundantes ejemplos de soberanos que por uno u otro motivo han acudido a este recurso. En España, aparte de otras renuncias de reyes de los antiguos reinos, son notables la de Carlos V, que siendo el monarca más poderoso de Europa, abdicó la corona en 1556, para tomar el hábito de monje en el monasterio de Yuste, y la de Felipe V, que después de una larga y devastadora guerra por reinar, abdicó en 1724, retirándose a San Lorenzo. En nuestros días tenemos también la de doña Isabel II, hecha en París en el año 1870 en favor de su hijo D. Alfonso, y la de Amadeo I en 1873, hecha absolutamente en su nombre, y en el de sus hijos y sucesores.

J. P. Angulo.

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{1} Lib. I, tít. VI, cap. I in VI.