Burgos · España
 

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El Campeador llevando
consigo siempre la Victoria
fue por su nunca fallida
clarividencia
por la prudente firmeza
de su carácter y por su
heroica bravura
un milagro de los grandes
milagros del Creador

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Año 1099 : en España
dentro en Valencia murió
el Conde Rodrigo Díaz.
Su muerte causó el más
grave duelo
en la Cristiandad
y gozo grande entre
sus enemigos


El Ayuntamiento de Burgos rediseñó a principios de los años cincuenta del siglo XX la «Plaza del Mío Cid» (antigua plaza de San Pablo) y el puente de San Pablo, convertido en Via Cidiana, celebrándose el 24 de julio de 1955 la inauguración del conjunto, en la forma de un gran homenaje al Cid, presidido por el mismísimo Jefe del Estado español, general Francisco Franco. La estatua ecuestre en bronce del Cid fue esculpida por Juan Cristóbal González Quesada [nacido en 1897 en Ohanes (Almería), amigo de la Unión Soviética en 1933, fallecido en 1961 en Cadalso de los Vidrios (Avila)]. La providencialista inscripción del lado izquierdo presenta al victorioso Campeador como «un milagro de los grandes milagros del Creador»; la del lado derecho, «en España dentro en Valencia» [«Ya vie mio Çid que dios le iba valiendo / dentro en Valencia no es poco el miedo», Poema del Cid], recuerda el gozo habido entre los enemigos de la Cristiandad a su muerte.

El Cid se dispone a cruzar el Arlanzón y salir de la ciudad de Burgos, camino del destierro, Campeador a lomos de su broncíneo corcel, quizá Babieca, barba florida y capa al viento, blandiendo firme la Tizona (que hasta más adelante no ganó la Colada), flanqueado por los suyos, ocho de los cuales permanecen firmes como estatuas de piedra sobre el puente de San Pablo.

Monumento en la Plaza del Mio Cid de BurgosMonumento en la Plaza del Mio Cid de BurgosMonumento en la Plaza del Mio Cid de Burgos

Mediado el siglo veinte el enemigo de la Cristiandad ya no son los medievales sarracenos mahometanos, sino el comunismo encarnado en la Unión Soviética. Y el Cid, fiel a su patria, guerrero y vertebrador de la España medieval a pesar de la torpeza y los intereses particulares de los reyes, parece haberse reencarnado en el Caudillo, fiel a su patria, guerrero y vertebrador de la España que, por la torpeza e intereses particulares de sus reyes y gobernantes, a punto estuvo de sucumbir ante el internacionalismo expansivo del Imperio soviético. El gran héroe medieval español, el Cid Campeador, constituye sin duda una figura imprescindible en la historia de España, pero representa también un modelo que debe tenerse en cuenta en la Guerra Fría de la Cristiandad contra los malvados enemigos del momento. En 1955, el mismo año en el que España conmemora al Cid en Burgos, el Imperio triunfante en la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos del Norte de América, apoyan la entrada de España en la ONU. El 21 de diciembre de 1959 el general presidente Eisenhower se acerca incluso a la base que su imperio tenía en Torrejón de Ardoz para poder abrazar cariñoso al general caudillo Franco. Y Hollywood se encarga de consagrar el mito para la propaganda occidental: en 1961 se estrena la magnífica superproducción norteamericana rodada en España, El Cid, obra maestra de la épica cinematográfica, producida por Samuel Bronston y dirigida por Anthony Mann, con el propio gran sabio cidiano don Ramón Menéndez Pidal como asesor histórico, y un reparto inmejorable: Charlton Heston hace de Cid, Sofía Loren es doña Jimena...

«El Cid es el espíritu de España. Suele ser en la estrechez y no en la opulencia cuando surgen estas grandes figuras. Las riquezas envilecen y desnaturalizan, lo mismo a los hombres que a los pueblos. Ya lo vislumbraba nuestro genial escritor y glorioso manco en su historia inmortal, en la pugna ideológica del Caballero Andante y del escudero Sancho. Lanzada una nación por la pendiente del egoísmo y la comodidad, forzosamente tenía que caer en el envilecimiento. Así pudo llegarse a esa monstruosidad que hace unos momentos se evocaba de alardear de cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid. ¡El gran miedo a que el Cid saliera de su tumba y encarnase en las nuevas generaciones! ¡Que surgiera de nuevo el pueblo recio y viril de Santa Gadea y no el dócil de los trepadores cortesanos y negociantes! Este ha sido el gran servicio de nuestra Cruzada, la virtud de nuestro Movimiento: el haber despertado en las nuevas generaciones la conciencia de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que podemos ser.» (Fragmento del discurso pronunciado por Francisco Franco el 24 de julio de 1955, en la inauguración del Monumento al Cid Campeador en Burgos. En Pensamiento político de Franco, Ediciones del Movimiento, Madrid 1975, tomo 1, página 280.)

Rodrigo Díaz de Vivar (1043-1099), el Cid Campeador, esposo de doña Jimena, contribuyó a la unificación del reino de León y Castilla, fragmentado tras la muerte de Fernando I. Asesinado Sancho en extrañas circunstancias le sucedió su hermano Alfonso VI, al que el Cid, figura de Castilla y amigo del fallecido rey Sancho, hizo jurar en Santa Gadea que nada tuvo que ver con la muerte de su hermano, lo que le valió el rencor del Rey y los destierros. El Cantar de Mío Cid, del que se conserva un solo ejemplar, copiado hacia 1307 por Per Abbat, está formado por 3.750 versos. Se inicia con el destierro del Cid, que sale de Vivar y pasa por Burgos... camino de Valencia:

De los sus ojos tan fuerte mientre llorando,
Tornaba la cabeza & estábalos catando:
Vio puertas abiertas & uzos sin cañados,
Alcandaras vacías sin pieles & sin mantos
E sin falcones & sin azores mudados.
Suspiró mío Çid ca mucho habie grandes cuidados,
Fabló mio Çid bien & tan mesurado:
«Grado a ti Señor padre que estás en alto,
¡Esto me han vuelto mios enemigos malos!»
Allí piensan de aguijar, allí sueltan las riendas.
A la exida de Vivar hobieron la corneja diestra,
E entrando a Burgos hobieronla siniestra.
Mecio mio Çid los hombros & engrameo la tiesta:
«¡Albricia, Albar Fáñez, ca echados somos de tierra!»
Mio Çid Ruy Díaz por Burgos entraba,
En su compaña sesenta pendones; exienlo ver mugieres & varones:
Burgueses & burguesas por las finiestras son,
Plorando de los ojos, ¡tanto habien el dolor!
De las sus bocas todos decían una razón:
«¡Dios qué buen vasallo, si hobiese buen Señor!»
Convidarle ian de grado, mas ninguno no osaba;
El Rey don Alfonso tanto habia grande saña.
Antes de la noche en Burgos de el entró su carta,
Con grande recaudo & fuertemiente sellada:
que a mío Çid Ruy Díaz, que nadi no le diesen posada,
Y aquel que se la diese sopiese vera palabra:
que perderie los haberes & mas los ojos de la cara,
e aun demás los cuerpos & las almas.
Grande duelo habian las gentes cristianas;
Ascondense de mío Çid, ca no le osan decir nada.
El Campeador adeliñó a su posada;
Asi como llegó a la puerta, fallola bien cerrada,
Por miedo del Rey Alfonso, que así lo habian parado:
que si no la quebrantase por fuerza, que no gela abriese nadi.
Los de mío Çid a altas voces llaman,
Los de dentro no les querien tornar palabra.
Aguijó mío Çid, a la puerta se llegaba,
Sacó el pie del estribera, una ferida le daba;
No se abre la puerta, ca bien era cerrada.
Una niña de nueve años a ojo se paraba,
«¡Ya Campeador, en buena hora çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoche de el entro su carta,
Con gran recaudo & fuertemientre sellada.
No vos osariemos abrir ni coger por nada;
Si no, perderiemos los haberes y las casas
E demas los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal vos no ganades nada,
mas el Criador vos vala con todas sus vertudes santas.»
Esto la niña dixo & tornose para su casa.
Ya lo ve el Çid que del Rey no habia gracia.
Partióse de la puerta, por Burgos aguijaba,
Llegó a Santa María, luego descabalga,
Fincó los hinojos, de corazón rogaba;
La oración fecha, luego cabalgaba.
Salió por la puerta & en Arlanzón posaba.
Cabo esa villa en la glera posaba,
Fincaba la tienda & luego descabalgaba.
Mío Çid Ruy Díaz, el que en buen hora cinxo espada
poso en la glera, cuando no le coge nadi en casa
derredor d'el una buena compaña.
Así poso mío Çid como si fuese en montaña...

El gran Manuel Machado (Sevilla 1874-Madrid 1947) recreó estas escenas en su poema Castilla, incorporado en aquellas décadas a todos los libros de texto del bachillerato español:

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde... al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
«¡Buen Cid, pasad...! El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!»
Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga.


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