Canto a España
Poesía de D. Demetrio Korsi (panameño)
I
¡Heroica España!... En luminoso día Al mar lanzó sus triunfadoras velas A despertar el porvenir fecundo, Y con noble y bizarra gallardía Sólo necesitó tres carabelas Para buscar, para encontrar un mundo!
Cuando el alucinado Navegante –Dolido el corazón, triste el semblante– Miró empañarse la visión ardiente De la proeza que su afán soñaba, Le pareció que el Hado le alejaba El borroso perfil de un Continente...
Entonces, España le tendió la mano Y con orgullo y sin igual pujanza Le dijo al gran Descubridor: –¡Hermano, Ten fe en el porvenir; ten esperanza!
España remedaba al Cid grandioso Que estrechaba en su fiel diestra de amigo, –Zafado el guantelete de coloso– La mano proletaria del mendigo...
Al genio de Colón, sólo fue España Unica al comprenderlo en su heroísmo, Capaz de darle sangre de su entraña Y de ofrecerle apoyo soberano Para que, hendiendo el tumultuoso Océano, Le arrebatara al seno del abismo El misterio del Mundo Americano!
¡Tierra de la ambición! porque en su imperio Nunca la diurna lumbre se extinguía, Pues al no iluminarle un hemisferio, En el otro, su sol amanecía... [56]
Y, águila colosal sobre su mente, Avizoraba que, en la lejanía, Ningún confín como los suyos grandes, Circunscritos al cóncavo horizonte, En luz bañados o en neblina fría, Desde las dunas pálidas de Flandes Hasta la soledad de la Oceanía...!
II
Su historia en mare magnum de grandezas, De prodigios, catástrofes y espantos, Vértigos, desconsuelos y ternezas, Heroísmos y cóleras y llantos.
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Trepida el suelo cuando el Cid asoma, Paladín inmortal en su Babieca, Retando a Francia y provocando a Roma, Mientras que la Leyenda, en fina rueca, Urde el tapiz genial del Romancero De oro y de lis y bronce irresistible, En donde tanto ilustre caballero Junta a su nombre, el nombre de invencible!
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Y el nieto de Mahomed, cual furia loca, Avanza, conquistando el Universo; Lleva el hereje, en ímpetu perverso, Apretado su alfanje entre la boca; Tributo impone al orbe cual vasallo Y del mundo torcer quiere el destino, Y es, galopando sobre su caballo, Personificación de un torbellino!
Pero ¡ay! su valentía fue ligera, Su empuje vano, su pujanza exigua. Puesto que, ansiosa de la lid, le espera La España del valor, la España antigua.
La Raza heroica que juzgó en desmayo Se alista rauda, y doma su osadía, Y lo fulmina con guerrero rayo. Huye el moro, rebelde en su agonía, Pero retorna con bestial bravura, Feroz cual antes, como nunca fuerte, Y reta con satánica pavura A España, desde el mar, a duelo a muerte! [57]
Y la hispánica flota al moro asesta Derrota sin igual en el mar ronco, Cual la chispa del cielo en la floresta Raja la encina de longevo tronco; Y, entre recio fragor de épico espanto, El africano doblegó la testa En las gloriosas aguas de Lepanto
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Y, vino el año enorme, el año horrendo En que el hijo de Marte y la Victoria Invade a España, con rugiente estruendo De ejércitos, clarines y cañones. Ciñe su frente el lauro de la Gloria. Se humillan a sus plantas las naciones; Deshace imperios, improvisa reyes; Sus pasos siguen las humanas greyes; Cruza bajo el turbión de las metrallas, Y el Corso emperador, titán de Europa, Parece el semidiós de las batallas Entre el furor de su invencible tropa...
Y España reta al colosal caudillo, Exclamando: –¡Ante ti, que se arrodille El que, vencido y sin honor, se humille: Tu sierva no seré; yo no me humillo!
Cada hombre un campeón; cada montaña Teatro de combate; cada villa Fatal osario de la gente extraña...! ¡De sangre, rojo Atlántico es Castilla...! Y, en el sitio cruel de Zaragoza, Héroes son en la pérfida campaña: La ilustre dama, la plebeya moza, El rebelde y astuto cabecilla, Y el tembloroso y macilento anciano, Y el niño refugiado en la buhardilla Que muere con el rifle entre la mano...!
Y la brava Península (¿es un sueño?) Rechaza al fin las huestes extranjeras Y el gran Napoleón, del mundo dueño, Mira en Bailén rasgadas sus banderas.
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¡Ah! qué hermoso pretérito que ofrece La Madre Patria, cuna de la lengua, Porque el perfecto honor no tuvo mengua En la tierra del Rey Alfonso XIII. [58]
III
Cayó de Grecia el fúlgido lucero Y rodó al jonio mar, trémulo y solo: Del Olimpo sin dioses, huyó Apolo, Y con sus cuencas yertas... lloró Homero!
Y en barro y polvo vil yace deshecho El templo de blancuras hiperbóreas, Resto ilustre de cien generaciones; Y la tierra glacial fue el tosco lecho Que encontraron, ruinosas, las marmóreas Columnas de los viejos Partenones.
¡Roma se hundió también!... Roma imperante, Arropada en su clámide gigante. ¡Y en su inmensa vorágine, los siglos Apagaron sus gritos de bacante Y el rugido bestial de sus vestigios!
¡Roma y Grecia cayeron!... Su apogeo No legó de su inmenso poderío Sino el resto espectral del Coliseo, Por las garras del Tiempo destrozado; Y, de la historia entre el osario frío, Mármoles esparcidos cual trofeo Del que fue un día el Partenón sagrado!
¡Pero tú, heroica España, no has caído...! Tu firme estirpe se levanta austera, ¡Y antes que te sepulte el negro olvido... Se detendrá hasta el Sol en su carrera!
Tu porvenir se extiende, amplio y risueño, Como horizonte mágico y fecundo, Para todo Colón que tiene un sueño, Para todo Colón que busca un mundo...!
IV
¡La América te aclama, Madre España! ¡La América genial, que piensa y siente, La que aprende a soñar en la montaña, La que aprende a cantar con el torrente; La de un millón de pájaros cantores; La de cien invencibles Capitanes; La que de noche alumbran los fulgores Que irradian como incendios los volcanes; [59]
La América nerviosa de lirismos Que en las tibias y gratas primaveras Salpica de arcos-iris los abismos Sobre una rebelión de torrenteras; La América entusiasta que entroniza La ciencia sobre pérfidos eriales Y a la que exactamente simboliza El orgullo imperial de los quetzales;
La América que guarda hiel y acíbar Para el fenicio en el comercio ducho, La América de Sucre y de Bolívar, Y Junín, Carabobo y Ayacucho; La del fuerte Rodó, Montalvo y Cuervo, Y Olmedo dúctil y Mirón bravío, La de Chocano y la de Amado Nervo Y Julio Flórez y Rubén Darío!
La América te envía un recio abrazo Y escribe tu epopeya sobre el cielo Con su pluma más grande: ¡el Chimborazo!; Y al saludarte en su laurel en rama Sus cien himnos te canta, en hondo anhelo, Con su lira más honda: ¡el Tequendama!...
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Y si sus dones la fortuna agota Y hace que en su confín tu astro sucumba, No caerás como cayó el ilota Sin una cruz para indicar su tumba,
Pues, como el ave-fénix de la guerra, De la gloria, el amor y las hazañas, Renacerás de América en la tierra, No una vez sola... ¡sino en veinte Españas!
{Festival celebrado en el Teatro Real de Madrid, el día 12 de octubre de 1924, para solemnizar la Fiesta de la Raza, Imprenta Municipal, Madrid 1925, páginas 55-59.}
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