Voltaire, Diccionario filosófico [1764]
Sempere, Valencia 1901
tomo 6
páginas 101-103

Resurrección
II. De la resurrección de los antiguos

Opinan algunos que el dogma de la resurrección estaba muy en boga en Egipto, y que originó los embalsamamientos en las pirámides; y hasta yo mismo opinaba antes de ese modo. Unos creían que se resucitaba después de pasar dos mil años, y otros después de pasar tres mil; esta diferencia en sus opiniones teológicas parece que pruebe que no estaban seguros del hecho. Por otra parte, no sabemos que resucitara ningún hombre en la historia de Egipto, pero sí que sabemos que hubo muertos [102] resucitados en la Grecia. Veamos, pues, si encontramos en los griegos la invención de resucitar.

Los griegos con frecuencia quemaban los cuerpos, y los egipcios los embalsamaban, con la idea de que el alma, cuando regresara a su antigua morada, la encontrase dispuesta para recibirla. Esto se comprendería si el alma volviera a encontrar los órganos de su cuerpo; pero el embalsamador empezaba por quitarle los sesos y por vaciarle las entrañas. ¿Cómo es posible que los hombres resuciten sin intestinos y sin la parte medular que es la que piensa? ¿Cómo ha de adquirir su sangre, su linfa y sus demás humores?

Me contestaréis que todavía es más difícil resucitar en Grecia, cuando sólo queda de cada cuerpo una libra escasa de cenizas, y todavía esté mezclada con la ceniza de la madera, de los aromas y de las telas. Esa objeción es contundente, y me obliga a considerar la resurrección como una cosa muy extraordinaria; pero esto no impidió que Athalido, hijo de Mercurio, muriera y resucitara varias veces; y que los dioses resucitaran a Pelops estando despedazado y después que Cérea se le había comido un hombro. Sabemos también que Esculapio restituyó la vida a Hippólita, y que Hércules resucitó a Alcestes. Platón resucitó también a Heres; y aunque sólo vivió quince días, no por eso dejó de ser una resurrección.

Varios graves escoliastas encuentran el purgatorio y la resurrección en Virgilio. En cuanto al purgatorio me veo obligado a confesar que está descrito en el libro VI de la Eneida, cuando dice: «Los corazones más perfectos, las almas más puras ven los ojos de los dioses llenos de manchas, que es necesario borrar. Como ninguno fue inocente, deben castigarnos a todos. Cada alma tiene su demonio, cada vicio su castigo, y diez siglos son apenas suficientes para conseguir que nuestro corazón sea digno de los dioses».

He aquí mil años de purgatorio expresados con claridad, sin que los padres pudieran conseguir de los sacerdotes de aquellos tiempos indulgentes que acortaran el plazo, abonándolas en dinero contante. Los antiguos eran mucho más severos y menos simoniacos que nosotros, a pesar de atribuir a sus dioses muchas tonterías; pero ¿qué le hemos de hacer? su teología estaba llena de contradicciones, como los malignos dicen que está la nuestra.

Terminada la pena del purgatorio se iban las almas a beber el agua del Leteo, y pedían en el acto entrar en otros cuerpos y volver a ver la luz del día. Esto no era verdaderamente resucitar; entrar en un cuerpo nuevo no es volver a recuperar el suyo; eso era una metempsícosis que nada tiene que ver con la resurrección. [103]

Confieso que las almas antiguas hacían un mal negocio volviendo por segunda vez al mundo, porque era muy triste volver a aparecer en la tierra, pasar en esta setenta años todo lo más y sufrir todo lo que se sufre en la vida para volver luego a pasar mil años de castigo. No debía haber alma que no se cansara de las vicisitudes de una vida tan corta y de una penitencia tan larga.


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