Voltaire, Diccionario filosófico [1764]
Sempere, Valencia 1901
tomo 6
páginas 75-76

Purgatorio
III. Origen del purgatorio

Consideraba herejes la primitiva Iglesia a los que admitían la existencia del purgatorio; y condenaba a los simoniacos que creían que las almas podían purgarse. Más tarde San Agustín condenó a los discípulos de Orígenes que sostenían este dogma.

¿Los simoniacos y los originistas admitieron acaso el purgatorio por encontrar algo semejante en Virgilio, en Platón y en Egipto? Con claridad lo anuncia el sexto libro de la Eneida, siendo lo más singular que Virgilio describe almas suspendidas en los aires, almas que se queman y almas que se ahogan. He aquí lo que dice en tres versos del referido libro: «Se ven esos espíritus puros agitarse en los aires a la merced del viento, o ahogados en las aguas o quemados en las llamas: de este modo las almas se limpian y se purgan». Y es más singular todavía que el Papa Gregorio, apellidado el Grande, no sólo adoptase la teoría de Virgilio, sino que en sus diálogos introdujera muchísimas almas que venían del purgatorio después de haber estado suspendidas en el aire o de haberse ahogado.

Platón se ocupa del purgatorio en libro titulado Phedon, y es muy fácil convencerse de esto leyendo en el Mercurio Trimegista que Platón tomó de los egipcios todo lo que no había copiado de Timeo de Locre.

Todo esto es muy reciente comparado con la antigüedad de los antiguos brahmanes, y preciso es confesar que ellos inventaron el purgatorio, como inventaron la rebelión y la caída de los genios, de los animales celestes. En el Shasta, libro que se escribió tres mil cien años antes de la era vulgar, encontrarán mis lectores el purgatorio. Los ángeles rebeldes, cuya historia [76] copiaron los judíos en la época del rabino Gamaliel, fueron condenados por el Eterno y por su hijo a mil años de purgatorio, y pasado este tiempo Dios los perdonó y los hizo hombres. Hemos dicho ya en otras ocasiones y ahora repetimos, que les parecía a los brahmanes demasiado duro que los castigos fuesen eternos, porque verdaderamente lo que es eterno no termina nunca; los brahmanes pensaban, pues, como el abad de Chanlieu, que dice en una epístola dedicada A la muerte: «Perdóname, Señor, si cegado por tus bondades no pude concebir que castigaras severamente mi debilidad para los placeres que desaparecen como los sueños; perdóname si no pude creer que castigaras con crueldad eterna la humana debilidad, que es víctima de quimeras engañosas».


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