José Ferrater Mora · Diccionario de filosofía
Editorial Atlante · México 1944
 
[segunda edición]
páginas 519-521

José Ortega y Gasset

Nació en Madrid (1883), profesor de Metafísica en la Universidad Central y actualmente en Portugal. Discípulo de Hermann Cohen en Marburgo y educado, por lo tanto, en la tradición del neokantismo, sus primeras enseñanzas filosóficas no responden, sin embargo, al contenido y sentido de la dirección marburguiana. Ortega y Gasset comienza con una negación de las pretensiones del racionalismo europeo y, sobre todo, de las tendencias que acentúan la primacía del pensamiento sobre el ser; la superación de la ontofobia del criticismo, que Ortega resume, en sus primeros tiempos con la tesis programática de la «superación del subjetivismo», es efectuada por él mediante una decidida afirmación del valor y sentido de las «cosas», entendiendo por tales el conjunto de situaciones que constituyen en la vida del hombre su circunstancia. Su primera tesis filosófica, «Yo soy yo y mi circunstancia», debe ser entendida, consiguientemente, como el primer grado de la mencionada superación y a la vez como un primer ataque contra la exageración opuesta a la del racionalismo: la unilateralidad de toda filosofía pragmática de la vida. La vida (véase), que forma desde los primeros tiempos el tema central de las meditaciones de Ortega y sobre la cual insiste constantemente, no es más que uno de los elementos de su concepción total, una concepción que sólo resulta completa cuando se le agrega el término razón. Razón y vida, esto es racionalismo y vitalismo, quedan, por lo tanto, integrados en su filosofía por medio de una síntesis que no equivale sino imperfectamente a un movimiento dialéctico, pues la de la vida y de la razón no es el resultado de la síntesis de unos contrarios, sino la manifestación de una necesaria coexistencia. La vida, esto es, la vida humana es para Ortega, en el mismo sentido que la existencia de Heidegger, el objeto propio de la Metafísica, un objeto cuyo carácter no consiste en «ser», porque la vida es todo lo contrario de una substancia o de un ente: es algo cuya realidad consiste en «llegar a ser», en hacerse continuamente a sí misma en íntima comunión con su circunstancia. La vida es para Ortega «programa», bosquejo que se forma el hombre en el movimiento de aproximación a su mismidad o, si la vida es falsa e inauténtica, en su alejamiento de ella. Vida falsa y vida auténtica, vida frívola o vida preocupada son, pues, dos formas cuyo cariz ético queda englobado en su ser ontológico, en su radical y constitutivo ser metafísico. A diferencia de otros seres, la vida humana es actividad pura; tiene que hacerse a sí misma, consiste en una continua e ineludible elección. Por eso la vida es todo lo contrario de una naturaleza, cosa o substancia, y por eso también el conocimiento no le es consubstancial o connatural al hombre. El hombre se decide a conocer racionalmente cuando irrumpe en su vida cierta experiencia; el pensar y la idea nacen cuando la forzosidad de la elección continua en que la vida se cifra obliga a completar con ideas la insuficiencia de las creencias. (véase). La identificación de la realidad con la creencia hace que, al producirse un hueco en ella, surja la necesidad del pensamiento racional. La justificación del pensar y de la idea, que implica una teoría de la libertad como elemento necesario de la vida humana, permite entender el papel que en la filosofía de Ortega y Gasset desempeña la razón, papel eficiente y, hasta cierto punto, instrumental: la razón es instrumento que la vida maneja para su realización y que, por tanto, hace de la verdad no una mera adecuación del intelecto y de la cosa, sino una coincidencia del hombre consigo mismo. De ahí la necesidad de elaboración de una razón vital, de una razón histórica como parte esencial de una filosofía raciovitalista. Esta filosofía está destinada a superar tanto el idealismo como el realismo, tanto el viejo racionalismo europeo como la ciega ignorancia de lo personal y de lo íntimo. La meditación de Ortega y Gasset sobre la historia y especialmente sobre la historia concreta de Occidente se halla en intima relación con una filosofía que, al hacer de la vida el objeto metafísico por excelencia, permite completar las nociones apuntadas con otras dos fundamentales sobre las que Ortega viene trabajando desde hace algún tiempo: la noción de la temporalidad y la noción de la historicidad. La primera se revela ya en el primer análisis de la vida, cuando al descubrirse su carácter temporal, su esencial finitud y, con ello, su sentido, se llega a una teoría del tiempo en la cual recibe el futuro una absoluta primacía sobre el presente y el pasado. Esta primacía, descrita por Ortega con el nombre de futurición, constituye la índole más profunda de la vida misma y el fundamento de la preocupación. Sólo porque la vida está preocupada, es decir, sólo porque se ocupa previamente de las situaciones que se perfilan constantemente ante ella, puede recibir todo pasado su sentido partiendo del futuro. La segunda noción fundamental que con toda claridad encontramos en las meditaciones de Ortega y Gasset, la noción de la historicidad, se manifiesta en el carácter histórico de la vida humana. El descubrimiento de la historicidad de la vida representa, al mismo tiempo, por así decirlo, el descubrimiento de la esencial historicidad de la historia, historicidad que Ortega contrapone a la clásica concepción del hombre como naturaleza, íntimamente enlazada, en su aplicación moderna, con el auge de la razón física. De ahí que propugne insistentemente por una sustitución de la razón física por la razón histórica, por una «aurora de la razón histórica» en la que ve el sentido de los futuros tiempos. Las consecuencias de esta concepción, que se refieren a los temas concretos de la vida humana y especialmente de la historia europea del presente, concuerdan justamente con la primitiva actitud antiintelectualista de Ortega, con su horror hacia la utopía, hacia el racionalismo político, hacia toda actitud que no tenga en cuenta la fecundidad de la vida humana, que es tiempo, historia, preocupación, quehacer, elección y programa. Así llega Ortega a una teoría del ser en la que éste es concebido, más allá de un mero devenir, como un auténtico fabricarse. Más aún: la investigación de Ortega sobre el ser alcanza un estrato anterior y más hondo que el de la habitual discusión filosófica al preguntarse cuál es históricamente la figura humana que se preocupa por el ser y el fundamento de este preocuparse. El hecho mismo de la filosofía requiere así ser aclarado filosóficamente, porque la filosofía no es un mero saber, sino un verdadero hacer que el hombre emprende para salvarse del naufragio constitutivo de su existencia: la busca de una realidad radical no es, en última instancia, sino la busca de una certidumbre radical en la que la vida pueda asentarse y desde la cual pueda plenamente vivir.

El pensamiento de Ortega y Gasset, que ha influido en múltiples aspectos de la vida cultural, tiene especialmente sus continuadores en los discípulos formados en sus enseñanzas de la Universidad. Entre ellos se destacan María Zambrano (Filosofía y Poesía, 1939; Pensamiento y poesía en la vida española, 1939; El pensamiento vivo de Séneca, 1943), que trabaja particularmente en el tema de las relaciones entre filosofía y poesía, así como entre la filosofía y el cristianismo, concebidos ambos como la tradición auténtica del hombre europeo contra todo falseamiento de su ser y de su verdad; Xavier Zubiri (Sobre el problema de la filosofía –Rev. de Oc., nº 115 y 118–; En torno al problema de Dios –id., id., nº. 149–; Hegel y el problema metafísico –Cruz y Raya, nº 1.–; La nueva física –id., id., nº 10–; Filosofía y metafísica –id., id., nº 30–), situado en la línea San Agustín - Duns Escoto - Occam y que considera el período que va de San Agustín a Hegel como un mismo y único esfuerzo de pensar el cristianismo y de constituir una filosofía desde la nada, a diferencia del filosofar desde el ser que caracteriza el pensamiento griego; aunque influido por el existencialismo, Zubiri se opone a todo endiosamiento de la existencia en virtud de que ésta no solamente esta arrojada entre las cosas, sino religada por su raíz; José Gaos (La critica del psicologismo en Husserl, 1930; Dos ideas de la filosofía –en colaboración con F. Larroyo–, 1939; Filosofía de Maimónides, 1940), que ha trabajado especialmente en la solución de los problemas de la «Filosofía de la Filosofía», no sólo en cuanto teoría de las concepciones del mundo, sino como la cuestión capital de la filosofía misma y, con ello, de la vida humana; Luis Recaséns Siches (Estudios de filosofía del Derecho, 1936; Vida humana, Sociedad y Derecho, 1939), que desarrolla los temas de la filosofía del Derecho a la luz de la filosofía de la razón vital de Ortega, pero que considera como tema de fundamental interés para el pensamiento actual la integración del existencialismo con la teoría de los valores; Manuel García Morente y Joaquín Xirau (véanse).

Obras principales: Meditaciones del Quijote, 1914; El Espectador, I-VIII, 1916-1935; El tema de nuestro tiempo, 1921; España invertebrada, 1922; Kant, 1924; La deshumanización del arte, 1925; Espíritu de la letra, 1927; La rebelión de las masas, 1929; Goethe desde dentro, 1934; Estudios sobre el amor, 1939; Ensimismamiento y alteración, 1939; El libro de las misiones, 1940, Ideas y creencias, 1940. –Edición de Obras, 1935; reed., 2 vols. 1939.

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