Enciclopedia de la Cultura Española
Editora Nacional, Madrid 1968
tomo 5
páginas 456-459

Tradicionalismo

1. Doctrina filosófica. Se entiende por tradicionalismo, en la historia de la filosofía, la tendencia a sobreestimar la tradición en cuanto conjunto de normas transmitidas en el curso de la historia pasada. Puede entenderse este tradicionalismo, en un sentido amplio, cuando las normas transmitidas son el conjunto de la historia humana, o al menos ciertas normas, o en un sentido estricto, como una teoría de la historia, que recibe también el nombre de utramontanismo, y que afirma que todo el orden social e histórico debe hallarse sometido a la autoridad superior de la Roma católica y articularse en una jerarquía de orden divino. Los principales defensores de este tradicionalismo estricto son los franceses L. de Bonald y Maistre y el español Juan Donoso Cortés.

El tradicionalismo se apoya, a la vez, en motivos político-religiosos y filosóficos. Los primeros son obvios y defendibles. Los segundos se basan, a su vez, en la relación que se establece entre la verdad y la historia. Para el tradicionalismo, la verdad es la revelación de la Providencia. El error es un castigo, pero no algo que la verdad puede llevar en sí, como momento suyo. La verdad, en definitiva, no es asunto de la razón, sino de la autoridad, transmitida por tradición.

Como es natural, la Iglesia no puede apoyar el «ultramontanismo». Aunque acepte sus motivos político-religiosos –obediencia a la Iglesia, orden social regido por sus principios, &c.–, no acepta, de ningún modo, su base filosófica: considerar la verdad como exclusivo asunto de la autoridad es algo que destruye la naturaleza misma de la inteligencia.

En España, aunque el principal representante del tradicionalismo sea Donoso Cortés –cuyo renombre, en cuanto adalid de tal actitud, supera nuestras fronteras, para ser una de sus principales figuras en la Historia–, hay, sin embargo, algunos otros pensadores de menor importancia que se adhieren a la postura ultramontana, si bien de un modo menos tajante.

Puede decirse, de un modo general, que el fin del siglo XVIII estuvo impregnado de tradicionalismo. Se recurría a la autoridad divina como última instancia, si bien este tradicionalismo quedaba mezclado con otras doctrinas igualmente vigentes: sensismo condillaquista, empirismo, eclecticismo, &c.

Las primeras manifestaciones del tradicionalismo podemos apreciarlas entre los filósofos sensualistas o filosensistas, preocupados por problemas del lenguaje y de ideogenia. El portugués Luis Antonio Verney († en 1792), apodado «El Barbadiño», hacía notar que las ideas universales no las obtenemos por abstracción –según Locke–, sino por tradición de nuestros mayores, mediante el instrumento del lenguaje. Ramón Campos, en su Sistema de Lógica (1790) y en El don de la palabra (1804), sostiene que la palabra es un don divino, que no ha inventado el hombre, sino que ha recibido directamente de Dios.

También se muestran influidos por el tradicionalismo del ambiente el portugués Luis Pereyra, profesor en Madrid, y Gaspar Melchor de Jovellanos (v.), que sin ser propiamente filósofo, fue hombre atento a los sistemas de su tiempo. Aunque su postura es en general escéptica –y quizá por serlo–, se refugió según lo usual en un tradicionalismo filosófico-teológico. Realmente, piensa Jovellanos, lo poco que sabemos lo debemos a la Revelación. De un modo especial se reflejan sus convicciones tradicionalistas en sus ideas sobre el lenguaje y sobre pedagogía. Entiende que las palabras no son, simplemente, auxiliares del pensamiento, sino necesarias tanto para hablar como para pensar.

Hay también vestigios de tradicionalismo en el padre Lorenzo Hervás y Panduro (v.), Andrés María Santa Cruz (El Teofilántropo), don Pablo Olavide (1798), autor de El Evangelio en triunfo, &c.

Como hemos dicho, el principal defensor del tradicionalismo es Juan Donoso Cortés (1809-1853). Su obra más importante la constituye el Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, que apareció en 1851, dos años antes de su muerte. Extraordinario orador y polemista apasionado, más que filósofo estricto, es, sin embargo –junto con Balmes–, el segundo gran representante del pensamiento católico a mediados de siglo. El estudio del Ensayo, según Menéndez y Pelayo, es el mismo estilo violento que empleaba en sus discursos. Su publicación levantó grandes controversias. «...Acusóse a Donoso de temerario, de fatalista, de místico, de enemigo jurado de la razón, de teocrático y hasta de hereje.» Donoso Cortés, que había sido un racionalista acérrimo en sus primeros años, pasó después al irracionalismo extremo. «Sus opiniones ideológicas –continúa diciendo Menéndez y Pelayo– aprendidas en una escuela que no es ciertamente la de Santo Tomás ni la de Suárez, sino otra escuela siempre sospechosa y para muchos vitanda, que la Iglesia nunca ha hecho más que tolerar, llamándola al orden en repetidas ocasiones, y en el último concilio de un modo tan claro, que ya no parece lícito defenderla sino con grandes atenuaciones. En suma, Donoso Cortés era discípulo de Bonald; era tradicionalista, en el más riguroso sentido de la palabra, pareciendo en él más crudo el tradicionalismo por sus extremosidades meridionales de expresión.»

Contrapone al estilo agustiniano de la Civitas Dei y Civitas terrena el catolicismo y la filosofía, la revelación y la razón. «La razón humana –dice el propio Donoso– no puede ser la verdad si no se la muestra una autoridad infalible y enseñante.» La filosofía, como tal, tiene una misión muy concreta y «teológica»: «reducir a sistema y método las verdades fundamentales que nos han sido reveladas, relacionarlas, ordenarlas y deducir consecuencias. La parte filosófica del Ensayo es, naturalmente, la más pobre y discutible. Su terminología es muy poco rigurosa, puesto que Donoso no estaba formado en la Escolástica, sino en la cultura francesa –expone una teoría de la libertad humana en términos pintorescos, un tanto infantiles–. No obstante, y a pesar de todos los defectos de fondo y forma de su obra, hay que conceder a Donoso Cortés el puesto que como pensador le corresponde. El Ensayo tiene trabazón, tiene un cierto orden «sistemático» y ha resistido, a pesar de sus múltiples portillos, muchos ataques sin conmoverse. Su filosofía de la historia, agustiniana y tradicionalista a la vez, trata las cuestiones de un modo eminentemente teológico. Donoso Cortés sostiene que la Historia, en apariencia, es un triunfo del mal sobre el bien. Sin embargo, en lo más íntimo del acontecer histórico, hay un triunfo de Dios sobre el mal.

Pese a todo, lo que quizá tenga más importancia en el Ensayo es su parte de filosofía social. Dice Menéndez y Pelayo: «Quizá no hay en castellano moderno páginas de vida más palpitante y densa que las que Donoso escribió contra el doctrinarismo, cien veces más aborrecido por él que el socialismo y el maniqueísmo proudhoniano, porque éstas, al fin, son teologías del diablo y traen afirmaciones dogmáticas sobre todos los problemas de la vida, al paso que esa escuela... la más estéril, la menos docta, la más egoísta de todas..., escuela que domina sólo cuando las sociedades desfallecen...; impotente para el bien porque carece de toda afirmación, y para el mal porque le causa horror toda negación intrépida y absoluta...; nada sabe de la naturaleza del mal y del bien, apenas tiene noticias de Dios y no tiene noticias del hombre».

Pensaba Donoso que en toda cuestión social había una cuestión filosófica o incluso teológica. En este sentido, su postura tradicionalista, dejando aparte sus extremismos, es sana y positiva, y su huella como pensador católico, fecunda.

Además del Ensayo, merecen destacarse entre sus obras Memoria sobre la situación de la monarquía (1832), Consideraciones sobre la diplomacia (1834), un folleto sobre la Ley electoral y unas Lecciones de derecho político, que explicó en el Ateneo, y en las que resume sus ideas, aún «racionalistas», de su primer período.

En medio de la decadente situación filosófica española de su época, Donoso Cortés fue un hombre dotado de auténtico temperamento filosófico, tendió al sistema, a las grandes síntesis, relaciones, con un criterio más lógico que ontológico, pero siempre con la cierta incoherencia que prestaba a sus escritos su temperamento fogoso y exaltado. Según Menéndez y Pelayo, «la mejor obra y el mejor ejemplo de Donoso fue su muerte de santo, acaecida en París el 3 de mayo de 1853, Dios nos conceda morir así aunque no escribamos el Ensayo». Nos dice también Menéndez y Pelayo que es «difícil, casi imposible, reducir a número y poner en algún orden a los modernos apologistas [457] españoles, y arriesgado y odioso tasar su valor comparativamente. En filosofía, el tradicionalismo duró poco, al paso que fue cobrando bríos la restauración escolástica».

No obstante, en torno a Donoso se agruparon algunos discípulos y admiradores, que, tanto en libros -no muy extensos– como en la controversia periodística, defendieron las ideas del maestro. Sobre todo los periodistas católicos de Madrid se inclinaron por Donoso y el tradicionalismo. Tuvieron especial relieve Gabino Tejado, gran amigo de Donoso, a la vez que su editor y defensor; Navarro Villoslada, novelista y autor de la famosa serie de los Textos vivos, revista inapreciable del movimiento heterodoxo en la Universidad, y González Pedroso, autor de un Discurso sobre los autos sacramentales.

Bibliografía: S. Herrero Galindo, Donoso Cortés en su paralelo con Balmes y Pastor Díaz, en «Rev. Est. Pol.», núm. 69, 1953; L. Martínez Gómez S.J., Bosquejo de Historia de la Filosofía española, Apéndice a la «Historia de la filosofía», de J. Hirschberger, Barcelona 1965; Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, B.A.C., tomo II, Madrid.

José María Benavente Barreda
Catedrático del Instituto
de Enseñanza Media de Madrid.

2. Doctrina política. Aunque el tradicionalismo, como toda doctrina política, ha pasado por diversas tendencias e interpretaciones, sin embargo, puede definirle como la doctrina política que se basa fundamentalmente en los principios tradicionales de la religión y la monarquía pura. El tradicionalismo encierra, a su vez, cierta tendencia regionalista –libertad municipal y reconocimiento de fueros–, propugna un estado estamental; detesta el liberalismo y subraya el sentido de autoridad representada por el monarca, como recibida de Dios. No es tampoco concebible un tradicionalismo que no sea católico.

A. Trayectoria histórica. El tradicionalismo, como ideología conjunta, capaz de movilizar hombres y regiones enteras, no surge en España hasta principios del siglo XIX y tiene su escenario en las primeras Cortes de Cádiz. Las decisiones que allí se tomaron y que dieron como resultado la Constitución de 1812 no agradaron a una porción de asambleístas. Frente al signo de apertura que marcaban los «afrancesados», se señaló la parte contraria, que estimaba más bien que había de volverse hacia la esencia española más presente en nuestra Edad Media, en nuestras costumbres y nuestra religión, que en la ideología que comenzaba a imperar en el mundo y que Francia se había encargado de hacer presente. Este conjunto fue calificado de «serviles» y sus ideas fueron expuestas con claridad por vez primera al discutirse en las Cortes el proyecto de ley de imprenta con su secuela de libertades. Naturalmente, los tradicionalistas se oponían a ello, así como al resto de las medidas liberales adoptadas por la Asamblea, como la abolición de la Inquisición.

Fernando VII se encargó de restablecer el absolutismo, pero tampoco con las medidas del monarca quedó satisfecha la facción tradicional y es conocido el manifiesto que dirigieron a Fernando VII, llamado el «manifiesto de los persas», porque comenzaba diciendo: «Era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su rey...» En conjunto, el manifiesto resume la ideología absolutista de los disidentes de las primeras Cortes de Cádiz. Puede asegurarse que de aquí brotaría lo que más adelante en la Historia de España, se conoce, con el nombre de carlismo (ver).

Sus puntos más esenciales son: el soberano ha de tener una autoridad absoluta. Pero no puede usar de ella sin razón. La monarquía habrá de estar sometida siempre a la ley divina, a la justicia y a las leyes fundamentales del Estado. Piden al rey que convoque nuevas Cortes, pero no al estilo liberal, sino de acuerdo con la tradición medieval española. Las restantes peticiones, en cuanto al cumplimiento de la justicia, rendición de cuentas de todos los que habían utilizado armas en la guerra, acabar con el despotismo ministerial, &c., apenas sí agrega algún matiz nuevo a esta ideología esbozada.

La tendencia más absolutista que liberal del tradicionalismo hizo que sus seguidores se constituyeran en oposición contrarrevolucionaria durante el trienio constitucional. En 1823, los «serviles» son ya conocidos con el nombre de «apostólicos» y son ellos los que enarbolan la bandera del tradicionalismo.

Pronto se va a mezclar en la esencia del tradicionalismo un nuevo matiz que arrastrará hasta nuestros días: en el fondo del carlismo –reconoce un doctrinario– hay dos cuestiones, ideología y pleito dinástico mezclados y una conciencia propia. La dirección tomó dos caminos: el absolutista, con el rey restablecido, y el tradicionalista, con un nuevo pretendiente.

Desde 1825 a 1830, don Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, se fue convirtiendo en símbolo para los tradicionalistas, por su tendencia más absolutista que la del monarca. A la muerte de Fernando VII y derogada la «Pragmática sanción» había de subir al trono Isabel II. Las tendencias entonces se dividieron en fernandinos y carlistas. Tres días después de que la esposa de Fernando VII, María Cristina, subiera al trono como reina gobernadora, en la minoría de Isabel, estalló un conflicto en Talavera de la Reina, y luego en numerosos lugares de España. Los tradicionalistas se pasaron todos al bando de don Carlos, quien desde Abrantes (Portugal) lanzó un manifiesto en el que se intitulaba Carlos V, rey de España, mientras los liberales se adhirieron a María Cristina. Fue entonces cuando se iniciaron las guerras carlistas. Unas guerras que disputaban una cuestión dinástica como pretexto, ya que la lucha era por el triunfo de una de las dos ideologías que dividió la última historia del país: o los liberales o los tradicionalistas. Desde entonces cada uno de ellos tenía un programa político concreto. Cuando el carlismo fue derrotado, la reina se inclinó por un régimen constitucional, preferido por los liberales. Entonces la porción tradicional, que había permanecido a su lado, desertó para pasarse al carlismo, único sistema que llevaría a la práctica el absolutismo buscado por ellos, tan pronto subiera el pretendiente al trono e hiciese realidad el lema de los tradicionalistas: «Dios, Patria y Rey».

Las libertades que concedió la revolución de 1868 hizo que los tradicionalistas comenzaran a divulgar ampliamente su doctrina y su programa. La doctrina hasta entonces sostenida se concreta en un verdadero programa político de partido, el cual recibe el nombre de «Comunión Tradicionalista». Los más decididos postulados del partido son: el Gobierno habría de ser obra del rey, sujeto sólo a los límites de la ley de Dios, la justicia y las libertades y fueros de los pueblos; descentralización del gobierno, con libertad a cada provincia y al municipio en el aspecto administrativo; la familia tiene que ser independiente e inviolable; las libertades no han de ser escritas en constituciones, sino practicadas por la sociedad; la tiranía no se tolera; la única religión sería la católica; en las Cortes estarían representados los estamentos sociales y no los partidos, que no habría.

Frente al afrancesamiento y el liberalismo vigente, la doctrina tradicionalista fue capaz de movilizar a muchas regiones y a un verdadero ejército. Pero no se alimentaron sólo de voluntarios guerreros capaces de combatir hasta cansar al Gobierno, sino que en sus filas combatieron auténticos doctrinarios que fueron perfilando su teoría. Entre ellos se destacaron al principio Aparisi Guijarro, Navarro Villoslada, Pallés, Cerralbo, Brunet, quienes a través de los periódicos de que disponían alentaron [458] continuamente a los seguidores de don Carlos y la Comunión Tradicionalista.

El manifiesto de la Restauración promovió las consiguientes escisiones. Parece que el nuevo monarca llegaba con el ánimo de evitar los sentimientos encontrados por fanatismos que tanto mal producían en la España de entonces.

La Restauración exponía el futuro programa del monarca español, Alfonso XII, y, entre otras cosas, prometía «ser buen católico» y «buen liberal». Pero el tradicionalismo no pudo convencerse. La más importante separación dibujada entonces, aparte de la provocada por Pidal, fue la del integrismo de Nocedal, quien acusaba a don Carlos de liberalizarse. El integrismo combatía el liberalismo en cualquier terreno, incluso prescindiendo de la que para algunos, parecía cuestión principal, pero que en realidad, según se ha dicho, era mero pretexto: la cuestión dinástica. El Siglo Futuro era el más importante periódico integrista, y el primer círculo se fundó en Madrid en 1892. Las palabras de Nocedal pronunciadas en el Congreso de 1902 para combatir el gabinete reunido por Sagasta resumen claramente la doctrina del integrismo: «No predico la guerra ni el motín, ni la algarada, pero a ésos y a cuantos oigan mi voz quiero decir que si no se deciden a ejercitar sus derechos, desoyen la voz venida del cielo y desobedecen la voluntad soberana que nos manda unirnos en apretado haz y lanzarnos en falange a reivindicar nuestros derechos conculcados, a defender la verdad desconocida, a restaurar el imperio absoluto de nuestra fe íntegra y pura y a pelear con los partidos liberales, a quienes no yo, sino León XIII, llama imitadores de Lucifer, hasta derribar y hacer astillas el árbol maldito». El integracionismo no fue más allá de Nocedal.

A su muerte quedó como principal cabeza Senantes, y prácticamente en el golpe de Estado de 1923 quedó extinguida esta organización.

Otro de los que provocaron la división interna del tradicionalismo fue don Jaime de Borbón y de Parma, hijo de Carlos María de los Dolores. La mayor parte de los carlistas se hicieron «jaimistas» a la muerte de don Carlos. Fue reconocido por ellos como Jaime III (1909), pero durante la guerra europea se mostró partidario de los aliados, mientras que una de las cabezas más poderosas del tradicionalismo, Juan Vázquez de Mella, era germanófilo. En un manifiesto publicado por don Jaime en 1918 desautorizó a los germanófilos, por lo que Vázquez de Mella y los principales representantes de la ideología tradicionalista se separaron del jaimismo. Jaime III murió sin sucesión.

Vázquez de Mella quiso reunir a cuantos habían militado en el primitivo carlismo y hasta trató de que se unieran los católicos sociales. El carlismo, sin embargo, fue perdiendo virtualidad en gran parte de España, conservando mucha de su fuerza en las provincias vascongadas y su centro en Navarra, con algunos ramalazos considerables en Cataluña, Aragón y Valencia. En nuestros días, don Carlos Hugo de Borbón y de Parma, casado con la princesa Irene de Holanda, es quien se considera pretendiente al supuesto trono de España al que aspiraba don Carlos María Isidro a la muerte de Fernando VII.

B. Doctrinarios tradicionalistas. El pensamiento político del tradicionalismo se encuentra diseminado entre varios autores –no muy numerosos– y expuesto con harta frecuencia en un tono patriótico y efusivo. En la línea del carlismo, por afiliación patriótica, se destaca Antonio Aparisi Guijarro (ver). Está ligado a las contiendas carlistas. Aparisi Guijarro fue la voz tradicional que proclamó con más fuerza la necesidad de solucionar los conflictos mediante la unidad. El problema de la política española era el de la unidad. «Si proclamáis unión moderada, viviréis un año; si proclamáis unión liberal, podréis vivir año y medio; si queréis vivir más, tenéis que proclamar unión española.» Como elementos de la tradición en Aparisi Guijarro hay que señalar el militarismo y una cierta democracia campesina y municipal.

Hay en el tradicionalismo, sobre todo, dos pensadores que destacan sobre los demás y que, sin embargo, desde el punto de vista político no militaron en las mismas filas del carlismo. Se trata de Jaime Balmes (ver) y Juan Donoso Cortés. Balmes es conocido como escritor de sus propias revistas, La Civilización, La Sociedad y El Pensamiento de la Nación. Como filósofo y apologista, con sus libros El Criterio y El protestantismo comparado con el catolicismo. Pero hay en toda su obra una constante preocupación social y política. «Las teorías políticas de Balmes, desperdigadas en libros y en artículos, pueden ser condensadas sobre la línea de la sociabilidad y contra el pactismo, acatando a la autoridad, apoyada por Dios, y en la espera de que la resistencia haya de ser deber; la libertad ha de concertarse con la verdad y con el orden... Las referencias más concretas al régimen democrático-liberal se encuentran en la disección que hace del protestantismo. Hay, dice, dos democracias: la protestante y la cristiano-católica. El sufragio es combatido porque confunde las opiniones y las verdades, el número y el objeto. Quiere unas Cortes tradicionales y un constitucionalismo, eficaz. Se lanza en contra de los parlamentos que encubren camarillas. La soberanía es del monarca; las Cortes poseen competencia hacendística y fiscalizadora» (Beneyto). En su gran amor a la unidad coincide con Aparisi y Guijarro. Para Balmes es esencial la concordia en el pueblo y, por tanto, es imprescindible la unidad. Por lo que tiene de orden en el mundo, Balmes se confiesa monárquico y católico en perfecta interrelación.

El contenido de la tradición en Balmes no hay que buscarlo en la continuidad de los hechos, ni en las instituciones, ni en las creaciones literarias a artísticas (aunque pueden ser válidos todos esos elementos), sino en ese espíritu, en esa armónica unidad de la religión, la moral, el derecho, el honor y la conciencia histórica de un pueblo, «que hemos de considerar al mismo tiempo como la matriz de sus realizaciones históricas, como el espíritu de sus instituciones, como el alma de sus creaciones artísticas. Este concepto de tradición es el que se encuentra implícito en el pensamiento de Balmes y que de alguna manera hasta va expresado en el título de su obra sobre el protestantismo y el catolicismo» (Sánchez Agesta).

Juan Donoso Cortés (ver) dejó entre sus escritos el más importante, titulado Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo. La interpretación política de su pensamiento hay que examinarla, sobre todo, a la luz de su famoso discurso sobre la dictadura, en la revolución de febrero, que echa abajo la monarquía francesa. «La revolución –sostiene– llega de improviso, como la muerte. Tras sí va sembrando un total desorden al que únicamente se le podrá dominar mediante la dictadura. Esta es la concentración en una sola mano de las fuerzas resistentes frente a las fuerzas invasoras. C. Schmitt ha considerado al marqués de Valdegamas como el primer teorizante del Estado que saca la consecuencia de que la dictadura es la única solución vital para un país, cuando se ha destruido el concepto tradicional de la legitimidad.»

Su contacto más directo con los tradicionalistas lo tuvo en 1837, para discutir la negociación de un empréstito. La obra de Donoso, robusta y profunda, ha tenido, sin embargo, poca influencia, no sólo en su tiempo, sino después. Quizá como reconoce uno de sus comentaristas, por la ausencia de estilo romántico en sus páginas y porque las ideas que combatió también desaparecieron.

Pero quizá la máxima figura española del tradicionalismo, desde el punto de vista de teorización política, sea sin duda Juan Vázquez de Mella (ver). Su contacto con el carlismo lo tuvo a través del marqués de Cerralbo. Escribió en diversos periódicos carlistas, siempre con un estilo profundo y efusivo. En 1893 salió diputado por Estella. Su doctrina política puede resumirse en que «la verdadera voluntad nacional es la de las generaciones que se han sucedido, por eso se manifiesta en los hechos constantes de la Historia, que tiene su exacta expresión en las tradiciones esenciales de un pueblo». «La tradición –sostiene Vázquez de Mella– supone algo permanente que se transmite, un caudal de ideas e instituciones que pasan de unas generaciones a otras como una herencia social.» «Hay una ley social importantísima que expresa la continuidad histórica de un pueblo.» Y esto último entraña en sí el que si esa transmisión social se interrumpe, caerá la continuidad histórica de un pueblo. Por eso agrega Vázquez de Mella: «Que se despoje (un pueblo) de lo que ha recibido de sus ascendientes, y verá que lo que queda no es [459] lo mismo, sino una persona mutilada que reclama la tradición como complemento de su ser». La época culminante de España, de donde ha de arrancar la tradición, es para Vázquez de Mella la época imperial, desde Cisneros a Felipe II. Entonces es cuando ve mejor vibrar el alma de la patria. Las más importantes tradiciones por las que hay que velar son: la unidad católica, la monarquía cristiana y la libertad municipal. Al contrario de lo que pueda pensarse, cuando Vázquez de Mella insiste en su idea de reivindicación tradicionalista, es porque piensa que es el único método de un verdadero progreso y muy diferente a una rutina recibida de nuestros antepasados: «El progreso individual no llega a ser social si la tradición no les recoge en sus brazos».

Vázquez de Mella fundó el partido tradicionalista, y lo definió, al separarse de los jaimistas, en el casino de Archanda en un acto celebrado en 1919, durante el mes de agosto. También fundó el periódico El Pensamiento Español, de corta duración.

Un pensador español de la generación del 98 que ha escrito sobre doctrinas tradicionalistas ha sido Ángel Ganivet (ver). En su Idearium afirma que cuando España se construya con carácter nacional debe de estar sustentada sobre los sillares de la tradición. El romperla para iniciar una nueva vida sería algo ficticio, incluso sería «una violación de las leyes naturales, un cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo real por lo imaginario». Sin embargo, he aquí un claro ejemplo de lo que anteriormente se decía de que no es concebible en España un tradicionalismo que no sea católico. Para Ganivet lo tradicional es algo bien distinto a cuanto afirmaban los teóricos anteriores. Los hechos sobre los que ha de basarse la tradición no son precisamente la unidad católica y su monarquía hereditaria. Su sentido de tradición es «como una fuerza que vive en estado latente en nuestra nación».

Tradicionalista es Marcelino Menéndez y Pelayo (ver) al defender la doctrina patria de una ortodoxia de fe y costumbres y examinar dónde ha estado a lo largo de los tiempos situada la España de la innovación, de la heterodoxia, «la otra España», según la denomina Menéndez Pidal. Pero Menéndez y Pelayo no militó en las filas políticas del carlismo, sino que perteneció al partido conservador.

Más cercanos a nuestro tiempo pueden llamarse teóricos del tradicionalismo Enrique Gil Robles, catedrático de Derecho Político, para quien la tradición hay que buscarla en la misma Historia de la Edad Media española si se quiere encontrar en toda su pureza. Ramiro de Maeztu (ver), que, cuando en sus madurez escribe la Defensa de la Hispanidad, sostiene que es tradición todo lo que es capaz de remontar su propio tiempo, «es el valor el que crea el pasado y lo que vale está por encima del tiempo». Víctor Pradera (ver), muy ligado al movimiento monárquico conocido por «Acción Francesa», es otro de los teóricos del tradicionalismo español, para quien la tradición es todo el pasado que sobrevive y tiene virtud para hacerse nuevo futuro (el nuevo Estado). Para él, si se quiere una mayor pureza en las fuentes tradicionalistas, habría que buscar en el Estado nacido con los Reyes Católicos.

Últimamente han estudiado el tradicionalismo español intelectuales y catedráticos, tanto desde el punto de vista de investigación histórica como de recopilación doctrinal.

Puede señalarse la obra de Francisco Elías de Tejada, como La monarquía tradicional. Luis Sánchez Agesta, catedrático de Derecho Político, al desentrañar El concepto de España, estudia el contenido de la tradición en los clásicos doctrinarios españoles y en las diversas interpretaciones históricas. Rafael Gambra ha escrito, entre otros libros, La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional. Santiago Galindo Herrero ha ofrecido la más reciente recopilación de textos de Vázquez de Mella y Aparisi y Guijarro, con un estudio sobre los mismos. Federico Suárez Verdaguer ha realizado varios estudios sobre la tradición, como La crisis política del antiguo régimen en España. Y Rafael Calvo Serer, entre otros, ha estudiado La aproximación de los neoliberales a la actitud tradicional.

Bibliografía: Fernando Díaz-Plaja, Historia de España en sus documentos. El siglo XIX; A. Aparisi y Guijarro, En defensa de la libertad, Estudio y selección de Santiago Galindo Herrero; Juan Vázquez de Mella, Regionalismo y Monarquía, Estudio y selección de Santiago Galindo Herrero; J. de Encinas, La tradición española y la revolución; S. Galindo Herrero, Los partidos monárquicos bajo la segunda república, Madrid 1954; J. Torras y otros, La actitud tradicional en cataluña; Francisco Elías de Tejada, La monarquía tradicional, Madrid 1954; Rafael Gambra, La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional, Madrid 1954; Luis Sánchez Agesta, En torno al concepto de España, col. «O crece o muere», núm. 5, Madrid; F. Suárez Verdaguer, La crisis política del antiguo régimen en España; id., Donoso Cortés en el pensamiento europeo del siglo XIX, col. «O crece o muere», núm. 64, Madrid; Edmund Schramm, Donoso Cortés, ejemplo del pensamiento de la tradición, col. «O crece o muere», núm. 28, Madrid; Víctor Pradera, El nuevo Estado, Burgos 1937; E. Gil Robles, Tratado de Derecho Político, Madrid 1961; Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad, 6ª ed., Madrid 1952; Juan Beneyto, Historia de las doctrinas políticas, Madrid 1948; «Diccionario de Historia», Revista de Occidente.

Juan Rodríguez Ruiz
Licenciado en filosofía,
Graduado en la Escuela Oficial de Periodismo, Madrid.


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