Enciclopedia de la Cultura Española
Editora Nacional, Madrid 1968
tomo 5
páginas 265-266

Sensualismo

Se llama así a aquella doctrina según la cual todos los fenómenos psíquicos superiores tienen su origen último en los sentidos. Desde el punto de vista gnoseológico, es una forma de empirismo. Pero el empirismo no se limita solamente a la percepción sensible, mientras que el sensualismo entiende que ésta es la única fuente de conocimiento. (Locke admite una cierta espontaneidad en el «white paper» que es la conciencia.)

La postura sensualista extrema corresponde en la Historia a Epicuro. Pero de un modo más radical aparece en filósofos como Hobbes, Feuerbach, Czolhe, Avenarius, Rudolf Willy y, especialmente, Condillac (m. 1780).

A España nos llega el influjo del empirismo y el sensualismo por el camino de Italia y Portugal. De un modo especial influirá en los españoles de fin de siglo el ilustrado italiano A. Genovesi (El Genuense, m. en 1769). El portugués Luis Antonio Verney, arcediano de Evora, conocido por El Barbadiño –capuchino protagonista de su obra–, regresó de Italia y publicó la obra Verdadero método de estudiar para ser útil a la República y a la Iglesia, en contra de los métodos escolásticos. (Esta obra la vierte al castellano en 1760 José Maymó Ribes.) Verney publica después De re logica (1751), De re metaphysica (1753) y De re physica (1769). En 1769 se edita en España la Lógica, de Verney –que copiaba a Condillac y Locke–, con un prólogo del humanista Juan B. Muñoz, tan enemigo de los métodos escolásticos como Verney.

En 1784 se traduce al español la Lógica, de Condillac, por Bernardo María de Calzada. El empirismo psicológico se difunde rápidamente, advirtiéndose derivaciones peligrosas hacia el materialismo. En esta dirección materialista habrá focos en Sevilla, Córdoba y Salamanca, sobre todo. No obstante, y como hace notar el padre Martínez Gómez, S. J., el instinto de ortodoxia lleva a los pensadores hispanos a conciliar el sensualismo psicológico con doctrinas tradicionales. Ramón Campos, en su Sistema de Lógica (1790) y en El don de la palabra, concilia su doctrina nominalista con una original teoría del lenguaje. La palabra no es algo inventado por el hombre, sino un don divino, algo recibido directamente de Dios. Principios, a su vez, de un tradicionalismo cristiano, que alcanza gran predicamento entre los filósofos españoles de fin de siglo.

Otros representantes del sensualismo dieciochesco son Francisco Javier Pérez y López (m. 1792), que hace un compendio de filosofía especulativa y práctica, inspirado en Leibniz y Ramón Sibiuda, con dejos místico-panteístas. Recurre al lenguaje y al oído, fundamentalmente para explicar las ideas universales. Luis Pereyra, portugués, profesor en Madrid, autor de una Theodicea o la Religión natural, con demostraciones metafísicas que ofrece [266] el sistema mecánico, dispuestas con método geométrico. Se muestra influido por Wolf y por el sensualismo y tradicionalismo del ambiente. Su intento es conciliar el empirismo gnoseológico con la religión. De Espinosa –al que ataca– adopta, no obstante, el método.

Merecen también destacarse algunos de los jesuitas expulsados en Italia. Es común a ellos el despego por la metafísica y su apego, demasiado optimista, a los modernos: Bayle, Hume, D'Alambert, &c. Antonio Eximeno, (m. 1808) y Juan Andrés (m. 1817) destacan en este grupo.

Eximeno sigue, en general, a Locke y Condillac, si bien más al primero. La ficción condillanquista de la estatua no la acepta, por encontrarla demasiado pasiva. El alma tiene una actividad que le permite reflexionar, comparar, &c. Memoria e imaginación, no obstante, están descritas en términos de sabor materialista.

Juan Andrés desprecia por igual a la escolástica y al racionalismo. Entiende que todas las disputas antiguas son inútiles y que la filosofía ha avanzado más después de Locke y Condillac que en toda la historia anterior. En el fondo no se trata más que de un clima del momento, que acabaría desencadenando el criticismo kantiano.

La primera mitad del siglo XIX en España –el tumultuoso siglo XIX– está filosóficamente bajo el signo de Francia: sensismo, materialismo, sociología, eclecticismo. (La segunda mitad habría de estar bajo el signo de Alemania: kantismo, un poco de hegelismo y, sobre todo, krausismo.)

Los comienzos del siglo XIX son, en realidad, una continuación del final del XVIII. La dirección sensista –o sensualista– en psicología, lógica, ética y derecho es la de más arraigo. Tanto los filósofos como los pedagogos, médicos, &c., explotan esta mina que les brinda el empirismo, que es más actual que el viejo mecanicismo, imperante en el XVIII.

Penetran las corrientes empiristas durante el siglo XIX a través de la Universidad de Salamanca y de la de Cervera. Esta última copia a las de Montpellier y París, con las que tiene comunicación. En el empirismo psicológico se insertan múltiples direcciones: la «ideología» o lógica explicada psicológicamente, la frenología, la antropología, pedagogía, &c...

Las derivaciones materialistas del sensismo de Condillac, especialmente las de Cabanis y Destutt de Tracy –este último destacado representante de la «ideología»–, tienen una inmediata repercusión en España, en donde podemos destacar, entre los seguidores de estas tendencias, a Reinoso (1816), autor de una Ideología de la práctica; al presbítero Juan Justo García, que escribe Elementos de verdadera lógica (1821) y traduce el Compendio de Ideología, de Tracy. Los catedráticos de Salamanca Ramón Salas y Miguel Martel se adhieren al sensualismo condillaquista y al utilitarismo de J. Bentham. En Cádiz, en el colegio marianista de San Felipe, hay un grupo que sigue el sensismo mitigado de Laromeguière.

Adictos al sensualismo condillaquista, con influencias de Gall e incluso kantianas, existe un grupo de médicos-filósofos, entre los que merecen especial mención Antonio Hernández Morejón (m. 1836). Francisco Fabra y Soldevilla (m. 1839), con claros influjos de Condillac, Helvetius, Gall y algún toque kantiano. José Francisco Vendrell y Pedralbes (m. 1850), que realiza un Análisis de la razón humana, en dependencia de Condillac, pero sin abandonar sus ideas católicas. Y, por, último, Mariano Cubí y Soler (m. 1875), que fue uno de los máximos propagadores en España de la frenología.

José de Letamendi (m. 1897) (v.) tiene especial importancia, porque, a pesar del influjo experimental, supo hacer una síntesis espiritualista, con influencias de Pascal y del sensismo escocés.

La transición espiritual del empirismo psicológico anglo-francés al sensismo escocés se opera, de hecho, con Ramón Martí de Eixalá (1808-1857), formado en Cervera, y con Francisco Javier Lloréns y Barba (1820-1872).

Bibliografía: T. Carreras Artau, Estudios sobre médicos-filósofos españoles del siglo XIX, Barcelona 1952; L. Martínez Gómez S. J., Bosquejo de historia de la Filosofía española, apéndice a la Historia de la Filosofía, de J. Hirschberger, Barcelona 1965; Juan Francisco Yela Utrilla, Juan Andrés, culturalista español del siglo XVIII, Revista Universidad de Oviedo, 1952.

José María Benavente Barreda
Catedrático del Instituto
de Enseñanza Media de Madrid.


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