Enciclopedia de la Cultura Española
Editora Nacional, Madrid 1967
tomo 4
páginas 580-581

Ontología

Se entiende por ontología el tratado del ser en general, común tanto a Dios como a las criaturas, al ser material y al espiritual. Parece que la acuñación del término se debe a Johannes Clauberg, quien, en 1647, latinizó el vocablo griego.

La ontología se ha cultivado, como una parte de la metafísica, de un modo especial en la tradición aristotélico-escolástica. En la Edad Moderna y Contemporánea quizá sólo podamos hablar de ontología en Nicolai Hartmann, aunque sí de metafísica en otros muchos autores. La ontología, para constituirse de modo autónomo, precisa de unos supuestos gnoseológicos –el principal de los cuales es la validez de la abstracción como vía de acceso– que no suele aceptar la filosofía a partir de Descartes. Por eso, aunque toda ontología está involucrada en una construcción metafísica, no sucede igual a la inversa: es perfectamente concebible una metafísica que no suponga –al menos en el sentido tradicional del término– una ontología a su base.

Al historiar las vicisitudes de la ontología en España –siquiera de un modo esquemático– nos referiremos, pues, a todos aquellos autores que se han ocupado –dentro de su construcción filosófica general– del tratado del ser in genere.

En España, la primera especulación metafísica de importancia la encontramos entre los árabes. Si bien el gran problema de la escolástica árabe fue –como el de la escolástica cristiana– la conciliación de la fe y la razón, ello no fue óbice para que, al hilo de la especulación teológico-natural, se suscitaran cuestiones del más vivo interés filosófico. Los árabes españoles –como los judíos– fueron especialmente «teólogos». No obstante, cabe entresacar dos nombres de especial relevancia en el plano metafísico: Ibn Masarra y Averroes.

Ibn Masarra (†931) es, a la vez que filósofo, un místico sufí. Su filosofía, que llegó a formar escuela, es un sincretismo neoplatónico. En ontología defendió la existencia de una materia universal. Este hilemorfismo universal se extiende a todas las criaturas, por debajo de Dios, como sostendrá la escuela franciscana.

Mayor importancia tiene la especulación ontológica del cordobés Averroes (†1198, en Marruecos). Avicena –la otra gran figura de la filosofía árabe oriental– distinguía el Ser Necesario –Dios– del ser posible –la criatura–. Para Averroes, el ser no es más que existente y no existente. En esto, más que de Aristóteles, está cerca de un peligroso monismo panteísta. Afirmó la eternidad de la materia y consideró que la creación era más asunto de la fe que de la razón.

Entre los judíos destaca de un modo especial el «Avicebrón» latino: Ibn Gabirol (†1050). En su obra principal, Fuente de vida, expone un sistema del mundo de corte neoplatónico, aunque mezcla elementos judaicos y aristotélicos. Como Ibn Masarra entiende que, por debajo de Dios, todo está compuesto de materia y forma. Dios es lo Uno. Cada grado de ser se constituye por una nueva composición hilemórfica. Hay, pues, pluralidad de formas.

Entre los filósofos cristianos, la ontología comenzó a cultivarse, fundamentalmente, entre los tomistas dominicos. Conviene destacar, entre los metafísicos adscritos al tomismo, a Bernardo de Trilla (1292). Escribió Quaestiones de differentia esse et essentiae, obra en la que defiende la distinción real de esencia y existencia. También tiene importancia metafísica la figura de Guido de Terrena (†1342), obispo de Mallorca. No admite la tesis de la distinción real de esencia y existencia, ni que el principio de individuación sea la materia. Negó, igualmente, el argumento de causalidad para probar la existencia de Dios.

Dentro de la orden franciscana, la influencia, naturalmente, es del Doctor Subtilis. Entre los escotistas más caracterizados podemos destacar tres nombres: Gonzalo de Balboa (†1313), general de la Orden y maestro y protector de Escoto en París (en 1303). Su obra fundamental, de carácter metafísico, es Conclusiones utilissimae ex XII libris Metaphysicae Aristotelis, obra que incluso fue atribuida a Escoto; Antonio Andrés (nació hacia 1280). Por la fidelidad de su discipulado se le denominó Scotellus. Sigue a Escoto en su interpretación de la metafísica aristotélica, especialmente en el hilemorfismo. Y, por último, Pedro Tomás (primera mitad del siglo XIV), maestro de filosofía en el convento franciscano de Barcelona. Sus obras metafísicas son De ente y De formalitatibus. Defiende la realidad de las «formalidades» de Escoto, llevando su objetividad hasta el más extremo realismo.

En el período medieval hay que reseñar también la figura de Ramón Lull (1233-1315), que, si bien no es directamente metafísico, tiene implícitas doctrinas ontológicas de enorme interés. Fundamentalmente la suposición que está a la base de su arte combinatoria: los seres y sus propiedades tienen su exacta traducción en nuestros conceptos. Hay una correspondencia biunívoca lógico-óntica. La lógica es, pues, a la vez, ontología.

El primer período del Renacimiento en España, casi todo él integrado por los humanistas y médicos filósofos, apenas sí tiene significación filosófica, y menos aún en el terreno de la metafísica. Si exceptuamos a Juan Luis Vives y a León Hebreo, la actitud filosófica general tiene un marcado carácter antropológico, muy propio de la época. Quizá convenga reseñar, entre los aristotélicos independientes, a Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), autor de una traducción –la primera traducción latina renacentista– de los Comentarios de Alejandro de Afrodisia a los 12 libros de Prima Philosophia de Aristóteles.

Durante los siglos XVI y XVII se va a registrar en España un momento cumbre de actividad filosófica, sobre todo a cargo de la escolástica, en sus dos principales corrientes de tomismo –dominicos– y suarismo –jesuitas–. Aunque la principal preocupación del momento, que apasiona hasta enzarzar en contienda intelectual a los representantes de las dos grandes corrientes doctrinales, sea fundamentalmente teológica (aunque de teología filosófica), al hilo de esta especulación se van perfilando cuestiones ontológicas de enorme valor. Prácticamente todos los representantes del tomismo y suarismo tienen, durante este período, significación para la metafísica. Piénsese en las figuras colosales de Medina, Cano, los dos Soto y, sobre todo, Báñez, entre los dominicos, y en las de Fonseca y L. de Molina, entre los filósofos de la Compañía de Jesús. No obstante, nos ceñiremos a figuras que se han ocupado más estrictamente de cuestiones metafísicas y ontológicas.

En el siglo XVI tenemos a Diego de Deza, famoso por su polémica contra el nominalismo incipiente. Escribió Novae defensiones doctrinae Doctoris Angelici S. Thomae super quator libros sententiarum (1571). De él ha dicho el padre Ramírez que es un intelecto más metafísico que Vitoria. También dominicos son Diego de Astudillo, que en la tesis de la analogía busca una línea conciliatoria entre Escoto y Santo Tomás, desarrollada luego por Francisco Suárez, y Pedro de Ledesma, autor de De divina perfectione (Salamanca 1596), obra en la que defiende la identidad de esencia y existencia en Dios, pero la distinción en las criaturas.

El más destacado de los filósofos dominicos del siglo XVI es el valenciano Diego Mas. Sus obras principales son: De Ente et proprietatibus ejus metaphysica disputatio (Valencia 1578), Commentaria in universam Aristotelis Dialecticam una cum quaestionibus (1592), Commentaria in universam Philosophiam Aristotelis (1599), De elementis disputatio, &c. Merece una especial consideración su estudio sobre los universales, los predicamentos, la demostración y teoría de la ciencia. Se debe también a Diego Mas la reforma de la enseñanza universitaria, al pasar del método dialéctico al estudio de la metafísica. Se anticipa con sus doctrinas, por lo menos en diez años, al jesuita Suárez y al agustino Diego de Zúñiga. Tal fue la resonancia que tuvo la publicación de su obra sobre las propiedades del ente, que en Valencia se creaba la cátedra de Metafísica el mismo año en que ésta veía la luz. Diego Mas es, posiblemente, el autor de la primera metafísica sistemática, [581] como ha puesto de relieve el padre Galledo O.P.

Sin embargo, la máxima figura de la ontología española la constituye el jesuita Francisco Suárez (ver). Granadino, formado en Salamanca, fue profesor en esta ciudad, así como en Alcalá, Roma y Coimbra. Su obra cumbre son las Disputationes metaphysicae, la más alta síntesis de metafísica después de la obra de Santo Tomás. Refiriéndose a esta obra dice el padre Martínez Gómez S. I.: «...Suárez no se ciñe, como era el uso, a un comentario del texto aristotélico, sino que elabora, el primero, con un orden sistemático independiente, todo el material metafísico antiguo, medieval y contemporáneo. Estudia en la primera parte el objeto de la metafísica, que es definida como 'la ciencia que considera al ser en cuanto ser, o en cuanto abstrae de la materia en el existir', el concepto de ser, sus propiedades, unidad, verdad, bondad, causas del ser, material, formal, eficiente, final y ejemplar. En la segunda parte pasa a las divisiones del ser, primero en infinito y finito, teoría del ser infinito o teología natural, existencia, esencia de atributos de Dios, y teoría del ser finito, su habitud a la esencia y existencia, y sus divisiones en sustancia y accidente y las nueve subdivisiones aristotélicas del accidente. Por fin, el tema del ente de razón».

Dentro de este período floreciente aún debemos mencionar a Diego de Zúñiga (†1599). Es autor de una Philosophiae prima pars (Toledo 1597), escrita más como ensayo que como un riguroso método escolástico. Su interés reside, fundamentalmente, en que en él se produce, quizá por primera vez, la escisión wolfiana dentro de la metafísica: para Zúñiga la metafísica tiene que consistir en un estudio de las razones universalísimas, comunes a todas las cosas –es decir, una metafísica general u ontología– y el estudio de Dios debe reservarse a una parte especial, que podría llamarse «teología natural».

Aún podemos añadir, a la nómina del siglo XVII, a tres filósofos dominicos: Melchor Coronado, autor de un Tractatus de existentia creata (Amberes 1624); Francisco de Araújo, que escribe Commentaria in universam Aristotelis metaphysicam (Salamanca, 1617-31), una réplica a Suárez de gran valor metafísico. En él se inspira el portugués Juan de Santo Tomás. Y, por último, Juan Martínez de Prado, autor de Controversiae metaphysicae (Alcalá 1669), que es una réplica a Juan de Santo Tomás, al que considera poco documentado. Martínez de Prado tiene razón en esto, pero es mucho menos profundo que el portugués.

El siglo XVIII constituye todo él un período decadente para la ontología. La especulación filosófica atraviesa por momentos de auténtica crisis. Prácticamente hasta el siglo XIX, con la figura de Jaime Balmes (1810-48), no asistimos a un renacer de la ontología. Su obra básica es la Filosofía fundamental, en la que hace una revisión de las nociones básicas de la metafísica, desde una perspectiva gnoseológica y en diálogo con la filosofía moderna, que, en general, conoce bien.

Aunque con menos ímpetu creador, merecen destacarse los nombres del cardenal Zeferino González y Díaz Tuñón (1831-1894) y de Juan Manuel Ortí y Lara (†1890), que tan dura lucha mantuvo con el krausismo. También tiene importancia la obra del jesuita Juan José Urráburu (†1904).

En nuestro siglo son fundamentales para la metafísica las aportaciones de José Ortega y Gasset (ver) y, sobre todo –por ser de carácter más sistemático y cercano a la tradición–, las de Xavier Zubiri Azalategui (ver).

Dentro de la corriente tomista hay que subrayar las obras de Ángel González Álvarez Introducción a la metafísica (Mendoza 1951) y Tratado de metafísica. Ontología (Madrid 1961). En esta última obra replantea desde los textos mismos el pensamiento de Santo Tomás, y desarrolla, de un modo personal y profundo, las estructuras del ente finito. Aportaciones menos sistemáticas, pero de indudable interés para la ontología, son las de Jaime Bofill y Bofill, Antonio Millán Puelles, Jesús García López, Sergio Rábade Romero, &c.

Bibliografía: Luis Martínez Gómez, Bosquejo de historia de la filosofía española, en «Historia de la filosofía», de J. Hirchberger; T. y J. Carreras Artau, Historia de la filosofía española; Marcelino Menéndez Pelayo, La filosofía española, selección e introducción de Constantino Láscaris Comneno.

José María Benavente Barreda
Catedrático del Instituto
de Enseñanza Media de Madrid.


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