Enciclopedia de la Cultura Española
Editora Nacional, Madrid 1965
tomo 2
páginas 852-853

Empiricismo y Cientificismo

1. Generalidades. Se designa con el nombre de empiricismo o, más corrientemente, con el de empirismo a aquel sistema filosófico que en el problema referente al origen y valor del conocimiento humano sostiene que la única fuente de conocimientos válidos es la experiencia sensible, la sensación y la percepción en sus diversas modalidades. El empirismo, por tanto, se refiere no solo al origen del conocimiento, sino también a su validez. Tan empirista es el que afirma que la única fuente de conocimiento es la experiencia cuanto el que sostiene que, habiendo otras fuentes de conocer, la única válida es la sensación. Se trata de un diferente matiz, psicológico o epistemológico que, por otra parte, suelen ir unidos. Si positivamente el empirismo se caracteriza por lo anteriormente indicado, admitir únicamente como origen de verdaderos conocimientos a la experiencia, negativamente se constituye por su oposición a aceptar a la razón como posible origen de conocimientos. El conocimiento racional es, en el mejor de los casos, reducido por este sistema a un conocimiento sensible de segundo grado, a una elaboración que la imaginación y la memoria verifican de las sensaciones, pero sin que dicha elaboración introduzca en ellos una modificación fundamental. Es decir, se niega el valor de la abstracción como tal. El concepto reducido a mera imagen general (Galton).

El cientificismo es aquella doctrina que hipervalora el valor de la ciencia despreciando la validez de la filosofía. La característica fundamental de este modo de pensar no radica en lo que afirma, el que la ciencia positiva sea fuente de conocimientos válidos, sino en lo que niega, el que lo sea la filosofía. Y precisamente en ello radica su error. El cientificismo es una teoría unilateral. Se centra, con un radical exclusivismo, en los aspectos fenoménicos de lo real, despreciando lo ontológico en ello inserto.

Estas dos formas de pensar no tienen necesariamente que ir unidas; es concebible que haya empiristas no cientificistas –pensemos en Locke o Hume– y cientificistas no empiristas –caso de Einstein–. Pero también es cierto el que, de hecho, generalmente uno y otro suelen ir indisolublemente unidos. Todo empirismo implica una radical desconfianza sobre el valor de la filosofía, especialmente de la metafísica, que, como filosofía primera o simpliciter, supone la más perfecta expresión de la misma. De otra parte, el pensar cientificista suele apoyarse de un modo primordial en la experiencia, desvirtuando, aunque se hable de él, la verdadera esencia del conocimiento racional.

Uno y otro movimiento doctrinal han sido muy extendidos entre los pensadores europeos. Prescindiendo de algunos brotes en la Grecia antigua, el empirismo es el sistema filosófico-epistemológico más caro a los pueblos anglosajones, desde Rogerio Bacon a Dewey. El cientificismo, por su parte, es la expresión más adecuada del espíritu positivista tan desarrollado desde el siglo XIX.

2. En la filosofía española, por el contrario, tanto el empiricismo como el cientificismo han tenido poca aceptación. La persistencia, más o menos floreciente según las épocas, pero siempre presente, de las directrices básicas del pensamiento tradicional, entendiendo por tal al aristotélico-tomista, han hecho que siempre, en líneas generales, haya habido en los filósofos hispánicos una recta apreciación del valor del conocimiento racional, en oposición al empirismo, y de la validez de la filosofía, en contradicción con el cientificismo. No obstante, es cierto que se pueden rastrear en la historia del pensamiento español algunos autores incardinados en uno u otro modo de pensar, con la característica fundamental de que no llegaron a constituir una tradición o escuela, sino que fueron brotes esporádicos sin continuidad alguna.

A. El empirismo y el cientificismo en el pensamiento medieval español. A semejanza de lo que acontece en los demás países, la filosofía hispánica medieval es totalmente opuesta al empirismo y al cientificismo. Al primero, por la influencia tanto de la filosofía agustiniana cuanto de la aristotélica, ambas alejadas, aunque por diversas razones, del empirismo. De otra parte, el escaso desarrollo de la ciencia positiva impedía la constitución de una forma de pensar cientificista.

No obstante, se puede señalar la existencia en España de una corriente de carácter nominalista en el siglo XV. Cierto es que el nominalismo no es un sistema totalmente coincidente con el empirismo, pero no lo es menos que un modo de pensar nominalista es campo abonado para el ulterior desarrollo del mismo. Modernamente se ha puesto de relieve que las tesis fundamentales del empirismo inglés de la época moderna están contenidas en embrión en los sistemas nominalistas de fines de la Edad Media.

El nominalismo se introduce en España, con el precedente de Guillermo Rubió en el siglo XIV, a fines de la decimoquinta centuria por obra de varios pensadores, entre los que destacan Jerónimo Pardo, Antonio y Luis Coronel, Agustín Pérez de Oliva, Juan Celaya y, especialmente, Gaspar Lax. Este, que fue profesor en la Sorbona y maestro de Luis Vives, escribió una serie de tratados de lógica en los que se deja advertir la influencia del nominalismo, por entonces tan imperante en el pensamiento europeo. De entre ellos destacan De syllogismus, De solubilibus et insolubilibus, Quaestiones in libros Perihermeneias et Posteriorum.

Sin embargo, las manifestaciones de índole empirista sensu stricto no aparecen en España en esta época. Solamente cuando se da un florecer intenso de las ciencias positivas, ancladas en la experiencia y utilizando el método experimental, es por una hipervaloración de todos esos elementos, se puede engendrar una corriente empirista y, ahondando aún más, un cientificismo que desvirtúe el papel del pensar filosófico. En la Edad Media no [853] se produjeron estas circunstancias en ningún país europeo, pese a la vocación que hacia las ciencias positivas pudiera haber en un San Alberto Magno o un Rogerio Bacon. Menos aún en la filosofía hispánica, en la que no hubo ningún pensador consagrado a los estudios basados en el método experimental.

B. La Edad Moderna. Con la aparición del Renacimiento se van a originar en el pensamiento español algunos brotes de índole más o menos empirista. Los representantes más caracterizados en este sentido son Luis Vives, Juan Huarte de San Juan y Gómez Pereira.

Luis Vives, como es bien sabido, no puede considerarse propiamente como un pensador empirista. Da plena validez al conocimiento intelectual. Pero es indudable que con él se valorizó grandemente el papel de la experiencia en el ámbito de la ciencia y la filosofía, desconocido por la mayor parte de los escolásticos decadentes, abriendo con ello camino para otras manifestaciones más acentuadamente empiristas. En efecto, en su De corruptis artibus libri VII nos señala como causas de la decadencia del saber, entre otras, las siguientes: la carencia de análisis de la experiencia, el olvido del método experimental, la hipervaloración de la autoridad, la generalización precipitada (típico sofisma inductivo), el no acudir a la observación directa e inmediata de la Naturaleza. Además, de acuerdo con estas normas, trató Vives de construir una psicología basada en la experiencia, siendo por ello, como justamente se le ha reconocido, uno de los precursores de la moderna psicología experimental.

Con Huarte de San Juan se da un paso más. Hay en este autor un claro aliento de matiz empirista que se observa perfectamente con leer su Examen de ingenios para las ciencias. Investigando cuál sea la causa de que haya diversa aptitud en los distintos hombres para el cultivo de las ciencias, mantiene que la misma no puede ser el alma, ya que, según él, todas las almas son de igual perfección y, por ende, por razón de ella todos los hombres tendrían la misma aptitud . El que ésta sea distinta se debe al temperamento, es decir, a una cierta disposición orgánica de las cuatro cualidades primeras (calor, frío, húmedo, seco), que es distinta para cada hombre. Y basándose en este principio general construye una teoría de claro sabor empirista, en la que las distintas manifestaciones intelectuales y, en general, anímicas parecen deberse a órganos corporales. Así, por ejemplo, la sabiduría y la prudencia dependen exclusivamente de una buena estructuración cerebral y el adecuado estado de la sangre arterial. Y así acontece con todas las facultades del alma, superiores o inferiores. El órgano se presenta más como causa que como conditio sine qua non. Es más, expresamente combate la tesis de que el entendimiento sea potencia inorgánica. El análisis que de todas estas cuestiones verifica Huarte de San Juan se basa en un método estrictamente empírico, que es un preludio de la moderna teoría de las localizaciones cerebrales.

Por último, con Gómez Pereira encontramos de modo incipiente y no expresada con plena claridad la tesis fundamental del empirismo, es decir, la negación de una diferencia radical, cualitativa, entre el conocimiento sensible y el intelectual. La consecuencia fundamental de la distinta naturaleza de uno y otro hace posible perfectamente el que en un ser se dé, por ejemplo el conocimiento sensible y no el intelectual, como acontece en los brutos. Pues bien, es esto precisamente lo que Gómez Pereira niega. En su Antoniana Margarita, opus nempe physicis, medicis ac theologis non minus utile, quam necessarium mantiene la tesis, con anterioridad a Descartes, de que los animales carecen de vida sensitiva, reduciéndolos a meros autómatas, a máquinas perfectas. El argumento que da para demostrar su tesis se reduce fundamentalmente a sostener que si se admitiera en los brutos conocimiento sensible, habría que concederles también necesariamente el conocimiento intelectual, lo que, nos dice nuestro autor, es radicalmente absurdo. El corderillo busca a la madre y rehuye al lobo. ¿Por qué? La explicación tradicional radica en sostener que mediante el conocimiento sensible percibe a la madre o al lobo y, después, por un movimiento instintivo se acerca a la primera o huye del segundo. Ahora bien, para que pueda suceder todo esto es preciso, nos dice Gómez Pereira, que el corderillo debe poder saber distinguir entre amigos y enemigos, conocer a la oveja «que es su madre» y distinguirla de todas las demás, lo que implicaría el que sepa de los seres que «son lo que son y no son lo que no son». Todo esto supone el tener la facultad de relacionar, distinguir, es decir, de juzgar y razonar. El atribuir a los animales el conocimiento sensible llevaría consigo como consecuencia necesaria el tener que admitir en los mismos la existencia del conocimiento intelectual. Mas esta deducción hecha por Gómez Pereira no tiene sentido si se establece entre ambas formas de conocer una diferencia de modalidad, tal como afirma el intelectualismo. Únicamente sería admisible en el supuesto de que entre ellas sólo se diera una distinción de grado, tal como mantiene el empirismo.

En todos estos autores que hemos estudiado, no obstante, se puede hablar de un empirismo claro y manifiesto. Se dan en ellos, eso sí, afirmaciones de corte empirista o que sólo tienen sentido dentro de una epistemología de tal naturaleza. Habrá que avanzar más en el tiempo para que se encuentren pensadores que defiendan expresamente las tesis empiristas.

Tal ocurre en el siglo XVIII. La influencia de Locke se dejó sentir en una serie de intelectuales que, despreciando la filosofía tradicional hispánica, se abrieron a influencias extranjeras. Por ello, a fines del siglo citado, el empirismo se abrió camino en círculos culturales que no se pueden, sin embargo, llamar estrictamente filosóficos. Como representantes de esta nueva corriente hay que citar a Meléndez Valdés y a Jovellanos; tanto uno como el otro no pueden ser denominados propiamente filósofos. Sus preocupaciones intelectuales se orientaban primordialmente hacia la literatura y la política. Pero es indudable que en ellos se manifiesta la influencia del empirismo de Locke. En este sentido es bien significativa la carta que el primero escribió al segundo desde Salamanca (1776), en la que le decía: «Uno de los primeros libros que me pusieron en la mano y aprendí de memoria fue el de inglés doctísimo. Al Ensayo sobre el entendimiento humano debo y deberé toda mi vida lo poco que sepa discurrir».

C. La Edad Contemporánea. El siglo XIX y los primeros treinta años del XX han sido la época áurea del empirismo, en su modalidad positivista, y del cientificismo antifilosófico. De Comte a Le Dantec hay una manifiesta aversión hacia todo lo que trascienda la experiencia, en especial contra la metafísica en cuanto núcleo central de la filosofía. Este movimiento también tuvo su reflejo en España, si bien muy limitado en sus manifestaciones. La raíz de ello está en que el pensamiento español del siglo XIX se mueve entre la filosofía tradicional o el krausismo. Por otra parte, el estancamiento intelectual decimonono impidió en España el desarrollo de las ciencias positivas, lo que no creaba un clima propicio ni al positivismo empirista ni mucho menos al cientificismo.

Como representante del positivismo podemos citar a Pi y Margall, hombre de vasta erudición, pero al que no se le puede llamar filósofo. Posteriormente, en el siglo XX, es de destacar Eloy Luis y André, discípulo de Wundt en el laboratorio de psicología experimental montado por éste en Leipzig, que intentó difundir en España la filosofía alemana; muy influido por su maestro, escribió sus Elementos de psicología, en los que se observan tesis propias del positivismo psicofisiológico.

Como conclusión hemos de señalar que ni el empirismo ni el cientificismo han sido sistemas que hayan alcanzado éxito en España. La razón fundamental de este fenómeno radica en la persistencia en nuestro país de la filosofía tradicional, cuyo predominio sólo ha tenido alguna excepción en algunas manifestaciones ya cartesianas (siglos XVIII) ya krausistas (siglo XIX).

Bibliografía: J. de Castro, Historia de la Filosofía española, Madrid 1898; Adolfo Bonilla y San Martín, Historia de la Filosofía española, Madrid 1908-1911; Marcial Solana, Historia de la Filosofía española, Madrid 1941; J. Iriarte, «La Filosofía española. Su concepto y valor», en Razón y Fe, núm. 130, Madrid 1944.

José Barrio Gutiérrez
Doctor en Filosofía, Catedrático de Filosofía de Institutos de Enseñanza Media,
Profesor Numerario de Filosofía de Escuelas del Magisterio.


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