Diccionario de filosofía contemporánea
Ediciones Sígueme, Salamanca 1976
páginas 450-451

Schopenhauer, Arthur (1788-1860)

Con Schopenhauer se inicia la crítica a la identidad entre el ser y el bien que domina la filosofía occidental de Platón a Hegel; su filosofía ha de ser entendida desde el prisma de su ataque al cristianismo y como reacción contra el hegelianismo que entonces empezaba a dominar en la universidad alemana: nada más significativo a este respecto que la constatación de que la obra capital de Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación fue publicada tan sólo un año después que la primera edición de la gran sistematización del pensamiento de Hegel, la Enciclopedia de las ciencias filosóficas. La filosofía de Schopenhauer parte de un primer pensamiento capital: el ser es voluntad, el ser quiere ser y quiere permanecer como querer; el ser es esa voluntad que quiere ser siempre voluntad.

El modo de ser de la voluntad es un continuo devenir en el que se afirma el querer-vivir. Todos los seres se disuelven en la voluntad única y en su afirmación en el incontenible devenir; el determinismo absoluto es la expresión de esta disolución de los múltiples en la serialidad del devenir: todo momento del devenir procede de un momento anterior y va hacia un momento siguiente; en la serie del proceso todo tiene una razón suficiente de su ser. Si el determinismo domina el proceso del devenir de la voluntad, ésta en cuanto tal es irracional: no hay razón de ser de la voluntad; el proceso del devenir es un proceso necesario pero la existencia de la voluntad es contingente; la voluntad es razón de ser pero no hay razón de ser de la voluntad: «la no existencia del mundo es tan posible como su existencia» (El mundo como voluntad y representación). En el devenir la voluntad se mantiene en el ser; la producción de lo devenido en el devenir es, en realidad, reproducción de la voluntad única: la incesante muerte de aquél la condición de la vida de ésta. La voluntad es ciega, no «ve» lo que hace, no es inteligencia de sí sino obrar sin inteligencia; no tiene amor ni odio para lo que crea, es indiferente para con su obra, sólo quiere ser lo que ya era, repetirse. Esta voluntad se halla fragmentada en individualidades en las que se contrapone y lucha la voluntad única y en las que se va objetivando, de forma gradualmente creciente, el querer vivir. La forma más alta de objetivación del querer vivir es el hombre; la conciencia humana es la reflexión del querer vivir sobre sí mismo, la visión que de sí mismo tiene el querer vivir, la representación de la voluntad. En la conciencia humana se produce la manifestación de la voluntad en una representación que se escinde en un objeto en permanente devenir y un sujeto estable y permanente inobjetivable. Aun cuando en su origen la conciencia humana sea tan sólo la visión de la voluntad y aunque el yo individual no sea más que una manifestación de ella es también para el hombre la ocasión de sustraerse al horror; la conciencia, que de modo inmediato es visión del horror, se protege de ese mismo horror por medio de la contemplación pura, en la que el sujeto se separa y diferencia de su yo individual y, convertido en conciencia de su propio ser se abisma en el goce de la visión que tiene por objeto no ya el horror inmitigado de la voluntad, sino la representación del mismo para el conocimiento.

Del postulado del carácter contingente de la voluntad se sigue la pregunta por el valor y sentido de la existencia: si la voluntad no tiene en cuenta al hombre es justo que éste se pregunte qué interés tiene para él ese su ser cuyo azaroso origen es la voluntad; se trata de saber si la vida merece la pena o, si se quiere, si el conjunto de bienes que proporciona compensa de los dolores y sufrimientos que trae consigo. La respuesta de Schopenhauer consiste en negar el valor de la existencia de modo categórico: la vida es dolor, caducidad y miseria; la existencia un completo sin sentido. La única salvación que el hombre puede esperar es la de su reposo en la nada. Toda la moral de Schopenhauer está edificada sobre la concepción de la vida como dolor y mal. Respecto de los demás hombres la actitud del sabio es la de la compasión, esa «solidaridad en el desamparo» de que habla Horkheimer, mientras que la moral personal tiene como finalidad desolidarizarse del ser anulando en sí mismo la voluntad de vivir por medio de una ascética rigurosa hasta llegar a un anonadamiento próximo a la experiencia del nirvana.

Santiago González Noriega

Obras traducidas al castellano: El mundo como voluntad y representación, Madrid 1960; Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, Madrid 1968; Los dos problemas fundamentales de la ética, Madrid 1965.


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