Diccionario de filosofía contemporánea
Ediciones Sígueme, Salamanca 1976
páginas 332-334

Nietzsche, Friedrich

Federico Nietzsche (1844-1900) es una figura múltiple y contradictoria; su doctrina, lejos de constituir un todo ordenado y sistemático, está llena de incoherencias y cuestiones problemáticas: el escepticismo más radical coexiste con hipótesis arbitrarias de la mayor generalidad, la negación de la libertad con la exhortación a la responsabilización, la crítica del lenguaje con la fascinación por el mito. Cualquier intento de esquematizar el pensamiento filosófico de Nietzsche hace que perdamos su originalidad irrecusable. Nietzsche no se compromete consigo mismo, no se identifica con ninguno de los momentos de su evolución filosófica, no es fiel más que a una búsqueda continua: filosofar itinerante y vagabundo, senda perdida de un pensar peregrino. Pero aunque no encontramos en Nietzsche una voluntad de sistema no por ello carece de unidad su obra filosófica: ésta viene dada, en primer término, por una voluntad de estilo, por una primacía de la expresión. El aforismo es la forma en que se plasma un pensar instantáneo, desconectado de su pasado, un pensar sin memoria; al encadenamiento discursivo riguroso, propio del tratado, sucede la exposición discontinua y quebrada cuyo vínculo es el blanco del papel. Fruto del goce de la inteligencia con su propio juego el aforismo multiplica las perspectivas en lugar de empeñarse en reproducir lo inmutable. El estilo es, también, invitación al goce, creación de una forma bella, más que transmisión de un contenido: obra de arte y no pieza didáctica. Al igual que ocurrió en sus orígenes, la filosofía se hace poema, se apropia en el símbolo de toda la riqueza de lo sensible: hielo, montaña, sol, serpiente. El discurso filosófico no preserva de la contaminación por lo natural en nombre de la pureza de la noción, sino que se pierde en el mundo, se hace alegoría, metáfora, mito: el poema de Zaratustra.

La enumeración de los aspectos de la filosofía nietzscheana que han contribuido a configurar la cultura contemporánea sería inacabable. Su revalorización de la sexualidad ha abierto el camino al psicoanálisis freudiano; su crítica de las seducciones del lenguaje como origen de la metafísica anticipa a la filosofía analítica; su afirmación del azar y de la incertidumbre es prolongada por Bataille; su gusto por un pensar inconcluso, perpetuamente hipotético, prefigura a algunos de los metodólogos más modernos; antes que los estructuralistas (estructuralismo), Nietzsche habla de texto, lectura, interpretación. El anarquismo ha podido considerar a Nietzsche como uno de sus pensadores en razón de su afirmación del individuo soberano frente a la sociedad y al estado, mientras que el fascismo se ha reconocido en su gusto por el poder y en su legitimación de la acción violenta y de la Realpolitik. Antes que Heidegger, Nietzsche ha visto en los presocráticos la cumbre de la filosofía griega. En un siglo de vano optimismo y de consagración triunfante del orden burgués Nietzsche ha denunciado –al igual que Flaubert– el progresivo empequeñecimiento del hombre. Nietzsche ha anunciado las grandes guerras, la lucha por el dominio planetario en nombre de concepciones del mundo, la muerte histórica del cristianismo y el desprestigio de los valores tradicionales.

Nietzsche concibe la actividad filosófica como crítica. El filósofo es un ser marginado, un ser que vive al margen de la sociedad y que la toma por objeto de estudio y de crítica; la filosofía es una crítica de las ilusiones que hacen posible la existencia del hombre en sociedad (moral, derecho, estado) y una crítica de la cultura presente. Pensar es pensar contra el pensamiento y su instrumento, el lenguaje. La filosofía es el arte de la sospecha, el ejercicio de la desilusión, el hábito del desencanto. Pero esta libertad negativa de la conciencia lúcida no agota las posibilidades del filosofar: la filosofía es, también, legislación, configuración y plasmación de la realidad frente a lo que es, a lo positivo, al poder. El hombre está abandonado a la posibilidad de dar forma a su ser. La crítica de la moral y de la sociedad conduce a la liberación del hombre para la responsabilidad de hacerse a sí mismo. La filosofía es, así, sabiduría, vida sabia, y su actividad educación y creación moral.

Para Nietzsche, el hecho histórico determinante de la época contemporánea es la «muerte de Dios», el descrédito histórico del cristianismo y de la tradición filosófica basada en la creencia cristiana. La ilusión protectora de un ser supremo que había hecho un pacto con el hombre y le protegía en medio de la naturaleza se ha venido abajo: el ser humano se descubre solo e inerme en el universo. La especie humana ha salido de la minoridad en que se hallaba y se ha visto emancipada de la tutela de una divinidad paternal pero es incapaz de regir por sí misma su destino y se niega a asumir la soledad y desamparo de su condición y la radical finitud de su ser. El período contemporáneo es un interregno. Dios ha muerto pero el hombre no ha aceptado aún plenamente este hecho ocupando el lugar que ha quedado vacante. La filosofía de Nietzsche es, en buena parte, una destrucción de los supuestos básicos de la filosofía tradicional, destrucción que se concibe como el acto impío de supresión de los presupuestos teológicos encubiertos de la tradición. La ilusión del conocimiento absoluto es uno de estos supuestos: no hay conocimiento más que en los límites de la especie humana y con validez para ésta, exclusivamente; no tenemos un conocimiento del ser en sí de las cosas, sino de su ser para nosotros, para los miembros de una especie biológica determinada. El orden lógico de lo real no es otra cosa que el resultado de la acción ordenadora del lenguaje: las pretendidas leyes lógicas son en realidad categorías lingüísticas, leyes del significante. Igualmente, carece de sentido hablar de una esencia humana fija y determinada; el hombre no ha alcanzado aún su forma definitiva, es el animal no fijado. Al humanismo que consagra la eternización del modo de ser actual del hombre, contrapone Nietzsche el pensamiento de la superación del hombre: el ser humano es un tránsito, un paso hacia otra cosa, un momento de una evolución, y no su término.

Al mundo como creación de un Dios omnipotente contrapone Nietzsche su doctrina del mundo como azar y como necesidad. La existencia del mundo es un azar, no el fruto de una voluntad divina ni la consecuencia de una necesidad esencial. En este mundo que existe por azar todo sucede necesariamente, todo suceder es un encadenamiento necesario, una conexión de hechos que nada puede romper: el mundo es el anillo de la necesidad. En el devenir cósmico no hay hechos aislados ni actos individuales que se desgajen del todo; nada puede ser de otra manera que como es. La producción de los seres resulta de una combinatoria ciega; la actividad de composición de los elementos cósmicos da cuenta del origen de los seres, éstos resultan de las «jugadas de dados» del cosmos. El mundo es una incesante actividad de creación y destrucción de formas, sin razón ni finalidad alguna (el «juego del mundo» heraclíteo). Ahora bien, dados el carácter finito de los elementos que entran en la composición del universo y la infinitud del tiempo en que se despliega la actividad de combinación, será preciso concluir que el número de las combinaciones posibles es también finito y que ese número ha tenido que haberse realizado ya un número infinito de veces en un tiempo infinito: el mundo se mueve en la repetición eterna de un determinado número de formas posibles; todo cuanto es ha sido ya un número infinito de veces, todo cuanto ha sido y es será de nuevo ya número infinito de veces. El mundo no «olvida» ni pierde ninguna de sus formas, todas ellas son eternamente, repitiéndose eternamente.

El mundo, el mundo del eterno retorno, hace frente al hombre, más que como un objeto de conocimiento, como algo que éste puede aceptar o rechazar, tomar o despreciar, como un objeto para su voluntad y su querer. El problema capital de la filosofía no es el de la certeza del conocimiento, sino el del destino del querer. El hombre puede hacer suyo el mundo queriendo ese azar que el mundo es, afirmando el azar cósmico. El hombre es el teatro de la lucha de dos voluntades contrapuestas: una que afirma y quiere el mundo, otra que lo niega y lo rechaza; una para la que el ser es mejor que la nada, otra para la que el ser es una mancha en la pureza del no ser. Toda filosofía es expresión de la afirmación del ser o de su negación; en cada una de las diferentes doctrinas filosóficas habla una vida que se afirma, una vida que afirma la vida, o una vida que se niega. La cultura contemporánea se ve confrontada con la decisión acerca del ser; para Nietzsche el nihilismo, la negación del ser, es su rasgo fundamental. Al nihilismo dominante contrapondrá Nietzsche la figura de Dionisos como encarnación de la voluntad afirmativa, del triunfante «sí» dicho a la vida y a su retorno eterno; pero este «sí» habrá de ser la expresión de una aceptación completa, de un fatalismo que no niegue ni excluya de sí a nada; la afirmación sólo puede existir como afirmación absoluta e incondicionada, como amor fati, como fatalismo.

Este fatalismo, esta divinización del todo y este abandono quietista en el todo suponen un retorno a la mentalidad religiosa, una necesidad de divinizar al ser, de considerarle perfecto, una incapacidad para admitir el carácter concreto y limitado de los bienes terrenales y la inevitable imperfección de toda existencia. Aunque ya no sea preciso justificar el mal, como ocurría en la teodicea, sigue siendo necesario sostener que todo está bien, que todo es perfecto y divino. La acción transformadora de la realidad, que arrancaría, precisamente de la constatación de la no-adecuación del mundo a los intereses del hombre, se ve paralizada así en su origen y la sumisión fatalista al todo se manifiesta como sustituto del antiguo sometimiento a la voluntad divina. La naturalización del ser humano, la desaparición de la libertad como forma específica de causalidad que se suprime en el todo cósmico, en el anillo del ser, supone, de facto, una nueva claudicación y una nueva forma de entrega a la alteridad, concebida como fatum.

Santiago González Noriega


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