Eloy Bullón Fernández (1879-1957)
El alma de los brutos ante los filósofos españoles (1897)
Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2001
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Proemio

¿Tienen alma los animales? Esta pregunta, a primera vista, parece hasta ridícula y suena a nuestros oídos algo así como si se preguntara: ¿Tiene azufre el ácido sulfúrico? ¿Tienen nitro los nitratos? Si animal es un derivado de ánima y vale tanto como ser animado, ser dotado de ánima, evidente resulta –para el vulgo al menos– que los animales tienen alma, llegando, en su concepto, afirmación semejante a las lindes mismas de la más patente perogrullada. [8]

Pero el vulgo, respetabilísimo, sin duda, en materias de crítica teatral, por aquello de ser el que paga, como declaraba, sin perjuicio de llamarle necio, el Fénix de los ingenios, no tiene apenas voz ni puede reconocérsele voto en materias de crítica científica, pues quien cree como artículo de fe que el sol gira alrededor de la tierra y que el cielo es azul, y en afirmaciones de tan fácil comprobación, en apariencia, se equivoca de medio a medio, como Copérnico y Kepler han demostrado, y como declaró en inolvidables endecasílabos nuestro ilustre Argensola,

Porque ese cielo azul que todos vemos
Ni es cielo ni es azul... ¡Lástima grande
Que no sea verdad tanta belleza!,

con doble motivo puede equivocarse dejándose arrastrar por argumentos [9] de tan escaso valer como una deducción etimológica.

Puede preguntarse, pues, sin incurrir en pecado de perogrullismo, si los animales tienen alma. Y la prueba de que cuestión semejante no es tan vana ni fútil como el vulgo semidocto se la imagina, es que los más conspicuos entendimientos, avezados a las más arduas investigaciones, los San Isidoro y los Santo Tomás, los Vives y los Suárez, los Feijóo y los Hervás, los Forner y los Balmes, sin hablar de los Kant y de los Fichte, los Darwin y los Maudsley, han dedicado no pocas de sus vigilias a la dilucidación de tan interesante problema.

Porque esta cuestión es, en efecto, de las más interesantes que los estudios filosóficos presentan. Si se resuelve en sentido negativo, ¿cómo explicar los mil y mil fenómenos de [10] carácter anímico que los animales ofrecen en su existencia? ¿Por las solas fuerzas de la materia, sin intervención alguna espiritual? Imposible, digan lo que quieran los flamantes apóstoles de las doctrinas evolucionistas y transformistas y los fervientes sectarios del positivismo y de la psico-física.

Y si se resuelve en sentido afirmativo, reconociendo que los animales tienen alma, ¿de qué naturaleza es esa alma? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Es inmortal, como el alma humana, o puede aniquilarse como el carbono de una bujía? ¡Qué de problemas, qué de teorías, qué de soluciones! Las cuestiones de la metempsícosis, del traducionismo, del generacionismo, de la preexistencia y de la creación temporal o eterna de las almas surgen imponentes, erizadas de [11] escollos que amenazan hacer naufragar al espíritu, pero llenas de seducciones para el pensador, como el abismo que atrae, como el acantilado que da vértigo, como el ataque a la bayoneta que enloquece.

En ninguna edad se siente más la seducción de estas cuestiones que en esa hermosísima primavera de la vida que se extiende desde los quince hasta los veinte años. Los espíritus reflexivos y apasionados, que acaban entonces de recoger y almacenar con obligada precipitación todo linaje de conocimientos en las aulas de los Seminarios conciliares y de los Institutos de segunda enseñanza, empiezan a sentir germinar el fruto de su prodigiosa labor, a darse más clara cuenta de lo que han aprendido y a formar opinión propia sobre multitud de cuestiones. [12]

Para unos, el cúmulo de materiales de conocimiento que los han obligado a depositar en su memoria, constituye tan sólo fastidioso fárrago de doctrinas que, una vez utilizadas como medio para lograr el ambicionado título, son arrojadas como pesada carga, no flotando en el mar del olvido sino vagas reminiscencias, lo estrictamente necesario para revestirse con ese barniz de educación superficial que la buena sociedad contemporánea exige como mínimum a sus miembros.

Para otros, ese mismo cúmulo de conocimientos adquiridos en las aulas, fermenta con fecundísimos hervores en su espíritu, y va poco a poco dejando por doquiera sedimentos y precipitados, y mientras se bosquejan las aptitudes, y se definen claramente las vocaciones, y el acicate de la necesidad, o los azares de la vida, o la [13] resolución de una firmísima voluntad determinan la dirección definitiva de la actividad en el camino del porvenir, siéntese el espíritu atraído en cien diversas direcciones y atenaceado por el afán de recorrer todos los senderos, hasta que, convencido de la imposibilidad de llevar a cabo tamaña empresa, se decide a concentrar sus esfuerzos, confesando su impotencia y reconociendo la gran verdad que encierra el ars longa, vita brevis del sabio.

Eloy Bullón se halla en ese hermoso período de la vida, y pertenece a ese segundo grupo de jóvenes inteligencias que acabamos de reseñar. Seminarista ilustrado, consagra todo su tiempo al estudio, espoloneado por el nobilísimo afán de saber. Casi un niño por los años, siente en su alma la honrosa aspiración de ilustrar [14] su nombre y de contribuir en la medida de su poder a la educación de la sociedad en que vive, y elige, para ensayar sus fuerzas intelectuales, un tema en consonancia con sus aficiones, con su espíritu de observación, con su gusto por el análisis crítico, con sus ya arraigadas ideas religiosas y con su patriotismo.

¡El alma de los brutos! ¿Quién, por poco observador y pensador que haya sido en su adolescencia, no se ha sentido impresionado una y cien veces por el espectáculo del maravilloso instinto de las hormigas, la pasmosa labor de las arañas y las abejas o la inquebrantable fidelidad del perro? ¿Quién no se ha hecho una y cien veces la pregunta de si los brutos tienen alma, y si esa alma es semejante a la del hombre, o en qué consiste la diferencia, si diferencia existe? ¿Es [15] el hombre simplemente un animal racional, religioso, o científico, o hay un abismo infranqueable entre los brutos y el hombre que no bastan a colmar ni la racionalidad, ni la religiosidad, ni la perfectibilidad? ¿Se entienden entre sí los animales con lenguaje peculiar a cada especie, a la manera como nos los pintan los Lockman y los Esopos, los Fedros y los Lafontaine, los Iriartes y los Samaniegos, o son incapaces de toda comunicación que no sea la puramente indispensable para la conservación y perpetuación de la especie?

¡Á cuántos jóvenes de quince y veinte años han quitado el sueño estas preguntas! Eloy Bullón es uno de ellos, y ávido de saber, y desconfiando prudentemente de sus propias fuerzas, ha recurrido en busca de respuesta a los filósofos y a los naturalistas, [16] siendo el resultado de sus investigaciones el opúsculo presente.

El espíritu reflexivo de Eloy Bullón y sus decididas aficiones a la especulación filosófica se patentizan desde luego en el giro dado a la cuestión y en la manera como desarrolla el tema. Podía haber acumulado en los breves capítulos de esta obrita los mil y mil fenómenos de inteligencia de los animales, narrados por los Plinios y los Buffon, o recogidos por los Isidoros y Feijóos, y sin más que hojear los libros tan corrientes de Menault o de Romanes, hubiera hallado un arsenal completo de hechos con que amenizar sus páginas, clasificándolos convenientemente y discutiendo su alcance y significación dentro de la más perfecta ortodoxia.

El opúsculo de esta suerte hubiera ganado fácilmente en extensión y en [17] brillantez; pero Bullón no se ha dejado seducir por tales oropeles, entre cuya exuberante profusión hubieran quedado como ahogadas la doctrina y la especulación filosóficas. Fielmente atento a su propósito, ha querido poner de relieve la parte que en la dilucidación del problema han tomado los filósofos españoles, y fuerza es confesar que ha cumplido a conciencia su cometido. En la modestísíma esfera a que su investigación se ha dedicado, el seminarista de Salamanca, siguiendo las huellas del insigne polígrafo santanderino, ha hecho, respecto a la cuestión del alma de los brutos, lo que Menéndez Pelayo respecto a la ciencia española, lo que Amador de los Ríos respecto a la literatura y lo que nosotros mismos –séanos lícito enorgullecernos de ello, pues es acto de patriotismo que debemos recordar [18] siempre con satisfacción purísima –respecto a la escultura española.

Saludemos en Eloy Bullón una esperanza de las letras patrias, y otorguemos a estas primicias de su labor intelectual el aplauso a que le hacen acreedor su claro talento, sana doctrina y laudable laboriosidad.

Fernando Araujo.

Madrid, 10 de Marzo de 1897.


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Eloy Bullón Fernández | El alma de los brutos
Madrid 1897, páginas 7-18