Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 39-41

La evolución económica · II

Distribución de la riqueza

Por la riqueza total de un país puede anticiparse su destino histórico, su lugar en el mundo, puesto que su riqueza, en cierto modo, es su fuerza; pero su desenvolvimiento interno, y a veces el externo, depende de cómo esa riqueza está distribuida. Aduzcamos algunas cifras sobre los Estados Unidos.

El capital activo de la República norteamericana –instrumentos de producción y cambio– se calculó para 1850 en 2.757 millones de dólares; para 1910, en 47.961 millones; por cabeza, para 1850, en 119 dólares; para 1910 en 521. Pero del estado económico de los individuos de un país, más que el capital, dan idea las entradas o utilidades. Las ganancias de los Estados Unidos en 1850 fueron de 2.214 millones de dólares; en 1910, de 30.530 millones; en 1850, por cabeza, 95; por familia, 535; en 1910, por cabeza, 332; por familia, 1.494.

Pero estas mismas cifras nos dicen muy poco, porque el valor adquisitivo de la moneda varía de año en año, y aun de día en día, y una unidad monetaria puede tener hoy un poder de compra igual a su mitad hace años, o al contrario. ¿Quién ignora, por ejemplo, que hoy una peseta vale, como instrumento de adquisición, tal vez menos que media peseta hace cinco años? Los estadísticos acostumbran fijar un índice de precios, tomando como base el promedio en un período de tiempo, en un año o en un decenio, por ejemplo, y refiriendo a ese promedio los precios anteriores y posteriores. Este ingenioso arbitrio reduce el margen de irrealidad de las estadísticas globales, pero no le anula. Por otra parte, la estadística de distribución por cabeza y por familia significa bien poco, porque en la vida real esa distribución es ilusoria. Es necesario conocer la distribución por clases sociales, y por cabeza o familia dentro de cada clase.

De los 30.530 millones de dólares que hicieron en 1910 las ganancias de los Estados Unidos, algo menos de la mitad, o sea 14.303.600.000 dólares, correspondieron a sueldos y jornales. El resto se repartió entre intereses, renta y dividendos. Dividiendo la sociedad en cuatro categorías, la clase más pobre, clase media baja, clase media alta y la clase más rica, el señor King obtiene los siguientes resultados para Prusia en 1908, para Francia en 1909, para Inglaterra en 1909 y para Wisconsin –uno de los Estados Unidos tomado como tipo– en 1900. La clase más pobre, representando un 65 por 100 de la población, poseía en Prusia, en la fecha indicada, el 4,9 por 100 de la riqueza total; en Francia, el 4,3 por 100; en Inglaterra, el 1,7 por 100; en Wisconsin, el 5,2 por 100. La clase media baja, representando un 15 por 100 de la población, poseía en Prusia el 5,5 por 100; en Francia, el 5,6 por 100; en Inglaterra, el 2,9 por 100; en Wisconsin, el 4,8 por 100. La clase media alta, representando un 18 por 100 de la población, poseía en Prusia el 30,6 por 100; en Francia, el 29,4 por 100; en Inglaterra, el 23,7 por 100; en Wisconsin, el 33 por 100. Y la clase más rica, representando el 2 por 100 de la población, poseía en Prusia el 59 por 100; en Francia, el 60,7 por 100, en Inglaterra, el 71,7 por 100, en Wisconsin el 57 por 100. Estas cifras bastan para dar una idea de la enorme desigualdad de distribución en la riqueza total, singularmente en Inglaterra. El Estado de Wisconsin acusa una desproporción menor; pero tan pequeña, que aun en él dos centésimas de la población son más ricas que todo el resto junto. Y si se examinan las ganancias o utilidades, la desigualdad, aunque no tan grande, es también cuantiosa. El 65 por 100 de la población más pobre de los Estados Unidos recibía en 1910 el 38,6 por 100 de la entrada total; el 15 por 100 de la clase media baja, el 14,2 por 100; el 18 por 100 de la clase media alta, el 26,8 por 100, y el 2 por 100 de la clase más rica, el 20,4 por 100. La distribución de las utilidades y, en general, de la riqueza en los Estados Unidos no es tan desigual como en los países europeos; pero hace tiempo que la República norteamericana ha dejado de ser también Eldorado de las clases pobres.

Los salarios han aumentado voluminosamente en estos últimos años. De 1890 a 1899, el promedio por semana fue de 8,23 dólares; en 1912 de 11,17; actualmente es muchísimo más alto. Pero el costo de la vida ha aumentado en análoga proporción. En el trabajo de la mujer, por ejemplo, dividiendo el índice de los salarios por el índice de los precios de los artículos, se obtiene para 1890 un índice de 95,6, y para 1912, un índice de 98,1; es decir, la relación de salarios y precios de subsistencias en un período de veintidós años apenas si ha variado. En realidad, hoy los obreros norteamericanos son tan pobres como varios lustros atrás. Tal vez trabajen menos horas; tal vez se haya elevado algo su tipo de vida; pero su situación económica es hoy más angustiosa, en rigor, que en otro tiempo. Porque, hasta hace poco, había tierra disponible, y la emancipación económica por la agricultura o por la pequeña industria y el pequeño comercio era una posibilidad. Hoy, la agricultura, la industria y el comercio no tienen ya puertas para el desheredado, salvo si llama a ellas como jornalero. Esta conciencia de su proletarización, de la argolla de hierro del régimen del salario, es lo que fundamentalmente está en el fondo de las agitaciones del obrero norteamericano.


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