Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 11-18

Interpretaciones y visiones · II

Un mundo convulso

Hay que retroceder a la Grecia o a la Roma antiguas para encontrarse con un fenómeno histórico tan henchido de turbulencias biológicas como los Estados Unidos. Las crisis de los pueblos europeos son crisis de madurez, procesos fundamentalmente intelectuales, no de crecimiento, no instintivos, como los de la República norteamericana. De Europa se trae una impresión de plenitud espiritual y de comienzo de desgaste físico: un pueblo o un continente sólo están sujetos a acrecentamiento orgánico mientras reciben emigraciones, y Europa, al contrario, las suministra. El Norte de América, en cambio, suscita una impresión inversa: la de inmadurez espiritual y progresivo agrandamiento físico. Este contraste entre una vida espiritual primaria y una vida corpórea desbordante, hiere, de primera intención, la sensibilidad del europeo. Raro es el europeo que se sustrae a la tentación psicológica de condenar sumariamente este país como valor histórico. Pero si lográramos abstraernos del presente circunscrito y lo proyectáramos en un futuro indefinido, como inmenso foco de posibilidades; si pudiéramos contemplar este país, no como un principio en caótica gestación, no bajo nuestra subjetividad psicológica, sino con leal objetividad histórica, no desde un punto de vista del ayer y del hoy, sino del mañana, habríamos de reconocer que los Estados Unidos representan, después de Grecia y Roma, la mayor polarización humana que se ha dado en la Historia.

Ahí, en su agitación biológica, reside el principal interés de este país. La mayor parte de sus manifestaciones sociales son actos de biología colectiva; actos para defender lo ya adquirido y actos apetentes de nuevas adquisiciones. En los pueblos europeos, los hombres luchan por ideas y por intereses de clase; en los Estados Unidos, por impulsos sociales. Para la nación americana existe una serie de razas cuya ingerencia e infiltración debe evitarse o reducirse, y otra serie de razas y pueblos que necesitan, para su perfeccionamiento, de la infiltración e ingerencia de los norteamericanos. Los primeros son los bárbaros de tendencia invasora; los segundos, los bárbaros que están pidiendo una acción interventora de tutela.

En el extremo inferior de la escala de razas cuya influencia tratan de excluir los Estados Unidos, están los negros, los esclavos de ayer, ilotas todavía hoy, porque aunque estén reconocidos sus derechos civiles en la letra de la ley, se los niega la costumbre. El problema de los negros es, a juicio de los observadores más desapasionados, el más arduo de los Estados Unidos. Se les estimaba por su utilidad, mientras eran esclavos; hombres libres, se les repudia y se les teme. A ello contribuye un tradicional prejuicio de razas, que ve en el negro un ser inferior, poco más digno que las bestias. Al mismo tiempo, se les teme por su supuesta crueldad, que de ser cierta, ha de deberse seguramente en gran parte al cúmulo de vejaciones y malos tratos, pasados y presentes, padecidos por la población negra. Sin duda, si esta raza lograse, por la fuerza o por el número, una preponderancia en la República norteamericana, sus represalias, probablemente, habrían de ser temibles. Pero tal vez no habría represalias si antes no hubiera habido hondos agravios. No sé por qué se me figura que también se los teme por su inteligencia y su imaginación; cuando la raza negra tenga acceso a todas las formas y grados de la enseñanza y, en general, de la vida del espíritu, quién sabe cuál será su potencia creadora de cultura.

Pero la aversión y el temor no bastan para resolver el problema; en realidad, lo prolongan indefinidamente. Los Estados Unidos no pueden prescindir de esta raza de unos nueve millones de habitantes, en un total de noventa millones. No pueden extirparla. No pueden desterrarla. No pueden tenerla aislada perpetuamente. Es fatal que tengan que asimilarla. De otra suerte, los peligros de esta raza, desdeñada e irritada, son cada vez mayores, porque el crecimiento de la población blanca disminuye relativamente, y el de la negra aumenta. Con este grave problema, los Estados Unidos están expiando un grave pecado histórico: el de la esclavitud y la separación de razas.

Después de los ilotas, los negros, vienen los bárbaros, los extranjeros. Los hay de diversas categorías, la raza menos deseada por los norteamericanos, después de la negra, es la amarilla. Pero, a su vez, ésta se subdivide en dos categorías: la china y la japonesa. Los chinos representan la plebe de la raza amarilla; los japoneses, la aristocracia. Los Estados Unidos temen a ambos y les cierran sus puertas. A los chinos, a los coolies asiáticos, porque venden barata su mano de obra y hacen imposible la competencia a los trabajadores blancos. Los norteamericanos, al no querer admitir a los chinos en el seno de su sociedad, defienden un más alto standard de vida, un más alto tipo de existencia. Tan profundo es este instinto de defensa biológica, que la propia Federación Americana del Trabajo, el órgano más autorizado de la clase obrera de los Estados Unidos, tiene publicado un folleto con los siguientes elocuentes títulos: Algunas razones para la exclusión de los chinos. –La carne contra el arroz. –La masculinidad americana contra el coolismo asiático. –¿Cuál sobrevivirá? El problema es también profundo: por una parte, ¿es justo impedir que emigre un pueblo, tan denso de población que apenas cabe dentro de su territorio, a países menos poblados y más productivos? Por otra, ¿es justo consentir que una emigración rebaje, con una mano de obra depreciada, el nivel de vida de la población indígena? He ahí una de esas tragedias de la Historia, a las cuales, impotente la razón, no se les ve una solución pacífica.

Los japoneses encarnan también, para los Estados Unidos, el mismo peligro que los chinos: la baratura de la mano de obra. Pero al mismo tiempo, otro peligro: el de la concurrencia económica. Los chinos representan una amenaza para el trabajo americano; los japoneses, para el trabajo y para la producción y el comercio americanos. Los chinos traen, exclusivamente hasta ahora, una competencia de esfuerzo manual; los japoneses, eso y una competencia intelectual, directiva, técnica. Además, los japoneses no se limitan a disputar a los Estados Unidos un puesto al sol en su propio territorio, sino que son el mayor obstáculo, hasta ahora pacífico, pero quién sabe si violento algún día, a la expansión norteamericana hacia Asia. Entre América y Asia, dos grandes potencias biológicas buscan su ley de vida en direcciones antagónicas. ¿Será inevitable el choque?

En un grado inmediatamente superior a la raza amarilla, aparece la heterogénea inmigración extranjera de origen europeo, principalmente latinos y eslavos. También les miran con hostilidad, por diversas razones: los obreros norteamericanos, porque a su llegada de países más pobres, propenden, como es natural, a dar la mano de obra más barata que los indígenas, aunque no tanto como los inmigrantes amarillos; los patronos, porque estos inmigrantes europeos, al advertir su desventaja económica, procuran colocarse al nivel de los nacionales, y su malestar espiritual es un constante fermento de huelgas y agitaciones sociales; las clases directoras de la sociedad, porque algunos de estos inmigrantes importan consigo doctrinas políticas que en los Estados Unidos se juzgan subversivas. Todo lo que sale de la órbita de la política americana, se considera anarquista. Socialismo y sindicalismo son aquí iguales a anarquismo. La misma palabra «radical» significa en los Estados Unidos algo nefando e ignominioso. Todos estos extranjeros que viven organizados fuera de los partidos vigentes y de la Federación Americana del Trabajo, llevan una denominación común, ominosa como un estigma: son los «rojos».

Nada hay ilícito contra estos rojos: les puede linchar la muchedumbre, como ese miembro de los Industrial Workers of the World (los Trabajadores Industriales del Mundo), asociación conocida por sus iniciales de «I. W. W.», que apareció colgado de un puente en Centralia, en los días del mes de Noviembre de 1919; la policía puede asaltar sus domicilios sociales, apresar sus personas, incautarse de sus cajas y de sus publicaciones y cazarlos a tiros si es menester, bajo el pretexto de cualquier supuesta conspiración para derrocar el Gobierno, como ocurrió en vísperas del aniversario de la República rusa de los Soviets, en que fueron detenidos más de quinientos «rojos» y encarcelados o deportados. Después del zarismo ruso, ningún país ha seguido una política de represión tan violenta, de represión tan radical de las libertades de prensa, de asociación, de reunión y personales como la burguesía norteamericana. Es el instinto que se defiende biológicamente de toda intromisión ideológica.

Pero el proceso de defensa no se detiene en los extranjeros. El mundo se divide, en los Estados Unidos, en extranjeros y norteamericanos. Pero los norteamericanos se subdividen en dos categorías: los muy norteamericanos, los que son norteamericanos hasta el infinito, los patriotas sin límite que colocan a su nación sobre el mundo entero, los del «North America over all in the world», hermano del vencido «Deutschland ueber alles in der Welt»; y los menos norteamericanos, esto es, los norteamericanos de espíritu crítico e ideas universales. Estos son los espurios, y su acción en la política y en la prensa es insignificante y duramente vituperada. Todo el mundo rivaliza aquí sobre quién posee mayor dosis de americanismo. Pobre del que en la vida política o social no procure superar a sus concurrentes en ardor americanista. Se le expulsará con vilipendio de la Universidad donde enseña veinte años, como a un profesor de la de Columbia, por el crimen de ser sospechoso de ideas radicales; se le expulsará del Parlamento, como al diputado Berger, por el delito de ser socialista; se le excluirá de los negocios; se hará el vacío en torno de sus periódicos y de sus libros. Un febril pugilato de nacionalismo pasa, como un viento morboso, sobre todo el país. ¿Quién es más americano? El éxito va, en todos los órdenes, detrás de quien más alto grite su americanismo. Un espíritu crítico y universal es como un leproso moral a quien debe aislarse, por lo menos.

Los Estados Unidos se defienden de las invasiones migratorias de hombres; pero su capital es a su vez emigrante y necesita de países donde pueda invertirse con lisonjeras perspectivas de lucro. Un nacionalismo biológico va aparejado a un imperialismo biológico. Cuba es una colonia económica de los Estados Unidos, como lo es Panamá, como lo es Santo Domingo, como está a punto de serlo Nicaragua, como se quiere que lo sea Méjico; en suma, como se aspira a que lo sea todo el Norte y el Centro de América. El gran cuerpo creciente necesita cerrarse a las nuevas células hambrientas y perturbadoras –los emigrantes extranjeros;– pero también necesita absorber substancias extrañas a su organismo –ajenos territorios inexplotados.– Esta actividad apetente puede asumir varias formas externas, según el grado mayor o menor de resistencia del país codiciado, que se convertirá, consiguientemente, en una «zona de influencia», en un «protectorado» o en una «colonia». Los Estados Unidos vuelven también sus ojos a Asia, como posibilidad nutritiva; pero allí interpone el Japón una barrera enojosa. En América no hay obstáculos a la expansión americana. La doctrina de Monroe protege a América contra toda intervención europea; pero no contra la intervención de los Estados Unidos en el resto de las naciones americanas. La Liga de Naciones prevé en su artículo 10 un género de protección universal: «Los miembros de la Liga se comprometen a respetar y preservar, contra una agresión externa, la integridad territorial y la independencia política existente de todos los miembros de la Liga.» La Liga de Naciones es un correctivo de la doctrina de Monroe o, si se quiere, su completamiento. Pero el Senado norteamericano, inspirado en un espíritu de expansión, que es una degeneración del monroísmo, no acepta estas limitaciones de la Liga, y así se da la paradoja de que esa institución internacional, que es obra de Wilson, sea rechazada por el Parlamento norteamericano. Esto quiere decir que Wilson y su partido demócrata, con lo que en ambos hay de idealismo y universalidad, estaban derrotados por el más agudo nacionalismo y el imperialismo que representa el partido republicano, ya antes de las elecciones presidenciales de fines de 1920.

En estos períodos de intensa actividad biológica, los pueblos aspiran a una política de energía. Ese es el anhelo de los Estados Unidos en estos instantes: una política de energía contra los extranjeros que quieren acudir al festín de esta nación y contra los propios americanos que, con sus huelgas e independencia de criterio, detienen el río de oro que va a acrecer el mar del capitalismo; y una política de energía también contra esos países americanos donde la inquietud política estorba a la plácida marcha de los dividendos norteamericanos. Falta un hombre que encarne esta política, y no hallándole, la nación le busca entre sus muertos. Ya le ha encontrado en Roosevelt. El primer aniversario de la muerte del hombre del «big stick», del garrote, fue una inmensa apoteosis nacional. Se glorificó su espíritu como el de un Mesías, y si no aparece pronto el hombre requerido por esa turbulencia biológica, bien se podrá decir de Roosevelt, como del Cid, que ganaba las batallas después de muerto. La sombra de Roosevelt es todavía el enemigo más formidable de Wilson y del partido demócrata.

Hay una comedia, The melting pot (El crisol), del judío Zangwill, donde plantea el problema de la fusión de su raza en el gran crisol norteamericano. Todos los Estados Unidos son un gigantesco crisol de razas, esto es, de instintos. El gran problema es este: ¿se llegará a un equilibrio por fusión o por exterminio? La tendencia ahora parece de exterminio mutuo, el recurso de la fuerza como solución única, en el interior como en el exterior. Situados entre Europa y Asia, los Estados Unidos serán por muchos años venideros el centro de la Historia Universal en sus manifestaciones menos intelectuales y más biológicas. Estudiar los Estados Unidos es capacitarse para anticipar el futuro; tal vez un futuro más sombrío y trágico que el que muchos esperaban al término de la guerra.


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