Zeferino González
Filosofía novísima
§ 51
Crítica de las escuelas humanitarias
Lo que hay en el fondo de las teorías expuestas en los dos párrafos que anteceden, es la sustitución de la moral epicúrea a la moral cristiana, el imperio de la carne y de las pasiones sustituido al imperio del espíritu y de la razón. Todas esas teorías buscan la felicidad suprema del hombre, ora en la vida presente, ora en una serie de vidas ascendentes en los nuevos mundos o astros, pero no en la posesión de Dios, Bien infinito y Verdad eterna después de la muerte. Si en algo se diferencian es en que Leroux y Reynaud procuran mantenerse en el terreno de las ideas, mientras que Saint-Simon, Fourier y Owen descienden al terreno de los hechos y de las teorías político-sociales, por medio de las cuales pretenden reducir a la práctica aquellas generales aspiraciones.
La moral, dicen en substancia estos reformadores, debe estar en armonía con la naturaleza del hombre; la moral, como medio de alcanzar y poseer la felicidad a que el hombre aspira, debe favorecer las inclinaciones, los instintos, las pasiones, puesto que son movimientos espontáneos de la naturaleza recibidos de Dios, cuya satisfacción no puede menos de ser conforme, por consiguiente, al orden natural y al orden divino. Luego debe rechazarse como absurda y contraria a la naturaleza misma de las cosas esa moral del Cristianismo, que proclama y ensalza la represión de los malos instintos, la subordinación de las pasiones a la ley y a la razón, la abnegación de sí mismo, el sacrificio y la sujeción de la carne al espíritu. Luego es preciso también reconstruir la sociedad sobre nuevas bases, toda vez que la organización actual lleva consigo la represión, la violencia, el obstáculo para el libre desarrollo de las pasiones. Es preciso abolir la propiedad y la familia, porque respetar o abstenerse de la posesión de los bienes de otro, de la mujer de otro, entraña violencia, represión, existencia de obstáculos para satisfacer la inclinación natural, el movimiento de la pasión.
A destruir y aniquilar todos estos obstáculos es a lo que deben aspirar y aspiran, es lo que deben ejecutar los nuevos organismos sociales excogitados por los reformadores mencionados, por los que hoy trabajan, no ya sólo con teorías, como aquéllos, sino con hechos, con la guerra y destrucción de las instituciones fundamentales de la sociedad. Porque no hay para qué recordar que son eco legítimo y práctico de aquellas teorías, esos jefes y secuaces de la Internacional y del Nihilismo, esas muchedumbres sin ley, sin Dios, sin religión, sin familia y sin patria, que se levantan de todos los puntos del horizonte y marchan a la destrucción y a la anarquía universal.
Si hubiéramos de investigar y señalar las causas de estas ideas y de estos hechos que tan de cerca amenazan a las naciones, no sería difícil encontrarlas en ese movimiento racionalista y secularizador que, a contar desde el Renacimiento y el protestantismo, ha venido haciendo su camino hasta nosotros, protegido y amparado por gobiernos y legisladores, por sabios y filósofos, y, lo que es más extraño aún, por los monarcas. Cuando una sociedad, sobre todo si se trata de una sociedad que, como la europea, posee en alto grado los elementos todos de la civilización material; cuando una sociedad, repito, deja de estar sostenida por la idea cristiana, y deja de ser atraída por la idea de Dios, y tiende a salir de la esfera espiritual y divina, concluye por fijar únicamente sobre la tierra sus miradas, sus manos y su corazón, esa sociedad está pronta a destruir y aniquilar cuanto opone trabas a sus goces y placeres; y esa es la misión encomendada por la fuerza de las cosas, o, si se quiere, por la Providencia divina a esos hombres y a esas muchedumbres, que representan el castigo providencial de esos reyes y gobiernos, de esos filósofos y legisladores que unieron sus esfuerzos para secularizar las instituciones sociales, para separar de la Iglesia la familia y la propiedad, y la ley y la moral, y la escuela y la cátedra, para colocar, en fin, a la sociedad toda fuera de las corrientes de Jesucristo y de su Iglesia.
A la sombra de la idea cristiana y de la Iglesia católica, encarnación legítima de aquélla, las naciones venían mejorando y desenvolviendo sus instituciones sociales, políticas y científicas: la ruptura de las relaciones entre la sociedad y el Cristianismo, realizada a consecuencia de la secularización completa de la primera, interrumpió la marcha ascendente y segura de la civilización cristiana, destruyendo el equilibrio y la armonía que deben reinar entre los elementos morales y materiales de una civilización, si ésta ha de ser perfecta y permanente.
Por lo demás, en la obra de los reformadores cuyas teorías acabamos de exponer, y principalmente en la de los tres primeros, aunque es justo conceder una parte mayor o menor al entusiasmo personal más o menos irreflexivo de sus autores y a las reminiscencias e imitación de los antiguos utopistas desde Platón hasta Morus y Campanella, hay motivo para sospechar que el orgullo, la vanidad y la ambición entraron también por mucho en sus empresas. En este punto, no nos parece infundada la opinión de Say cuando escribe: «Mirando las cosas de cerca, se ve que el móvil de su conducta es el deseo de dominación, o, en otros términos, el orgullo, pasión imperiosa, cuya exaltación puede acarrear la locura. Saint-Simon, Fourier y Roberto Owen pensaron que habían recibido de la superioridad de su inteligencia la misión especial de organizar las sociedades sobre nuevas bases, de tomar en su mano la dirección de los humanos destinos y de ocupar el primer puesto entre sus contemporáneos».