Luis Bonafoux

París al día

Buenos Aires

No hay pueblo exótico que haya ganado tanta reputación en tan poco tiempo. Hablo, es claro, de Buenos Aires. Su rival, el Brasil, a pesar del dinero que gasta en propaganda, a pesar también de la belleza campesina del país, proyectada luminosamente en los escenarios de los teatros parisienses, no ha conseguido tanto, ni mucho menos.

En este fracaso, relativo, pueden haber influido las conferencias de la baronesa de Wilson, con sus sombreros ladeados. La señora baronesa no deja de tener su mérito; pero fuerza es reconocer que con alguna que otra excepción —por ejemplo, madame Catulle Mendés, que es de caucho—, las literatas que pasaron el cabo de la cuarentena, por muchas nuances que se busquen, pasan a la categoría de viejas cotorronas, cuyos atractivos, a través de las candilejas de un teatro, no excitan a trasladarse al país que ellas encomian y recomiendan. He aquí, sin duda, la principal razón del fracaso de algunas conferenciantes. Más aún que en su escasez de intelecto y que en su vulgar verborrea, suele estar, a pesar de las nuances, en el tocinete estomacal y traseril.

La República Argentina pone especial cuidado en no encomendar su propaganda a esperpentos literarios del género faldero. En la Prensa, en el libro y en cátedras como la Sorbona, escritores, y oradores franceses, maestros consumados en el arte del reclamo, propagan los veneros de riqueza de las pampas y las maravillas de la gran urbe que se llama Buenos Aires, de cuyos orígenes ya habló concienzudamente Roberto Levillier en libro documentado, docto e interesante.

El país argentino gasta en representación diplomática, de todo lujo; en representación mundana, de todo copete; en espléndidas oficinas, sitas en lo mejor de los bulevares, que representan a sus grandes cotidianos de allá; en periódicos y revistas parisienses dirigidos por argentinos o por españoles que, como mi amigo Delata de Carabia, tienen la habilidad de argentinar el castellano.

Por otra parte, la ebullición revolucionaria de las nuevas ideas forma un a modo de torrente de lava, subterráneo, que viene, sin que se vea, de América a Europa, y que, ora con el folleto clandestino, ora con la hoja volandera, lleva una llamarada de odio, a veces una lágrima de angustia, a Londres, París, Zurich, Ginebra, etc. ¿Quién tiene noticia, por ejemplo, de las manifestaciones de La Protesta, de Buenos Aires?... ¿Quién ha leído la hoja que lleva por título Los nuevos Estados bárbaros, y que analiza la situación social en la República Argentina?...

Todo eso es vida, calor; vida y calor de Humanidad.

Pero hay que confesar que un zarandeo y un suceso vulgar están haciendo por la popularidad de Buenos Aires en París tanto o más que hicieron otras manifestaciones de fuste intelectual e industrial.

El zarandeo es el tango, de cuyas ondulaciones, por sabidas y redichas, haré merced, al lector.

El suceso vulgar es el fusilamiento, a boca de jarro, de una argentina por un italiano, marido y celoso de ella. Pero no es el fusil, aunque inusitado para cazar codornices en los bulevares, ni el italiano lo que llaman hoy la atención pública de París. Es la argentina, que resulta escritora y periodista, y que, a pesar de sus 112 kilos de peso, se consideraba como parisina.

Así es como Buenos Aires entra también en la vida corriente de París, llevándole un contingente trágico de sangre y lágrimas.

Sinceramente declaro que el carácter de otros pueblos hispanoamericanos, por ejemplo, Venezuela, Perú, Chile, Colombia, Méjico mismo, me es más simpático que el carácter de Buenos Aires. Llámenme tipo, si quieren; pero entre un presidente argentino visitante a Francia ceremoniosamente a lo Félix Faure, y uno de esos coroneles venezolanos que en el verano bajan de sus cuartos, en París, y recorren el hotel en calzoncillos y arrastrando un sable, opto por el coronel, cuya patria, por lo demás, es la de Bello (don Andrés), Baralt, Miranda, Sucre y el Bolívar, a cuya gloria viene colgando siemprevivas la pluma, de Blanco-Fombona.

Pero, procediendo con igual sinceridad, no se puede menos que reconocer lo mucho y bien que esos modernos yanquis de origen latino, que formaron Buenos Aires, han trabajado por hacerse sitio en el Congreso europeo.