El abate Marchena

Autores y libros

La vida literaria

Entre el grupo de jóvenes cubanos que han iniciado vigorosamente la «europeización» de aquella isla se destaca al perfil rotundo de José Antonio Ramos, cronista, autor dramático, novelista y sociólogo; de una cultura vasta y sólida y de una agilidad mental fina y sutil.

Con Carlos de Velasco, Mario Guiral, Julio Villoldo, Henríquez Ureña y algún otro, José Antonio Ramos representa los anhelos de una generación y la conciencia de una juventud. En su novela Humberto Fabra, en sus dramas Una bala perdida y La hidra, en su comedia Liberta, prologada y enaltecida por Jacinto Benavente; en las crónicas que desde Madrid envía, a La Prensa, de la Habana, alienta la avidez espiritual, la inquietud torturada y torturante de un precursor.

Ahora en esta su reciente libro Entreactos aquellas desazones adolescentes cristalizan en un nacionalismo vigoroso, comprensivo, fuerte y artista. La sombra de José Martí guía a Ramos, como Virgilio a Dante; «duca e maestro». El comentarista de Walt Whitman y cerebro de la independencia cubana es el impulso, el motor cordial; el motor espiritual, el soplo psíquico que ha formado el libro Entreactos es el poeta-filósofo de los Ensayos, el hombre interior.

El Sr. Ramos ha encontrado en Emerson aquellas cualidades de ponderación, de energía serena y de exaltaciones espirituales que han puesto en pie a las nuevas generaciones.

El Sr. Ramos en sus Entreactos no es un nacionalista lírico, verbalista y calenturiento, a lo Máurice Barres, en Francia, o a lo Blanco-Fombona, en Venezuela, sino un nacionalista razonador, de pensamiento y de arte, de raza y de cultura, como nuestro Ángel Ganivet.

En Entreactos, como en Idearium, hay contenido cordial; pero hay también una doctrina. La República está en manos beocias; es necesario que los atenienses la conquisten para fortalecerla y educarla.El Sr. Ramos en su libro, que tiene densidad mental y un atrayente gesto irónico, arremete contra los «filisteos», como Heine; mas para hacerlos meditar, como Emerson.

Grave en su culta juventud, juvenil en sus bríos y desenfado, este libro, al andar del tiempo, quedará en los anales de la Gran Antilla, como el inesperado resplandor de aquel incendio antiguo, que se llamó José Martín.