«Venezuela literaria»

El escritor hispano-americano Sr. Blanco Fombona, cuyo nombre no es desconocido para nuestros lectores, publica en el número de 1.° de Febrero de La Revue un artículo con el mismo epígrafe que sirve de encabezamiento a este breve extracto que hacemos de ese interesante trabajo.

Después de hacer notar la incredulidad con que hace algunos años se hubiera acogido en Francia la noticia de que en un país «bárbaro» del Norte existía un dramaturgo insigne como Ibsen, o en los estepas de la antigua Escilia una literatura digna de conocerse, la compara con la extrañeza que producirá hoy el saber que en un pueblo «salvaje» de la América del Sud existe una literatura exuberante y viril.

Viene enseguida una serie de consideraciones referentes a las condiciones generales de la América española, una en sentimientos y modos de pensar, como múltiple en naciones más o menos belicosas. Compara esta situación el Sr. Blanco Fombona con la de Italia antes de lograr su unidad; y establece a la par en líneas generales la separación que existe entre España y sus antiguas posesiones respecto á ideales y á pensamiento en general, no obstante la identidad del lenguaje.

Dedica luego el articulista los párrafos subsiguientes a estudiar someramente las causas que han hecho a Venezuela alcanzar cierta predominancia en el movimiento intelectual de aquellos países, así como a producir en los venezolanos ese doble ideal a que todos aspiran; el de brillar a un tiempo en las armas y en las letras, ser general y publicista, emulando las glorias de los dos venezolanos más ilustres: Simón Bolívar y Andrés Bello.

Sin discutir algunos extremos del artículo, que no encontramos del todo justificados, nos limitaremos a recorrer la lista de los escritores estudiados o mencionados por el Sr. Blanco Fombona, comenzando por dos que ya no existen.

Pérez Bonalde, poeta de alma al estilo de Renán, que presta a su arte cierto perfume místico sin caer en la monomanía religiosa. No es la musa de Pérez Bonalde la Diosa ni la Virgen, sino la blanca aparición, consoladora del bardo entristecido en las noches del dolor. Ella le inspiró su Vuelta a la Patria y le ayudó a traducir brillantemente a Heine, con sus reconditeces de profundo lirismo. También tradujo el mismo escritor a Edgar Poe y a Saint-Víctor.

Calcano, de sabor más religioso que Pérez Bonalde. Se le asemejaba por la vasta cultura cosmopolita; tradujo en versos castellanos a Shelley, Byron, [310] Wordsworth, Uhland y varios poetas de Fruncía e Italia, entre ellos a Lamartine y Hugo.

En la nueva generación de poetas venezolanos, sobresalen los siguientes a juicio del articulista:

E. Muñoz, imitador indudable de André Chénier, de marcado sabor ático en sus composiciones tituladas Helénicas. Su Himno de las Bacantes es tan popular en Sud-América, como lo es el Vase brisé de Sully Prudomme en Francia.

A. Mata, poeta de la verdad y de la vida que, con viril energía, canta sus caídas y victorias personales.

Dimas Ramírez, entregado a la crápula y a la bebida en el fondo de una provincia e ignorante de todo, es quizás el más potente del grupo. Lo compara el articulista a Stechetti.

Racamonde, poeta eminentemente americano –por no decir nacional– es de una sencillez encantadora, mezclándose en sus poesías el elegiaco y el panteista.

Hay además otros poetas que merecen ser citados: Samuel D. Maldonado, Lazo-Martí, Elias David Curiel, Fombona Palacio, Potentini, Pimentel-Coronel y Heraclio Guardia, todos ellos conocidos de sobra por el público venezolano.

La crítica literaria cuenta entre los vivos, como representantes, a César Zumeta y a P. E. Coll, cuyo último volumen. El Castillo de Elseneur, ha sido citado por la prensa francesa. Aseméjase Coll, intelectualmente, a Anatole France. Zumeta es un alma compleja, cuya ironía es malvada; recuerda los buenos tiempos italianos, en que se recibía al huésped con una copa de plata ricamente labrada, pero llena de veneno. Sus flores tienen ponzoñas sutiles.

Entre los críticos nacionales cuéntanse Key Ayala y César Rivas, este último discípulo ferviente de Stendhal, de Taine y de Bourget. Ayala es más ecléctico, siendo su crítica una mezcla de impresionismo y de análisis.

Gil Fortul y Lisandro Alvarado son más bien hombres de ciencia, aunque hayan ambos publicado novelas, cuentos, impresiones de viajes y páginas de crítica. Fortul es conocido de los sociólogos europeos por su Filosofía penal, su Filosofía constitucional y su libro El Hombre y la Historia. Alvarado ha sido el primero en aplicar a la historia el método de Lombroso, juzgando por tal sistema, desde Bolívar hasta Guzmán Blanco.

Abundan en Venezuela los cuentistas, como: R. Cabrera Malo, Rafael Bolívar, L. M. Urbaneja Achelpolh, A. Fernández García, Rafael Silva, Romero García y Díaz Rodríguez. El tercero y el penúltimo de ellos son los padres de lo que se llama en Venezuela el criollismo, o sea la pintura de costumbres populares, empleando los tipos y el lenguaje de la plebe, con un vocabulario ininteligible para todo aquel que no sea venezolano.

El criollismo gana cada día terreno, y descartando las extravagancias de sus partidarios, enemigos acérrimos de todo lo exótico, encierra quizás el porvenir de la literatura venezolana.

Al extremo opuesto del criollismo se encuentra a Fernández García, cultivador de todos los exotismos y militando en el grupo de los que en América se llaman decadentistas y que aspiran a romper con todas las retóricas, haciendo valer en cada uno la propia personalidad. Hay en ese grupo un montón de grafómanos que se limitan a copiar o mal traducir a personalidades extranjeras; y para conocer bien esta manifestación, recomiéndase la obra de P. E. Coll sobre El Decadentismo y el Americanismo.[311]

La manifestación literaria verdaderamente nacional en Venezuela consiste en la novela, mereciendo citarse entre sus cultivadores a Eduardo Blanco, con su Santos Zarate, historia romántica de un bandido; a Picón-Febres, con su Sargento Felipe; a Cabrera Malo, autor de Mimi y de La Querrá; a M. Romero García, partidario ferviente del criollismo y autor de Peonía, estudio admirable de las costumbres en tiempo de Guzmán Blanco; a Rafael Bolívar, con Todo un pueblo; a Urbaneja Achelpolh, con su obra En este país, novelas, estas dos últimas, también de tendencias criollistas.

Hay, además, notables pintores de costumbres, como Jabino, Sales Pérez, Bolet Peraza y narradores de leyendas como Tosta-García y Febres Cordero.

Otros dos novelistas menciona Blanco Fombona, que no pertenecen a los anteriores grupos: P. C. Dominici, con su Triunfo del ideal, y Díaz Rodríguez, autor de novelas eminentemente nacionales, aunque a cien leguas del criollismo, y uno de los escritores más puros y brillantes, psicólogo y poeta al mismo tiempo, que analiza las almas a la luz del sol. Recomiéndanse, entre sus obras, Idolos rotos y Sangre patricia. Aseméjase, algún tanto, Díaz Rodríguez a Gabriel d'Annunzio.

Termina su trabajo el articulista mencionando la tendencia académica, cuya característica es la imitación de Cervantes como única manifestación literaria, y una revista; El Cojo Ilustrado, que ha prestado y presta eminentes servicios a la cultura nacional. Su director. Herrera Irigoyen, es el Mecenas de los jóvenes de verdadero talento.

Entre los escritores dedicados a estudios lingüísticos, cita el Sr. Blanco Fombona a D. Julio Calcaño, que acaba de publicar una voluminosa y erudita obra: El Castellano en Venezuela. En cuanto a los oradores dice que pululan; pero no cree dignos de mención más que a Eduardo Calcaño, entre los antiguos, y entre los jóvenes a Jacinto López, a quienes compara respectivamente con una Sirena y con Dantón.