Filosofía en español 
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El Parlamento visto de perfil / 7


F. E. (Madrid) 9, 8 de marzo de 1934, p. 12

 
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El Parlamento visto de perfil

Defunción

Una tarde, al abrirse la sesión, nos comunicaron la infausta nueva: el Gobierno del señor Lerroux estaba en crisis y, por consecuencia, se suspendían las sesiones.

Cayó sobre el hemiciclo un minuto de silencio. Quien más, quien menos, pensó en la posibilidad de una disolución, cuando aún las mil «leandras»a al mes no han bastado, ni con mucho, para cubrir los gastos electorales. Otros pensaron en que, acaso, nunca más volverían a sentarse en la blandura de estos escaños rojos. Hubo muchos suspiros ahogados y muchas lágrimas contenidas.

Aseguran que por el despacho del señor Alba desfilaron, uno tras otro, numerosos diputados, como en las despedidas de los entierros. Cada uno de los diputados iba murmurando, al acercarse, con cara melancólica: –No le digo nada. Y el señor Alba respondía, profundamente: –¿Qué quiere usted? Así es la vida.

Fantasmas

Entonces penetramos en el salón de sesiones, que imaginábamos desierto. Sólo estaba iluminado por la claraboya y las ventanas de arriba. Parecía mayor que de costumbre, en aquella silenciosa semioscuridad.

Cuando he aquí que por todas las puertas empezaron a aparecer hileras de fantasmas. Al principio sentimos algún sobrecogimiento; pero pronto los identificamos como fantasmas conocidos. Había grandes fantasmas, medianos fantasmas y pequeños fantasmas. Grandes como «los principios democráticos» y «la salud de la República»; medianos como «cumplimos con nuestro deber» y «la opinión nos apoya». Pequeños como «muy brevemente», «pido la palabra», «la tiene su señoría», «¡ah, señores!», «y nada más», «sean mis primeras palabras…», «me encomiendo a vuestra benevolencia» y otros muchos de la misma talla.

Los fantasmas fueron ocupando todos los asientos. Trece fantasmas se apretaron en el banco azul. Un grave fantasma se encaramó a la presidencia. Éste dijo:

— Se abre la sesión.

De la cabecera del banco azul salió una voz extraterrena:

— Pido la palabra.

— El señor presidente del Consejo de Ministros tiene la palabra.

Los fantasmas de la oposición promovieron unos rumores.

— Señores diputados –empezó a decir el que ocupaba la cabecera del banco azul–: no se os oculta la gravedad de los momentos que atravesamos; pero podéis estar seguros de que el Gobierno sabrá cumplir con su deber. La ley regirá inexorablemente para todos: lo que necesita el país más apremiantemente es respeto a la ley. Eso y trabajo: el trabajo ennoblece a los hombres y a los países. (Muy bien, muy bien en los bancos de la mayoría). Esta es nuestra manera de entender el servicio de la República. (Grandes aplausos).

En seguida se inició el debate político. Muchos fantasmas fueron venteando en palabras su propia cualidad de tópicos. Fantasmas cuyo verbo no era otra cosa que enunciación de su esencia misma. El «¡ah, señores!», por ejemplo, vive de expresarse. Fue oscureciendo. Cuando hubo anochecido del todo quedó el recinto en pura tiniebla. ¡Qué bien se estaba allí a aquella hora sin fantasmas y sin diputados!

Nuevo Gobierno

Antes de la suspensión se sentaron en el banco azul el señor Lerroux, el señor Pita, el señor Álvarez Valdés, el señor Hidalgo, el señor Rocha, el señor Estadella, el señor Cid, el señor del Río, el señor Guerra del Río y el señor Samper. El martes aparecieron en el banco azul los señores Lerroux, Pita, Álvarez Valdés, Hidalgo, Rocha, Estadella, Cid, del Río, Guerra del Río y Samper. Nos dijeron que ése era el nuevo Gobiernob.

Dos nuevas caras aparecían, es verdad, entre las de sus colegas: la cara inexpresiva del señor Marracoc y ¡por fin! la cara radiante del señor Salazar Alonsod. El gesto de Fú-Man-Chúe de don Diego Martínez Barrio había replegado su enigma hacia uno de los bancos de la masa radical.

Nuestro espíritu se acongoja con este problema: ¿qué tanto por ciento de innovación necesita un Gobierno para ser reputado «nuevo»? ¿Puede soportar, sin alteración de substancia, la sustitución de un ministro? ¿De dos ministros? Si mañana dimitieran otros ministros de los antiguos y fueran sustituidos por los que desaparecieron en la última crisis, ¿sería un nuevo Gobierno el que se formase? ¿O sería el mismo Gobierno que ahora nos parece antiguo?

Estas cavilaciones debieran ser puestas en claro por los doctos. Provisionalmente proponemos que no se considere nuevo a un equipo ministerial en tanto no alinee al conde de Romanones, a don Melquiades Álvarez y a don Abilio Calderón. ¡Eso sí que podría llamarse un Gobierno nuevo!f


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a  Leandras: figuradamente, pesetas.

b  Tras la crisis de marzo de 1934, Alejandro Lerroux ocupó nuevamente la presidencia del Consejo de Ministros, permaneciendo en sus carteras la mayoría de sus integrantes: Ramón Álvarez-Valdéz Castañón, Justicia; José María Cid Ruiz-Zorrilla, Comunicaciones; Rafael Guerra del Río, Obras Públicas; Diego Hidalgo Durán, Guerra; Leandro Pita Romero, Estado; Cirilo del Río Rodríguez, Agricultura; Juan José Rocha García, Marina; y Ricardo Samper Ibáñez, Industria y Comercio. Amén de las dos incorporaciones que José Antonio menciona en este texto, la cartera desempeñada por José Estadella Arno –Trabajo y Previsión Social– vio sumada a su anterior denominación la competencia de Sanidad.

c  Manuel Marraco Ramón, ministro de Hacienda.

d  Rafael Salazar Alonso, ministro de Gobernación.

e  Personaje villano, enemigo de la civilización occidental y miembro de la familia imperial china, ideado por el escritor Sax Rohmer a comienzos de segunda década del pasado siglo, popularizado en numerosas películas. En la novela El demonio amarillo figura la siguiente descripción del personaje: «Imagínate una figura clásica de mandarín chino; un hombre de alta estatura; delgado, de miembros recios, felino en sus actitudes y movimientos, con un entrecejo como el de Shakespeare y un rostro de expresión verdaderamente satánica. De su cráneo afeitado pende la coleta tradicional de los hijos del ‘Celeste imperio’. Sus ojos tienen el fulgor magnético de los ojos de la pantera.»

f  Es evidente el tono irónico de estas palabras, dado que los mencionados eran ilustres representantes de la vieja política anterior a la Dictadura.