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Texto íntegro del discurso de Primo de Rivera
[…]
Aquí no puede haber ni vivas para Fulano ni para Mengano. Aquí nadie es nadie, sino una pieza, un soldado en esta obra, que es la obra nuestra y de España (Muy bien).
Puedo asegurar al que me dé otro viva que no se lo agradezco nada. Nosotros, no sólo no hemos venido a que nos aplaudan, sino que casi os diría que no hemos venido a enseñaros. Hemos venido a aprender.
Tenemos mucho que aprender de esta tierra y de este cielo de Castilla los que vivimos a menudo apartados de ellos.
Esta tierra de Castilla, que es la tierra sin galas, sin adornos, la tierra absoluta, la tierra que no es el color local, ni el río, ni el lindero, ni el altozano. La tierra que no es, ni mucho menos, los agregados de unas cuantas fincas, ni el exponente de unos intereses agrarios, para regatearlos en Asambleas, sino que es la Tierra.
La Tierra; la Tierra como depositaria de valores eternos, la austeridad en la conducta, el sentido religioso en la vida y la alianza, la solidaridad entre los antepasados y la tradición.
Y sobre esta tierra absoluta, el cielo absoluto.
El cielo tan azul, tan sin celajes, tan sin reflejos verdosos de frondas eternas, que se dijera que es casi blanco de puro azul. Y así Castilla, con la tierra absoluta y el cielo absoluto mirándose, no ha sabido nunca ser una comarca, ha tenido siempre que ser un imperio. Castilla no ha podido entender lo local nunca, Castilla sólo ha podido entender lo universal y por eso Castilla se niega a sí misma, no se fija en dónde concluye ni a lo ancho ni a lo alto y Castilla, esa tierra llana de nombres maravillosos, como Tordesillas, Medina del Campo, Madrigal de las Altas Torres, esta tierra de Chancillería, de las ferias de Castilla, y al decir todo esto, es decir tierra de Justicia, de la Milicia y del Comercio, nos puede enseñar cómo fue aquella España que nosotros llevamos en el corazón con la nostalgia de su ausencia. (Muy bien).
Porque si nosotros nos hemos lanzado por los campos y por las ciudades de España, con mucho trabajo y con algún peligro, que esto no importa, a predicar esta nueva, es porque, como os han dicho ya todos los camaradas .que hablaron antes que yo, estamos sin España.
Tenemos a España partida en tres clases de secciones.
Tenemos el separatismo local, tenemos la lucha entre los partidos, y la división entre las clases.
El separatismo local es signo de decadencia que surge cabalmente cuando se olvida que una Patria no es aquello físico, aquello que podemos percibir hasta en el estado más primitivo de sociedad. Que una Patria no es el sabor del agua de esta fuente, no es el color de la tierra de estos sotos, que una Patria es una misión en la Historia, es una misión en lo Universal.
Todos los pueblos son una lucha trágica entre lo espontáneo y lo histórico. Los pueblos en estado primitivo saben percibir casi vegetalmente las características de la tierra. Los pueblos, cuando superan este estado primitivo, saben ya que lo que les configura no son las características terrenas, sino la misión que en lo universal les diferencia de los demás pueblos.
Cuando se produce la época de decadencia de ese sentido de la misión universal, empieza a florecer otra vez el separatismo. Empieza otra vez la gente a volverse a su cielo, a su tierra, a su música, a su habla, y otra vez se pone en peligro esta gloriosa integridad que fue la España de los grandes tiempos.
Pero, además, estamos divididos en partidos políticos. Los partidos están llenos de inmundicia, pero, por encima y por debajo de esas inmundicias, hay una única explicación de los partidos políticos, que es la que debiera de hacerles odiosos.
Los partidos políticos nacen el día en que se pierde el sentido de que existe sobre los hombres una verdad, con la cual los pueblos y los hombres cumplen su misión en la vida. Estos pueblos y estos hombres, merced a los partidos políticos, saben que tienen voto y sobre su cabeza está la eterna verdad y en antítesis otra eterna verdad o absoluta mentira.
Pero llega un momento en que se les dice a los hombres que ni la verdad [ni la mentira] son categorías absolutas, que todo puede discutirse, que todo puede resolverse con el voto, y entonces se puede decidir si la Patria debe seguir unida y hasta puede decidirse si existe o no existe Dios; los hombres se dividen en bandos, hacen propaganda, se insultan, se agitan, y al fin un domingo colocan un cajón de cristal sobre una mesa y empiezan a echar pedacitos de papel en los cuales se dice si Dios existe o no existe y si la Patria… (La ovación le impide terminar el párrafo).
Y así se produce eso que culmina en el Congreso de los Diputados.
Yo he venido aquí, entre otras razones, para respirar este ambiente puro, pues tengo en mis pulmones demasiados miasmas del Congreso de los Diputados.
Si viérais, si viérais en esta época de tantas inquietudes, de tantas angustias, si viérais vosotros, los que vivís en el campo, los que labráis el campo, si viérais lo que es aquello
Si viérais en aquellos pasillos los corros a los que concurren lo más conocido y lo más viejo, haciendo chistes. Si viérais vosotros que el otro día, cuando se discutía si una parte de España, si un nuevo trozo de España se perdía, se pronunciaban discursos de retórica leguleya sobre si el artículo tantos o el artículo cuantos de la Constitución, sobre si el tanto por ciento del plebiscito autorizaba la segregación de un trozo de España, y cuando un diputado de España, y cuando un vasco, muy español y muy vasco, enumeraba las glorias españolas de su tierra, hubo un sujeto sentado en los bancos que respaldaban al Gobierno del señor Lerroux, que se permitió tomar la cosa a broma y agregar irónicamente el nombre de Uzcudun a los nombres de Loyola, de…b (Una gran ovación impide al orador continuar).
Y por si nos faltara algo, el siglo que nos legó el liberalismo y con él los partidos y el Parlamento, nos dejó también esta herencia de la lucha de clases, porque el liberalismo, el liberalismo económico dijo que todos los hombres estaban en condiciones de trabajar como quisieran, se había terminado la esclavitud, ya a los obreros no se les manejaba a palos, pero como los obreros no tenían para comer sino lo que se les diera, como los obreros estaban desasistidos, inermes frente al poder del capitalismo, era el capitalismo el que señalaba las condiciones y los obreros tenían que aceptar esas condiciones o resignarse a morir de hambre.
Y así se vieron cómo el liberalismo, mientras escribía maravillosas declaraciones de derechos en un papel que apenas leía nadie, entre otras causas porque al pueblo ni siquiera se le enseñaba a leer, mientras el liberalismo escribía esas declaraciones, nos hizo asistir al espectáculo más indignante que se haya presenciado nunca. La aglomeración de los humildes. En las mejores ciudades de España, en las capitales del Estado, en edificios inmundos se hacinaban seres humanos, hermanos nuestros, en legiones acumuladas en casas informes, en casas negras, rojas, aprisionados entre la miseria y la tuberculosis y la anemia de los niños hambrientos, pero recibían de cuando en cuando el sarcasmo de decir a aquella gente que eran libres y que eran además soberanos. (Muy bien. Aplausos).
Claro está que los obreros tuvieron que revolverse un día contra eso y tuvo que estallar la lucha de clases. La lucha de clases tuvo un móvil justo y el Socialismo tuvo al principio una razón justa, y nosotros no tenemos para qué negar esto. Lo que pasa es que el Socialismo, en vez de seguir su primera ruta de aspiración a la justicia social entre los hombres, se ha convertido en una pura doctrina de escalofriante frialdad y no piensa ni poco ni mucho en la liberación de los obreros.
Por ahí andan los obreros orgullosos de sí mismos, diciendo que son marxistas. A Carlos Marx le han dedicado ya muchas calles en muchos pueblos de España; pero Carlos Marx era un judíob alemán que desde su gabinete observaba con una frialdad terrible los más dramáticos acontecimientos de su época. Era un judío alemán que frente a las factorías inglesas de Manchester y mientras formulaba leyes implacables sobre la acumulación del capital, mientras formulaba leyes implacables sobre la producción y los intereses de los patronos y de los obreros, escribía cartas a su amigo Federico Engels diciéndole que los obreros eran unos pobres y unos canallas de los que no había que ocuparse sino en cuanto sirvieran para la comprobación de sus doctrinas. (Aplausos. Muera Carlos Marx).
El Socialismo dejó de ser un movimiento de redención de los hombres y pasó a ser, como os digo, una doctrina implacable, y el Socialismo, en vez de querer restablecer una justicia, quiso llegar a la injusticia como represalia a donde había llegado la injusticia burguesa en su organización. Pero además estableció que la lucha de clases no cesaría nunca y además estableció que la Historia ha de interpretarse materialistamente; es decir, que para explicar la historia no cuentan sino los fenómenos económicos.
Así, cuando el marxismo culmina en una organización como la rusa, se les dice a los niños desde la escuela que la religión sólo sirve para oprimir a los pueblos, que la Patria es una ilusión, y que hasta los padres y el amor de los padres a los hijos son prejuicios burgueses que hay que desterrar.
El socialismo ha llegado a ser eso. ¿Creéis que si los obreros lo supieran sentirían simpatías por una cosa como esa, tremenda, escalofriante, inhumana, que concibió en su cabeza un judío alemán, aquel judío alemán, ya muerto, que se llamó Carlos Marx?
Y cuando el mundo estaba así, y cuando España estaba así, salimos a la vida de España los que tenemos ahora alrededor de treinta años. Pudo atraernos a nosotros el aceptar aquel sistema y empujarnos a los corrillos del Congreso, o bien el lanzarnos a excesos que agraven y envenenen más todavía a las masas proletarias en su lucha de clases.
Eso era muy fácil y a primera vista tenía sus ventajas. Cualquiera de nosotros que se hubiera alistado en el Partido Republicano Conservador, en el Partido Radical, en el Liberal demócrata o en Acción Popular sería o podría ser ministro, porque como tenemos crisis cada quince días y siempre salen ministros nuevos hay que preguntar aquí si es que queda alguien en España que no haya sido ministro (Aplausos).
Pero para nosotros era eso muy poco. Nosotros hemos preferido salirnos de ese camino cómodo, e irnos, como nos ha dicho nuestro camarada Ledesma, por el camino de la revolución, por el camino de otra revolución, porque todas las revoluciones han sido incompletas hasta ahora, en cuanto ninguna sirvió a la idea nacional de la Patria, y ninguna sirvió a la idea de la Justicia social. Nosotros integramos esas dos cosas, la Patria y la Justicia social, y resueltamente, categóricamente, sobre esos dos principios inconmovibles queremos hacer nuestra revolución. (Aplausos).
Nos dicen que somos imitadores. Onésimo Redondo ya os ha contestado a eso; nos dicen que somos imitadores, porque este movimiento nuestro, este movimiento de vuelta hacia las entrañas genuinas de España, es un movimiento que se ha producido antes en otros sitios. Italia, Alemania se han vuelto hacia sí mismas en una actitud de desesperación para los mitos con que trataron de esterilizarlas duirante un siglo; pero porque Italia y porque Alemania se hayan vuelto hacia sí mismas y se hayan encontrado enteramente a sí mismas, ¿diremos que las imita España?
Puede parecerlo pero no es así. Estos países dieron la vuelta sobre su propia autenticidad, y al hacerlo nosotros también, la autenticidad que encontraremos será la nuestra, no será la de Alemania ni la de Italia, y por lo tanto, al reproducir lo hecho por los italianos o los alemanes seremos más españoles que lo hemos sido nunca. (Aplausos).
Al camarada Onésimo Redondo yo le diría: No se preocupe mucho porque nos digan que imitamosc. Si lográsemos desvanecer esa especie, ya nos inventarían otras. Las fuentes de la insidia son inagotables. Dejemos que nos digan que imitamos a los fascistas. Después de todo para el fascismo, como para los movimientos de todas las épocas, hay por debajo de las características locales, unas constantes, que son luminar de todo espíritu humano y que en todas partes son las mismas.
Así fue, por ejemplo, el Renacimiento; así fue si queréis el endecasílabo. Nos trajeron el endecasílabo de Italia, pero poco después de que nos trajeran de Italia el endecasílabo, cantaban los campos de España en endecasílabos castellanos los insignes Fray Luis de León y Garcilaso y algo después la escuela de Herrera, y en dichos endecasílabos se cantaba sobre las llanuras del mar el hecho glorioso para España de la victoria de Lepanto. (Muy bien. Grandes aplasusos).
También dicen que somos reaccionarios, y eso lo dicen de mala fe, para hacer que los obreros huyan de nosotros y no nos escuchen. Los obreros a pesar de ello nos escucharán y cuando nos escuchen ya no creerán a quienes se lo dijeron, porque precisamente cuando se quiere restaurar estas ideas de la integridad indestructible de destino, es cuando ya no se puede ser reaccionario.
Se es reaccionario, alternativamente, cuando se vive en régimen de pugna, cuando una clase acaba de vencer a otra y la clase vencida aspira a tomar la represalia; pero nosotros no entramos en este juego de represalias de clase contra clase o de partido contra partido. Nosotros colocamos esta norma de todos nuestros hechos por encima de los intereses de los partidos y de las clases. Nosotros colocamos esa norma, y esto es lo más profundo que hay en nuestro movimiento, en la idea de una total integridad de destinos que se llama la Patria, y como esa Patria es imposible que entre en el riesgo de la lucha cuando se sirve a una idea, haremos posible en la Patria el instrumento de un Estado fuerte, no de la reacción, nunca a favor de una clase ni de un partido.
Esto lo sabrán los obreros y entonces comprenderán que la única solución posible es la nuestra.
Otros nos llaman reaccionarios, porque tienen la vaga esperanza de que mientras ellos murmuran en los Casinos y echan de menos privilegios que en parte se les han venido abajo, nosotros vamos a ser los guardias de asalto de la reacción y vamos a sacarles las castañas del fuego, y vamos a poner sobre sus sillones los almohadones que han perdido. Si eso fuéramos a hacer nosotros, mereceríamos que nos maldijeran los cinco muertos a quienes hemos hecho morir… (Una gran ovación impide oir el final. El público, puesto en pie, saluda con el brazo en alto durante un momento de silencio).
Y por último nos dirán que no tenemos programa.
¿Vosotros conocéis alguna cosa seria y profunda que se haya hecho alguna vez con un programa? ¿Cuándo habéis visto vosotros que esas cosas decisivas, que esas cosas eternas, como son el amor, y la vida, y la muerte, la paternidad, se hayan hecho con arreglo a un programa? (Risas).
Lo que hay que tener es un sentido total de lo que se quiere; un sentido total de la Patria, de la vida, de la historia, y con un sentido total, claro en el alma, ese mismo sentido nos va diciendo en cada coyuntura qué es lo que debemos hacer y lo que debemos preferir.
Las mejores épocas han sido cuando no ha habido círculos de estudios, ni estadísticas, ni censos electorales. Además, que si tuviéramos programa, nos combatirían lo mismo
Todos saben que mienten cuando dicen de nosotros que somos una copia del fascismo italiano, que no somos católicos y que no somos españoles, y los mismos que lo dicen, se apresuran de una manera encubierta a ir organizando una especie de simulacro de nuestro movimiento. Hacen un desfile en El Escorial, si nosotros lo hacemos en Valladolid. Dicen que nos olvidamos de la España eterna, de la España imperial y ellos también echan de menos la España grande y el Estado corporativo.
Esos movimientos pueden parecerse al nuestro, tanto como parecerse un plato de fiambres al plato caliente de la víspera. Porque lo que caracteriza este deseo nuestro, esta empresa nuestra, es la temperatura, es el espíritu.
¿Qué nos importa el Estado corporativo? ¿Qué nos importa suprimir el Parlamento? Si esto es para seguir después con otros órganos y las mism,as comoponendas y para producir una juventud cauta, pálida y sonriente que no sepa encenderse por el entusiasmo de la Patria, ni siquiera, digan lo que digan, por el entusiasmo de la religión. (Muy bien. Aplausos).
Mucho cuidado con eso del Estado corporativo. Mucho cuidado con todas esas cosas que os dirán, todos procurando que nos convirtamos en un partido.
Tened mucho cuidado con eso. Que no se pretenda, porque como os ha dicho Redondo, seríamos entonces un partido político. Nosotros no satisfacemos nuestras aspiraciones configurando de otra manera la organización del Estado. Lo que queremos es devolver a España un automatismo, una fe en sí misma., una línea clara y enérgica de vida común y por eso nuestra Agrupación no es un Partido, es una milicia y por eso se caracteriza y por eso nosotros no estamos aquí para ser diputados, subsecretarios o ministros, sino para cumplir cada cual en su puesto la misión que se le ordene, y lo mismo que nosotros estamos ahora detrás de esta mesa, puede llegar un día en que el más humilde de los militantes sea el llamado a mandarnos y nosotros a obedecer. Nosotros no aspiramos a nada. No aspiramos si no es acaso a ser los primeros en el peligro.
Lo que queremos es que España, otra vez, se vuelva a sí misma y con honor, justicia social, juventud y con un entusiasmo nacional patrio diga lo que esta misma ciudad de Valladolid le decía al emperador Carlos V en 1516.
La ciudad de Valladolid le escribió una carta a Carlos V en que le decía:
«Vuestra alteza debe venir a tomar con una mano el yugo que el católico Rey vuestro abuelo os dejó, con el cual tantos soberbios fueron vencidos, y en la otra las flechas con que aquella reina sin par la católica doña Isabel puso al moro tan lejos».
Pues aquí tenéis en esta misma ciudad de Valladolid, que así lo pedía a principios del siglo XVI, el yugo y las flechas. El yugo es labor y las flechas poderío y así nosotros, bajo el signo del yugo y las flechas, venimos a decir aquí mismo, en Valladolid :
«¡Castilla, otra vez por España!»
[…]
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