Filosofía en español 
Filosofía en español


Discurso en Barcelona


3 de agosto de 1930a
La Nación (Madrid), 4 de agosto de 1930

 
[ 78a ]
 

En la Unión Patriótica

El público acoge con entusiasmo un vibrante discurso de D. José Antonio Primo de Rivera, y tributa en emocionado recuerdo al llorado marqués de Estella

[…]

Discurso del señor Primo de Rivera

[…]

Esta mañana yo no tenía nada que decir. Nosotros somos, ante todo, disciplinados. Tenemos un jefe y él ha expuesto insuperablemente cuanto era necesario. Pero, al mismo tiempo, y a pesar de que no soy el llamado a enseñar nada a nadie, hubiera sentido irme de Barcelona sin cambiar con vosotros algunas palabras. Yo también he vivido en Barcelona en aquellos días del año 1923, antes del golpe de Estado; he sentido, querido, gozado y sufrido en Barcelona, y me han quitado bastantes noches el sueño algunos ojos catalanes radiantes, como esos que ahora me miran y que hubieran encendido en boca de mi pobre padre tres o cuatro floridos párrafos andaluces. (Risas.)

Aquí, en Barcelona, me cogieron aquellos días, aquellas horas, aquellos minutos febriles de la noche del 12 al 13 de septiembre de 1923. Nosotros estábamos en Capitanía General. Detrás del edificio existe un pasillo que, atravesando la calle, llega hasta la iglesia de la Merced. En la iglesia de vuestra Patrona pasaron aquella noche rezando mis hermanas y mis tías. Noche angustiosa, que nosotros pasamos despiertos, porque no sabíamos nada de lo que ocurría fuera, ya que la primera medida del Gobierno fue cortar las comunicaciones y se carecía por completo de noticias de lo que ocurría en aquel momento en España. Noche angustiosa, porque no sabíamos si al día siguiente nuestro padre iba a formar Gobierno o si llegarían a Barcelona dos divisiones del Ejército a prenderle y fusilarle, aunque no era nada probable que viniesen contra él sus compañeros de armas, tan afanosos como él por que España se salvase.

Y, entre tanto, mi padre era el único que estaba sereno, alegre, seguro de que España se tenía que salvar, de que nada podrían contra su decisión todas las fuerzas del Gobierno y que la fecha de la salvación había de ser precisamente aquélla: el 13 de septiembre de 1923. (Aplausos.)

A la noche siguiente salió para Madrid. Llenaba el andén la multitud que se subía a los vagones y aun sobre las vigas de armazón de las cubiertas…

Y era el clamor de todos:

«General, no desmayes. Sigue adelante.»

Y tuteándole, como lo hace el pueblo en las grandes ocasiones:

«General, no desmayes. Todos estamos contigo. No nos olvides».

(Una voz: «¡Yo era uno de ellos!»)

En este momento se produce una verdadera explosión de entusiasmo en el público, y se oyen voces entusiasmadas de "¡Viva el espíritu, la raza y la sangre de Primo de Rivera!", y "¡Gloria al salvador de España!".

–Después –prosigue D. José Antonio Primo de Rivera–, seis años, cuatro meses y trece días… La mayoría de los periódicos de la cáscara amarga nos están diciendo a todas horas que no los olvidemos. Me parece que no los olvidaremos y que nos acordaremos todos muchas veces de aquellos seis años.

Tras este lapso tengo en la memoria el recuerdo de un viaje horrible: Irún, San Sebastián, Vitoria… Ruta inacabable, que recorría la única víctima de la Dictadura. Porque las otras, como decía un ilustre escritor en El Debate, las otras «pobres víctimas», que llevaban seis años en París dándose buena vida, no pueden mostrar, si acaso, más que algún arañazo, tal o cual rozadura, alguna multa; pero el único que puede reclamar una corona de martirio con la elocuencia lívida y muda de su cadáver, es el que viajaba en un furgón de aquel tren: la única y grande víctima de la Dictadura, mi padre.

(Las emocionadas palabras del señor Primo de Rivera son acogidas con un nuevo clamor de adhesión. Muchas señoras se cubren el rostro, y las lágrimas corren por otras caras varoniles. Se oyen gritos de «Mueran los asesinos» y «Vivas a Primo de Rivera, al salvador y al mártir».

Un espectador dice: «¡Primo de Rivera no ha muerto!»)

–Ha muerto –dice el orador– dando su vida gota a gota; pero al morir ha dejado una obra: una España optimista, una. España respetada, una España rica, una España regenerada. Pero lo fundamental que ha dejado la Dictadura es llevar al pueblo la seguridad de que España no es un país caduco y viejo. Se le había dicho tantas veces que España era un país que no podía con su decadencia, que no tenía espíritu, que era cobarde; habían infiltrado en la convicción del pueblo tanta desconfianza de sus medios propios, que la mayoría de los españoles esperaban pasivamente la muerte y ni aun acudían a las urnas electorales. ¿Para qué –decían–, si vamos a estar lo mismo?

Y España ha visto en seis años que es un pueblo que vence con las armas, que se ha enriquecido, que ha mejorado, que tiene el respeto del extranjero y que, si quiere, puede ser tan grande como cualquiera de las naciones que la consideraban un país pequeño, cobarde y pobre. (Gran ovación.)

En vosotros está que lo sea. Primero, apoyando a nuestro partido, a nuestro jefe, el conde de Guadalhorce, que no pide nuestros votos sólo con promesas, sino con una brillante hoja de servicios, con una hoja de servicios tan limpia que no quiere ocultarla por temor a responsabilidades, sino exhibirla como un timbre de gloria. Pero sí con eso no basta, y si con los pucherazos y los procedimientos de antes se nos excluye del Parlamento, y si tras de esta maravilla de Gobierno que tenemos ahora (orgulloso de no haber hecho ni un kilómetro más de carretera) viene un Gobierno como los de antes, y si el Parlamento vuelve a paralizar la vida del país y se dedica a hacer la vida imposible a los beneméritos ex ministros de la Dictadura queriendo perseguir con una indigna campaña de responsabilidades a quienes han hecho grande a España; si todo eso ocurre… ¡no vaciléis ni tengáis miedo a las palabras! ¡No dudéis ante ninguna superstición ni ante los chillidos de las vestales jurídicas! Atrevéos con todo, que si hubo quien dijo: «Sálvense los principios y perezcan las naciones»b, nosotros hemos de decir: «¡Sálvese España, aunque perezcan todos los principios constitucionales!»

[…]

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Unión Patriótica (Madrid) 93, 4 de agosto de 1930

 
[ 78b ]
 

Un acto en la Unión Patriótica

[…]

Cuando se levanta a hablar D. José Antonio Primo de Rivera, la ovación dura largo rato.

En párrafos llenos de emoción, evoca la fecha inolvidable del 13 de septiembre de 1923, relato que provoca una explosión de entusiasmo en el público, que da vivas a la raza y al espíritu de los Primo de Rivera.

–Después –prosigue el joven orador–, seis años, cuatro meses y trece días…, que muchos nos están diciendo a todas horas que no lo olvidemos. Me parece que no los olvidaremos y que nos acordaremos todos muchas veces de aquellos seis años.

«Tras este lapso –dice– tengo en la memoria el recuerdo de un viaje horrible: Irún, San Sebastián, Vitoria… Ruta inacabable, que recorría la única víctima de la Dictadura. Porque las otras, las otras ‘pobres víctimas’, que llevaban seis años en París dándose buena vida, no opueden mostrar, si acaso, más que algún arañazo, tal o cual rozadura, alguna multa; pero el único que puede reclamar una corona de martirio con la elocuencia lívida y muda de su cadaver es el que viajaba en un furgón de aquel tren: la única y grande víctima de la Dictadura, mi padre.»

(Las emocionadas palabras del Sr. Primo de Rivera son acogidas con un nuevo clamor de adhesión. Se oyen gritos de ¡Viva Primo de Rivera, el salvador y el mártir!)

Un espectador dice: «¡Primo de Rivera no ha muerto!»

–Ha muerto –dice el orador– dando su vida gota a gota; pero al morir ha dejado una obra: una España optimista, una España respetada, una España rica, una España regenerada. Pero lo fundamental que ha dejado la Dictadura es llevar al pueblo lña seguridad de que España no es un país caduco y viejo.

«España ha visto en seis años que es un pueblo que vence con las armas, que se ha enriquecido, que ha mejorado, que tiene el respeto del Extranjero, y que si quiere puede ser tan grande como cualquiera de las nacionanes que la consioderaban un país pequeño, cobarde y pobre. (Gran ovación.)

«En vosotros está que lo sea. Primero, apoyando a nuestro partido, a nuestro jefe, el conde de Guadalhorce, que no pide nuestros votos sólo con promesas, sino con una brillante hoja de servicios tan limpia que no quiere ocultarla por temor a responsabilidades, sino exhibirla como un timbre de gloria. Pero si con eso no basta, y si con los pucherazos y con los procedimientos de antes se nos excluye del Parlalmento, y si tras de esta maravilla de Gobierno que tenemos ahora (orgulloso de no haber hecho ni un kilómetro más de carretera) viene un Gobierno como los de antes,, y si el Parlamento vuelve a paralizar la vida del país y se dedica a hacer la vida imposible a los beneméritos ex ministros de la Dictadura queriendo perseguir con una indigna campaña de responsabilidades a quienes han hecho grande a España; si todo eso ocurre… ¡no vaciléis ni tengáis miedo a las palabras! ¡No dudéis ante ninguna superstición ni ante los chillidos de las vestales jurídicas! Atreveos con todo, que si hubo quien dijo: «Sálvanse los principios y perezcan las naciones», nosotros hemos de decir: ¡Sálvese España, aunque perezcan todos los principios constitucionales!»

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Archivo del conde de Benjumea

 
[ 78c ]
 

El hijo de aquel gran hombre llamado Primo de Rivera, hace vibrar con su gesto, su oratoria y su gran caudal de razón, el sentimiento grande de los españoles honrados. Desbordado el entusiasmo, se le aclama como futuro diputado a Cortes por Barcelona

[…]

Al levantarse a hablar don José Antonio Primo de Rivera, se produce un gran movimiento de espectación que se traduce a la postre, en una formidable salva de aplausos que dura unos minutos.

El discurso del hijo del marqués de Estella exaltó los ánimos de tal forma que obligó al orador a cesar en su charla –toda verdad y entusiasmo–. Habló con imagen literariamente feliz de los «cuatro majaderos» que tras gustar de las mejoras implantadas por la Dictadura, se complacen tontamente en decir que nada hicieron los que, efectivamente, salvaron a España de las garras del desorden y de la indisciplina.

Narró los sinsabores de sus hermanas y de él, la noche del golpe de Estado, mientras su padre tranquilo y seguro de que su decisión era dictada por el bien de la Patria, laboraba en una causa de incógnitos resultados, ya que igual podía ser llamado a Madrid para empuñar las riendas del Gobierno, como podían aparecer dos divisiones de Ejército por la raya de Aragón con la orden de un inmediato fusilamiento. Dijo –y es cierto– que la verdadera víctima de su patriotismo fue su padre, pues si bien otros sufrieron multas o días de reclusión, el marqués de Estella hizo ofrenda de su vida en un sacrificio lento de su salud, y precisamente, en momentos que nada tenía que ganar, y sí mucho que perder, ya que había llegado al máximo en gerarquía [sic] militar y en consideración social.

Habló –en sincera confesión de su cariño a Cataluña– de algunas horas de sueño perdidas en el recuerdo de unos bellos ojos de damisela catalana, a los que su padre hubiera dedicado el florón cálido de una de sus parrafadas andaluzas, y que él, no por no hablar andaluz, dejaba de sentir con igual intensidad.

Habló de la manera práctica como laboró su padre; no en cómodo gabinete y con un libro por consejero, sino en la calle, a la altura del pueblo y con el pueblo. De ahí el conocer y el acierto en remediar los males de la masa obrera, cuya mayoría aplaudió y hoy rinde recuerdo de gratitud al mártir y héroe.

(Advertimos que por no recoger el discurso taquigráficamente hemos de transcribir la idea en la forma que nos parezca más semejante).

Dijo –y esto fue un acierto casi matemático– que la réplica del pueblo al decir: «Vosotros sois los que no servís; España, sí; España tiene vida, enjundia y vena», fue la resultante de convencerse de que los consejos de resignación dados a España por los políticos inútiles, era una manera antipatriótica de medrar y no hacer nada.

Dedicó una sutil sátira al conde de Bugallalc al que –según palabras textuales– «vamos a estrenar en breve».

Al terminar su discurso, la salva de aplausos y vítores fue imponente. Materialmente estrujado por los abrazos de sus amigos y por el deseo de la mayoría de felicitarle y estrechar su mano, pudo llegar al coche que le esperaba frente a la Unión Monárquica Nacional. Al arrancar el auto se multiplicaron los aplausos y se desbordó el entusiasmo de los más fervorosos –la mayoría– que con el brazo extendido, alta la frente y con la mirada centelleante parecían prestar juramento de adhesión al futuro diputado a Cortes por Barcelona. Dios lo quiera… y lo querrá, porque Dios está con nosotros.


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a  Acto organizado en el local del cuarto distrito de la Unión Patriótica en Barcelona –situado en la Rambla de los Estudios–, en el que además intervinieron Andrés Gassó Vidal, jefe de la Unión Patriótica de Barcelona, y José de Medina Togores.

b  Máxima política que expresa la supremacía de la ética de los principios con indiferencia ante sus consecuencias. La tradición republicana francesa atribuye a Robespierre la expresión «Sálvense los principios y piérdanse las colonias», que –al parecer– fue parafraseada por el liberal Riego: «Sávense los principios, auque perezca la Nación».

c  Hoja publicitaria editada por la Asociación Nacional de Artes y Oficios.

d  Gabino Bugallal Araújo.