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19 abril 1930
Querido tío Goyo:
Recibo ahora mismo una carta tuya que me deja asombrado. Me dices que he dejado varios días sin contestar una pregunta que me hiciste y atribuyes la falta de contestación ¡a engreimiento! Si no me hubieras escrito en un momento de ira (quiero pensarlo así) te hubiera sido mas natural atribuirlo a la debilidad de una cabeza, como la mía, que no sé ya cómo puede resistir, sobre el abatimiento de la orfandad, las mil preocupaciones del bufete, de la familia (que tengo que actuar de padre, como comprenderás), de la herencia, de los ocho o diez mil pésames que tengo que tengo que contestar y de varios otros deberes, aun de política, que, contra todas mis aficiones, me impone el respeto a la memoria de mi padre. Sólo faltaba que en esa situación de agobio, que llega algunas veces a lo desesperante, viniera a entristecerme, con insultos de [los] que hasta los peores maldicientes me habían indultado, un hermano de mi madre.
No merecías que te contestase; pero quiero hacerlo y aun olvidar tu carta para enseñarte con esta verdadera prueba de humildad lo lejos que estoy de la soberbia que supones en mí. Así, pues, si me haces el favor de repetirme la pregunta olvidada te la contestaré con mucho gusto. ¿No hubiera sido más corto empezar por ahí?
Te agradecería mucho para lo sucesivo un poco más de justicia y un poco menos de agresividad tu sobrino que te quiere
José Antonio
[rubricado]