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Moribundo cantor, caduco y viejo,
del mundo tristemente me despido.
Muda la lira, roto y abatido,
ya del sepulcro hacia la paz me alejo.
Cuando miro mi rostro en el espejo
apenas rememoro lo que es ido:
manjar bastante seco y desabrido
para festín de los gusanos dejo.
Sólo hay en mi recinto solitario
unos libros de preces, un rosario,
una cruz y una calva calavera.
Doblada en un rincón sin bizarría
me hace triste y amable compañía
mi capa, en otro tiempo aventurera.