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Una nota de don José Antonio Primo de Rivera
Don José Antonio Primo de Rivera, hijo del Marqués de Estella, nos ruega en una carta la publicación de la nota que sigue:
«Para atacar a mi padre se ha hablado estos días de mí. Sólo quiero aclarar un puntoa.
Mi relación con la Compañía Telefónica Nacional ha sido ésta: hace tiempo, el presidente de una Compañía telefónica norteamericana, Mr. Behnb (para quien sólo tengo respeto y gratitud), habló con un amigo mío de que quisiera llevarse a trabajar con él en los Estados Unidos a un muchacho español. Mi amigo tuvo la bondad de recomendarme y presentarme a Mr. Behn; éste no me encontró mal, y quedó convenido que cuando mi servicio militar terminase me iría con él a América. Entonces ni el Sr. Behn ni la Sociedad americana tenían relación alguna con el Estado español.
Pero más tarde se constituyó la Compañía Telefónica Nacional de España, integrada, entre otros, por elementos de la presidida por Mr. Behn, y solicitó la concesión de los teléfonos españoles, prometiendo mejorarlos mucho. El cumplimiento o incumplimiento de esta promesa dirá si el Gobierno se equivocó al elegir su proposición entre varias.
Tan pronto como la nueva Compañía estableció así relación con el Estado, mi padre “me obligó a renunciar al prometido destino en América, a pesar de que, ganándome allí honradamenmte la vida, no tendría nada que ver con la Compañía española ni con el Estado”.
Conste que a la Compañía española no he pertenecido “ni un minuto”. Regístrense sus libros, sus nóminas, todos sus papeles, a ver si alguien encuentra en ellos rastro de mi nombre. Mi colocación estaba en los Estados Unidos; allí pensaba irme en cuanto acabase el servicio militar (innumerables personas lo saben), y si mi padre me impuso el sacrificio (que yo acepté por él con gusto) de renunciar a ese porvenir, lo hizo por un exceso de delicadeza.
Ésta es la verdad y me sobran pruebas; quien las tenga en contra que las saque. Véase, pues, cómo mi padre, lejos de obrar vergonzosamente, pudo granjearse con su conducta un éxito popular. Pero ni tuvo interés en pregonar el hecho, porque ni busca aplausos ni considera de buen gusto los alardes de austeridad; basta con estar satisfecho de haber obrado bien.»
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A lo publicado más arriba sigue un corto párrafo, de orden más vehemente y personal, que por diversas razones nos abstenemos de reproducirc.